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Sobre la historia de los refugiados españoles (1939-1940)

Written by Debate Plural

Graciela Azcarate (D. Libre, 22-11-08)

Hay guerras que se pierden y nunca están perdidas. Bajo la paz impuesta por la guerra, el pueblo calla, espera y no se olvida. Hay muertos que no se han muerto, ideas siempre vivas. Te escribo, Rafael, para decirte que está ocurriendo todo, todavía. Jesús López Pacheco.

Es la mañana del jueves 16 de octubre, en la entrada del Archivo General de Nación. Acabo de llevar a un grupo de estudiantes de la UASD por una especie de visita guiada por las exposiciones que tenemos en el Archivo.

Más fuerte que la muerte- Refugiados españoles a República Dominicana 1939-1940, es la niña mimada y la que concita el interés y las preguntas de los jóvenes. Grabadoras, papeles, cuadernos, celulares y un montón de muchachas y muchachos ronronean a mi alrededor, hasta una sombrilla desplegada me protege del sol y me permite contarles las peripecias de la exposición y de nuestros refugiados españoles. Les cuento de manera minuciosa las cosas que nos pasaron. Mientras contábamos la historia de los refugiados, también aprovecho para mostrarles y hablarles de la exposición de Historiadores, del Movimiento Obrero dominicano y de la exposición de pintura colonial de Alberto Bass en el entrepiso.

Al pie de la escalera me despido de ellos, y me sacan de las manos la última fotocopia de los permisos de residencia de 1939 que les mostré para que ilustren su investigación. Me siento contenta de lo receptivos que son, de las preguntas inteligentes que hicieron, y pienso que la exposición cumple el cometido de comunicar la historia y la experiencia de un grupo social desterrado…

Me consuelo, en lo más profundo de mi diseñadora gráfica herida, del desmadre que el sol y la lluvia han producido en el color de las fotos y los documentos en los paneles.

En fin, me siento contenta con el trabajo bien hecho, con los compañeros diligentes, con el Archivo que me permite hacer un trabajo distinto y creativo. Cuando me dispongo a subir la escalera para ponerme a trabajar en la clase de diseño de libros que debo impartir el viernes, me avisan que en la recepción una mujer me busca.

Se llama María Rojas Vargas. Trae en las manos el recorte del periódico HOY donde Carmen Matos hizo un magnífico reportaje de la exposición. Me emociona ver la inmensa foto de los españoles que salen por el sur y que ilustra La guerra ha terminado, comienza el exilio, el panel con los niños del exilio y la foto de Juan Gil, nuestro niño de la guerra.

Es hija de un refugiado español llamado Jesús Carcellé García. El padre llegó en 1940, era médico, entró por Puerto Plata. Conoció a su madre en Luperón y de sus amores nació ella en 1942. Nunca lo conoció, no sabe cómo es, no conoce su rostro, y cuando leyó el artículo pensó que en el Archivo podían ayudarla a recuperar a su padre.

Me cuenta que en 1943, Trujillo lo hizo salir del país acusándolo de comunista y lo mandó a Méjico. Su madre se casó, y el padrastro le dio su nombre, pero junto al nombre quemó la única foto de ella recién nacida en los brazos de Jesús Carcellé.

La hago subir a nuestra oficina y la presento a Pedro de León para que preparen la entrevista en el departamento de Memoria oral. Mientras ella conversa y vuelve a contarles su historia, busco en la base de datos de los permisos de residencia y descubro que en uno de los listados de entrada en los puertos, en la letra c figura Jesús Carcellé García.

La llamo, la siento a mi lado, le muestro la pantalla de la computadora, los lagrimones le surcan la cara, y cuando le muestro el listado, el nombre y le confirmo que entró por Puerta Plata, el 23 de febrero de 1940 en el vapor de La Salle estalla en sollozos y me abraza.

Se me hace un nudo en la garganta. Nos abarca un enorme silencio y todos los compañeros de la oficina la siguen en ese reencuentro con la memoria perdida. Sigo pasando en la computadora los listados de los 3500 españoles del éxodo y el llanto que llegaron hace casi setenta años. Nos bendice porque de alguna manera le hemos devuelto al padre perdido.

