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Trump acentuó el declive de la democracia en EEUU

Escrito por Debate Plural

Sin Permiso (27-11-20)

 

El paso de Donald Trump por la Casa Blanca, como catalizador de la desigualdad, polaridad y violencia, acentuó el declive del estado de la democracia en EE.UU.

El Índice de Democracia elaborado por The Economist Intelligence Unit (EIU) [1], un grupo de expertos asesores en temas de negocios a nivel global, dependiente del semanario británico de nombre homónimo, rebajó el estado de la democracia en Estados Unidos de “pleno” a “deficiente” en enero de 2017, cuando llegó el republicano Trump a la Casa Blanca.

El presagio de la degradación democrática que se venía anunciando para este país que se ha enorgullecido constantemente no solo de ser democrático, sino también de defender la democracia en todo el mundo, tomó a muchos por sorpresa. Los expertos estadounidenses cuestionaron debidamente las conclusiones del mencionado informe.

Sin embargo, a tenor de los acontecimientos que se han ido sucediendo desde entonces, la precisión del índice EIU sigue siendo palpable en la realidad cotidiana de la política estadounidense, en temas como la extrema polarización política y cultural, la creciente influencia de los grupos armados, el aumento de la violencia policial, el maltrato de inmigrantes indocumentados, incluidos menores, y la marginación de las minorías.

Este registro, finalmente, ha expuesto el deterioro del estado de la democracia en EE.UU., tras analizar 60 indicadores diferentes que, además de las categorías tradicionales, como la propia función del gobierno, también incluye la igualdad de género, las libertades civiles y la cultura política.

A juzgar por el número, la diversidad y la profundidad de estos indicadores es fácil asumir que el resultado de las elecciones presidenciales de EE.UU. tendrá una influencia inmediata en el estado de la democracia estadounidense. De hecho, es probable que el resultado de las votaciones fragmente aún más una sociedad ya dividida y continúe convirtiendo las instituciones estatales del país norteamericano, incluida la Corte Suprema, en un campo de batalla para las alianzas políticas e ideológicas.

Si bien la campaña electoral general de ambos candidatos de los partidos mayoritarios —el republicano presidente de EE.UU., Donald Trump, y el demócrata Joe Biden— ha estado centrada en la “preservación de la democracia estadounidense”, es probable que la actual situación postelectoral se vaya empeorando gradualmente con el paso del tiempo. Es por eso que la élite gobernante de EE.UU., tanto republicana como demócrata, se niege a reconocer los males reales que asolan la cultura política del país durante años.

Por desgracia, cuando la campaña del senador por el estado de Vermont Bernie Sanders a la candidatura presidencial del Partido Demócrata para las elecciones del 2016 insistió en que los ajustes estructurales a gran escala eran necesarios en todos los niveles del gobierno federal fue duramente criticado por el núcleo duro de los demócratas por considerar su discurso como “ilusorio”.

Su atrevimiento por cuestionar las reglas establecidas en el juego político para todos los estamentos del poder de Estados Unidos le costó a Sanders la nominación de su partido que recayó en Hillary Clinton, una de las figuras que mejor retrataba la fiel imagen de una candidata perteneciente a la casta de la más alta esfera de la política de Washington.

Antes de llegar a postularse a la Presidencia estadounidense en 2016, Hillary Diane Rodham Clinton había fungido como primera dama de EE.UU. (1993-2001), senadora por el estado de Nueva York (2001-2009) y secretaria de Estado (2009-2013).

Sanders tenía razón, por supuesto, porque la crisis de la democracia estadounidense no se inició con la elección de Donald Trump en 2016. La llegada al poder del republicano fue simplemente agravó el problema mayor y prolongado que venía de mucho tiempo atrás.

Es poco probable que los problemas estructurales se puedan resolver sin esfuerzo alguno por medio del simple resultado de las elecciones, por lo que continuará degradándose el estado de la democracia en EE.UU., y la brecha de desigualdad es un ejemplo claro de esta realidad.

La disparidad de ingresos, que es la fuente de conflictos sociopolíticos, es uno de los mayores desafíos de EE.UU. y lo ha sido durante más de 50 años. La desigualdad, ahora agravada por la pandemia del nuevo coronavirus, causante de la COVID-19, está empeorando a medida que afecta a ciertos grupos raciales, los afrodescendientes en particular, y a las mujeres más que a otros.

