Cultura Sociedad

Aquí todos somos primos

Written by Debate Plural

José Rafael Lantigua, ex ministro de cultura República Dominicana (D. Libre 4-3-17) 

 

CIRCULA EN LAS REDES un video estremecedor. Un grupo de jóvenes es convocado a vivir una experiencia que desconocen por completo. ¿Te atreves a preguntarte quién eres en realidad? La cuestión abre el encuentro. Un joven británico declara que es cien por ciento inglés y que se siente orgulloso de sus raíces. Ninguna otra raza es mejor que la suya y Gran Bretaña es el mejor país del mundo. Por cierto, tiene aversión a los alemanes.

Un “patriota” de Bangladesh no concibe querer a los nativos de la India y Pakistán. Al igual que el islandés se considera cien por ciento de su raza, y este último va más lejos: cree que por ser de Islandia forma parte de una raza superior, por lo que no le atrae ni siquiera conocer a otras estirpes geográficas. Una joven kurda se muestra satisfecha con sus raíces familiares y afirma odiar a los turcos. Un iraquí, una africana, un cubano y una francesa también expresarán sus sentimientos raciales y la vanidad de sus orígenes. Todos apuestan a ser los mejores. El especialista que dirige la experiencia les invita entonces a dar un viaje por el ADN de cada uno. En principio, no parecen interesados. Son autosuficientes. Unos más que otros. Se les explica que la prueba de ADN les mostrará el 50% de los orígenes de su padre y otro 50% de los orígenes de su madre. Y por igual, mitad y mitad de los abuelos, bisabuelos y así, hacia atrás, y más hacia atrás. Basta que escupan en un tubo de ensayo y toda su historia racial quedará contenida en ese frasquito de escupitajo.

Dos semanas después, los jóvenes son de nuevo convocados para conocer los resultados. El inglés solo lo era en un 30% y corría por sus venas un 5% del alemán que tanto decía odiar. El bangladesí tenía un 11% de sangre inglesa. Por las venas del iraquí musulmán corría sangre judía. La muchacha kurda llevaba orígenes caucásicos, una parte de sus ancestros eran turcos. El islandés, que tanto se jactaba de su pureza y superioridad racial, tenía una mezcla de español, portugués, italiano, griego y de nativos de Europa del este. La francesa era 32% británica, 31% griega, 14% portuguesa y tenía un 1% repartido entre Rusia, Alemania y Escandinavia. El mulato cubano lloró cuando supo que tenía raíces europeas. Todos salieron de la prueba modificados mentalmente. Dejaron de creer en raza pura. Una de las jóvenes pidió que esa prueba fuese obligatoria en todo el mundo para acabar con los extremismos étnicos. Comprendieron que los hombres y mujeres de este planeta tenemos más cosas en común de lo que pensamos. Todos somos primos.

La experiencia citada me llevó a pensar en los valores de la migración y en el empalme de razas que todos llevamos en nuestros cuerpos. Los dominicanos, por ejemplo, ¿acaso deberíamos preguntarnos quiénes somos en realidad y dar un viaje por nuestro ADN? Un estudio divulgado el año pasado, realizado conjuntamente por la Academia Dominicana de la Historia, la National Geographic Society y la Universidad de Pensilvania determinó (con el mismo tubito ensalivado) que nosotros somos 48% afroamericano, 39% europeo y 4% taíno. Lo que antes fue teorización de sociólogos, este estudio que se realiza en 140 países lo convirtió en pruebas concluyentes. Pero, desde luego, los dominicanos somos todavía más. Por las venas de muchos compatriotas corre sangre árabe, china, italiana, alemana, puertorriqueña, cubana, judía, canaria, barloventina, belga, japonesa, francesa, inglesa, venezolana, haitiana. Y creo quedarme corto en la enumeración. Por largas décadas, la patria dominicana ha servido de asiento permanente a etnias distantes y distintas que se afincaron en nuestro territorio para siempre. Los árabes arribaron en el siglo XIX, hicieron de buhoneros trabajando sin descanso de día y de noche, no trajeron un centavo en sus alforjas, recibieron el desprecio y repudio de comerciantes y empresarios, y varias estaciones generacionales hablan hoy, más de un siglo después, de sus servicios en distintos campos al desarrollo del país y a la defensa de sus mejores intereses. Algunos se ayuntaron con las criollas, pero otros fueron fieles a las barsanas que dejaron esperando por ellos en sus respectivos territorios. Libaneses, sirios y palestinos afincaron raíces para ser hoy parte de la identidad dominicana. Amín Abel Hasbún y Jacobo Majluta Azar, desde campos distintos en la política, son árabes por los dos costados y quién puede regatearles su dominicanidad. Y con ellos, los Haché, Chabebe, Helú, Sadhalá, Sued, Bojos, Fadul, Dájer, Hazim, Antún, Khoury. En mi comunidad nativa, los árabes dejaron una impronta de bien en su descendencia: los Lulo-Gitte, Sadik Baba, los Dabas, Jamate y, entre otros, los Resek, uno de ellos, Nicolás, padre del que fuera rector de la UASD y prominente hombre público, don Antonio Rosario. ¿De dónde vinieron los Cáceres, Michel, Schott, Bogaert, Tejada, Balcácer, Valcárcel, Jiménez, Fernández, Mir, Rueda, Veloz, Maggiolo, Heiliger, Wagner, Tio, Imbert, Mariotti, Contreras, Cruceta, Lantigua, Guzmán, Paredes, Ditrén, Raful, Estévez, Bencosme, Gómez, Lachapelle, Caamaño, Castillo, Morillo, Selman, Bonetti, Aguayo, Victoria, Piantini, Troncoso, Belliard?

