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La donación de un centro universitario a Haití

Written by Debate Plural

Jesús Feris (Hoy, 6-2-12)

 

Cristóbal Colón murió pensando que había llegado a Oriente cuando descubrió esta isla, pero en realidad arribó en Occidente. Desde ese mismo momento, esta media isla llamada República Dominicana en ocasiones ha estado dirigida por gobernantes que han tenido pensamientos paradójicos a la lógica del pensamiento de las mayorías, y el presidente Fernández es uno de ellos.

Lo decimos, porque al ganar Fernández la presidencia del país en el 2004, en vez de organizar un sistema de transporte colectivo a través de autobuses de diferentes niveles de comodidades, tamaños y tarifas, saliendo de terminales establecidas, con horario exacto de llegada a las diferentes paradas, estableciendo múltiples líneas que cruzaran la ciudad Capital en todas las direcciones, educando y uniformando correctamente a los choferes, optó por la solución más onerosa, no sólo para la Capital, sino para el país, con el ingrediente del cuestionamiento de enriquecimiento ilícito de algunos constructores de la obra, llamada el Metro.

Tampoco pensó en un sistema de trenes de superficie llamados de diferentes nombres, aunque el más conocido es el tranvía, en que sus costos de instalación y mantenimiento son muchos más baratos.

Asimismo, al pensar en construir apartamentos para reducir la escasez de vivienda que existe en el país, donde una de las responsabilidades del Estado a través del gobierno central es proteger a las clases más desposeídas, optó por la construcción de apartamentos de lujo para una clase media alta que bien pudo optar a préstamos bancarios, sobre todo en las Asociaciones de Ahorros y Préstamos.

Pero para ponerle la tapa al pomo, en su final del segundo mandato consecutivo, acaba de donar una Universidad a la vecina República de Haití, catalogada como el país más pobre del Continente Americano.

Pero Haití, además, posee una tasa muy elevada de  analfabetismo y por lo tanto, sus requerimientos básicos son la educación primaria, secundaria, e ir mejorando con politécnicos mucho antes de la educación superior o universitaria.

La experiencia de nuestro país cuando recibe donaciones de otros países ha sido que las donaciones, tales como vehículos, maquinarias y equipos, entre otros, son de origen del país donante. Es una forma de promover y defender los productos y riquezas del donante.

En ese sentido, nuestro país recibe los estudiantes haitianos que vienen a estudiar a nuestras universidades y la gran mayoría de ellos son los hijos de ricos y clase media que pagan sus inscripciones en dólares, rentan apartamentos, tienen vehículos, consumen combustibles, alimentación, bebidas, ropas y gastan en bares y discotecas como todos los jóvenes de su edad y condiciones económicas, ya que los pobres en Haití no logran en su mayoría llegar a la educación superior.

Solamente la Universidad Autónoma de Santo Domingo tiene inscritos más de un centenar de estudiantes haitianos y aunque tienen una tarifa especial, todos, es decir el 100% de los estudiantes, pagan su matriculación en dólares y UNIBE unos 30 que pagan una matriculación más elevada.

Sin lugar a dudas, la mejor ayuda que pudo ofrecer el gobierno dominicano a Haití, desde el punto de vista educativo, hubiera sido donar por el monto invertido en una universidad, en la edificación de escuelas primarias y secundarias, y no en educación superior, ya que los jóvenes haitianos que estudian en nuestras universidades además de estudiar y consumir aquí, adquieren indirectamente nuestra cultura y estrechan más las relaciones con nuestros coterráneos.

Qué pena que el presidente Fernández haya pensado tan paradójicamente, ya que la República Dominicana tiene la obligación de ayudar a ese pueblo a salir del estado de miseria en que se encuentra, porque el desarrollo de Haití está íntimamente ligado a nuestro desarrollo.

 

Universidad Henri Christophe

 

Habría que menospreciar  a la intelectualidad haitiana para no entender el metamensaje  del nombre que eligieron para la primera universidad donada  por nosotros a su país, porque la biografía  de  Christophe, que todos los y las que leemos conocemos  es la de El Reino de Este Mundo (1949), del inmenso Carpentier,  que narra  la historia de un cocinero de la ciudad del Cabo, que se alza con el poder por el cual ha sido deslumbrado desde muy joven, e instala una mala copia de la Corte Napoleónica.  Allí encontramos a “jóvenes capitanes de bicornio (a lo Trujillo), libreas doradas, relucientes uniformes y botas de charol”.

La intelectualidad haitiana sabe que el único líder haitiano con prestigio en la región, además de los históricos autores de la primera Revolución Negra del Nuevo Mundo, es Petion, quien apoyó las jornadas libertarias de Bolívar, financiándole el regreso , las armas  y solicitándole algo que Bolívar tampoco pudo cumplir:  “libertar los esclavos doquiera que independizara una nación”.  Difícilmente, podía esa intelectualidad  apoyar el nombre de Christophe, para la universidad, quien restauró la esclavitud, sobre el de Petion, si no hubiera antepuesto su resentimiento contra nosotros, a la ocasión.  Un resentimiento en no marxistas, porque lo que esa intelectualidad tradicional insiste en ignorar es el papel de su propia oligarquía en la tragedia que abate a Haiti.

No, lo que esa intelectualidad  quería era burlarse de nosotros,  y vengarse (de ahí que arrancaran la foto de Don Juan del Auditorio) del grotesco incidente del Parque Independencia, donde un grupo de enaltecidos “nacionalistas unilaterales” arrancó la foto de Sonia Pierre de una mala exhibición de fotografías de mujeres,  que generalmente  niegan con su vida los postulados del  8 de marzo, pero eso es harina de otro costal.  Lo terrible es que, al hacerlo, ignoraban al más preclaro humanista de este país, en lo que respecta a su nación, y la famosa carta que le escribió Don Juan a Demorizi y Pena Batlle, (1942), entre otros, apelando  anteponer la solidaridad con los oprimidos a cualquier consideración “nacionalista”. Esa carta, que promoví en Europa en varios foros, debería ser traducida al creole y distribuida por millares en Haití.

Son viejos odios, aquí y allá, fomentados por la estupidez y la mezquindad, que solo la madre naturaleza va a cambiar. Y eso me quedó claro en dos últimos sueños: en el primero me veo en la Citadel, recorriendo aquellas habitaciones vacías, donde todo es de piedra, hasta los muebles, y tropezando con miles de ídolos rotos en el piso, de metal, madera y barro, para,  al final encontrar  una salida y verme  frente al mar, que se oscurece de repente y se levanta  en un Tsunami. Naturaleza que barrerá aquí.

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