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Mujeres dominicanas atormentadas. Leonor Feltz: Correspondencia con Pedro Henríquez Ureña (IV)

Written by Debate Plural

Diógenes Céspedes (Hoy, 7-1-17)

VII

En la cuarta carta de Leonor Feltz (LF) a Pedro Henríquez Ureña (PHU) fechada el 30 de mayo de 1901, solo interesa el juicio que emite sobre la representación de “Electra”, de Sófocles, y la comparación con “La loca de la casa”, de Benito Pérez Galdós: «La vi en escena primero i luego la leí. Ha dado lugar á grandes discusiones, pero á nadie ha dejado satisfecho. A mí no me gusta [,] aunque tiene grandes bellezas.» (Bernardo Vega. “Treinta intelectuales dominicanos escriben a Pedro Henríquez Ureña”. Santo Domingo: Academia Dominicana de la Historia, 2015, p. 70).

La maestra entra en apreciaciones técnicas: «En cuanto a movimiento escénico i á fuerza dramática armonizada es si se quiere, inferior á “La loca de la casa”.» (BVega, 69). El movimiento escénico es la acción de los personajes, la que no debe decaer jamás, pues se pierde el ritmo y con él la obra. La fuerza dramática depende de la acción, pero parlamentos, ritmo, entonación, gestos y todo lo que sea estrictamente semiótico son capitales para que la obra no envejezca en escena. Es quizá de esto que Leonor Feltz se duele y lo que debió ser un montaje actualizado se ha convertido quizá en un estilo declamatorio tipo siglo XIX y es ahí donde quizá La loca de la casa le lleva la delantera.

Pero la corresponsal de PHU no está muy a gusto con la escenificación de “La loca de la casa”, montada quizá por una de esas compañías de variedades que desde finales de siglo XIX representaron sus obras (dramas, zarzuelas, operetas, mimos, etc.) en el teatro La Republicana:«A pesar del hermoso simbolismo que parece entrañar, resulta mui inferior á las obras de nuestro insigne dramaturgo, Ibsen.» (BVega, 70).

Feltz no encontró lo que esperaba de “La loca de la casa” y considera que el tercer acto llevó la obra al fracaso: «Además, no le veo el carácter sensacional, revolucionario con que en todas partes se la anuncia. Yo esperaba encontrar ideas mui nuevas en lucha desigual con preocupaciones sociales i religiosas.» (BVega, 70). No es lo mismo el realismo de Ibsen que el de Pérez Galdós.

Sin embargo, el lector perdió una gran oportunidad de conocer el pensamiento de una mujer que se movió entre hombres en el siglo XIX y el XX y que pudo recrear y describir el ambiente social, cultural y literario, así como la recepción de una obra clásica como esta “Electra” de Sófocles y que, escenificada en 1901, debió plantearles a los espectadores el problema de la relación entre lo político, el poder y el sexo simbolizado en el regicidio de Agamenón, el infanticidio de Ifigenia y el asesinato del rey, y de paso de Casandra, por su esposa Clitemnestra y su amante Egisto y a su vez la venganza de los hijos del soberano de Argos, Electra y Orestes, quienes a su vez asesinan a su madre y al amante.

No sé cómo una compañía de variedades y sus actores y actrices ligados al espectáculo comercial y frívolo podrá llevar a las tablas un drama tan serio y complicado como “Electra” a menos que no sea con cierta simplificación que atienda en cierto modo lo humorístico antes que lo dramático.

Un breve párrafo de esta carta a PHU informa al lector de hoy lo que advertimos en la entrega anterior: que LF no sabía italiano, pero sí francés: «Deseo mucho leer “La Gioconda”, pero temo no poder apreciarla en Italiano. Si la consigues en francés, mándamela.» (BVega, 71).

El editor en nota al calce afirma que se trata de la ópera de Amílcar Ponchielli, famosa por el mini ballet “La danza de las horas”. Pero me parece más plausible que la referencia a La Gioconda sea al drama homónimo de Gabriel d’Annunzio, cuyas obras PHU le envía poco a poco a LF por barco.

La carta de LF a PHU, fechada el 17 de julio de 1901, es patética y retrata la sicología de este personaje atormentado, frágil y dado al abatimiento y la depresión: Muchas razones concurren para la estructuración de este estado de ánimo. La pobreza, el exceso de trabajo para subvenir a las necesidades del hogar, el ser hija natural y negra en una sociedad machista que no perdonaba esta condición, y todavía menos que fuera escritora. Todavía en 1930-42 cuando las mujeres encabezadas por Abigaíl Mejía y las sufragistas comenzaron su lucha por el derecho al voto, los enemigos de esta conquista eran los propios familiares y la prensa donde se argüía que todavía la mujer “no estaba preparada” para el voto.

