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Trujillo: La República Dominicana 50 años después de su muerte (II)

Written by Debate Plural

Miguel Guerrero (El Caribe, 2-6-11)

Existe la tendencia a valorar la tiranía única y exclusivamente sobre la base de sus realizaciones materiales. Estos parámetros de medición son inadecuados y no permiten un enjuiciamiento correcto de la fase vivida entre 1930 y 1961.

Anteponer a la libertad y al desarrollo económico la construcción de unas cuantas carreteras, por importantes que hayan sido, o la edificación de hospitales, escuelas y locales del Partido Dominicano, es un absurdo intento de justificar la supresión de los derechos ciudadanos y las más crueles formas de tortura y represión existentes en aquella época. Otros sustentan esa idea movidos por un resorte del subconsciente para ayudarse a cargar, repito, el peso de la responsabilidad histórica de sus propias actuaciones del pasado.

En diferentes oportunidades se han debatido las causas de la caída de ese régimen. A mi entender fueron muchas, resultado de su propia degeneración, la degradación moral del tirano y el cansancio y hastío que el estancamiento social y la férrea represión fomentaron en la sociedad dominicana.

De todos modos, pueden citarse dos hechos sobresalientes. Primero el intento de asesinato del presidente de Venezuela, Rómulo Betancourt, en junio de 1960, que provocó su aislamiento total, y el todavía más grotesco e innecesario asesinato de las hermanas Mirabal, a finales de noviembre de ese mismo año, con el cual se rompieron los débiles lazos que todavía unían a Trujillo con importantes sectores de la sociedad.

Naturalmente, estos dos hechos fueron secuela de las expediciones de junio de 1959.

Con la publicación en los últimos años de numerosos libros de la autoría de descendientes y colaboradores de Trujillo, se ha pretendido reivindicar su papel en base a mentiras y distorsiones. La glorificación de Trujillo es una osadía e imperdonable justificación de la tiranía. Es cierto que los gobiernos después de su muerte no han llenado las expectativas nacionales. Y aún no existe en el país un estado de derecho propio de una democracia.

Pero ese y otros vacíos de nuestra vida institucional son legados de esa era, como los son también nuestro pobre concepto de la justicia, las arcaicas estructuras del sistema educativo, por más que los maestros de antes fueran mejores, y todas aquellas otras fallas del quehacer democrático nacional. Incluso el desorden generalizado es resultado de un miedo oculto al orden regimentado impuesto por Trujillo. El único momento realmente grande de esa época fue la noche en que lo mataron.

Permítanme referirme ahora las valoraciones sobre la política exterior del régimen trujillista. Se ha llegado a afirmar que las relaciones internacionales experimentaron su máximo esplendor y brillo durante ese periodo, sólo porque hombres educados, con grandes conocimientos de las formas protocolares a la usanza de entonces y dotados de un gran dominio de la oratoria, le sirvieron al tirano en el servicio exterior, sin tomar en cuenta los objetivos de esa política, lo que en el fondo constituyó una de las peores formas de servilismo conocida. Esos señores pudieron estar mejor preparados para la faena que los que llegaron después, pero no eran mejores, ni estuvieron nunca guiados por razones éticas y morales. Por el contrario, contribuyeron con su talento a perpetuar la tiranía y a justificar en el plano doméstico y en el escenario internacional, algunas de las peores atrocidades cometidas por ese régimen.

No entiendo donde radican los méritos de esa diplomacia y mucho menos la afirmación de que esa política exterior fuera certera y que en su ejecución se usaran a “los mejores hombres”. La capacidad en sí misma no supone virtudes. En mi personal valoración de los hechos, sobre esos personajes de la historia dominicana que asumieron con entusiasmo la tarea de asignarle una justificación teórica, ética, moral y política, a un régimen tan despiadado como el de Trujillo, recae la mayor responsabilidad histórica.

Me parece repugnante, además, pretender reivindicar los actos más deshonrosos en materia de cabildeo político, es decir, los sobornos a congresistas y diplomáticos norteamericanos, como evidencias de las cualidades de un servicio exterior cuyo único norte era la absoluta sumisión a un régimen que fue entonces una vergüenza y hoy es un estigma para el pueblo dominicano.

Nadie puede negar el talento de esos hombres, sus enormes capacidades intelectuales y, si se quiere, la fascinante elocuencia de sus discursos. Pero no representaron ninguna etapa brillante de nuestro servicio exterior. Tenían sus mentes tan altas como encorvadas sus espaldas. Tal vez sus nombres aparezcan todavía en los anales de la diplomacia dominicana, sólo porque la mayoría de los que ocuparon después las mismas posiciones carecieron de la brillantez intelectual que ellos tuvieron.

Me temo la existencia en nuestro medio de un esfuerzo dirigido a replantear moralmente el tema de la tiranía, con la insana intención de justificarla como una necesidad histórica de su época. Al advertir sobre ese riesgo para el sistema democrático, me atrevo a asegurar también que ello tiende a justificar ante las generaciones presentes y futuras actuaciones que de otra manera resultarían imposibles de explicar histórica , moral y políticamente. Es basado en ese temor que cedí a la tentación de participar en este evento, no en calidad del historiador o intelectual que no soy, sino en el simple interés de contribuir a situar esa época de intolerancia en su justa perspectiva histórica.

Con honrosas y conocidas excepciones, el servicio diplomático durante la Era de Trujillo constituyó uno de los peores y más degradantes aspectos del régimen. La inteligencia de muchos de los que formaron parte del mismo hizo posible que todavía hoy miles de dominicanos vean en esa etapa oscura de nuestra vida republicana, valores inexistentes.

Con todo respeto, esos personajes a los que se atribuyen tantos méritos, quedaron ya marcados en las páginas de nuestra historia por la dimensión justa de sus propias actuaciones.

Permítanme concluir con una breve reflexión de Antón Antonov-Ovseyenko extraída de su estremecedora obra El tiempo de Stalin, y que ya había reproducido en el prefacio de mi libro Trujillo y los héroes de junio:

“En algunos países la nueva generació0n crece sin saber nada de la antigua mitología. A los niños se les dan mitos modernos que glorifican el poderío invencible de su propia nación y que hablan de orígenes y facultades divinas de sus gobernantes; así es como nacen el nacionalismo desenfrenado y el chauvinismo extremo. Y la idolatría. Pero en este terreno artificial ¿ qué crecerá ? No una generación de ciudadanos responsables, sino una nueva hornada de carne de cañón”.

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