Nacionales Sociedad

Haití-RD: Blancofilia y negrofobia

Written by Debate Plural

Diógenes Céspedes   (Hoy, 23-1-11)

Algunos intelectuales dominicanos, blancos, mulatos o negros, se han consolado, a través de la historia de nuestro país con afirmar, argumentar y razonar que en nuestra sociedad no existe el racismo y que esto se debe a que durante los siglos XVII y XVIII la pobreza igualó a amos y esclavos en el trato social.

Este discurso ideológico sirve de consuelo y anestesia para que no se examine en sus vectores ideológicos el instrumentalismo social que supone el racismo y la discriminación por el hecho del color de la piel.

En el artículo anterior, vimos la cita pertinente de Pedro Andrés Pérez Cabral acerca de la blancofilia y la negrofobia en el proceso colonial y de independencia de 1844 y cómo semejante proceso deformó sicológicamente la personalidad no solo de los mulatos, sino también de los negros.

No fueron los hermanos Puello quienes se pararon primero en dos patas para decirles a los trinitarios y Santana que si se mantenía la abolición de la esclavitud, no habría apoyo para la separación en contra de Haití. Fue el coronel Pablo Alí el primero que le dijo al gobernador Pascual Real que no contara con los negros de Monte Grande si no se reconocían las cartas de ciudadanía y otros privilegios prometidos por España a él y a otros prohombres de color que habían servido lealmente a la Monarquía. El mismo fracaso acompañó a Núñez de Cáceres y su independencia efímera cuando mantuvo la esclavitud y Pablo Alí y su gente se acogieron al partido haitiano que negoció la unión de los dos territorios en una sola república y no hubo en 22 años de gobierno ningún levantamiento militar contra Boyer, a pesar de que los regimientos militares estaban comandados por dominicanos.

Uno de los puntos centrales de la unión con Haití fue la abolición de la esclavitud, proclamada en 1801 con la venida de Toussaint, pero que por las razones históricas que conocemos, no pudo entrar en vigor.

Si como aseveran los discursos consoladores y anestésicos de ciertos intelectuales dominicanos, amos y esclavos eran iguales en el trato, no se explica entonces cómo la abolición de la esclavitud figuró en el punto número uno de la agenda de la unión con Haití. Las voces consoladoras buscan, en el presente, siempre en el presente sin importar el año en que escriban, borrar la existencia del racismo de la sociedad dominicana y también se orientan a escamotear la responsabilidad de quienes mantienen y se nutren de la explotación de ese instrumentalismo social, en el fondo del cual subyace la idea de que el blanco es étnica y biológicamente superior al negro y al mulato.

Un prominente miembro de la oligarquía dominicana respondió una vez, en privado, de la siguiente manera a la pregunta de por qué las clases sociales poderosas de Santiago se casaban primos con primos: “Para mantener la pureza de la raza.”

Va de suyo que con semejantes matrimonios endogámicos, se mantienen también unidas las fortunas económicas. Lo primero refuerza lo segundo.

Pero el prominente oligarca erraba, por no conocer el origen histórico de su proveniencia de clase, acerca de la pureza de la sangre. Si él hubiera echado un vistazo a la historia se hubiese dado cuenta de que en la base de la oligarquía dominicana estaba directamente involucrada una negra hija de esclava, llamada Teresa Méndez (alias Camateta), nada más y nada menos que la madre de Buenaventura Báez, cinco veces presidente de la República, dictador, corrupto y responsable de la quiebra de los tabaqueros y los campesinos del Cibao.

Pues bien, la hija de Báez, Amelia, se casó con el general Marco Cabral, hijo de José María Cabral Luna, baecista primero y azul después, y de ese matrimonio salió el vástago llamado José María Cabral y Báez, quien se casó a su vez con María Petronila Bermúdez, de cuya unión fue producto el niño José María Cabral Bermúdez.

