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Por qué en 2021 tampoco lograrán derrocarnos

Escrito por Debate Plural

José Roberto Duque (Público, 28-11-20)

 

Primero, va una revisión al mecanismo que conecta la rebeldía natural de los pueblos oprimidos con el ansia de cambio de rumbo, de estrategia o simplemente de gobierno.

Predicar o discursear contra el gobierno, o contra los gobiernos, es un asunto fácil, una reacción o postura más o menos natural; «hasta biológica», dijo alguien refiriéndose a la juventud. Pudiera decirse, por lo tanto, que los factores antigobierno suelen tenerla fácil para el proselitismo cuando el pueblo está «pasando trabajo», cuando su condición de sujeto colectivo expoliado se torna insoportable. Nada más elemental que indicarle a la gente, politizada o no, que sus padecimientos son culpa o responsabilidad de quien «está en el poder».

Como durante dos siglos de historia republicana a la gente se le acostumbró a la idea de que «el Gobierno» es el depositario y ejecutor de «el poder», se fue instalando también la idea canónica de que derrocar a un gobierno e instalar otro es la única o la más eficaz vía para que las cosas vayan mejor. Los casos o gobiernos de Allende, Fidel, Chávez, Jacobo Arbenz y otros han demostrado suficientemente que ese paralelismo o ecuación no es automáticamente verdad. No siempre el Gobierno es o tiene el poder; no siempre ser antigobierno es ser antipoder. ¿Hará falta indicarles a los señores discurseadores anti-Maduro, «pero de izquierda» cuán parecida es su prédica a la del poderío hegemónico anglosajón?

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Hace muchas décadas, Marx y los marxistas colocaron en la mesa del análisis una idea crucial: lo que es preciso cambiar no es el gobierno (uno cualquiera), sino el sistema. Entre muchas otras lecturas, ese enunciado o postulado soporta y comprueba la siguiente verificación del mundo concreto e inmediato: tienes a una Venezuela intentando hacer un experimento socialista o algo parecido, pero esa Venezuela está rodeada por factores de sabotaje y perturbación, entonces esa Venezuela no logrará fácilmente ni en corto tiempo hacer prosperar su experimento anticapitalista. ¿Por qué? Porque a tu alrededor solo hay piezas y mecanismos que te obligarán a seguir dependiendo del capital. Ninguna burbuja de oxígeno sobrevive rodeada de helio o nitrógeno; ningún experimento socialista la tiene fácil si está rodeado y acosado por promotores del liberalismo y el capital. Una manera amable de navegar en esa incómoda premisa es asumir que el socialismo en construcción debe financiarlo el capitalismo. El moribundo debe financiar a su sepulturero. ¿Con qué? Pues con dólares.

Pongámonos rastreros: en Venezuela se ha erigido como hegemón y paradigma el dólar, no porque a Maduro le dé la gana, sino porque mientras el único sistema con voación universal sea el capitalismo anclado al dólar no hay forma de prescindir del dólar.

Y dejémonos de pendejadas: no hay monedas socialistas, no hay valor de cambio comunista ni antipoder: dólar, criptoactivos, oro, rublos, yuanes, lo que surja: todo es obra del capital en crisis o en mutación.

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Tal es el contexto. Aterricemos ahora en el tema, que es la comprobación de lo que asoma en los próximos tramos de esta accidentada carretera que transitamos los venezolanos.

Para que se dé un derrocamiento violento hace falta una conjunción simultánea de factores:

  • Descontento popular generalizado;
  • Detección y comprensión masiva del origen de las perturbaciones y el descontento;
  • Ataque generalizado a la moneda, a la economía y al flujo de recursos energéticos;
  • Activación de un liderazgo o vanguardia capaz de canalizar ese descontento, de cara a una sublevación;
  • Incorporación de fuerzas vivas y activas al proceso de insurgencia, conspiración o movimiento insurgente;
  • Apoyo internacional al plan de derrocamiento;
  • Debilidad, aislamiento o resquebrajamiento de los factores que sostienen al Gobierno y a la institucionalidad.

Los escuálidos han logrado hacer coincidir en el tiempo varios de esos factores, pero no todos. En aquel abril dramático de Chávez parecía que todo confluía, pero en la calle había un pueblo que gritaba «con hambre y sin empleo, con Chávez me resteo». Y además el estamento militar estaba ya impregnado y penetrado por el espíritu chavista bolivariano. Por eso el derrocamiento nació, pero murió como neonato: tal como en Bolivia, se trató de un golpe de fuerza artificial, insostenible y sin sustento en la multitud.