El estado de LF es, a mitad de 1901, de total desolación: «No cre[e]rás que deseando escribirte haya tenido que hacer gran esfuerzo para sacudir el marasmo i la profunda apatía que me enerva en estos días.» (BVega, 72). Nadie mejor que ella describiría su situación:«Mezcla de debilidad física i de atonía de la voluntad, me domina hasta el punto de que á veces no gozo del placer de una buena lectura, por no iniciarla.» (BVega, 72).

Y un rasgo de esta personalidad atormentada que resalté en la entrega anterior: la procrastinación: «Tú sabes que nunca he escrito nada con anticipación i las cartas, sobre todo, las dejo para el último momento, cuando corren ya el riesgo de no poder ser despachadas. Así pues, teniendo varias cosas de qué hablarte, apenas las tocaré por no extenderme demasiado.» (BVega, 72).

Luego de comentarle el gusto con que leyó la novela “Entre la vie et le rêve”, que PHU le envió a LF, ella le manifiesta: «Difícil es encontrar en otra novela un estudio psicológico mejor hecho, más consecuente, ni un conjunto tan armonioso. Los cuadros finales son eminentemente tristes i pesimistas, pero de un realismo profundo.» (BVega, 72).

LF no tiene el gusto tan embotado, como a veces piensa. Adviértase este juicio sobre la escenificación de “Vidas tristes”, de Rafael Deligne, que “no gustó”, y adelanta lo que será la medianía del hermano de Gastón en punto a calidad literaria: «A mi juicio, aunque hai asunto dramático en la obra, no está desarrollado, no hay movimiento escénico i resulta pobre hasta literariamente considerado. El final habría podido ser bueno, pero hai una última escena desastrosa como efecto teatral.» (BVega, 73)

Y el gran juicio, revelador del sentido crítico y el ambiente donde se formó LF, es este sobre la defensa de la obra educativa de Hostos: «Verás en los periódicos cómo se pasa por aquí el tiempo. Perdiéndolo miserablemente ó empleándolo en chismes i bobadas. La prensa se ha ocupado mucho en estos días del Proyecto de Enseñanza del señor Hostos, no para criticar lo que pudiera haber en él de censurable, ni para mostrar lo mucho útil i bueno que contiene, sino para arrojar injurias i desconsideraciones sobre su autor i sobre sus defensores, desvirtuándolo todo i tratando de destruir el normalismo.» (BVega, 73).

Y con este remate hunde la mediocridad y los intereses de los mismos grupos de siempre: «No pueden conformarse ni Meriño, ni Galván, ni Alfau i Baralt, ni Amiama, esas gloriosas lumbreras del pasado al ver que la nueva generación se acoje al Maestro sin cuidarse de “ellos” i ve en él el único guía capaz de conducirnos al porvenir regenerándonos, redimiéndonos.» (BVega, 73).

VIII

La sexta carta de Leonor Feltz (LF) a Pedro Henríquez Ureña (PHU) fechada el 30 de septiembre de 1901 contiene un número considerable de informaciones sobre el contexto político-intelectual del momento y la misiva de referencia no solo reitera su procrastinación, sino que se hunde en el pesimismo que su programación emocional le talló, mientras continúa la descripción del pleito de la carta anterior entre hostosianos y católicos: «No te escribí por el vapor pasado porque á mi natural apatía se unió la circunstancia de ocurrir en la noche en que debía escribirte el incidente Deschamps-Galván.» (Bernardo Vega. Treinta intelectuales dominicanos escriben a Pedro Henríquez Ureña. Santo Domingo: Academia Dominicana de la Historia, 2015, p. 74).

El sentimiento de que en el país no era viable la vida civilizada era común entre la intelectualidad hostosiana de la época y las primeras ideas sobre este tópico están contenidas en las obras de José Ramón López “La alimentación y las razas”, de la que se nutrió Lugo para enunciar su tesis doctoral de que la democracia no era viable entre nosotros debido a que el Estado que surgió en 1844 no era un Estado verdadero debidoa la incultura política del pueblo dominicano, así como a su falta de conciencia nacional. Hay que recordar que el tipo de pesimismo que se infiltró en la sociedad letrada de la época estaba siempre condicionado a que se revirtieran las condiciones que lo provocaban y Lugo no se quedó en la constatación del fenómeno, como López, sino que en la carta de enero de 1916 al general Horacio Vásquez amplía considerablemente sus argumentos de por qué no constituimos un Estado nacional verdadero y proponía cómo crearlo.

El binarismo entre civilización y barbarie no condujo a ningún resultado, solo al reforzamiento del último término del dualismo. Por esta razón los intelectuales de la época vieron cerradas las posibilidades de un acceso a un Estado institucionalizado y clamaron por la llegada de un hombre fuerte (tesis de López) que disciplinara al pueblo y lo encarrilara por la senda del progreso y la civilización. El voluntarismo de esta tesis mesiánica contrasta con la posición de Lugo, quien supo que se trataba de una lucha entre fuerzas sociales enfrentadas. De ahí la urgencia de fundar un partido que educara al pueblo y le concienciara en torno a la necesidad de crear un Estado nacional verdadero. Pero el malestar que señalan todos, entre ellos LF, no permite semejante conquista y, al contrario, a dos años y pico del asesinato de Lilís en Moca, la carta de marras a PHU revela las «divisiones que no hacen más que poner de manifiesto nuestra ineptitud para vivir i llegar á ser pueblo pequeño pero civilizado.» (BVega, 75).