China por los dos costados, Mu kien Adriana Sang Ben –probablemente la historiadora dominicana de mayor actividad y presencia profesional en los últimos treinta años- es una dominicana de primera fila, como lo son todos sus parientes. Los puertorriqueños y cocolos isleños que se establecieron en San Pedro de Macorís, construyeron una heredad que enriquece la dominicanidad. La cubanía dominicana viene de lejos, acentuada en los últimos decenios, y los distintos campos en los que esa migración se ha desempeñado muestra cuán importantes han sido sus aportes a nuestra vida social, intelectual y económica. Los judíos levantaron en Sosúa sus tiendas para guarecerse del vendaval racista que terminó fulminando a seis millones de miembros de su sangre. Tal vez no dejaron gran descendencia, porque muchos luego partieron a su nueva patria, pero por ahí caminan sus estelas y sus terrenos abonados con sudor y sacrificio.

Nuestro país es hijo bendito de la migración. De todas las migraciones. Juan Pablo Duarte era español por los dos costados, hijo de un gaditano y de una seibana cuyo padre era de Castilla la Vieja. El ADN de Joaquín Balaguer está compuesto por sangre puertorriqueña, catalana, francesa y haitiana, etnia esta última que heredaron por igual el dictador Lilís, el héroe restaurador Luperón y el mayor líder de masas de nuestra historia política, José Francisco Peña Gómez. Juan Bosch era catalán, puertorriqueño y gallego de sangre. El francés Francisco Espaillat Virol, a quien Julio Genaro Campillo Pérez atribuye la fundación del Cibao, es el tronco de numerosas familias, comenzando por su hijo Santiago Espaillat, su nieto Ulises Francisco Espaillat, su tataranieto Santiago Guzmán Espaillat (estirpe de civilistas sin mediastintas), y entre sus choznos el fenecido dirigente de izquierda, David Onelio Espaillat, el prominente ciudadano Julio César Castaños Espaillat –de prole acrisolada en nuestros tiempos-, don Víctor Manuel Espaillat Mera, José María Hernández, yerno del presidente Antonio Guzmán, don Alejandro Grullón, el cantante Víctor Víctor y el bisabuelo de mis hijos Miguel Ángel Hernández y su hermano Luciano. Si cada dominicano se hiciese la prueba de ADN encontraríamos muchas sorpresas y tal vez podríamos entendernos mejor. Somos una etnia surtida, una amalgama, un potpourri de razas entremezcladas. No estaría mal que escupiéramos uno a uno en un tubito de ensayo para hacernos la prueba. Acabaríamos convencidos de que aquí todos somos primos.

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Francisco Espaillat y el desarrollo del Cibao

Julio G. Campillo Pérez
Instituto Dominicano de Genealogía. Vol. I. 1985. 592 págs.

Documentos sobre la extensa descendencia de Santiago Espaillat Virol, considerado el fundador del Cibao, que muestra en detalles la larga fila que componen esta etnia, original de Francia, y los muchos nombres y apellidos de una ilustre estirpe cuyas quinta y sexta generación sigue incidiendo notablemente en la vida dominicana.

Un sion tropical. El general Trujillo, Franklin Roosevelt y los judíos de Sosúa

Allen Wells
Academia Dominicana de la Historia, 2014. 669 págs.

Con toda seguridad, la más completa historia de la migración judía en RD que se haya publicado. La presencia fundamental en Sosúa de esta ola migratoria durante la Era de Trujillo, escrita por el hijo de uno de los israelitas que, con 22 años, llegó a esta comunidad entre 1940 y 1947.

Los árabes en Santo Domingo

Orlando Inoa
Amigo del Hogar, 1991. 58 págs.

Separata de la revista Estudios Sociales que recoge un conciso, aunque importante ensayo del historiador Orlando Inoa sobre los orígenes de la emigración árabe en nuestro territorio y la impronta de las importantes familias que la componen en la conformación de la etnia dominicana.

De dónde vengo. Ensayos de una autobiografía existencial

Mu Kien Adriana Sang
Prólogo: Andrés L. Mateo
Grupo Editorial Norma, 2007. 181 págs.

La historia de un viaje. El del abuelo cantonés que se embarcó hacia estas tierras del Caribe, en medio de precariedades y anhelos, y con enormes esfuerzos construyó un largo futuro que quedó plasmado en una descendencia que explica en gran medida los orígenes de la gran migración china en RD.

Los Gómez Alfonso. Una familia dominicana con ascendencia puertorriqueña y cubana

Palabras: Luis J. Prieto Nouel
Félix Disla Gómez.

Cuadernos de Cultura, 2011. 154 págs.

Respaldada por una valiosa documentación, el autor de esta obra desentraña los orígenes de su familia, puertorriqueña por parte de los Gómez, y cubana por parte de los Alfonso, quienes establecidos en Jacagua fueron creando una descendencia que se estableció en Santiago y en Moca.

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