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El complejo industrial-militar en el gabinete de Biden

Escrito por Debate Plural

Sarah Lazare (Brecha, 1-12-20)

 

El presidente electo de Estados Unidos nombró esta semana a algunos de sus candidatos para puestos clave en defensa y política exterior. Detrás de los anuncios se esconde un mundo de puertas giratorias y lobbies belicistas con ropaje académico, financiados por la industria armamentística y de la seguridad global.

No había razón alguna para creer que un gobierno de Joe Biden estaría a la izquierda de los gobiernos de Barack Obama en lo que a política exterior se refiere. Biden tiene una larga carrera de respaldo a las guerras de Estados Unidos y aliados: desde la invasión a Irak en 2003, pasando por la agresión israelí contra los palestinos, hasta la larga ocupación de Afganistán. Y cualesquiera hayan sido sus limitadas concesiones a la izquierda demócrata durante la campaña electoral, los lineamientos en política exterior no fueron parte de ellas, como lo demuestra la completa exclusión del tema de la agenda del grupo de trabajo unitario que Biden formó con la gente de Bernie Sanders.

Quizás su toma de posición más distintiva durante la campaña fueron sus imprecaciones belicosas contra China, no tan racistas como las de su rival Donald Trump, pero lo suficientemente fuera de tono como para que uno de sus anuncios de propaganda fuera condenado por grupos asiático-estadounidenses por su contenido xenofóbico. El ahora presidente electo dijo, sí, en los últimos meses, que quiere poner fin a las guerras «interminables» de Estados Unidos (a pesar de que él ayudó a iniciar varias de ellas) y que está en contra del conflicto en Yemen (una postura que sólo dio a conocer luego de servir en el gobierno de Obama, que auspició esa carnicería), pero no puso estos temas en el centro de su plataforma ni acompañó sus declaraciones con propuestas concretas. Los recientes anuncios sobre su futuro gabinete van, por lo tanto, en consonancia con su larga trayectoria en Washington.

En el ala de un dron

Antony Blinken, quien será nominado secretario de Estado, tal como se reveló este lunes 23, ha atraído considerables críticas por su historial de apoyo a las llamadas «intervenciones humanitarias». Blinken fue uno de los principales consejeros de Biden cuando el entonces senador por Delaware votó a favor de la invasión estadounidense a Irak en 2003. Lo ayudó luego, entre otras cosas, a desarrollar una propuesta para partir ese país en tres regiones separadas de acuerdo a identidades étnicas y sectarias. Como asesor de seguridad nacional del vicepresidente de Estados Unidos (2009-2013), secundó, además, la desastrosa intervención militar en Libia.

En 2018 Blinken ayudó a lanzar Westexec Advisors, una «firma de asesoría estratégica» que se ha negado sistemáticamente a revelar quiénes son sus clientes. Una de sus socias en ese emprendimiento es Michèle Flournoy, otra funcionaria que viene de la cantera de los gobiernos de Obama (y probable candidata de Biden a secretaria de Defensa). El periodista Jonathan Guyer escribió en The American Prospect que «Blinken y Flournoy han usado su red de contactos para construir una gran base de clientes allí donde se cruzan la tecnología de punta y la defensa. Una empresa israelí de vigilancia ha recurrido a ellos, así como también una importante empresa de defensa de Estados Unidos, el multimillonario de Google Eric Schmidt y algunas empresas de la lista Fortune 100» (23-XI-20).

Otros elementos de las épocas de Obama, menos conocidos que Blinken, merecen, sin embargo, un mayor escrutinio. Avril Haines, por ejemplo, ha sido nombrada en estos días directora de Inteligencia Nacional para el futuro gobierno de Biden. Haines fue una de las coautoras de la llamada Guía de Política Presidencial de la era Obama, el infame manual para el uso de drones en asesinatos selectivos. Así es como Newsweek describió a Haines en 2013: «Desde que se convirtió en asesora legal del Consejo de Seguridad Nacional en 2011, estuvo trabajando en una amplia gama de temas sumamente complicados y legalmente sensibles –por lo general hasta la 1 o las 2 de la mañana, a veces hasta más tarde– que tocan el núcleo de los intereses de seguridad de Estados Unidos. Entre ellos, se encontraban los requisitos legales que rigen la intervención estadounidense en Siria y las opciones disponibles, altamente clasificadas, para frustrar el programa nuclear de Irán. A veces se llamaba a Haines en medio de la noche para evaluar si un supuesto terrorista podía ser legalmente incinerado por un dron» (26-VI-13).

Durante la campaña presidencial de Biden hubo un esfuerzo concertado por parte de algunos exayudantes de Obama para presentar retroactivamente a Haines como la voz de la moderación y de las garantías a los civiles, un intento que registró en su momento el corresponsal del Daily Beast Spencer Ackerman (7-VII-20). Este revisionismo es difícil de vender: las medidas de protección de civiles que Haines habría incluido en la «ley de drones» claramente no funcionaron, como lo demuestra el devastador costo en vidas civiles de las guerras de drones estadounidenses. Si bien la administración de Trump intensificó este programa de asesinatos selectivos y acotó las restricciones referidas a la matanza de civiles, fue la administración de Obama, con la ayuda de Haines, la que lo normalizó en el paisaje político estadounidense y permitió así convertir al mundo entero en un campo de batalla de Washington.

