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UE contra OTAN: ¿vasallaje, ruptura o independencia?

Escrito por Debate Plural

Luis Gonzalo Segura (Russia Today, 2-3-21)

 

Europa se entregó en vasallaje a Estados Unidos tras la destrucción provocada por las dos guerras mundiales que terminaron con la vida de más de cien millones de personas y causaron una destrucción tan atroz como la honda sensación de culpa entre los países europeos y la consiguiente bancarrota, especialmente en el caso de Alemania. Culpa, destrucción, muerte y bancarrota llevaron a Europa a someterse a Estados Unidos incondicionalmente. Fue una sumisión [colonización] por invitación o un ‘imperio por invitación’, un episodio casi inédito en la historia.

Los tiempos cambian, y sin embargo pareciera que los problemas son reiteradamente los mismos. La Unión Europea celebra esta semana una cumbre con la que pretende dar un paso definitivo hacia la independencia de Estados Unidos, pero nadie es capaz de asegurar que lo consiga, ni siquiera que estos pasos que comienza a dar no terminen, como ha sido habitual a lo largo de su historia, en una ruptura de imprevisibles consecuencias, o, como ha sido habitual en las últimas décadas, en un estruendoso fracaso. No será nada fácil para la Unión desembarazarse de Estados Unidos, ese ‘socio’ que mangonea las cuentas de la empresa aprovechando los desacuerdos familiares, pero quizás sea más difícil aún conseguir que la Unión no salte en varios pedazos en los próximos años.

Como tras cada crisis, la guerra de los Balcanes en los años noventa o las invasiones de Irak y Afganistán y las guerras de Libia o Siria a principios del siglo XXI, los duros años de humillaciones de Trump, que se despachó a voces con sus socios europeos en las reuniones OTAN, han convencido a la Unión de la necesidad de independizarse, lo que denominan «actuar con autonomía». La UE quiere ser un actor geopolítico principal en el mundo, tanto en su área de influencia, el norte de África y Oriente Próximo, como en Asia, Pacífico o América Latina. Pero hay algo más que humillaciones tras el nuevo intento de independencia: Rusia.

Las relaciones de la Unión Europea con Rusia pasan por uno de sus peores momentos, para gozo y beneficio de Estados Unidos, y ello ha terminado de convencer a una mayoría europea de la necesidad de cortar lazos y tomar decisiones. Si hay que pelear con Rusia, al menos que sea porque la propia Unión Europea lo ha decidido, no porque ello se enmarque en un plan norteamericano de aislamiento de Rusia. Aunque este no es un sentimiento compartido en Europa.

Ahora mismo, Francia y Alemania son las dos potencias impulsoras del proyecto de independencia, pero sus propias diferencias, así como el temor que genera un eje tan potente como el franco-alemán entre el resto de países, constituye, paradójicamente, uno de los mayores obstáculos. Frente a ellos, países como Polonia o las Repúblicas bálticas se oponen o dificultan el proyecto porque aspiran a la defensa OTAN, sufragada en más de un 80% por países que no forman parte de los 27 miembros de la UE.

Sin embargo, no solo es un temor absurdo, sino que es un temor muy lucrativo, pues los países de la Unión Europea han gastado, con un aumento progresivo en los últimos cinco años, unos 180.000 millones de euros en Defensa, lo que supone el triple que Rusia. Además, casi duplican en efectivos a los rusos e incluso llegan a tener más efectivos que los norteamericanos, que cuentan con un despliegue mundial, incluyendo múltiples bases militares en Europa.

Esto se debe a que este gasto militar europeo, que cuenta con múltiples duplicidades, no está concebido para defender a Europa ni para convertirla en un jugador geopolítico más, sino para su expolio. En muchos casos se trata de programas duplicados y, peor aún, carentes de cualquier elemento de planificación. Se compran armas como el que acude hambriento al supermercado y muchas de ellas ni son necesarias ni jamás se utilizan. Por no hablar de la total ausencia de proyectos comunitarios, pues únicamente 7.000 de los 186.000 millones de euros gastados en Defensa durante 2019 lo fueron en programas conjuntos. Una cifra irrisoria.

Por desgracia, la Unión Europea cumple con los propósitos que tiene para ella Estados Unidos: «Los tres grandes imperativos de la geoestrategia imperial [de Estados Unidos] son los de  impedir choques entre sus vasallos [países europeos] y mantener su dependencia en términos de seguridad [OTAN], mantener a los tributarios obedientes y protegidos e impedir la unión de los bárbaros [Rusia, China, Irán]» (Brzezinski, 1997). Y para ser más específicos, Europa es la «cabeza de puente» en Eurasia y su principal misión es arrinconar en Asia a Rusia, para enfrentarla con China, y mantenerse dependiente de Estados Unidos.

