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Elogio de la amistad y la gratitud

Written by Debate Plural

José Rafael Lantigua, ex ministro de cultura República Dominicana (D. Libre 5-10-13) 

 

El pasado 22 de septiembre falleció en México, donde residió por largos años, el gran escritor colombiano Álvaro Mutis. Tenía 90 años de edad. Aunque con una obra poética, narrativa y ensayística notable, pienso siempre que su nombre ha sido un referente durante las últimas décadas pero que no son muchos los que han abordado su escritura literaria. Tal vez me equivoque, pero para mí es un autor de culto, más que de lectores multiplicados, muy a pesar de ser una de las autoridades indiscutibles de la historia de la literatura hispánica contemporánea y el ganador de los lauros más ambicionados en el ámbito de nuestra lengua y el de otras: el Cervantes, el Príncipe de Asturias de las Letras, el Reina Sofía, el Xavier Villaurrutia, de México, el Roger Caillois y el Médicis Étranger, de Francia, el Grinzane-Cavour, de Italia, el Nacional de las Letras de su nativa Colombia, entre otros.

Me inicié en la lectura de Mutis casi a finales de los años ochenta con su novela La nieve del Almirante, a la que siguió casi inmediatamente Ilona llega con la lluvia y La muerte del estratega. Continué luego la ruta de su saga de Maqroll el Gaviero y -lo confieso- lo perdí pronto de vista. Sus novelas no convocaron burbujas en mi estómago, ni me produjeron volutas de sangre en la cabeza, ni me provocaron regurgitaciones en mi esófago, que son los trances somáticos, de misteriosa raíz, que me acontecen cuando leo un texto que me causa gozo y que, por lo mismo, me genera alegre turbación, divertido quebranto.

Mucho tiempo después adquirí no recuerdo dónde, una antología de su obra poética -pequeña por cierto, tres libros y uno más en colaboración- en edición de Monte Avila, con selección y notas del venezolano José Balza. Lo leí completo, subrayé, hice mis anotaciones al margen, con más de uno de sus poemas hice empatía. Pero, debo confesarlo: abandoné a Mutis. Lo tengo en la lista de grandes escritores, que lo es sin dudas, que no logran convocar con eficacia la fidelidad de un lector. Por lo menos, la mía. Espero que mi pecado se considere venial.

Con el tiempo supe que venía a Santo Domingo, que caminaba por El Conde en completo anonimato y que le gustaba la compañía de dulces cortesanas capitalinas. Y nada más. Cuando pudimos abrir un contacto con él y su obra -tanta fama le rodeaba siempre, gracias a su amigo García Márquez, que se encargó en gran parte de elevarlo- ya andaba con el juicio desvertebrado y el cansancio de mente cerrando las válvulas del entendimiento.

En efecto, el Gabo fue quien se encargó de impulsar el conocimiento de su trayecto literario. Mutis fue relacionista público de diversas empresas. Se ganaba la vida en esos menesteres, porque la literatura no le dejó suficiente para vivir solo de ella. Y su compatriota ganador del Nobel le retribuyó los beneficios de su amistad de muchos años sirviéndole de relacionista en editoriales, galardones y círculos intelectuales de primera categoría.

Mutis se convirtió en un respetado paladín del oficio de escritor. Un maestro al que acudían otros maestros. Y en ese terreno fue ángel guardián y riguroso arcángel crítico de quienes acudían a su buró en busca de correcciones, fijaciones, indagaciones y hasta temas para sus obras. Tal, García Márquez. Recordemos la dedicatoria que le hizo en El general en su laberinto: «Para Álvaro Mutis, que me regaló la idea de escribir este libro». Había sucedido que Mutis escribió un relato que tituló El último rostro centrado en los últimos días de existencia de Simón Bolívar y en el que su fuente clave era un militar polaco de apellido Napierski quien conoció al Libertador en Cartagena de Indias y decidió pasar con él sus horas finales de vida. Mutis afirmaba que había encontrado unos manuscritos desconocidos hasta entonces, donde Napierski anotaba los detalles de su amistad con Bolívar. Pero, sucede que el manuscrito de Napierski, y Napierski mismo, no existieron nunca. Fue solo una licencia de Mutis para crear esa historia que, de alguna manera, no salió como deseaba, a tal punto que decidió incinerarla.

