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Daesh y el ‘fanatismo’ occidental

Written by Debate Plural

Walter Ego (Sputniknews, 30/7/2016)

Una añeja máxima define al ‘fanático’ como esclavo de sus ideas y no dueño de ellas.

Si se acepta el postulado, y no encuentro motivos para el rechazo, este no solo describe perfectamente a los integrantes y adeptos de Daesh, describe asimismo el fervor de buena parte de ese ‘hombre occidental’ que ha hecho de la tolerancia y la corrección política blasones indiscutibles de su civilización.

Ese ‘fanatismo’ occidental nace del tutelaje a ultranza de determinados valores culturales —democracia, tolerancia, libertad de culto y de expresión, etc.— que la tradición ha sancionado; de ahí que se muestre refractario al cambio, siquiera circunstancialmente. Ante Daesh, Occidente parece haber adoptado la concepción ética de la tolerancia de John Locke abreviada en su frase «dejad de combatir lo que no se puede cambiar»; de ahí los éxitos que se anota Daesh con sus impredecibles prácticas de terror, esas que hacen que Occidente se pregunte con ‘almodovariana’ perplejidad «¿Qué he hecho yo para merecer esto?» Daesh, triste reconocerlo, practica judo con Occidente. Utiliza a su favor la civilizada ‘fortaleza’ de su oponente para desequilibrarlo y hacerlo caer. Siempre ha sido difícil enfrentar al terrorismo, pero a la fecha resulta aún más escabroso por la renuencia de Occidente a dejar de ser esclavo de sus ideas.

Ante Daesh no es posible declarar «una guerra que hay que librar por todos los medios, pero respetando las leyes» —como dijo François Hollande, presidente de Francia—. Las leyes se pactan entre iguales; por ello no puede invocarse la tolerancia ni la corrección ante el empeño de Daesh de imponer su califato sangriento, mucho menos ante quienes no se muestran correctos ni tolerantes cuando proclaman que «conquistaremos vuestra Roma, romperemos vuestras cruces, y haremos esclavas a vuestras mujeres» —según afirmaron desde Daesh—. La decapitación, en Francia, de un anciano cura católico de rodillas frente a un altar esta postrera semana de julio, apenas sí es la macabra ilustración de ese fin último, el símbolo brutal de una guerra que no es de religiones, sino de civilizaciones.Para Occidente, con su lectura lineal del progreso, con ese torpe convencimiento de que «todo tiempo futuro tiene que ser necesariamente mejor», la intolerancia supone una regresión inaceptable a tiempos de oscuridad de los que se aleja asimismo con la mordaza de la corrección política, esa censura ‘a lo Christian Dior’, y su frívolo intento de evitar afrentar a grupos étnicos, culturales o religiosos. Son esos logros civilizatorios los que por no ofender al islam procuran razones para descifrar a Daesh, a quien se llega incluso a considerar un daño colateral consecuencia del Occidente opresor.

En el enfrentamiento a Daesh no son ideas las que se combaten sino delirios descarrilados. Por ello no cabe intentar analizarlos a la luz de la razón occidental. Ante el odio y la barbarie no valen razones. El odio acaso pueda enfrentarse con amor según el precepto cristiano (Lucas 6:29) que llama a «dar la otra mejilla» ante la afrenta primera. ¿Pero qué mejilla se puede dar tras la barbarie que te destroza los rasgos y destierra a la piedad?Por demás, qué razones cabe referir ante quienes prefieren elegir de la azora número dos —la Al Báqara— la aleya que excluye «Matadles donde deis con ellos, y expulsadles de donde os hayan expulsado [….] No combatáis contra ellos junto a la Mezquita Sagrada, a no ser que os ataquen allí […] (191)», antes que la aleya que abraza «Los creyentes, los judíos, los cristianos, los sabeos, quienes creen en Dios y en el último Día y obran bien, esos tienen su recompensa junto a su Señor. No tienen que temer y no estarán tristes (62)». De lecturas ahistóricas del Corán que devuelven una falsa esencialidad se nutre el islam radical. De parejo desdén hacia las circunstancias se nutre el ‘fanatismo’ occidental que sostiene a Daesh.

«El respeto al derecho ajeno es la paz» dijo Benito Juárez en hermosa frase que debiera encabezar todo manual de civismo; empero, si el retruécano es permitido, también aquellos a los que otro Libro Sagrado reveló verdades esenciales —también quienes cuestionan las mismas— tienen «derecho al respeto ajeno», ese mismo respeto que Occidente prohíja con su laicismo, con la aceptación de la diversidad y la multiculturalidad que ha recodificado su ADN social. Ello lleva a que Occidente quiera leer a Daesh con el breviario de la Ilustración a mano —la clásica condena al islam— sin reparar en que el apego a ese sueño de la razón —política, y con permiso de Goya— es el que ha producido al monstruo llamado Daesh.

Si Occidente no repara en las consecuencias de su ‘fanatismo’, si no cambia su política hacia Daesh —o cualquier otro capítulo vigente del islam radical—, terminará por lamentarlo algún día. Ojalá —y no hay ironía en este préstamo arábigo ni en la frase con que concluyen estas líneas políticamente incorrectas— que nunca llegue esa triste fecha en que un Occidente desolado se merezca el mismo reproche de la sultana Aixa a su hijo, el emir Abu Abd Allah ‘Boabdil’, tras su expulsión de Granada por los Reyes Católicos:»No llores como una mujer lo que no supiste defender como hombre».

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