Nacionales Sociedad

La población aborigen y los orígenes violentos del cruce racial (I)

Written by Debate Plural

Franklyn J. Franco (D. Libre, 17-8-12) 

 

Con esta entrega iniciamos la publicación del primer capítulo de la obra «La población dominicana», próximo a salir en octubre, de la autoría del historiador y académico Franklyn J. Franco

En los momentos en que los expedicionarios conducidos por Cristóbal Colón inician en 1492 la invasión de las islas y el continente que luego sería bautizado con el nombre de América, la isla de Haití, más tarde La Española o Santo Domingo, donde llegaron tales aventureros el 5 de diciembre de ese mismo año, estaba densamente poblada según los datos procedentes del propio navegante genovés, de cronistas, sacerdotes y relatores de la época.

El grupo étnico aborigen al que pertenecían sus habitantes, identificado por estudiosos e historiadores como «taíno», también poblaba parte de las islas de Cuba y Puerto Rico. Según se ha establecido, era culturalmente el más avanzado del ambiente geográfico antillano.

En las diferentes referencias sobre la población de nuestra isla que aparecen en los archivos españoles y en los estudios hasta la fecha realizados, las coincidencias en cuanto al número total de la población son escasas, y las cifras distantes. En tal virtud, no se ha podido establecer su real magnitud, pese a los esfuerzos que han realizado demógrafos, sociólogos e historiadores.

Así por ejemplo: el padre La Casas nos habla de 3 o 4 millones, Oviedo reduce la cifra a 1 millón de habitantes, mientras Fray Bernardo de Santo Domingo refiere que al momento del primer repartimiento la isla tenía 1,100,000 vecinos, y como en la terminología de la época «vecino» significaba cabeza de familia, esa cifra equivaldría a 4 millones, aproximadamente, pues cada familia tenía por lo menos cuatro miembros.

Por otra parte, sacerdotes dominicos en carta del 4 de diciembre de 1519, señalan que al momento del descubrimiento la isla tenía una población de dos millones y mientras Pedro Mártir de Anglería ofrece la cifra de 1,200,000, cercana a la que señaló el licenciado Zuazo, Oidor de la Audiencia, quien en carta al Canciller de la corte de Carlos V, la estimó en 1,130,000 habitantes .

El alemán Nikolaus Federmanns quien camino a Venezuela estuvo en Santo Domingo en 1529, señaló que las informaciones obtenidas indicaban que en 1492 la isla «tenía 500,000 indios de varias tribus y lenguajes» , mientras el Obispo Fonseca, una figura eclesiástica poderosa y sumamente informada, señaló a Fernando el Católico que en su opinión la población de la isla era de 600,000. Advertimos por último que muchos especialistas de la época moderna opinan que la población de La Española debió de ser superior a los 100 mil habitantes.

El historiador dominicano Moya Pons en su primera referencia a la población taína de nuestra isla, la estimó en 1971 en 600,000 habitantes; más tarde corrigió y la redujo a 400,000 en 1987, y en el capítulo dedicado a la población del texto que coordinó para el Consejo Superior de Investigaciones Científicas de España y la Academia Dominicana de la Historia, publicado en el 2010 con el título de «Historia de la República Dominicana«, expresa que «la población taína previa a la invasión española debió estar constituida entre 400,000 y 600,000 personas».

Pero más importante que determinar con exactitud la verdadera cifra de la población aborigen existente en la isla a la llegada de los invasores, lo es seguir su evolución a partir del momento en que se inicia la trágica experiencia de su conquista y colonización en nombre de la civilización y en defensa de la religión cristiana, momento en que mediante el uso de la violencia se impone la dominación española a sus habitantes y la isla comienza a convertirse en colonia, al mismo tiempo en que va sucumbiendo la organización social tribal y comunitaria aborigen y se va levantando de forma brutal el muevo ordenamiento económico-social y político colonial diseñado sobre la base del modelo metropolitano, pero que arrojó como resultados estructuras e instituciones políticas y relaciones sociales originarias de la península ibérica, pero distintas, que la identifican como particulares de la nueva realidad americana.

Independientemente de las cifras anteriormente señaladas sobre la población aborigen existente en la isla de Santo Domingo en 1492, el estudio del movimiento demográfico de la isla a partir de las primeras décadas de su conquista y colonización, evidencia que durante ese breve periodo se registró en nuestro suelo una verdadera hecatombe demográfica, es decir, un genocidio de características desconocidas hasta aquel momento en la historia de la humanidad; episodio terrible que condujo en pocos años a la total desaparición de su población.