García Márquez se entera con Mutis de la historia y con ella construirá El general en su laberinto, donde Napierski surge como un personaje real, otra licencia en manos del gran novelista que como todo creador fictivo hace con sus personajes -reales o no- lo que le venga en ganas. Mutis explicaría luego en una entrevista lo que sucedió y el por qué el Gabo le dedicaba su novela: «El último rostro es lo que quedó de una obra mucho mayor, quemada porque me pareció demasiado «de tesis». Al contárselo al Gabo, éste me sugirió intentar escribirla. Y yo le contesté, me parece muy bien, nadie lo hará mejor. Aquí está toda la documentación, y le di los libros que yo había leído, la correspondencia de Simón Bolívar, en fin, una serie de documentos históricos esenciales, y se lo llevó todo, y se marchó de mi casa diciendo «Ya sabrás de mí». Cuando terminó la novela me la dio, porque siempre me muestra sus originales antes que a nadie y me dijo, «A ver, ¿va a quemar esta también?» Y allí estaba el Simón Bolívar que debía haber escrito yo. Pero lo escribió él. Perfecto.»

El premio Nobel colombiano realizó ejercicios de gratitud múltiples en honor de su compatriota, con quien compartió una larga estancia mexicana. Algunos amigos han distribuido en días recientes, a causa de la muerte de Mutis, el famoso discurso que pronunciara García Márquez hace justo veinte años, en 1993, en un acto celebrado en el palacio presidencial de Bogotá para honrar la trayectoria del creador de Maqroll el Gaviero. Se trata de un discurso de impresionante lealtad y belleza, un auténtico elogio de la amistad y la gratitud que merece ser conocido. No vamos a reproducirlo pero sí a tomar algunos de sus pasajes para resaltar los caminos de esta fraterna relación entre ambos contendientes de la literatura y sus procesos.

«Lo que más aprecié desde siempre -dijo entonces el Gabo- es su generosidad de maestro de escuela, con una vocación feroz que nunca pudo ejercer por el maldito vicio del billar. Ningún escritor que yo conozca se ocupa tanto como él de los otros, y en especial de los más jóvenes. Los instiga a la poesía contra la voluntad de sus padres, los pervierte con libros secretos, los hipnotiza con su labia florida y los echa a rodar por el mundo, convencidos de que es posible ser poeta sin morir en el intento. Nadie se ha beneficiado más que yo de esa escasa virtud. Ya conté alguna vez que fue Álvaro quien me llevó mi primer ejemplar de Pedro Páramo y me dijo: «Ahí tiene, para que aprenda». Nunca se imaginó en la que se había metido. Pues con la lectura de Juan Rulfo aprendí no solo a escribir de otro modo, sino a tener siempre listo un cuento distinto para no contar el que estoy escribiendo. Mi víctima absoluta de ese sistema salvador ha sido Alvaro Mutis desde que escribí Cien años de soledad. Casi todas las noches fue a mi casa durante dieciocho meses para que le contara los capítulos terminados, y de ese modo captaba sus reacciones aunque no fuera el mismo cuento. El los escuchaba con tanto entusiasmo que seguía repitiéndolos por todas partes, corregidos y aumentados por él. Sus amigos me lo contaban después tal como Alvaro se los contaba, y muchas veces me apropié de sus aportes. Terminado el primer borrador se lo mandé a su casa. Al día siguiente me llamó indignado: -Usted me ha hecho quedar como un perro con mis amigos -me gritó. Esta vaina no tiene nada que ver con lo que me había contado». Desde entonces ha sido el primer lector de mis originales. Sus juicios son tan crudos, pero también tan razonados, que por lo menos tres cuentos míos murieron en el cajón de la basura porque él tenía razón contra ellos. Yo mismo no podría decir qué tanto hay de él en casi todos mis libros, pero hay mucho».

García Márquez elogiaba la simpatía que irradiaba en su trato con los demás Álvaro Mutis. Afirmaba que «era el hombre más simpático del mundo». Igualmente, admiraba de él «su inmensa sabiduría, su descomunal capacidad de lectura, su curiosidad infinita, y la hermosura quimérica y la desolación interminable de su poesía». Una poesía que marcó el derrotero de su prosa y que ahora hemos de recordar en uno de sus poemas, como homenaje a este referente intelectual de una gran época de la historia literaria de América Hispana:

Que te acoja la muerte / con todos tus sueños intactos. / Al retorno de una furiosa adolescencia, / al comienzo de las vacaciones que nunca te dieron, / te distinguirá la muerte con su primer aviso. / Te abrirá los ojos a sus grandes aguas, / te iniciará en su constante brisa de otro mundo. / La muerte se confundirá con tus sueños / y en ellos reconocerá los signos / que antaño fuera dejando, / como un cazador que a su regreso / reconoce sus marcas en la brecha.

(«Amén»).

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