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Demasiados o la abrumadora fuerza de la maldad

Escrito por Debate Plural

Daniel Bernabé (Kaosenlared, 11-11-20)

 

Hablaba hace un tiempo con un amigo sobre literatura fantástica mientras que tomábamos unas cañas en la terraza de un bar cualquiera. Este entorno suele ser propenso a la opinión poco meditada y la crítica de gatillo fácil. Emprendí una andanada contra el género, bastante previsible, tachándolo de infantil, escapista y maniqueo. Mi amigo esperó a que terminara y empezó a tumbar mis argumentos uno a uno, dándome varios ejemplos de cómo el contexto y argumento fantásticos pueden encerrar las preocupaciones más adultas, críticas afiladas a nuestra realidad y una profundidad de personajes y situaciones en los que el bien y el mal tienden a ser difíciles de separar. Me dijo, eso sí, una gran frase que intentaba conciliarse con mi desapego a esta clase de libros: «Lo peor que tiene la literatura fantástica son sus lectores».

​A Bukowski le pasa algo parecido. Los libros del ex-cartero de L.A. fueron secuestrados por unos lectores atraídos por las referencias sexuales explícitas y la ingesta masiva de alcohol, elementos permanentes en sus páginas. Siempre me imagino a estos lectores como universitarios imberbes de clase media, dándose golpecitos con el codo mientras que comparten en alto la lectura de los pasajes más escabrosos. Por eso, y por la tendencia de la cita rebuscada, la huida del apestado convertido en mainstream, Bukowski se ha convertido en un escritor a evitar en público.

​Yo me he rencontrado con él no hace demasiados meses. Decidí darle una segunda oportunidad y apartar los prejuicios como apartaba el polvo que acumulaban sus libros en mi estantería, movido, sobre todo, por la creencia de que si veinte años nunca pasan en balde como persona tampoco deberían hacerlo como lector.

​Y no me equivoqué. Redescubrí unas historias tan irreverentes y divertidas como recordaba, pero además encontré decenas de matices que pasé por alto en mis primeras lecturas. En especial, La senda del perdedor, me llevó a unos Estados Unidos de escasez material, rotos por una crisis similar a la que nos golpea cada día. Barrios donde los vecinos que trabajaban se contaban con los dedos de una mano; chicos buscándose la vida entre la violencia constante, desde la doméstica a la ejercida por el sistema educativo; represión moral y licores baratos. Un universo literario que anticipa el desprecio a ese fantasma llamado carrera profesional, a las convenciones sociales más absurdas y al sueño americano.

Cuando quien relata es uno de los nuestros no caben las lágrimas y la caridad por los pobres desheredados, esa visión de intelectual progresista que se preocupa por los parados de una forma muy parecida a como lo hace por los peces de su acuario.

​En La senda del perdedor encontré, sobre todo, sinceridad, esa capacidad de narrar desde la ficción siendo honrados, huyendo del artificio, dejando a un lado la condescendencia. Cuando quien relata es uno de los nuestros no caben las lágrimas y la caridad por los pobres desheredados, esa visión de intelectual progresista que se preocupa por los parados de una forma muy parecida a como lo hace por los peces de su acuario. Esta filosofía literaria, la única sensata si nos situamos en el realismo, no es complaciente ni amable, pero transforma los problemas de quien es expulsado a los márgenes en una certera respuesta llena de actitud.

​Y esta respuesta no siempre es festiva ni triunfante, no es siempre la que esperamos. Este libro tiene, especialmente, un pasaje pasmoso y arrebatador, una de las mejores escenas que he leído nunca en una novela. Descrita con esa elección de detalles mínima pero imprescindible, que da a entender tanto en tan poco (y que Carver manejaría tan bien en escenarios similares).

​El joven Bukowski, apenas un niño, llega alertado por unos amigos a un patio donde el bulldog de uno de ellos tiene acorralado a un pequeño gato. Se da cuenta de que la situación no es casual, de que sus amigos han colocado ahí a la cría de felino para que el perro de presa lo despedace; no tiene ninguna posibilidad.

​»¿Para qué necesitaban esto los chicos? No era algo donde tuviese cabida el valor, era un juego sucio. ¿Dónde estaba la gente mayor? ¿Dónde estaban las autoridades? Siempre estaban en todas partes acusándome. ¿Y ahora, dónde estaban?»

​El crío reconoce en el párrafo siguiente su cobardía para parar la previsible carnicería, pero sobre todo la sensación de saber que algo está mal y aún así carecer del valor para evitarlo.

​Después de pedir a sus amigos, sin éxito, que detengan el espectáculo, escucha un ruido a sus espaldas. Se trata de un par de vecinos, adultos, que aún así se quedan observando, sin hacer nada:

​»Eran demasiados… El gato no se estaba enfrentando solamente al bulldog, estaba enfrentándose a la humanidad entera».

Hay días, momentos, que no puedo evitar pensarlo, situaciones de maldad cotidiana que vemos a nuestro lado, que somos incapaces de parar, simplemente por miedo. Buscando todavía con la mirada a alguien mayor, a alguien más valiente, con más arrojo, a alguien con el poder para poder decir basta.

​Supongo que es imposible transmitir lo que sentí cuando acabé el capítulo, cuando cerré el libro para tomar aire dentro de un tren de cercanías, una tarde de otoño rodeado de gente que volvía de un cotidiano viaje infinito. Horas desperdiciadas, trayectos escuchando el pitido de aviso del cierre de puertas, las paradas de las estaciones narradas por una voz mecánica. Sonidos que la mayoría de personas han escuchado muchas más veces que las olas del mar o la quietud del campo. Una senda hacia ninguna parte.

​Son demasiados. Hay días, momentos, que no puedo evitar pensarlo, situaciones de maldad cotidiana que vemos a nuestro lado, que somos incapaces de parar, simplemente por miedo. Buscando todavía con la mirada a alguien mayor, a alguien más valiente, con más arrojo, a alguien con el poder para poder decir basta. Y no lo encontramos.

​Hay días y momentos en que no es sencillo, no es fácil. No existe ningún romanticismo en los márgenes, no existe el regocijo de la derrota. Perder, y perder muchas veces sin merecerlo, duele y descorazona. Sólo los que se imaginan qué es perder construyen heroísmos en torno a ello.

​Sospecho que no soy el único que piensa que son demasiados, o que nosotros somos muy pocos, seamos quienes seamos, con toda la carga de inquietud que ofrece esta duda.

​A veces hay que contar también lo que no nos gusta, lo que nos da miedo, lo que nos preocupa. Sólo de esta forma saldremos de dudas, y a lo mejor, nos daremos cuenta de que no estamos tan solos.

Acerca del autor

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