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Algo más sobre la novela histórica y la historia novelada

Written by Debate Plural

Frank Moya Pons (D. Libre, 24-4-10)

 

Entre la historia y la novela existe una frontera casi siempre visible y para muchos es fácil distinguir entre la ficción literaria y la narración histórica propiamente dicha.

Tan fácil resulta distinguir ambos géneros que en las librerías y bibliotecas sus obras aparecen separadas en secciones perfectamente diferenciadas, y el público sabe distinguir claramente entre una novela y un libro de historia.

También sabemos distinguir entre novelistas e historiadores, aun cuando estos intelectuales incursionen ocasionalmente en otros campos, como ocurre, por ejemplo, con Marcio Veloz Maggiolo quien escribe novelas pero también publica sus investigaciones arqueológicas y antropológicas.

Entre las obras de Veloz Maggiolo es fácil diferenciar unas como arqueología, otras como antropología y otras como historia, como productos completamente distintos de sus novelas históricas, aun cuando estas últimas sean narraciones enmarcadas en los escenarios sociales de la Era de Trujillo o de la antigüedad bíblica.

En general, la mayoría de las novelas (exceptuando las surrealistas y las de ciencia-ficción) ubican sus narraciones en escenarios socio-temporales más o menos «reales» pues esta es una de las formas en que sus autores logran hacer más verosímiles sus narraciones.

El caso de la novela «Enriquillo», de Manuel de Jesús Galván, ilustra este fenómeno pues allí el lector sabe que está leyendo una narración ficticia enmarcada en el escenario histórico de la explotación de los indios por los conquistadores y encomenderos españoles en el siglo XVI.

Julia Alvarez, por ejemplo, también ha escrito una novela histórica basada en la gran aventura que significó traer la vacuna de la viruela a América a principios del siglo XIX, utilizando veintidós niños huérfanos inoculados con el virus causante de esa enfermedad. En esta obra queda claro desde el principio que la autora toma un hecho histórico como escenario para desde allí construir su narración ficticia.

Un ejemplo más reciente es la novela histórica «La Isla bajo el Mar», de Isabel Allende, quien utiliza el levantamiento de los esclavos en Saint-Domingue y la Revolución Haitiana para construir una versión ficticia, pero verosímil, de cómo pudo ser la vida familiar, íntima y sentimental de los esclavos africanos y sus amos en la isla de Santo Domingo en medio de las guerras revolucionarias de finales del siglo XVIII.

Igualmente reciente es la novela histórica «El Festín de los Generales», de Carlos Esteban Deive, en la cual este autor toma el famoso Combate de El Cabao, en Hato Mayor, en el cual resultó herido el general Ulises Heureaux, para construir una rica narración de cómo debió ser, según Deive, la huida del poeta Eduardo Scanlan después de haber tenido un trágico lance con un adversario en San Pedro de Macorís en 1881.

La producción de Deive es muy útil para ilustrar la diferencia entre historia y literatura pues este autor ha sido un constante cultivador de ambos géneros y sus obras están perfectamente diferenciadas entre sí. Sus novelas históricas «Magdalena», «Las Devastaciones», y «Viento Negro, Bosque del Caiman» son claramente distintas, en estructura narrativa y método reconstructivo, de sus libros sobre la inmigración canaria, los refugiados franceses, la esclavitud en Santo Domingo en tiempos coloniales.

Tenemos varias novelas históricas muy conocidas en la República Dominicana, como «Baní, o Engracia y Antoñita», de Francisco Gregorio Billini, y «La Sangre», de Tulio M. Cestero, ambas sobre la vida política nacional a finales del siglo XIX. En cada una de ellas el lector sabe que lo que está leyendo es ficticio, pero sabe también que el contexto en el cual actúan los personajes tiene una cierta correspondencia con la ocurrencia histórica.

En la novela histórica los personajes pueden ser creados o re-creados, sus circunstancias pueden ser totalmente inventadas o acomodadas a ocurrencias reales, la trama puede ser completamente ficticia o reelaborada a partir de datos concretos, el desenlace puede nunca haber ocurrido, y el autor puede tomarse todas las licencias que pueda ofrecerle su imaginación. En pocas palabras, la libertad del escritor es total.

