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De horóscopos y caminos empedrados

Escrito por Debate Plural

Elsa Claro (Cubadebate, 28-12-20)

 

Un repaso conciso del 2020 pasa por tres grandes sucesos: la COVID-19 y sus perversas derivaciones, la derrota de Donald Trump en las presidenciales de Estados Unidos y el Brexit. Imposible ignorar otros hechos, el derrocamiento de los golpistas en Bolivia o algo parecido con las legislativa venezolanas y, quizás, la enésima guerra entre Armenia y Azerbaiyán por Nagorni Karabaj. También la inconclusa conflagración entre Etiopía y la provincia secesionista de Tigray, y, por supuesto, la interesada dilación imperial del drama sirio. Hay, naturalmente, otros hechos importantes transitados o para sufrirlos en el 2021.

Pero el relato somero de los 12 meses transcurridos llevará, en todos los casos, hacia la pandemia, por su gravedad y lo extendido del mal (79 millones de casos y por encima del 1 millón 700 mil muertos en todo el mundo).  El nuevo coronavirus puso en ignominiosa prueba a los países más ricos, develando la insuficiencia de sus mecanismos internos para enfrentar un trance sanitario de tanta envergadura cuando, según alertan los científicos, se repetirá algo similar antes de apagar el actual susto. La suicida depredación del ecosistema, es uno de los promotores de esta y no pocas pronosticadas tragedias.

Por tanto, si los gobiernos del norte opulento o el sur rezagado leyeron bien la experiencia, deberán rectificar las insuficientes partidas en salud pública, una de las  víctimas  del neoliberalismo especulativo y la “solución” dada al desequilibrio global provocado por  la crisis inmobiliaria del 2008, iniciada en Estados Unidos y, como la COVID, expandida hacia todos los demás. Se bajó demasiado la cuchilla de recortar programas, tal el de salud pública, para, a los postres, verse obligados a inversiones imprevistas de calado superior.

La historia sobre el coste económico real de aquella detonante un decenio atrás y sus vínculos con el presente, está por revelarse a fondo, pero seguro le corresponden anatemas y malas palabras en los cálculos finales, si  no se amañan.

Donald Trump y su despiadada e indocta negación de la epidemia acrecentó la inoperancia para enfrentar el problema  con decisiones previas alo cerrar institutos especializados, castrando al país más rico, de salir airoso del trance (18,083,954 casos positivos y 323,430 muertes, en diciembre), pero hizo gala de una maligna eficacia al desatar las débiles barreras que frenan a la ultraderecha supremacista con su racismo facistoide y un superlativo envilecimiento cívico.

En el cierre de su polémico mandato, que trastornó al mundo en  muchos sentidos, Donald Trump  no se ha privado de amancillar “las joyas de la corona”, el venerado sistema electoral, por ejemplo, al difamarlo y negarse a aceptar su derrota en los comicios del 3 de  noviembre. Era natural que hasta sus más cercanos –salvo excepciones poco honorables- le abandonaran cuando el  Colegio Electoral dio su definitivo dictamen (Biden obtuvo 306 de los 538 votos, y 232 fueron para el magnate neoyorkino), reconfirmando los más de 6 millones de votos obtenidos por el demócrata por encima de los suyos.

Se debería situar en lo acaecido, el persístete accionar contra Siria y el exagerado tutelaje con respecto a Israel en detrimento de palestinos y otros pueblos árabes,  y viciados hechos criminales. El asesinato del admirado general persa  Quasin Soleimani es uno, tanto cuanto por igual, se descargan permanentes amenazas contra su país, parejo a  las sanciones más a siniestra que a diestra  sobre el propio Irán, o Rusia, China, Cuba, Venezuela, y sobrados etcéteras.

Trump deja sembrados muchos otros obstáculos para el derrotero de Joe Biden, o, llegado el caso, a la posibilidad de darle mejor curso a cambios de mayor o menor envergadura,  preferibles, se supone, a lo muy dañino implantado por este diligente heredero del Tea Party,  y su pertinaz labor para destruir o crear desconfianza ciudadana hacia gobiernos y estados. Actitud sostenida igual con respecto a  las mismas instituciones estadounidenses, sus fórmulas organizativas, aun cuando se valiera de ellas  para dejar una imagen mesiánica de sí mismo (promete volver)  dentro de su demoledor legado.

Sinterizando al grueso: este “redentor” trasfiere al instante por vivir, las peores bestias estadounidenses envalentonadas y un estropicio mayúsculo en el comercio y las relaciones mundiales. Por ver se queda la habilidad de Biden y su equipo para enmendar algo los destrozos internos. Pero la tarea será ardua. Entre los politólogos se manejan las diferencias de enfoque acrecentadas en el corazón de las dos grandes inclinaciones políticas existentes, con respecto a los asuntos que figuraron al centro de las grandes protestas socio-étnicas del 2020 en  EE.UU. : casi el 80% de la población demócrata admite lo imprescindible de la equidad racial y entre los republicanos solo un 20% se percata.

Las propensiones inexplicablemente xenófobas de una población irremediablemente mixta, y el racismo acompañante, aderezado  con los sofismas deslegitimadores de Trump, acrecientan el pensamiento conservador  dentro de esos bloques ciudadanos. De ahí la profundidad de las división actual y la gran incógnita sobre el devenir inmediato.

Si como afirman las tradiciones  asiáticas el búfalo, a regir en el 2021, es capaz de poner orden en los destrozos del signo anterior, la rata,  se hace posible cierto optimismo. Bromas aparte,  el Viejo Continente, como se adelantó de inicio, se apresta a dilemas nada escasos con expectativas de primer orden.

Fuera del fenómeno epidémico y sus efectos en la  economía, o varias discrepancias por sortear, aparece el macro tema Brexit. Hasta último minuto se realizaron tensas negociaciones con una administración británica amenazando con una separación abrupta, sin acuerdos, y Bruselas buscando reducir los daños del divorcio.

Si bien in extremis se llegó a un convenio (tras litigar hasta la “última sardina”, como dijo un colega), quedará pendiente si  Escocia se separa y cómo le va a Irlanda del Norte, pues en uno y otro sitio no concuerdan con el deslinde y preferirían correr por si solos cualquier riesgo.

Igualmente en lo por ver queda el funcionamiento efectivo o no del contrato Londres-Bruselas, diverso, complicado, y la medida en que la separación influye sobre los restantes 27 cuando hay retos fuertes en perspectiva. En esa línea aparecen Hungría y Polonia como chicos malos desafiando preceptos de la Unión Europea, sin dejar a un lado todas las ventajas de esa comunidad.

¿Se redefinirán los nexos a los dos lados del Atlántico con el nuevo gobierno norteamericano y una UE que no carece de situaciones escabrosas ni abandona la aspiración de delimitar compromisos que le están restando autonomía, voz propia?

Trump abandonó muchos acuerdos y la multilateralidad defendida por los europeos, enganchados a su vez -por influjo o como pecado original- en la manía impulsada desde la Casa Blanca de sancionar a cuantos no se les subordinan o molestan. ¿Se bajarán de un tren que les da muchos quebrantos y pocas excelencias? Nuevos enlaces, y muchas cuestiones de primer orden afloran, más amenazantes que alentadores, para el nuevo espacio temporal a transitar con búfalos a favor…o sin ellos.

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