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¡Federico Henríquez Gratereaux!

Written by Debate Plural
Tony Raful (Listin, 21-2-17)

 

En la histórica Logia Cuna de América No. 2, fundada en 1859, en la calle José Reyes No. 112, casi esquina calle de Las Mercedes, Ciudad Colonial, cita obligada de la intelectualidad dominicana tradicional, en algunos atardeceres de los años 60 y 70 del siglo pasado, se reunían como convidados, fi guras ilustres, personajes beneméritos, en edad avanzada, casi al borde de fi nalizar sus vidas, con una lucidez envidiable y con una memorización de fechas, datos, personajes de antaño y ricas anécdotas. La Logia había parido otras Logias, en un itinerario fructífero de invocaciones a la sabiduría y el conocimiento cifrado, profundo y elevado del ser. Entre las fi guras que habían sido miembros de la Logia Cuna de América, estaban, Juan Nepomuceno Ravelo, Juan Bautista Cambiaso, Américo Lugo, Federico Henríquez y Carvajal, José Gabriel García, José Reyes, Emilio Prud Homme, Francisco Gregorio Billini, Gregorio Luperón, José Núñez de Cáceres y Eugenio María de Hostos. La masonería jugó un papel importante en la lucha por la libertad en todo el continente.

Juan Pablo Duarte fue masón, incluso muchos clérigos, presbíteros, sacerdotes, estuvieron vinculados a la masonería. En nuestro país se dio el fenómeno de que las logias masónicas convivían con la Iglesia Católica, digamos sin los enfrentamientos agudos que se presentaron en Italia, España y otras naciones. La masonería fue importante en la lucha por la emancipación de las colonias norteamericanas, y muchos símbolos masones están presentes en las instituciones de Estados Unidos, es más, incluso en el dólar. La lucha de independencia de los pueblos latinoamericanos incluye el papel infl uyente de los masones y las logias en las conspiraciones y en el diseño de los nuevos estados. Bolívar y San Martín, estuvieron vinculados a la masonería.

Y el presidente mártir de Chile, Salvador Allende, era masón. Mucha gente ignora que al producirse la anexión a España en 1861, las autoridades coloniales españolas identifi caron a las logias masónicas como adversas, focos de disensión y enemigas de la Iglesia, incluso de naturaleza demoníaca. Los masones dominicanos apoyaron activamente la Guerra de Restauración. La disputa entre el arzobispo español, Bienvenido Monzón y la masonería dominicana, provocó el apoyo masivo de los masones al Gobierno en armas de la Restauración de la República. El alzamiento de Moca, del gran José Contreras, en el inicio de la traición de Santana, tuvo entre sus colaboradores a los masones dominicanos.

Los españoles declararon fuera de ley a las logias masónicas dominicanas en toda la República. Los masones reaparecieron públicamente en 1865, izando junto a los patriotas restauradores, la bandera tricolor de la República Dominicana.

Recuerdo que junto a otros jóvenes de la época, visitaba las tertulias que se realizaban en la Logia Cuna de América No. 2, y allí distinguía a don Enrique Apolinar Henríquez (don Quiquí), con una edad avanzada pero lúcido, imponente, sin máculas. Don Quiquí fue la personalidad a quien el doctor Joaquín Balaguer, para justifi car su primera reelección presidencial en mayo de 1970, citó por su nombre para pedirle su opinión sobre su aspiración reeleccionista, diciendo que la opinión de un notable como don Quiquí, valía más que un millón de votos. Don Quiquí, justipreciando el momento histórico desde su punto de vista, le dio el visto bueno.

Pero cuatro años después, en mayo de 1974, en medio del terror difuso que se propagaba por toda la nación, el doctor Balaguer volvió a repostularse, don Quiquí le escribió una carta pública donde señaló que una nueva reelección no era conveniente para los intereses de la nación dominicana. Por supuesto, en esa ocasión el presidente Balaguer desoyó la opinión del ciudadano Henríquez, en lo que pareció ser una devaluación cuantitativa del valor otorgado cuatro años antes a su opinión. Todos los 26 de enero se ofi cia una misa sacratísima como ofrenda al alma de Duarte en la Iglesia de Santa Bárbara. El profesor Rafael Ramón Casado Soler, una especie de ángel entre nosotros, era uno de los más devotos cultores de Duarte, y además era masón. Yo tuve siempre una admiración por este hombre superior, de unas dimensiones morales y espirituales vigorosas. En 1960 cayó preso, siendo una persona mayor, fue vejado por los sicarios de la dictadura trujillista, acusado de ser el jefe de una organización de jóvenes, creada por él, llamada “Nueva Trinitaria”, cuyo propósito era conspirar para derrocar la tiranía. A él me asoció su amor a la libertad. Y sobre todo su incapacidad para odiar. Y fue de la mano de este ilustre ciudadano, que empecé a asistir a esa celebración religiosa los 26 de enero, y además conocí los fundamentos históricos y culturales de la masonería, aunque nunca he sido ni soy masón.

Visitar la Logia Cuna de América, fue para mí asombro y riqueza cultural.

Fue allí donde compartí siendo un mozalbete, con entes de las dimensiones de Franklin Mieses Burgos, Antonio Fernández Spencer, siempre pugnaz pero culto y brillante, don Quiquí Henríquez, Máximo Avilés Blonda, Mariano Lebrón Saviñón, Patín Veloz, entre otros, y una fi gura, que siendo joven, en aquel cenáculo, se le daba la palabra, para ofrecer charlas de profundidad cultural, con amenidad, sintaxis y propiedad intelectual admirables. Era Federico Henríquez Gratereaux. Acaban de otorgarle el Premio Nacional de Literatura. Más que merecido. Se trata de un intelectual bien formado, con un sentido de la estética, del proceso creador y del análisis cultural de nuestra identidad, coherente y representativo. Al conocer el veredicto del honorable Jurado, recordé con nostalgia aquellos años en los cuales lo conocí, despuntando hacia la consagración y la admiración de todos nosotros. Abrazos, Federico, amigo mío.

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