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El siempre zarandeado tema de la corrupción en RD

Written by Debate Plural

P. Conde Sturla (El Caribe, 3-9-11)

 

LA CORRUPCIÓN, JAJAJÁ

D efinitivamente el tema de la corrupción es un relajo, un chiste malo que sólo hacer reír a los corruptos, aunque los corruptos no son, desde luego, una minoría insignificante. Uno se cansa de ver y escuchar a dirigentes peledeístas, perredeístas y sobre todo reformistas hablando de corrupción en el interminable desfile de corruptos que plagan los programas de opinión que saturan el espacio televisivo.

Balaguer -el usurpador, el hemofílico (por su amor a la sangre), el padre de la corrupción-, hablaba de la corrupción como si fuera una cosa ajena a él y sus principios, suponiendo que algunas vez tuviera principios.

El troglodita de Gurabo incorporó e incorpora a su campaña política el tema de la corrupción. Con anterioridad, otro comediante de la misma parcela política se lanzó al ruedo electoral con la consigna de las manos limpias y provocó el suicidio del presidente saliente. Cuatro años más tarde se suicidó políticamente propiciando el retorno de Balaguer al poder.

En el colmo de la desfachatez e imprudencia, un ex balaguerista -corrupto por antonomasia-, se atrevió a tocar la tecla de la corrupción como elemento de campaña y por poco se hunde, de hecho hundió con su peso muerto las aspiraciones presidenciales de Peña Gómez.

En una ocasión, y sin salir todavía de mi asombro, escuché al más connotado miembro de una prestigiosa familia de dirigentes reformistas (vinculada, por cierto, a una pequeña distracción de fondos de la Lotería Nacional), pronunciándose vigorosamente contra la corrupción, más bien sentando cátedra, castigando con implacable energía verbal la perniciosa práctica. El dirigente reformista hablaba, desde luego, con autoridad, como experto en materia. Nadie como el corrupto conoce el corazón de la corrupción.

La más graciosa y controversial referencia al tema de la corrupción se la debemos a un flamante ministro del gobierno, un discípulo de Juan Bosch que de Juan Bosch sólo aprendió lecciones de soberbia y dividió al país político en corruptos y peledeístas. Hoy ya podemos, por supuesto, con permiso del ministro, dividir el país político en corruptos y más corruptos.

Brillantemente cínico y taimado fue el manejo del argumento sobre la corrupción que elaborara el monarca constitucional de una isla de la fantasía. Sin empacho aparente declaró el monarca que buscaría la reelección para seguir luchando contra la corrupción de su propio gobierno. Nada de que sorprenderse. Desde Talleyrand sabemos que la palabra no se hizo para decir la verdad sino para enmascarar la realidad. A veces para insultar la inteligencia. Lo estamos viendo

LA DICTADURA REPRESENTATIVA

Alguien dijo que la dictadura es aquel sistema de gobierno en el cual todo lo que no está prohibido es obligatorio. Esta definición impecable, al parecer, traza una línea perfectamente divisoria entre un régimen de intolerancia y la democracia representativa, inspirada vagamente, etimológicamente en los griegos y basada sobre todo en las ideas de Montesquieu y Rousseau: Separación de poderes del estado, soberanía popular, sufragio universal, etc.

Como toda definición, sin embargo, es muy bonita para ser cierta y en la supuesta línea perfectamente divisoria de uno y otro sistema conviven elementos comunes, en especial la intolerancia y el ejercicio de la fuerza bruta o inteligente para hacernos pagar los platos rotos.

Hay muchas cosas que no están prohibidas en nuestra llamada democracia representativa y no son obligatorias, pero estamos obligados o condenados a un régimen impositivo para financiar a organizaciones de malhechores llamados partidos políticos y la mitad del presupuesto nacional corresponde a una deuda eterna, préstamos infinitos que los banqueros del primer mundo han otorgado a esas pandillas para que los pandilleros los distraigan graciosamente, poniendo como garantía la más preciosa prenda: el pueblo y el país de los dominicanos.
El negocio es redondo para ambos bandos de pandilleros.