Para edificar a los lectores en este tema de la demografía histórica, es importante citar los datos sobre la población aborigen americana estimada para 1492 por un especialista muy bien formado en tales cuestiones: Ángel Rosemblat sobre cuyas cifras partimos, quien consideró que era la siguiente:

Dentro de las nuevas realidades sociales que tempranamente aparecieron fruto del encuentro del viejo y el nuevo mundo, el de mayor trascendencia y permanencia en el tiempo lo fue el cruce racial; iniciado en principio bajo el estupro, como lo prueban las acciones violentas contra las mujeres aborígenes de La Española que llevaron a efecto en enero de 1492 los expedicionarios, miembros del primer asentamiento establecido por Colón en este continente durante su primer viaje, acción delincuencial colectiva que fue respondida con el ataque efectuado por el cacique Caonabo contra la fortaleza de La Navidad construida por Colón antes de su retorno a España, que conllevó el total exterminio de sus ocupantes.

Explica la conducta sexual violenta de los invasores españoles que acompañaban a Colón sobre las hembras aborígenes, la baja procedencia social y moral de sus integrantes, una buena parte delincuentes y criminales excarcelados expresamente por la corona española para que acompañaran al Almirante en su riesgosa aventura de trazar una nueva ruta para el tráfico marítimo hacia la India, la China y Japón, propósito original del proyecto colombino.

Una primera provisión de los Reyes Católicos ordenó el 30 de abril de 1492, permitir a delincuentes condenados a la pena de muerte acompañar a Colón, señalando: «que no conozcáis de ninguna causa criminal, tocante a las personas que fueren con el dicho Cristóbal Colón en las dichas tres carabelas, durante el tiempo susodicho; porque Nuestra merced y voluntad es, que todo ello este así suspendido» — y otra del 22 de junio de 1497, con motivo del tercer viaje es aún más amplia: «Habemos mandado a Don Cristóbal Colón, Nuestro Almirante de las Indias del Mar Océano, que vuelva a la Isla Española y a las otras islas y Tierra Firme… y para ello habemos mandado armar ciertas naves y carabelas y que va cierta gente pagada por cierto tiempo… y porque aquella no puede bastar para que se haga la dicha población… si no van otras gentes que en ellas estén y vivan a sus costas; y Nos, queriendo proveer sobre ello, así por lo que cumple a la dicha conversión y población, como por usar de clemencia y piedad con Nuestros súbditos y naturales… ordenamos,

… «que todos y cualesquier personas varones… que hubieren cometido hasta el día de la publicación desta Nuestra Carta, cualesquier muertes y heridas, y otros cualesquier delitos de cualquier natura y calidad que sean, excepto de herejía y Lesae Majestatis, o perduliones o traición… que fueren a servir en persona a Isla Española, y sirvieren en ella a sus propias costas, y sirvieren en las cosas que el dicho Almirante les dijiere y mandare de Nuestra Parte,

«lo que merecieren pena de muerte (y sirvieron) por dos años, y los que merecieron otra pena menos que no sea muerte, aunque sea perdimiento de miembro (y sirvieron) por un año, sean perdonados de cualesquier crimen y delito, y de cualquier manera y calidad de gravedad que sean…

«En adelante, non puedan ser acusados por los dichos delitos… ni puedan ser ejecutadas en ellos ni en sus bienes las sentencias que contra ellos son o fueren dadas, las cuales Nos, por esta Nuestra Carta revocamos y damos por ningunas, y de ningún efecto y valor, cumplido el dicho servicio…

«Y restituimos a los dichos delincuentes en su buena fama y el punto y estado en que estaban antes que hubiesen hecho y cometido los dichos delitos»…

Pedro Mártir de Anglería testigo singular pues escribió en esa misma época su obra consultado documentos y entrevistando en España viajeros procedentes de América, enriquece en este orden nuestra afirmación cuando expresa en sus «Décadas del Nuevo Mundo» que «la gente que había seguido al Almirante en la primera navegación, en su mayor parte indómita, vaga y que, como no era de valer, no quería más que libertad para sí de cualquier modo que fuera, no podía abstenerse de atropellos, cometiendo raptos de mujeres insulares a la vista de sus padres, hermanos y esposos; dados a estupros y rapiñas, habían perturbado el ánimo de todos los indígenas» .

Nadie mejor que Cervantes pudo describir lo que significaba América para los españoles en aquellos tiempos, cuando señaló que Las Indias eran: «refugio y amparo de los desesperados de España, iglesia de los alzados, salvoconducto de los homicidas, pala y cubierta de los jugadores…, añagaza general de mujeres libres, engaño común y remedio particular de pocos».

Sin embargo advertimos, que entre los delincuentes embarcados en los primeros viajes, también llegaron perseguidos y condenados por cuestiones religiosas. Carlos Esteban Deives, señala a Luis de la Torres, expedicionario del primer viaje, un judío-converso que «fue bautizado antes de zarpar», que se suponía venía como intérprete. Y lo mismo ocurrió en el segundo y tercer viaje pues la invasión de España a América, coincidió con la expulsión masiva de los judíos ordenada por los Reyes Católicos en 1492.

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