Nacionales Politica

Sutil justificación de la impunidad en República Dominicana

Written by Debate Plural

Miguel Mejia (D. Libre, 18-3-17)

 

La sociedad dominicana, como otras de nuestra región y más allá, está siendo azotada por las ráfagas huracanadas del escándalo Odebrecht. El repudio a la corrupción ha ido logrando el apoyo consensuado de todas las clases, capas, estratos y grupos sociales del país, independientemente de sus ideologías y preferencias políticas. Esta especie de tsunami, está configurando un escenario esperanzador: al parecer, los tiempos de la inercia, la abulia, la aquiescencia, la pasividad y la indiferencia ante estas lacras van quedando en el pasado. Emerge una ciudadanía, y especialmente una juventud, activa por sus derechos, defensora de la democracia y la transparencia, rebelde ante lo mal hecho, y que está muy consciente de que sólo movilizando las reservas morales de la nación podremos seguir teniendo Patria.

El fenómeno no es nuevo y sólo sorprende a los que ignoran la historia nacional, y a quienes desconozcan cómo funcionan las sociedades humanas. Ya vimos un proceso similar cuando el grado de deterioro y depredación egoísta e irresponsable del medio ambiente provocó el surgimiento de una conciencia universal ambientalista. Hoy esa conciencia y esa actitud, aplastantemente globalizadas, no necesitan mayores explicaciones: están definitivamente sembradas en lo profundo de todos. Son tratados como parias despreciables aquellos que perseveran en provocar, con sus ambiciones mezquinas, la destrucción de la tierra y la muerte de los seres vivos que la habitan. Son reos de un delito de lesa humanidad inapelable.

Cuando los ciudadanos de nuestra época, más comunicados y mejor informados, comprendan que peligran sus conquistas anteriores, sean materiales o morales, debido a la corrupción generalizada, el debilitamiento del Estado y la debacle de la justicia y los sistemas políticos, comenzarán a luchar denodadamente por restablecer el equilibrio perdido. Eso es lo que está sucediendo entre nosotros, y fuera de nuestras fronteras. Y es una excelente noticia, que merece el aplauso, la adhesión y el apoyo de todos.

En el fondo, lo que está en juego es la libertad humana, y ante la perspectiva de su pérdida, todos los demás litigios o desavenencias serán puestos a un lado. En efecto: una nación corrupta, dominada por elites impunes, es el caldo de cultivo perfecto para soluciones violentas, estallidos sociales incontrolables y la pérdida de los derechos colectivos, que tantos sacrificios han costado.

Desde esta certeza, opino que a todo ciudadano dominicano asiste el derecho y el deber de exigir y lograr la depuración del sistema estatal y del sistema empresarial del país, y de todos los estamentos sociales, para detectar y castigar a los corruptos con todo el peso de la ley, y también a clamar por la renovación, desde la raíz, de todas las estructuras gubernativas, legislativas, empresariales y sociales, donde pueda anidar, en el presente y en el futuro, el nefasto germen de la corrupción y la impunidad.

Dicho esto, creo también que en la presente coyuntura nacional e internacional, hace un flaco servicio a la Patria todo aquel que use el tema de la corrupción de manera estridente, personalista e irresponsable, como si lanzando lodo por doquier pudiese una figura pública emerger más fortalecida, y como si su prestigio y popularidad debiese cimentarse en la acusación gratuita y en poses teatrales dignas de un Robespierre, El Incorruptible, de opereta.

Con la corrupción no se juega. Ni para fomentarla, ni para combatirla. Ni para aprovecharse de ella, ni para extirparla de nuestro seno, como si se tratase de una víbora artera.

Autoproclamarse paladín de la pulcritud y la santidad, suma de las más acrisoladas virtudes posibles, y arrojar fuego desde un pedestal autoconstruido, de cara a tema tan sensible, y en medio de las investigaciones que tiene por blanco el esquema corruptor de Odebrecht, es pasar ciertos límites de la responsabilidad y el sentido común, que lejos de ayudar, entorpecen, crispan e inflaman sin curar.