Ejemplos de grandes novelas históricas de otros países son «Los Miserables», de Victor Hugo; «Guerra y Paz», de León Tolstoi; «Nuestra Señora de París», también de Victor Hugo; «Sinuhé, el Egipcio», de Mika Waltari; «Quo Vadis», de Henryk Shienkiewicz; «Shogun, Señor de Samurais», de James Vlavell; «La Guerra del Fin del Mundo», de Mario Vargas Llosa; «Memorias de Adriano», de Marguerite Yourcenar; «El Siglo de las Luces», de Alejo Carpentier; «Yo, el Supremo», de Augusto Roa Bastos; y «Los de Abajo», de Mariano Azuela, para mencionar nada más que una docena de las más populares y conocidas.

En todas estas obras la Historia sirve de telón de fondo a muchas historias personales y sociales que, en realidad, no tuvieron lugar o, por lo menos, no ocurrieron de la manera en que han sido narradas, pero el escenario y la ambientación histórica de la trama o de las tramas es tal que el lector queda con una percepción aproximada de la época en que han sido enmarcados los personajes con sus psicologías y sus vidas.

Con la historia novelada ocurre algo, paradójicamente, parecido y distinto al mismo tiempo pues este es un género que pretende fabricar narraciones históricas al tiempo que utiliza la ficción literaria para completar las informaciones faltantes debido a la carencia o limitación de las fuentes.

Muchas historias noveladas parten del reconocimiento de sus autores de que las fuentes disponibles son insuficientes para contar una historia, y por ello asumen la licencia de inventar lo que falta construyendo una narración complementaria que permita suplir aquello que las fuentes no proveen.

Puede haber, desde luego, otras motivaciones para que un autor prefiera escribir una historia novelada antes que una «historia historiográfica». Una de ellas puede ser el empeño pedagógico de llegar al público con una narración no especializada, «complotada» de tal manera que haga más atractiva la lectura de episodios que de otra manera interesarían poco.

Esa fue la motivación de Max Henríquez Ureña cuando escribió sus cuatro «Episodios Dominicanos», a imitación de los «Episodios Nacionales» de Benito Pérez Galdós.

Debemos decir que muchas personas consideran que los cuarenta y seis «Episodios Nacionales» de Pérez Galdós corresponden más al género de la novela histórica que a la historia novelada, pero la dilucidación de este tema queda fuera de los fines de este artículo.

En cualquier caso, cuando se examina la historia novelada se observa que los autores están tratando de reconstruir ciertos períodos o eventos históricos, pero que al encontrarse con fuentes insuficientes o informaciones incompletas rellenan la narración con construcciones ficticias y pasajes que ellos consideran que pueden sustituir de manera verosímil los datos faltantes.

Algunos críticos consideran que las historias noveladas son, sencillamente, historias mediocres e incompletas escritas por personas que no se toman el trabajo de buscar las fuentes adecuadas. Este juicio radical no hace justicia a la calidad intelectual y maestría literaria de muchos practicantes de la historia novelada y pierde de vista que este es un género completamente distinto de la historia propiamente dicha.

La historia novelada es una historia «intencionada», con-formada y deformada conscientemente por sus autores que normalmente saben que están inventando eventos, motivaciones y personajes para hacer más entretenida o atractiva su narración o para lograr algún fin pedagógico.

La historia novelada ha adquirido mucha popularidad en los últimos tiempos porque pone en contacto a muchos lectores con eventos históricos narrados, no como realmente ocurrieron, sino como el autor imagina que pudieron haber ocurrido o como quisiera que hubieran ocurrido.

La historia novelada inventa tramas, documentos, intenciones, diálogos, episodios, personajes, personalidades, relaciones sociales, intereses económicos, etc., y los coloca en la narración como si hubieran ocurrido realmente.

En ese sentido muchos críticos acusan a sus practicantes de ser introducir narrativas falsas en medio de hechos de ocurrencia comprobable con el fin de darle veracidad a la invención novelada, y dicen que la historia novelada es una falsificación de la historia «real».

Muchos se quejan de que al terminar de leer algunas historias noveladas no saben distinguir entre lo que ocurrió realmente y lo que inventó el autor, entre la historia «real» y la falsa historia construida por el escritor.

Sin embargo, en los últimos años algunos críticos literarios han estado llamando la atención de los historiadores «académicos» hacia sus propias narraciones y les están preguntando acerca de la «realidad» de sus reconstrucciones, emplazándolos a considerar si sus narraciones reflejan realmente lo que ocurrió en el pasado.

Estos críticos preguntan a los historiadores profesionales cuál es la diferencia epistemológica entre su historia «historiográfica» y la historia novelada.

Más adelante veremos como se desenvuelve hoy este diálogo.

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