SIEMPRE FALTARÁN LOS LÍDERES

La derecha venezolana cuenta a su favor, entrando ya en la tercera década del XXI, con varios de los requisitos necesarios para coronar un derrocamiento, pero falla en algunos requisitos primordiales: liderazgo con crediblidad o arraigo en el pueblo, identificación del pueblo con la idea del derrocamiento como solución y sincronización de factores.

Ha habido momentos de profunda depresión y descontento, como aquel año nefasto que fue 2016. Era un momento-escenario que parecía decisivo y propicio para un ataque directo que hubiera resultado letal. El liderazgo fascista reaccionó a destiempo: «La Salida II» tuvo lugar en 2017, probablemente porque los recursos llegaron tarde, o tarde se activó el dispositivo callejero de la conspiración. A falta de un genuino movimiento popular Voluntad Popular y el Departamento de Estado se compraron algo que se le parecía remotamente, un puñado de aguerridos muchachos de barrio que ejecutaban acciones espectaculares a cambio de un sueldo, junto a elementos enajenados que le ponían el toque criminal y homicida a las acciones de calle. Todo esto cuando ya los efectos del desabastecimiento habían sido medianamente controlados; en 2016 ya la gente no enviaba alimentos, billetes ni productos a Colombia, porque ya no había nada que enviar.

Tampoco tenía la conspiración apoyo efectivo de ninguna facción operativa dentro de la Fuerza Armada. Compraron también elementos que dieran la impresión de dislocación o fractura del estamento militar, pero esos elementos sacados de la manga no generaron ningún efecto multiplicador o propagador.

Año y medio después se produjo el colapso mental de Trump y su entorno, y la conocida receta de bloqueo y amenazas de gobiernos satélites agrupados en un fantasmal «Grupo de Lima». Pero faltaba lo demás: pueblo y militares. Hubo un experimento de comunión de esos elementos en la fronteriza Cúcuta, o un simulacro propagandístico que puso a decir a muchos: «ahora sí se prendió». El episodio tampoco tuvo fuelle ni vocación de propagación. Hay que insistir: si todo esto hubiera confluido en una situación como la de 2016 probablemente los neonazis hubieran tenido éxito.

  • Rumbo al 2021: ya no está Trump aunque probablemente haya llegado un sujeto peor a la Casa Blanca y a los dispositivos de destrucción del imperio.
  • Sigue sin haber en la oposición antichavista un liderazgo capaz de movilizar o al menos agitar a amplios sectores de la población tras un proyecto de liquidación o exterminio de chavistas y del chavismo como corriente.
  • Sigue sin manifestarse un segmento significativo del mundo militar venezolano abiertamente plegado o dispuesto a plegarse a los llamados e incitación al golpe de fuerza.
  • Continúa el proceso de disolución, desmembramiento o quiebra efectiva de los gobiernos satélites de Estados Unidos en Centro y Suramérica.
  • Nicolás Maduro ha demostrado ser el más sólido de los líderes antihegemónicos del continente; de los personajes que hace 18 meses parecían estar a punto de destruirlo a él personalmente, y a Venezuela como experimento anticapitalista, hoy solo Duque y Bolsonaro persisten como amenazas.
  • Hay señales de debilitamiento de los mecanismos de bloqueo y persecución a toda empresa y país que intercambie comercialmente con Venezuela, lo que tal vez signifique un respiro a mediano plazo en términos de acceso de los venezolanos a bienes y recursos.
  • Sea cual fuere el resultado de la elección de parlamentarios del 6 de diciembre, todo indica que ese ejercicio de soberanía sanará las llagas que le habían brotado a nuestra institucionalidad.

En conclusión: puede que en el año 2021 persistan e incluso se perfeccionen las formas de acoso y ataque contra la Revolución, contra el gobierno y contra el pueblo de Venezuela (por cierto, habrá que volver a disertar sobre la diferencia entre esos tres elementos de nuestro Proceso histórico), pero después de haber sobrevivido (y más: de haber triunfado) a los espantosos años 2016, 2019 y 2020, tal parece que tendremos una buena ocasión para rehidratarnos, coger impulso, reagruparnos, establecer nuevas estrategias y nuevas alianzas y programas con cabeza fresca las batallas del futuro.

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