Acusar sin pruebas al presidente Danilo Medina, repito: sin la más mínima prueba aparte de la suspicacia, las extrapolaciones y las comparaciones traídas por los pelos, es lo mismo que agitar banderines apocalípticos ante los ojos de una ciudadanía harta y preocupada, procurando ganancias políticas efímeras. En lo personal, yo creo en Danilo; su hoja de servicio, su trayectoria política, su vida privada lo hacen acreedor de esta afirmación.

El artículo de Guillermo Moreno titulado Yo lo acuso, presidente Medina, publicado en la edición de Diario Libre correspondiente al 13 de marzo, del presente año, está muy lejos de aquel Yo acuso, de Emile Zola, publicado en los días trágicos en que Francia fue testigo de las irregularidades judiciales y el abismo moral que se escondían detrás del Affaire Dreyfuss. Y a diferencia de este último, sólo aporta confusión, prejuicios, y entorpecimiento a la marcha de la justicia, dejando en el aire el olor de las antorchas con que las turbas, no la ciudadanía, alumbraban las escenas de un linchamiento.

Se es corrupto también dilapidando la confianza pública, entorpeciendo la búsqueda de la verdad, y desprestigiando a todos, menos a sí mismo, en una desaforada carrera por ceñirse la toga viril de un Mesías redentor.

El país no necesita salvadores providenciales, sino la activación de la conciencia ciudadana, la optimización de la justicia, la aplicación de las leyes a los corruptos probados, no a los supuestos, ni siquiera a los probables. Y sobre todo, el país necesita, y exige, de sus políticos y comunicadores, altura moral, seriedad en las actuaciones, responsabilidad en los juicios y declaraciones públicas, y ese profundo patriotismo capaz de hacer a un lado, incluso, las enemistades y antipatías personales; las revanchas y mezquindades, cuando del futuro de todos se trata.

La triste historia de Odebrecht y sus consecuencias, estoy convencido, no sólo barrerán del escenario nacional a las lacras contra las que todos nos pronunciamos, sino también a quienes no estuvieron a la altura de este momento histórico, que es de definiciones transcendentales.

La sociedad dominicana, como otras de nuestra región y más allá, está siendo azotada por las ráfagas huracanadas del escándalo Odebrecht. El repudio a la corrupción ha ido logrando el apoyo consensuado de todas las clases, capas, estratos y grupos sociales del país, independientemente de sus ideologías y preferencias políticas. Esta especie de tsunami, está configurando un escenario esperanzador: al parecer, los tiempos de la inercia, la abulia, la aquiescencia, la pasividad y la indiferencia ante estas lacras van quedando en el pasado. Emerge una ciudadanía, y especialmente una juventud, activa por sus derechos, defensora de la democracia y la transparencia, rebelde ante lo mal hecho, y que está muy consciente de que solo movilizando las reservas morales de la nación podremos seguir teniendo Patria.

El fenómeno no es nuevo y sólo sorprende a los que ignoran la historia nacional, y a quienes desconozcan cómo funcionan las sociedades humanas. Ya vimos un proceso similar cuando el grado de deterioro y depredación egoísta e irresponsable del medio ambiente provocó el surgimiento de una conciencia universal ambientalista. Hoy esa conciencia y esa actitud, aplastantemente globalizadas, no necesitan mayores explicaciones: están definitivamente sembradas en lo profundo de todos. Son tratados como parias despreciables aquellos que perseveran en provocar, con sus ambiciones mezquinas, la destrucción de la tierra y la muerte de los seres vivos que la habitan. Son reos de un delito de lesa humanidad inapelable.

Cuando los ciudadanos de nuestra época, más comunicados y mejor informados, comprendan que peligran sus conquistas anteriores, sean materiales o morales, debido a la corrupción generalizada, el debilitamiento del Estado y la debacle de la justicia y los sistemas políticos, comenzarán a luchar denodadamente por restablecer el equilibrio perdido. Eso es lo que está sucediendo entre nosotros, y fuera de nuestras fronteras. Y es una excelente noticia, que merece el aplauso, la adhesión y el apoyo de todos.