Según un estudio realizado por el Pew Research Center [2] en febrero de 2020, “la desigualdad de ingresos en EE.UU. es la más alta de todas las naciones del G7 [grupo de siete países más industrializados]”. De hecho, esta realidad plantea un gran tema de preocupación para el 78 por ciento de los demócratas y el 41 por ciento de los republicanos.

La polarización política es otro asunto a considerar por tratarse de un problema importante en Estados Unidos. La gran brecha existente entre la minoritaria clase acomodada y pudiente y la mayoritaria clase empobrecida no es el único cisma que ha creado una grieta en la sociedad estadounidense.

Esta polarización política, curiosamente, no siempre se expresa de acuerdo con una demarcación racional de clases. Tanto los republicanos como los demócratas han logrado ganarse el apoyo de ciertos sectores de la sociedad estadounidense, mientras que, en muchos casos, ambos partidos hacen muy poco para cumplir las muchas promesas que sus candidatos a menudo lanzan durante las campañas electorales.

Los republicanos, por ejemplo, utilizan un discurso político de corte populista para acercarse a los estadounidenses blancos de clase trabajadora, prometiéndoles prosperidad económica, pero no hay evidencia de que la suerte de las familias norteamericanas blancas de clase trabajadora haya mejorado bajo la Administración de Donald Trump.

Lo mismo ocurre con los demócratas, que durante mucho tiempo se han identificado, falsamente, como héroes de la justicia racial y el trato justo dispensado a los inmigrantes indocumentados en Estados Unidos.

La militarización de la sociedad surge de la desigualdad socioeconómica y la polarización política en el peor de los casos, lo que lleva a una disminución de la confianza en la democracia y el papel del Estado en la reparación de un sistema profundamente defectuoso. Esta falta de confianza en el Gobierno federal se remonta a los primeros días de la fundación de Estados Unidos de América, de ahí el énfasis constante en enmendar la Segunda Enmienda de la Constitución de EE.UU. con respecto al “derecho del pueblo a poseer y portar armas”.

Es un hecho irrefutable de que la sociedad estadounidense es una de las sociedades más militaristas del mundo. De acuerdo con un informe del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS, por sus siglas en inglés) [3] citado por el Buró Federal de Investigaciones (FBI, por sus siglas en inglés), dos tercios de todo el terrorismo dentro de las fronteras de Estados Unidos lo cometen seguidores de grupos de la extrema derecha, cuyo envalentonamiento y violencia ha ido en aumento con la narrativa de corte racista y xenófoba promovida desde la Administración aún en ejercicio de Donald Trump.

Por tanto, no es nada sorprendente que, por primera vez en muchos años, el debate sobre una eventual “guerra civil estadounidense” se haya convertido en un tema cotidiano de los principales medios de comunicación de Estados Unidos.

Sería totalmente ilusorio imaginar que la democracia en EE.UU. se restablecerá como resultado de las elecciones y mucho menos de las últimas celebradas el pasado 3 de noviembre, en las que el demócrata Joe Biden se alzó con la victoria.

Sin un cambio sustancial en el horizonte de la política estadounidense que enfrente los problemas subyacentes en torno a la desigualdad socioeconómica y la polarización política, es muy probable que, en un tiempo no muy lejano, se registre una mayor fragmentación y, posiblemente, violencia entre la sociedad estadounidense.

Las próximas semanas son determinantes en relación a la dirección que seguirá la sociedad estadounidense en aras de apuntalar los procesos democráticos sobre los cuales se sustenta la naturaleza propia de su convivencia, puesto que los indicadores actuales no son nada prometedores.

Dicha coyuntura se visualiza a raíz de las repetidas denuncias de irregularidades en las votaciones y la tabulación de votos hechas por parte de la campaña electoral de Trump que ha llegado a sugerir un fraude electoral generalizado durante los comicios del 3 de noviembre; acusaciones, sin aportar prueba alguna y que podrían desencadenar una crisis institucional que, en el mejor de los casos, se resolvería en la alta instancia judicial del país, a saber, la Corte Suprema, y en el peor de los escenarios, estallara una guerra civil devastadora que hiciera tambalear los cimientos de la primera superpotencia del mundo.

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