Hemos recuperado la memoria de una recién nacida en la rodillas del padre, de la imagen que se quemó hace 65 años y que ha ido recomponiendo por lo que le narran los vecinos. La madre nunca le contó nada. Ella se siente amputada, sin padre, sin raíz, sin nombre.

Llora, nos abraza, me pide que sigamos buscando en los miles de permisos para encontrar ese rostro perdido. Dice que la llamaban Turquita, que era igual al padre y que por Luperón a los españoles les decían turcos.

Recuerda que volvió a buscarla en 1957, pero la familia impidió el reencuentro. Entonces él regresó a España y marchó como misionero al África. Allí quedó perdido para siempre otro español del exilio y del llanto. Lo que no se ha perdido es la capacidad de la sociedad para recomponer la memoria, porque como dice José Martín Pallín, magistrado emérito del Tribunal Supremo de España: No se puede enterrar el olvido.

Y lo dice a propósito de la ley del año 2006 de Recuperación de la memoria histórica para reparar a las víctimas de la guerra civil y del franquismo, y de la propuesta del juez Garzón para juzgar al franquismo por crímenes contra la humanidad. «Superar exige asumir, no pasar página o echar en el olvido», dice Carlos Piera, en la introducción a la novela ‘Los girasoles ciegos’, de Alberto Méndez.

El juez Garzón ha puesto en marcha una investigación judicial sobre los crímenes cometidos durante la Guerra Civil y los inagotables años de una dictadura que terminó físicamente con la muerte de Francisco Franco en 1975. Al final de su bien fundamentado artículo, el magistrado español dice: La verdad puede resultar incómoda, pero el olvido mata y es un obstáculo insalvable para la salud y la dignidad de una sociedad.

María Rojas se despide, acordó una cita para la semana que viene. Bajamos la escalera y la invito a ver la exposición. La llevo frente al panel Los que llegaron, y cuando le hago notar que sobre el muro fotografiado por Conrado, el exiliado judío que durante cinco años fotografió la vida cotidiana de los dominicanos para ganarse la vida, están las listas de refugiados que desembarcaron en los puertos del país, ella lee el nombre de su padre, ese Jesús Carcellé García que no tiene rostro y entonces se da cuenta que: Hay muertos que no se han muerto, ideas siempre vivas, alguien del pasado, acaso su padre que le escribe cartas para decirle que está ocurriendo todo, todavía.

Jesús López Pacheco

Es uno de los escritores más representativos de la novela social de los años cincuenta. Nacido en Madrid, en 1930, inició su carrera literaria ganando el primer accésit al premio Adonais de poesía en 1952. Su compromiso ideológico le llevó a tener una participación muy destacada en la preparación del Congreso de Escritores Jóvenes y en el Homenaje a Ortega y Gasset en 1955. Participó en los sucesos estudiantiles de febrero de 1956 en Madrid, lo que le llevó a la cárcel. En 1958 publicaba su novela «Central Eléctrica», que fue muy bien acogida por la crítica. Considerada más novela «épico-social» que «social-realista», en ella narraba la construcción de una central eléctrica en una de las zonas más pobres y atrasadas de España. A pesar de su éxito inmediato, López Pacheco fue censurado y perseguido por las instancias oficiales, debido a su compromiso ideológico, patente en esta obra que bebe sus fuentes en las novelas épico-sociales rusas traducidas en España en los años veinte y treinta. El 1967 publicaba en Lima un relato corto, «El hijo», con el trasfondo de la guerra civil y la figura del vencido. Exiliado en Moscú, de ese mismo año es también una edición de sus obras completas aparecida en esta ciudad. Por último, en 1973 se editaba en México su novela «La hoja de parra», narración de construcción compleja, en donde pone de manifiesto la represión y la hipocresía que impregnan la realidad cotidiana, mezclando elementos fantásticos, de ciencia-ficción y heroico-populares. Además, López Pacheco ha publicado cuentos y relatos cortos en diversas revistas del exilio en Hispanoamérica.

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