En el fondo, lo que está en juego es la libertad humana, y ante la perspectiva de su pérdida, todos los demás litigios o desavenencias serán puestos a un lado. En efecto: una nación corrupta, dominada por elites impunes, es el caldo de cultivo perfecto para soluciones violentas, estallidos sociales incontrolables y la pérdida de los derechos colectivos, que tantos sacrificios han costado.

Desde esta certeza, opino que a todo ciudadano dominicano asiste el derecho y el deber de exigir y lograr la depuración del sistema estatal y del sistema empresarial del país, y de todos los estamentos sociales, para detectar y castigar a los corruptos con todo el peso de la ley, y también a clamar por la renovación, desde la raíz, de todas las estructuras gubernativas, legislativas, empresariales y sociales, donde pueda anidar, en el presente y en el futuro, el nefasto germen de la corrupción y la impunidad.

Dicho esto, creo también que en la presente coyuntura nacional e internacional, hace un flaco servicio a la Patria todo aquel que use el tema de la corrupción de manera estridente, personalista e irresponsable, como si lanzando lodo por doquier pudiese una figura pública emerger más fortalecida, y como si su prestigio y popularidad debiese cimentarse en la acusación gratuita y en poses teatrales dignas de un Robespierre, El Incorruptible, de opereta.

Con la corrupción no se juega. Ni para fomentarla, ni para combatirla. Ni para aprovecharse de ella, ni para extirparla de nuestro seno, como si se tratase de una víbora artera.

Autoproclamarse paladín de la pulcritud y la santidad, suma de las más acrisoladas virtudes posibles, y arrojar fuego desde un pedestal autoconstruido, de cara a tema tan sensible, y en medio de las investigaciones que tiene por blanco el esquema corruptor de Odebrecht, es pasar ciertos límites de la responsabilidad y el sentido común, que lejos de ayudar, entorpecen, crispan e inflaman sin curar.

Acusar sin pruebas al presidente Danilo Medina, repito: sin la más mínima prueba aparte de la suspicacia, las extrapolaciones y las comparaciones traídas por los pelos, es lo mismo que agitar banderines apocalípticos ante los ojos de una ciudadanía harta y preocupada, procurando ganancias políticas efímeras. En lo personal, yo creo en Danilo; su hoja de servicio, su trayectoria política, su vida privada lo hacen acreedor de esta afirmación.

El artículo de Guillermo Moreno titulado Yo lo acuso, presidente Medina, publicado en la edición de Diario Libre correspondiente al 13 de marzo, del presente año, está muy lejos de aquel Yo acuso, de Emile Zolá, publicado en los días trágicos en que Francia fue testigo de las irregularidades judiciales y el abismo moral que se escondían detrás del Affaire Dreyfuss. Y a diferencia de este último, solo aporta confusión, prejuicios, y entorpecimiento a la marcha de la justicia, dejando en el aire el olor de las antorchas con que las turbas, no la ciudadanía, alumbraban las escenas de un linchamiento.

Se es corrupto también dilapidando la confianza pública, entorpeciendo la búsqueda de la verdad, y desprestigiando a todos, menos a sí mismo, en una desaforada carrera por ceñirse la toga viril de un Mesías redentor.

El país no necesita salvadores providenciales, sino la activación de la conciencia ciudadana, la optimización de la justicia, la aplicación de las leyes a los corruptos probados, no a los supuestos, ni siquiera a los probables. Y sobre todo, el país necesita, y exige, de sus políticos y comunicadores, altura moral, seriedad en las actuaciones, responsabilidad en los juicios y declaraciones públicas, y ese profundo patriotismo capaz de hacer a un lado, incluso, las enemistades y antipatías personales; las revanchas y mezquindades, cuando del futuro de todos se trata.

La triste historia de Odebrecht y sus consecuencias, estoy convencido, no solo barrerán del escenario nacional a las lacras contra las que todos nos pronunciamos, sino también a quienes no estuvieron a la altura de este momento histórico, que es de definiciones transcendentales

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