No es un secreto que Estados Unidos ha apoyado el crecimiento de la Unión Europea durante los últimos veinte años en tanto en cuanto esta ha seguido subordinada a sus designios mediante la OTAN, una organización imperial al servicio de Estados Unidos. Así pues, la Unión Europea, como parte de la OTAN, o la OTAN como titiritero de la Unión Europea, organizaron la expansión hacia los antiguos países soviéticos, anexionándose la mayoría de ellos e incorporando a las Repúblicas bálticas para después intentar lo propio con Ucrania y Bielorrusia, países fronterizos con Rusia, porque «sin Ucrania, Rusia deja de ser un imperio euroasiático. Una Rusia sin Ucrania se convertiría en un Estado imperial predominantemente asiático, más susceptible de ser arrastrado a extenuadores conflictos con los países de Asia Central» (Brzezinski, 1997).

De hecho, el soñado potencial eje europeo de Francia-Alemania-Polonia-Ucrania que incluiría a más de doscientos millones de personas, destinado a marginar a Rusia, quedó frustrado en el último momento. Un eje potencial que hubiera asegurado, además, mediante Ucrania y Polonia, el debilitamiento de las aspiraciones franco-alemanas, sobre todo francesas, país que si retornó a la OTAN solo fue para intentar desintegrarla. No es casualidad, por tanto, que Francia haya sido uno de los países más receptivos a Rusia durante las últimas décadas. Pero es que la realidad es que la Unión Europea solo es la marca blanca de la OTAN, por ello Estados Unidos promovió la Unión Europea, porque promoverla suponía, de facto, expandir la OTAN. Primero la Unión Europea con sus palomas de la Paz y después la OTAN con sus carros de combate.

La operación de expansión, aun cuando se frustró en el último momento, fue un éxito durante décadas hasta que Rusia reaccionó, tras la importante remodelación de sus Fuerzas Armadas a comienzos del siglo XXI, y se produjo el conflicto en Ucrania. Desde entonces, Rusia y la OTAN con sus países «vasallos y tributarios», esto es la Unión Europea, viven en una situación de creciente conflicto. Un conflicto cuya única razón para su existencia solo podemos encontrarla en su vasallaje a los Estados Unidos y un conflicto, por ajeno, que empieza a pasar factura.

No es la única molestia que sufren los países europeos en su vasallaje a Estados Unidos, pues la Unión Europea ya se mostró indispuesta ante las actuaciones norteamericanas en Irán e Irak durante este siglo XXI, cuando volvieron a ser tratadas por los Estados Unidos como en los conflictos de Irak e Irán durante las décadas de los ochenta y noventa, «no como entre iguales sino como un problema de insubordinación». Y como insubordinadas fueron tratadas también por Donald Trump durante los últimos años, en los que el ya expresidente norteamericano llegó en varias ocasiones a organizar inéditos escándalos en las reuniones OTAN, más propios de un emperador extravagante que de un socio amigable, en las que, entre gritos y malas formas, exigía el aumento del gasto militar de los países de la OTAN hasta el 2% del PIB de forma inicial, pero no como objetivo sino como punto de inflexión para llegar al 4% del PIB en los próximos años. Además, volvió a colisionar seriamente con sus vasallos europeos al respecto del tratado nuclear con Irán.

Hoy, en el año 2021, y tras varias advertencias, pero sobre todo tras la salida de Reino Unido de la Unión Europea, los países europeos parecen haber dicho basta y se encuentran decididos a independizarse efectivamente de Estados Unidos. Una independencia que permitiría que Europa fuera un actor importante en la geopolítica euroasiática, pudiendo –y debiendo– llegar a un entendimiento con Rusia, inicialmente sobre cuestiones territoriales, y adoptando un papel estabilizador a nivel mundial.

Sin embargo, la independencia de la Unión Europea supondría a corto plazo la defunción de la OTAN, aun cuando los Estados Unidos pretendieran mantener la organización transatlántica con una relación igualitaria con la Unión Europea, lo que se llegó a denominar en su momento «1+1», y, por tanto, la tan temida salida de Estados Unidos del continente euroasiático. Un golpe letal que cambiaría el orden mundial y supondría el fin del imperio norteamericano como tal, porque, aunque los Estados Unidos seguirían siendo una potencial mundial, lo serían junto a otras tres potencias mundiales (China, Rusia, Unión Europea), a las que podrían unirse en los próximos años otras potencias, como la India, conformando un liderazgo colegiado. Un liderazgo colegiado al que Estados Unidos se opone de forma obstinada y reiterada, aun siendo un escenario más beneficioso para el conjunto mundial, porque serían varias las potencias que tomarían las decisiones geopolíticas.

Un nuevo orden internacional está en juego en una partida de ajedrez en la que las piezas ya están en movimiento.

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