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Duarte en la odisea diecinueve días de persecución

Written by Debate Plural

Eunice Lluberes (Listin, 18-2-13) 

 

Un estrépito de caballos anunció la esperada entrada a Santo Domingo del general Charles Riviére Hérard, el miércoles 12 de julio de 1843. Detrás de sus puertas cerradas los dominicanos escucharon el ruido de los cascos martillando las calles empedradas. El sol calentaba las murallas, arrancando destellos a las bayonetas de ocho mil soldados.

Más rápido que su ejército corrió la noticia de los apresamientos de separatistas desencadenados por Riviére en el Cibao, tras los cuales apuró su recorrido militar para llegar al corazón de la conspiración trinitaria.

Para Juan Pablo Duarte llegaba la hora de la tribulación.

Riviére entró pidiendo su cabeza, y enseguida apostó un batallón  frente a la casa de la familia Duarte-Díez.

Solidaridad.  Juan Pablo, oculto desde el día anterior en la casa de su amigo José Ginebra, en La Atarazana, abandonó ese refugio cuando rivales políticos supieron su paradero. Pero no le faltaron escondites, gracias a la solidaridad de la comunidad.

A las dos de la madrugada del 12, María Baltazara, una activa separatista, le abrió las puertas de su hogar, en el sector El Cachón, próximo al Fuerte de Santa Bárbara.

La tensión le quitó el sueño y toda posibilidad de reposo. No había cerrado los ojos cuando escuchó los soldados resonando sus espuelas en un desfile de tropas que encabezó Riviére para exhibir su fuerza militar.

A pocas cuadras, la familia Duarte Díez vivía sus peores momentos, mostrando que lo importante en la vida no son los acontecimientos, sino la reacción que tenemos frente a ellos.

El catalán Juan José Duarte no era un alma timorata. Enfrentó  las presiones, las requisiciones, las visitas diarias de los oficiales haitianos, repitiendo que desconocía su paradero.

A quienes sugerían escondites, dijo que no daría ningún paso que comprometiera a terceros. Cuando el presbítero José Antonio Bonilla quiso convencerlo de que su hijo debía entregarse, le contestó que era “mayor de edad y libre en sus acciones”.

En el barullo resonaban los acordes de mandolinas y guitarras. Las hermanas cantaban  y bailaban, simulando alegría para hacer creer que Juan Pablo se había embarcado.

Fraternidad en acción. La fraternidad y comunión de ideales de los trinitarios se hicieron patentes en la noche del 12, cuando Francisco Sánchez  entró a la casa de los Duarte Díez saltando sobre las cabezas de los soldados tendidos en la calzada.

Estaba en Los Llanos, y desde que supo que Riviére llegaba, montó su caballo sin detenerse “ni para comer, pensando en los peligros que corría Juan Pablo”. En el embarcadero del Ozama no encontró bote para cruzar y se tiró a las aguas desafiando los tiburones.

Agitado, exprimiendo el agua de su levita, preguntó a don Juan el paradero de su compañero.    Exasperado por su silencio, sacó un puñal oculto, y dijo:

“Quiero saber dónde está Juan Pablo, porque nos liga un juramento sagrado, y es de por la patria morir juntos; si usted desconfía de mí, le probaré que no soy de los traidores lanzándome con este puñal sobre las tropas que cercan su casa”.

__No desconfío… dime dónde lo esperas.

__En la Plaza del Carmen, frente a mí casa, a las diez de la noche.

Detrás llegó Joaquín Lluberes, y con él  mandó a su hijo recado de la cita. Al rato supo que los rivieristas conocían su paradero.

Las tropas no tardarían en apresarlo. María Baltazara se oponía a que Juan Pablo saliera de su casa, resguardada por cincuenta hombres dispuestos a defenderlo hasta la muerte.

Don Juan se escabulló en la oscuridad con su nieto Vicente, para advertir a su hijo. Al verlo, la culpa afligió a Juan Pablo. Su padre lo abrazó sin reproches, lo urgió a reunirse con Sánchez, a dejar El Cachón, donde corría el riesgo de morir en un enfrentamiento desigual.

Tras despedirse de sus compañeros, caminaron juntos hasta la  Plaza de San Lázaro, donde  don Juan lo bendijo, sin saber que se  veían por última vez.

“Al ver que Vicente me seguía, me volví hacia mi padre”.

__Mando que te acompañe, me dijo enternecido, para a su vuelta saber que quedas en seguridad al lado de tus amigos.

Planificando.  En la plazoleta del Carmen la luna silueteaba las figuras de Sánchez, Juan Isidro Pérez y Pedro Alejandrino Pina, y Juan Pablo pronunció su  contraseña.