Todo el andamiaje genealógico de estos apellidos Cabral-Báez-Bermúdez, en acelerado proceso endogámico, se unirán, hasta el día de hoy, con los siguientes apellidos ligados, y llevan la sangre de la Camateta:  Vicini, Barletta, Espaillat, Madera, Polanco, Batlle, Delgado, Anderson, Lama, León, Vega, Viyella, Diez, Pool, Tavares, Bonetti, Pastoriza, Olavarrieta, Pellerano, Ricart, Brugal, García Godoy, Arzeno, Caro, Troncoso, Ginebra, Cáceres, Franco, Antuña, Sánchez (biznieta del patricio) Piantini, Bonnelly, Correa, Jáquez, Grieser, Reid, Baquero, Llenas, Brea, Paiewonski, Antún, Cunillera, Bisonó, Barceló, Ariza, Thomén, Cocco, Portela, Iglesias, Yunén, Grullón, Thomás, Crouch, Elmúdesi, Finet, Peynado, Moya, Vidal, Mathis, López Penha, Romano.

Los presidentes negros o mulatos que ha tenido la república, son, desde que la oligarquía sentó sus reales en el país con Don Juan el Viejo, mascarones de proa de esta clase social, como lo fueron Lilís, los caciques regionales de la montonera o modernamente Balaguer y Leonel Fernández, por más que algunos quieran escapársele a la oligarquía o crear una fracción burguesa de nuevos ricos.

Ese frente oligárquico (gobierno y control de toda la economía del país por parte de unos pocos) ha vivido del patrimonialismo del Estado, lacra que junto al clientelismo de los políticos, ha arrasado con los mejores proyectos encaminados a la formación de un verdadero Estado nacional burgués, con todas las características que distinguen al llamado Estado nacional moderno: inclusión del pueblo organizado, igualdad de todos ante la ley, Estado de Derecho, juridificacion, monopolio legal y efectivo de la violencia, soberanía y control efectivo del territorio, creación de la ciudadanía, observancia de todos los derechos humanos, sociales y políticos,  etc.

Pero, ¿qué ha hecho ese frente oligárquico desde que Lilís dijo que el verdadero Presidente de la República era Don Juan Vicini el Viejo? Rafael Trujillo, quien conocía para que daba cada dominicano,  en un discurso antes los hombres de negocios en 1956, en el hotel Embajador, trazó esta radiografía del oligarca dominicano: “Industriales, comerciantes y agricultores, en crecido número, no han correspondido a las esperanzas del gobierno, a las verdaderas necesidades del país y a las ventajas que les ha ofrecido la Administración. Unos, no han comprendido el alcance de su misión en la trascendental etapa que cruza la República; otros, sin espíritu creador, mantienen un comercio estacionario, incipiente; aquellos, carecen de iniciativa y ponen en la sombra de las arcas el dinero ganado; muchos no son realmente comerciantes, en el sentido cristiano del vocablo, sino enfebrecidos especuladores. Todo lo esperan del Gobierno; todo lo piden al Gobierno: Iniciativas, protección, ayuda ilimitada, perdón para las faltas.” (Francisco Rodríguez de León, “Balaguer y Trujillo. Entre la espada y la palabra”, 1996, p. 207)

Cualquier parecido o semejanza con la ideología de los empresarios de hoy es pura coincidencia.

En punto a ideología, el oligarca dominicano ancla su origen al final del gobierno de Lilís, cuando Vicini, Canevaro y Pellerano comenzaron a acumular, desde la pobreza de inmigrantes sin formación burguesa en su país de origen. De ahí que su ideología sea todavía hoy pequeño burguesa, católica y apegada al patrimonialismo.

La contraparte dominicana, la llamada burguesía haitiana, no es tal. La misma blancofilia y negrofobia, analizada por Pérez Cabral en “La comunidad mulata”, arropa a todas las clases sociales haitianas, las cuales desean ser blancas al precio que sea. Y  lo dice un autor haitiano en un libro valiente y sin sospecha de antihaitianismo: Me refiero a Léon-François Hoffmann, profesor de Princeton University, autor de “Haiti. Couleurs, croyances, créole” (Puerto Príncipe: Henri Deschamps/Cidihca, 1990). Una obra que la “intelligentsia” dominicana debe leer. El bovarismo no está únicamente de este lado, como creía Jean Price-Mars.

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