Cultura Nacionales

La tumba de los Imperios (II)

Written by Debate Plural

P. Conde Sturla (El Caribe, 22-4-17)

 

En el sometimiento y pacificación del dilatado territorio que corresponde a lo que hoy día es Afganistán y el sur de Tayikistán y Uzbekistán (antiguas Bactriana y Sogdiana), el sanguinario Alejandro Magno invirtió más tiempo, más recursos, más violencia, más sangre que en todas sus campañas anteriores, y aún así no dejó plenamente consolidado el dominio. En el curso de varios años recorrió con su ejército miles de kilómetros, tuvo que librar incontables batallas y escaramuzas contra jefes militares y caudillos locales, enfrentarse a conspiraciones, sobreponerse a heridas de lanza y flecha, fiebres malignas, ataques de diarrea, a un clima y un enemigo insidiosos. Sus oficiales y soldados lo veneraban, lo querían convertir en dios. Quizás por eso tantas veces intentaron ajusticiarlo.

“Alejandro sometió entonces las provincias orientales y prosiguió su marcha hacia el este. Muchas fueron las anécdotas y leyendas que a partir de entonces fueron acumulándose alrededor de este semidiós que parecía invencible. La historia da cuenta de que vistió la estola persa, ropaje extraño a las costumbres griegas, para simbolizar que era rey tanto de unos como de otros. Sabemos que, movido por la venganza, mandó quemar la ciudad de Persépolis; que, iracundo, dio muerte con una lanza a Clito, aquel que le había salvado la vida en Gránico; que mandó ajusticiar a Calístenes, el filósofo sobrino de Aristóteles, por haber compuesto versos alusivos a su crueldad, y que se casó con una princesa persa, Roxana, contraviniendo las expectativas de los griegos” (Armando Marónese, “Alejandro Magno”.

En el año 329 envió 2.300 soldados a levantar el sitio de la ciudad de Maracanda o Samarcanda. Pero estos cayeron en una emboscada y sufrieron una derrota. “La peor derrota del reinado de Alejandro”.

Desastre en Maracanda

Al poco tiempo, a principios de noviembre de 329 a .C., Alejandro tuvo malas noticias de Maracanda. Los 2.300 soldados que había enviado a levantar el sitio de la ciudad habían caído en una emboscada. Pocos se salvaron, muriendo el emisario persa Farnuces, jefe de la expedición, y los tres generales macedonios al mando: Andrónico, Menedemo y Carano. Alejandro trató de mantener esta historia, en secreto.

Lo ocurrido demuestra lo poco preparados que estaban los macedonios para este tipo de guerra. Sucedió que cuando llegaron a Maracanda, donde Farnuces esperaba negociar con Espitámenes, éste había abandonado ya la ciudad, retirándose a lo largo del valle del río Politimeto (actual Zerafshan).

Durante la marcha se unieron a sus fuerzas 600 jinetes Dahos, la tribu más occidental de los Escitas. Demasiado listo para verse clavado al terreno, Espitámenes, que demostró ser un maestro de la guerra de guerrillas, preparó una trampa para los griegos que lo seguían. Se adentró en el desierto y se aseguró de que los griegos lo persiguieran.

Una vez allí, los atacó con su caballería utilizando la táctica circular escita.

Desafortunadamente, los jefes griegos no fueron capaces de contrarrestar la maniobra. Farnuces había dispuesto su ejército en orden de batalla con vistas a un enfrentamiento clásico, y cada vez que pasaba al ataque, los escitas huían a galope tendido con sus veloces caballos, para volver otra vez y comenzar el hostigamiento. Esta maniobra fue repitiéndose una y otra vez hasta que los mermados griegos iniciaron la retirada tratando de refugiarse en un valle arbolado junto al río Politimeto, donde los escitas no podían llevar a cabo su peculiar forma de ataque. Las tropas estaban sumidas en la desesperación y los jefes no se mostraban de acuerdo en qué hacer, deshaciéndose finalmente el contingente. Carano, que mandaba la caballería macedonia, trató de buscar refugio al otro lado del río sin indicárselo a los demás. Los infantes, al ver a los jinetes alejarse, los siguieron sin haber recibido orden alguna. Los hombres de Espitámenes se percataron de la maniobra y se precipitaron a caballo sobre el río. El pánico se apoderó de los hombres de Farnuces, que acabaron refugiándose en un islote en medio de la corriente, donde una vez rodeados fueron muertos. Cuando todo hubo acabado, Espitámenes ejecutó a los cautivos.

Los que consiguieron escapar, que según Arriano fueron no más de 300 de a pie y 40 jinetes, llevaron consigo las noticias de la derrota, la peor del reinado de Alejandro. Todos los oficiales habían muerto, y las versiones de lo sucedido relatadas por los confusos soldados supervivientes eran más bien contradictorias.

“Alejandro reaccionó con la marcha más rápida de su vida.

Llevando consigo a la mitad de los Compañeros, a los hipaspistas y a lo más selecto de la infantería de la falange, hizo los 290 km que le separaban de Maracanda en 3 días y 3 noches, según cuenta Arriano (sin duda de forma exagerada). Crátero le seguía con las unidades más lentas. Espitámenes mientras tanto, había puesto sitio a Maracanda otra vez, pero tuvo que retirarse al tener noticias de la llegada de Alejandro. Éste inició rápidamente su persecución pero al saber que Espitámenes había ya cruzado el desierto, le dejó marchar, dirigiéndose al paraje donde había tenido lugar la emboscada para enterrar a los muertos. Mientras se oficiaban las ceremonias, impartió una orden a sus generales:

“Asolad el valle del Politimeto, tomad cada fuerte, pueblo o aldea y demoledlos, quemad las cosechas y matad a cualquiera que pueda simpatizar con Espitámenes”. El valle del Politimeto era, quizás, la zona más poblada y rica de toda la Sogdiana. Al final de la estación, la región se había convertido en un yermo. En 1980 la doctrina militar soviética preveía ataques devastadores contra la población rural. Cuando los Muyahidines emboscaban un convoy, los soviéticos inmediatamente bombardeaban las aldeas cercanas en venganza.

Destruían los cultivos y talaban los árboles. Algunas veces llevaban órdenes incluso de matar al ganado, los caballos, los perros y los gatos. A menudo, no dejaban supervivientes con la excusa de que era un escondite de rebeldes. (Hugo A Cañete, “Alejandro y Afganistán. Reflexiones nuevas para una guerra vieja”.

Cuando por fin pudo salir del atolladero, Alejandro marchó hacia la India. Y en la puerta de la India, a orillas de un río, en el valle del indo (que hoy forma parte de Pakistán), en el año 326 sufrió una aparatosa victoria frente al rey Poros en la batalla de Hidaspes. “Como consecuencia de la trágica batalla, murió su fiel caballo Bucéfalo, en cuyo honor fundó una ciudad llamada Bucefalia”. (Armando Marónese, “Alejandro Magno”.

Poco tiempo después el ejrcito se amotinó, Alejandro se vio obligado a contener sus desmedidas ambiciones de conquista y emprender la vía del retorno. Fue el comienzo del fin para Alejandro.

 

 

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