El dinero robado por las pandillas políticas locales regresa casi de inmediato a las arcas de las pandillas de banqueros internacionales y el pago de los intereses se realiza exprimiendo a la población,  obligando onerosamente a la mayoría a honrar una deuda que nunca ha contraído, mediante un sistema de ajuste tras ajuste que impone un policía internacional llamado, eufemísticamente, FMI.

Todo dominicano, todo latinoamericano, como dice Eduardo Galeano, por pobre que sea nace con una deuda millonaria que deberá pagar durante generaciones. La línea de demarcación entre dictadura y democracia, y sobre todo entre democracia y cleptocracia -gobierno de ladrones-, no es, pues, tan perfecta. Alguien tiene que pagar los millones de dólares de lo de la Hidro Québec durante el gobierno de Balaguer, lo de los mil millones de bonos soberanos durante el gobierno de Hipólito Dauhajre y lo de los ciento sesenta millones de la Sun Land durante uno de los gobiernos de Leonel, alguien tiene que pagar por los sueldos de lujos y las jeepetas de los funcionarios, alguien tiene que pagar por la generosidad del despacho de la primera dama, alguien tiene que pagar el inmenso derroche durante la campaña reelectoral. Ese alguien somos nosotros, la mayoría que vive al margen del poder. Los otros son los beneficiaros. “El infierno –como decía Sartre- son los otros”. Todos los que viven en el paraíso robado.

LA CLEPTOCRACIA REPRESENTATIVA

La democracia representativa, tal como la conocemos en muchos países, es un estado de ficción en el cual todo lo que debería estar derecho está torcido, todo lo que debería funcionar en un sentido, funciona al revés, todo lo que debería estar sano está podrido. Esa cosa que llamamos democracia representativa responde más bien a la naturaleza de lo que deberíamos llamar cleptocracia representativa. Cada cuatro años, cada dos años, una masa de ovejas llamada pueblo acude a las urnas para elegir, en perjuicio propio, una nueva camarilla de depredadores al frente de un estado delincuente.

En un marco teórico y abstracto –solamente teórico y abstracto- el estado delincuente es, sobre todo, una inmensa paradoja. El modelo teórico de estado dictatorial, en cambio, es coherente. En la dictadura, de acuerdo con una brillante definición, todo lo que no está prohibido es obligatorio. En la cleptocracia representativa, lo que está prohibido es mandatorio.

En muchos países tercermundistas al sur del Río Grande -de los cuales nos diferenciamos radicalmente-, la policía nacional es, paradójicamente antinacional, y se dedica entre otras cosas a la formación de bandas de criminales que representan la mayor amenaza a la seguridad nacional.

Las fuerzas armadas responden a intereses foráneos y son dueñas del comercio de indocumentados, los organismos de inteligencia y de control de drogas controlan el tráfico nacional de drogas, y la marina de guerra, que casi nunca ha estado en guerra, organiza  y tutela los viajes de ilegales.

En muchos países podridos, excepcionalmente podridos, medularmente  podridos, los partidos del sistema, y sobre todo los dirigentes de los partidos del sistema constituyen, paradójicamente, asociaciones de malhechores, y sus miembros en las cámaras de representantes –la cámara alta y la cámara baja, la más baja- sólo se representan a ellos mismos, legislan para ellos mismos y sin el menor recato, sin mantener siquiera las apariencias, se forran de privilegios y amasan fortunas incalculables.

En los más variados estamentos del poder, secretarios de estado, gobernadores de provincia, secretarios de la Liga Municipal, síndicos, ministros con cartera y sin cartera, ministros con cultura y sin cultura, ministerios de la juventud y la mujer y sobre todo directivos del Banco de Reserva y del Banco Central manejan los dineros del presupuesto como si proviniera de un grifo, una llave abierta, inagotable.

En un marco teórico y abstracto, necesariamente teórico y abstracto (que no tiene absolutamente nada que ver con nuestra realidad), el primer ejecutivo de la nación de un estado delincuente sería el primer delincuentes de la nación. En otros países hay ejemplos de doce años, hay ejemplos de estados delincuente de diez años, hay ejemplos de cuatro años y hay ejemplos de cuarenta días en el gobiernazo de Alí Babá. – See more at: http://www.elcaribe.com.do/2011/09/03/tres-por-tres-pedro-conde-sturla#sthash.VAslxhO2.dpuf

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