Esas divisiones constatadas por LF en 1901 son las mismas que constató Mercedes Mota y llegaron a las mismas conclusiones: el espectro de la violencia por apoderarse del Estado desorganizado, único lugar de la acumulación de riquezas a través del control de las aduanas: que la violencia continuaría como en efecto continuó con los regímenes de compromisos inestables como los de Woss y Gil, Morales, Cáceres, Victoria, Bordas Valdés, Jimenes, Nouel hasta la intervención militar norteamericana de 1916. Y la violencia continuará con fuerza inusitada con la lucha guerrillera del Este y la resistencia urbana, todo lo cual vivirá en carne propia LF, hasta que en 1924 se produjo el retiro de las tropas norteamericanas, pero ya estas han dejado preparado el terreno, luego del pálido Gobierno de Vásquez, para la dictadura de Trujillo, el mesías de José Ramón López, único en garantizarles a los norteamericanos el reconocimiento de las Órdenes Ejecutivas y sus propiedades obtenidas en virtud de la fuerza de la ocupación.

Es este panorama el que creó el gran pesimismo de los letrados de finales de siglo XIX y principio del XX, Feltz se explaya ante PHU: «Te aseguro que me siento invadida en estos días por el profundo desaliento i el amargo pesimismo que nacen de la muerte de un ideal (…) He llegado á creer que no nos salvaremos, que estamos condenados á desaparecer i que es en vano el sacrificio de los pocos convencidos que luchan por la reconstrucción de nuestra patria.» (BVega, 75).

En el siguiente fragmento de LF, que copio in extenso, se ve cómo la “historia del Congreso Nacional” de 1901 es la misma que la recitada hoy por Mu-kienSang y José Chez Checo: «Verás por la prensa –le dice LF a PHU– la opinión que acerca del contrato con la Improvement han emitido unos pocos á nombre del pueblo que no entiende de esas cosas i que como masa inconsciente se deja arrastrar desde (sic) [donde, DC] la lleve la maldad de unos, los fines políticos de los otros, las pasiones de todos (…) Así verás tú; cómo la voz de un hombre moralmente desacreditado como H[ipólito] Billini, ha bastado para hacer atmósfera de muerte al contrato, porque unos cuantos diputados inconscientes atienden más á los ecos de la prensa que á sus convicciones (porque no las tienen) i ven mil peligros en el nuevo contrato. Lo curioso es que los que ahora se oponen con más calor fueron los que sancionaron el contrato de Abril. En mi opinión hai mucho de personal en este asunto. Acaso si no hubiera sido Don Pancho el Ajente Fiscal, sino otro menos honrado, menos apto, pero mejor visto, el contrato habría pasado.» (BVega, 77). No tienen convicciones esos diputados, es decir, carecen de principios, y sin estos no es posible fundar un Estado nacional verdadero.

¿Se necesitaba un hombre del maletín que “mojara” a esos diputados, tal como se hace hoy a 116 años de distancia? La doblez de ayer es la misma de hoy.

Aunque hay en LF observaciones y juicios políticos incisivos, se ve el talento de esta mujer que a principio de siglo se escudaba detrás de un mostrador para vender dulces y golosinas al público o en horas de apremio se la ve cocer como una endemoniada para terminar un encargo. ¿Es posible encontrar un portento de mujer así en las clases populares dominicanas, entre las vendedoras de dulces y en las costureras de hoy? Un “atraso”, sin duda, de la sociedad dominicana, escribiría un historiador racionalista, Un “caso excepcional”, diría otro partidario del sentido de la historia. Una excepción a la regla, diría un listo. Para ellos, el estado natural de la mujer es que no llegue a pensar ni escribir.

Cierro con una cita literaria para que se vea el talento de LF en las materias en que fue preparada integralmente por la escuela hostosiana. Es un juicio sobre una contemporánea en el momento en que ve la luz pública la obra, lo que implica un riesgo por el poder episcopal de la autora, cuando sentenció, como lo habían sentenciada Mon, Salomé y el clan Henríquez Ureña, y talvez el salón Goncourt, acerca del último libro de Amelia Francasci, “Recuerdos e impresiones”: «Es sumamente breve i carece como todo lo suyo, de forma literaria. Siendo como es, una página íntima vivida i señida [¿soñada? –DC] (i este último es acaso su único mérito) está plagada de vulgaridades [,] de incorrecciones, i sobre toda vacía.» (BVega, 76). Allí se determinaba el valor artístico de una obra.

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