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De parte de quien le incumbe

Written by Debate Plural

Andrés L. Mateo (Hoy, 28-12-11)

Leonel Fernández debería saludar de mi parte a los miles y miles de indigentes a quienes entrega canastas navideñas, porque el dinero con el que él se disfraza de filántropo proviene de los impuestos que pagamos todos. Y como en la cena faraónica con la que agasajó a cincuenta mil ciudadanos  las botellitas de agua tenían su imagen, exijo también que pongan la mía, porque yo soy un contribuyente, y él es un empleado público que no tiene ningún derecho a usar de los bienes de la nación para alimentar su megalomanía.

Esto que estoy pidiendo lo pueden pedir todos los ciudadanos de este país, porque el fisco es la concreción de lo público, y todavía no vivimos en una Monarquía (al menos legalmente), aunque tengamos un presidente que se cree un Monarca, y una práctica política en la que los senadores tienen un “barrilito” clientelar, los diputados manejan “asignaciones especiales”, y los ministros se convierten de la noche a la mañana en tutumpotes de alta prosapia.  Nadie ha declamado más que Leonel Fernández sobre la institucionalidad, e incluso impulsó una Reforma Constitucional en la que el país se define como “un Estado social de derecho”,  pero si leemos su práctica, no su discurso, nos damos cuenta que es la rúbrica del súper-ego del yo autoritario de la historia dominicana la que él reproduce.

Si el clientelismo existe es por la negación de los derechos sociales de los ciudadanos. Y ese fardo clientelar es el modo como la práctica política dominicana ha contribuido con la delincuencia. ¿Qué es Leonel Fernández entregando una canasta navideña, o un sobre con dinero, a pobres de solemnidad?  Un simple mortal transformado en un Dios engreído que encanallece la vida espiritual de la nación,  se aprovecha de la pobreza, y se enreda en la simbología de la dureza de toda la recurrente modalidad opresiva con que se actúa desde el poder en países como el nuestro. Es un político desencajando a su antojo la pobrísima estructura institucional del país, hurtándole a la educación o a la salud recursos suficientes para modernizar un hospital o atender cien escuelas.

Y es algo más peligroso, porque entraña la construcción de un poder personal desmesurado, que desde los órganos del Estado ha tenido el privilegio de ir instalando un dispositivo de control que lo ha reagrupado todo (dádivas de beneficencia, bonos estudiantiles, bono-gas, bono combustibles, tarjetas solidaridad, nóminas secretas con fondos públicos, bono-luz, permisibilidad para el enriquecimiento de la estructura de dirección del partido oficial, dominio de los medios de comunicación y de comunicadores por la vía del dinero, rentismo, control de partidos políticos “opositores”,  cooptación de “intelectuales” historiadores,  y artistas y un largo etc.). Y si a ello agregamos ahora  el dominio pleno de la suprema corte, el tribunal electoral, y el tribunal constitucional; además de la cámara de cuentas, es claro que todos los engranajes de la sociedad están en sus manos.

Jamás habíamos sentido tan nítidamente la impotencia de vivir en una sociedad secuestrada. Nada hay ahora mismo en este país que no esté bajo el control personal del presidente Fernández. Es una figura ascensional, que resume más de ciento cincuenta años de historia que ocupan los “imprescindibles” y ególatras, en el largo rosario que ha gobernado este país. Pero todos tenemos  derecho a exigirle. Aunque Leonel Fernández cree que su pasta divina suspende la verdad cotidiana, es bueno recordarle que todo su glamour y bonhomía se financia con los impuestos que pagamos todos los ciudadanos. Y que él se puede creer el sueño mismo de lo grandioso, pero en cada cajita de navidad que  entrega, en cada sobrecito con la dádiva,  está el sudor del país, la producción de riqueza del aparato productivo, el futuro truncado de un país que es hoy el campeón de la corrupción en el mundo.

Que salude de mi parte a los miles y miles de indigentes a quienes entrega canastas, que pongan mi foto en las botellitas de agua, y que todos le pidamos lo mismo a ese ser que usa el dinero público para esculpir el epitafio de la ambición que se erigió a sí mismo.

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