Tocaban las campanas cuando se abrazaron confortados por la compañía, y la oportunidad de planificar, aunque fuera a la carrera. Entraron a la casa de Sánchez para deliberar el curso que debían tomar.

A medianoche se despidieron para ocultarse en lugares separados, previamente concertados. Luciano Peña, futuro suegro de Sánchez, esperaba a Duarte en su casa de la calle Santo Tomás.

Pina fue a la vivienda de Dolores Puello, y Juan Isidro encontró cobijo en la de José Arias. Sánchez quedó en su hogar con los primeros síntomas de una pulmonía.

Lo que siguió fue una odisea de patrullajes y allanamientos. Las tropas cercaban la cuadra de los Duarte, la de su tío José Diez, y requisaban las viviendas.

El terror aumentó con el apresamiento de los representantes de las juntas  municipales. Las cárceles estaban llenas,  las casas, “estrictamente vigiladas”, y hasta los rivieristas se sentían intranquilos.

Precio a su cabeza. Riviére ofreció tres mil pesos y un rango de coronel a quien denunciara al jefe revolucionario, mientras éste toreaba la pesquisa dentro de las murallas. Durante 19 días Duarte  vivió brincando patios, de casa en casa, burlando a los soldados.

La simpatía del vecindario lo salvó de ser capturado. Las familias ofrecían  asilo a los trinitarios. El patriotismo barría el miedo, quitaba fuerza al poder despótico.

Pero en ese largo juego al escondite, algo tenía que ceder. En medio de la tensión y el caos, Juan Pablo evaluó la realidad. Ante una situación que no podía prolongarse, hizo  ajustes, nuevos planes. Sin quitar su mira de la causa, optó por irse furtivamente al extranjero.

El 30 de julio saltó la muralla por el Fuerte Angulo con varios amigos. Cruzaron  la zona oriental, a la casa del español Pedro Cotes, donde esperó el momento oportuno para la salida. Comenzaban a encadenarse los sucesos que harían de su vida un tormento de ideales y esperanzas frustradas.

Los prisioneros

El día 15 de agosto Charles Herard Riviére salió de Santo Domingo con su ejército, y con él  llevó a los prisioneros dominicanos, quienes fueron recluidos en cárceles haitianas.

Entre ellos estaba Matías Ramón Mella, que había sido apresado en Cotuí. También los representantes Félix Mercenario, Juan Nepomuceno Ravelo, Pedro Pablo Bonilla, y Pedro Valverde, entre otros.

Además, Narciso Sánchez, padre de Francisco del Rosario Sánchez.

Con el cargo de conspirar contra la “unión de la nación” fueron apresados en el Cibao los separatistas Rafael Servando Morel, Jacinto Fabelo, Manuel Morillo, José Mella Veloz y Pedro Juan Alonso.

Además, el sacerdote Salvador de Peña, Manuel Castillo Álvarez, José de Peña, Ildefonso Mella, Juan Bautista Ariza, Baltazar Paulino, Alejo Jerez y Esteban de Aza.

La frase

Juan Pablo Duarte

“El amor a la patria nos hizo contraer compromisos sagrados para con la generación venidera; necesario es cumplirlos, o renunciar a la idea de aparecer ante el tribunal de la historia con el honor de hombres libres, fieles y perseverantes”.

Los valores

1. Solidaridad

La comunidad que ayudó a Duarte  en la adversidad se sobrepuso al miedo, actuó por el bien común. Todos se hicieron responsables de todos. La solidaridad es obligación compartida, que ayuda al cambio positivo, no sólo en las emergencias o los desastres. Podemos expandir nuestra colaboración por vía del servicio, las donaciones, el trabajo voluntario, tendiendo la mano a los necesitados, ayudando en toda obra que mejore en mente y cuerpo al conglomerado.

2. Fraternidad

La fraternidad es el mejor antídoto a la discordia.    Cuando se practica  en sociedad “los ciudadanos se hacen amigos, y los amigos, hermanos”, como ocurrió entre los trinitarios. Ese sentir fraterno impulsó a  Sánchez a arriesgar su vida para estar al lado de Duarte en la hora del peligro.

  3. Audacia

Juan Pablo enfrentó  una pesquisa tenaz, evaluó sus posibilidades en medio del caos. Fue audaz, pero no imprudente. Extendido a otras circunstancias de la vida, la audacia es el valor de atrevernos a experimentar, a iniciar cambios, sin perder de vista la realidad.

 

 

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