Hay, además, otros aspectos preocupantes en el historial de Haines. «En el pasado, supo describirse a sí misma como exconsultora de la controvertida empresa de minería de datos Palantir», escribe el periodista Murtaza Hussain para The Intercept (26-VI-20). Palantir fue cofundada por un donante multimillonario de las campañas de Trump y está implicada en algunas de las peores irregularidades de la administración republicana, incluidas la vigilancia masiva y la detención de inmigrantes. Como informa Hussain, poco es sabido sobre el papel de Haines en la firma y ella misma se encargó de eliminar de su currículum cualquier mención a Palantir cuando se incorporó al equipo de asesores de Biden (de acuerdo a Guyer, Haines también trabajó para Westexec). En 2018, Haines enfureció a los sectores de izquierda cuando apoyó el nombramiento de Gina Haspel como directora de la CIA. En aquel momento, Haspel era duramente criticada por su papel previo al frente de cárceles de la agencia secreta donde se practicaba la tortura de forma sistemática.

Olor a pólvora

Luego, está Linda Thomas-Greenfield. Elegida por Biden como embajadora de Estados Unidos ante la Organización de las Naciones Unidas, Thomas-Greenfield presenta como su empleo más reciente el que tuvo en Albright Stonebridge Group, una opaca consultora estratégica global presidida por Madeleine Albright, secretaria de Estado de la era Clinton. Albright Stonebridge Group es un agujero negro: ha sido casi imposible para el periodismo obtener información sobre quiénes son sus clientes. La empresa afirma que no ejerce lobby sobre el gobierno estadounidense ni realiza trabajos comprendidos bajo la Ley de Registro de Agentes Extranjeros, pero muchos de sus empleados también figuraban o figuran en roles que, ciertamente, les permiten ejercer influencia a nivel oficial.

No hay nada extraordinario en que Biden designe para un papel poderoso a alguien que proviene de una consultora de estrategia global poco dada a la transparencia, pero ese es precisamente el problema. Jake Sullivan, quien será el asesor de seguridad nacional de Biden, comenzó a trabajar para Macro Advisory Partners en 2017. «Dirigida por exjefes de espionaje británicos, Macro Advisory Partners tiene alrededor de 30 empleados a tiempo completo y reportó ingresos por 37 millones de dólares el año pasado», señala Guyer. La firma «ha utilizado la participación de Sullivan como parte de su estrategia de marketing a la hora de ofrecer “asesoría confiable en un mundo turbulento” […]. Pero, cuando Sullivan publica un artículo sobre la política exterior de Estados Unidos o da conferencias universitarias, casi siempre omite de su currículum este trabajo».

Por su parte, Flournoy, la presunta favorita para liderar el Pentágono en los próximos cuatro años, no sólo está en la junta directiva del contratista de defensa Booz Allen Hamilton, sino que también cofundó el think tank Centro para una Nueva Seguridad Estadounidense (CNAS, por sus siglas en inglés), que recibe importantes fondos de los gigantes de la industria armamentística, como General Dynamics Corporation, Raytheon, Northrop Grumman Corporation y Lockheed Martin Corporation. Flournoy se desempeñó en la administración de Obama como subsecretaria de Defensa para la política militar (2009-2012) y luego jugó un papel importante al influenciar al gobierno desde el CNAS. Fue una de las principales patrocinadoras de la intervención militar de 2011 en Libia, una defensora de la ocupación de Afganistán y una firme opositora de la retirada total de Irak de las tropas estadounidenses.

Académicos y traficantes

En los próximos días y semanas, se conocerán más nombramientos de Biden. Tenemos todas las razones para esperar más de lo mismo: su equipo de transición para el Pentágono así lo indica. Al menos un tercio de los integrantes de este ha señalado como sus empleadores más recientes a think tanks, organizaciones y compañías que o bien son financiadas por la industria de las armas o bien son directamente parte de dicha industria. Muchas de estas entidades, fundamentalmente los think tanks, son bien conocidas e incluso respetadas. Sus empleados no suelen recibir las mismas críticas que reciben los miembros de algunos lobbies, pero deberían: a través de sus papers sobre políticas públicas, su llegada a los medios masivos de comunicación y sus relaciones con el estamento político, estos funcionarios hacen efectivamente lo mismo que los lobbistas, pero revestidos de una apariencia más académica. Los think tanks de los que Biden está tomando a su gente tienen probados antecedentes como impulsores de la compra de determinados sistemas de armamento por el gobierno estadounidense. Y luego, por fuera de ese tercio, están, además, los varios asesores del presidente electo que no revelan sus patrocinadores, incluidos los cuatro miembros del equipo de transición que provienen del Albright Stonebridge Group.

Existe la tentación en el progresismo estadounidense de tomarse un momento para respirar, celebrar que el gobierno de Trump ha sido repudiado por el voto popular y aferrarse a la esperanza de que Biden marque un cambio en algunos de los peores impulsos del presidente en funciones. Pero un valioso aprendizaje de los primeros días de la era Obama es que lo que se requiere en momentos como este es una evaluación sobria más que una proyección. Obama, con Biden a su lado, supervisó la intervención en Libia, el desastroso involucramiento en la guerra de Yemen, la ocupación aún en curso de Afganistán, el apoyo al golpe en Honduras y mucho más. Biden cuenta ahora con el mismo equipo de asesores y traficantes de influencias que colaboraron para que todo eso sucediera.

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