Nacionales Sociedad

Como un dinosaurio que expira hundido en el fango

Written by Debate Plural

Andrés L. Mateo (Hoy, 15-2-12)

 

Como un Dinosaurio que expira hundido en el fango, la palabra se me ha quedado atragantada en la garganta, inútil y artrítica para explicarme tanta indolencia ante la desgracia humana. Cincuenta y seis ciudadanos murieron ahogados en la bahía de Samaná, ¡una verdadera tragedia nacional! Y el Presidente de todos los dominicanos, Leonel Fernández Reina, no ha abierto la boca para manifestar su pesar, no ha decretado un minuto de silencio, y ni siquiera ha fruncido el  ceño apesadumbrado por lo pavoroso del hecho.

¿No está Dios inscrito en las cosas, como decía San Juan de la Cruz, extasiado ante el amanecer? ¿No eran dominicanos los que el mar se tragó?

Todos estamos desnudos, avergonzados, en un país que no es capaz de conmoverse  frente a la desolación y el abandono de sus hermanos. Ahí hemos quedado, Señor, clavados frente a nuestras culpas, pasmados porque es como si de pronto nos descubriéramos a la intemperie, y nos lleváramos las manos a la cabeza. Y si éstos no son muertos de la ira de Dios, son los muertos de los presuntuosos y los corruptos, son los muertos de las desigualdades, son los muertos de las postergaciones y el vil susurro del reptil de la injusticia, que palpita en el fondo del hombre y la mujer arrinconados en la miseria solemne de esta media isla. Son los muertos del robo descarado de la riqueza social, los muertos de la impunidad, son los muertos sobre los que se empina la adolorida memoria de las grandes pérdidas.

Y Dios los puso ante nuestros ojos consternados sin ninguna ironía celestial, amontonados  como objetos en la pantalla del televisor, empujados con una pala mecánica hacia una fosa común; para que supiéramos que sin un destello de revelación no hay nada.  Ninguno de estos muertos estaba inscrito en el presupuesto nacional. Ninguno era invitado en el dulce banquete de la abundancia que todos los meses anuncia el Gobernador del Banco Central.  Eran, apenas, “aventureros”, como les llamó el Senador peledeísta por Santiago, Julio César Valentín.

Pero tú los pusiste ahí, Señor, para que todos veamos desplegada nuestra miseria verdadera, para que sintamos tu voz que tiembla debido a la rectitud de que se inviste, para que sepamos que si alguien trata de envolver la verdad, la verdad misma lo engulle en su negra garganta. Estos muertos son un paisaje pavoroso en el cual quedan expuestas las deudas sociales y la inequidad.  Y son, además, la notificación del fracaso de la clase dirigente dominicana, que ha permitido la atrocidad de que sus gobernados vivan en la exclusión social absoluta como algo natural.

Mientras se propagaban las noticias sobre el naufragio de la yola, levanté una cartografía de  las actividades y declaraciones públicas del presidente de todos los dominicanos. Jamás se ha referido al acontecimiento. !Es como si nunca hubiera ocurrido!  Bajo la mirada negra y cejuda del desconsuelo, comprobé que Leonel Fernández es un presumido e indolente que en el fondo odia a los humildes de este país. Ahora mismo prepara sus maletas para irse a Europa a alimentar su ego inconmensurable, con el  dinero de los contribuyentes, mientras el mar devuelve los cadáveres de esos cincuenta y seis “aventureros”, que no le merecen el más mínimo comentario.

Es por eso que, como un Dinosaurio que expira hundido en el fango, la palabra se me ha quedado atragantada, inútil y artrítica para explicarme tanta indiferencia ante la desgracia humana. Aunque yo sé, Señor, que  hace tiempo la palabra es entre nosotros un medio inadecuado para decir la verdad, porque hasta eso se ha prostituido. Todos estamos desnudos, avergonzados, en un país que no es capaz  de conmoverse frente a la desolación y el abandono de sus hermanos. Soy tu siervo, una brizna insignificante que tiene el corazón rebosante de amor, y se asombra de que todos los días la luna siga igual de luminosa. Gracias por descubrirnos el horror, la mentira y el crimen de quienes durante siglos nos han gobernado.

¿No está Dios inscrito en las cosas?

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