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Estados Unidos, ¿cuál democracia?

Escrito por Debate Plural

Adrián Sotelo Valencia (CTXT, 9-11-20)

 

En Estados Unidos contiende un solo proyecto, el imperialista con dos variantes: el Partido Demócrata y el Republicano.

Históricamente el capitalismo imperialista ha construido coordenadas y parámetros geopolíticos y estratégicos de su actuación en el espacio mundial y regional. Las primeras definen la ubicación y posición en distintos puntos y espacios de la tierra donde generalmente se establecen bases militares para custodiar y reproducir sus intereses. Actualmente se calculan en más de 800 las bases que Estados Unidos tiene instaladas a nivel global, 9 de las cuales están en Colombia. Los parámetros son aquéllos que guían la acción imperialista en términos del cumplimiento de los objetivos estratégicos estipulados en las coordenadas.

En el régimen oligárquico antidemocrático norteamericano, en el marco de esos parámetros y coordenadas, el origen del Colegio Electoral (Electoral College) se remonta a la ratificación de la Duodécima Enmienda de la Constitución (The Twelfth Amendment XII del año 1804) que mandata la integración de 538 miembros de la élite política de ese país, de los cuales 270 son los que deciden quién será el elegido para “gobernar” a una población de más de 300 millones de personas. Esta configuración institucional del College hace prácticamente imposible que se pueda instituir dentro de la democracia representativa formal, como en otros países, el régimen del voto universal, directo y secreto, lo cual implicaría llevar a cabo una profunda y radical reforma constitucional que es prácticamente imposible en las actuales circunstancias de una país en crisis y de declive de su hegemonía internacional, puesto que el actual sistema es completamente favorable y congruente con las prácticas e intereses de las clases dominantes norteamericanas que ejercen el poder a través de los dos partidos de clase dominantes: el demócrata y el republicano que, en esencia, son afines a las políticas imperialistas y proto-capitalistas (al respecto véase el libro de George William Domhoff, ¿Quién gobierna Estados Unidos? Siglo XXI, México, 13ª ed., 1982).

Si algo pone de relieve la actual contienda electoral — aún con la proclamación del triunfo del demócrata Joe Biden, e independientemente de que el magnate perdedor lleve o no su impugnación a la Suprema Corte de Justicia alegando que hubo fraude electoral demócrata (sic) — es el profundo régimen antidemocrático que prevalece en ese país prácticamente desde su constitución donde el llamado voto popular tiene un papel secundario puesto que, a diferencia de otros sistemas políticos modernos y avanzados como el venezolano, entre otros, el electorado vota de manera indirecta a través de dichos delegados, como ocurría en Brasil después de la dictadura con la elección del primer presidente de la “democracia”, Tancredo Neves, y que desencadenó un poderoso movimiento popular y ciudadano denominado Diretas Já que transformó el sistema político del país al instituir el voto directo de la población para elegir al presidente.

Además de lo obsoleto y anticuado de las formas de votación de la ciudadanía y del conteo de los votos que realiza cada Colegio Electoral Local de manera, incluso, manual, figura una elección indirecta, elitista y aristocrática centrada en el Colegio Electoral donde el presidente del país es “elegido “ indirectamente al obtener un mínimo de 270 votos (50%+1) recolectados de los aportes de cada uno de los Estados, especialmente de los que se consideran estratégicos por el caudal de votos que aportan como California (55 votos), Texas (38), New York (29), Florida (29) y Pensilvania (20). De tal suerte que esa pseudo democracia electoral abre la posibilidad de que el que pierde con el voto popular y ciudadano pueda ganar en el College por una minoría que lo designa, como fue el caso de George W. Bush en el año 2000 y del actual de la Casa Blanca, Trump, que ahora pretende repetir el mismo procedimiento fraudulento autoproclamándose ganador y amenazando con acudir a la Suprema Corte en virtud de que considera que se ha cometido un monumental fraude electoral en su contra.

Lo anterior oculta el verdadero carácter autoritario del sistema político y electoral que los halcones de Washington exportan e imponen a sangre y fuego a otros países cuando así conviene a sus intereses de dominación imperialista, como ejemplifica la historia reciente de América Latina con la experiencia más reciente del golpe policial-militar y cívico perpetrado en Bolivia con el amplio apoyo y contubernio de la OEA de Almagro, del llamado Grupo de Lima y de los personeros de la Unión Europea, y antes con los “golpes blandos” (parlamentarios o judiciales) en Honduras, Paraguay y Brasil, perpetrados con el apoyo e incitación de Washington.
Por lo tanto, en Estados Unidos la palabra “democracia” es un concepto hueco que proyecta un eufemismo que encubre el verdadero carácter autoritario del régimen político norteamericano que, como decimos, muy difícilmente podrá ser reformado para dar paso a la elección del presidente y del vicepresidente en elecciones directas.

De este modo mientras el gobierno de Trump, a la par que bloquea y “sanciona” a países soberanos como Cuba, Nicaragua y Venezuela, al mismo tiempo desconoce sus sistemas democráticos de elección popular y arremete con furia contra los procesos que garantizan una amplia participación popular en los asuntos de esos Estados. En cambio, no admite observadores internacionales ni verificaciones externas que validen los resultados de la elección. La “misión de observadores de la OEA” se limitó a declarar en los comicios norteamericanos “sin novedad”, a pesar de las múltiples violaciones cometidos por Trump a la constitución al desconocer el proceso electoral tildándolo de fraudulento en medio del conteo de los votos, autoproclamarse, al estilo Guaidó, presidente ganador y emitir twitters falsos y amenazantes. Un imperialismo unilateral que dicta sus propias normas y las impone a sangre y fuego a terceros países.
Sin embargo, hay que aclarar que cualquier representante del ejecutivo de la Presidencia Imperial, independientemente del partido al que pertenezca (Republicano y Demócrata) que sea elegido por el College of Electors esencialmente no cambia ni la vocación ni las prácticas imperialistas de Estados Unidos: a lo sumo les imprime su peculiar manera de gobernar y de tomar las decisiones, pero en el marco inalterable de su política imperialista en todo el mundo.

En este contexto hay que vislumbrar las diferencias, por ejemplo, entre Barak Obama y Donald Trump en varias materias como inmigración y Tratados de Libre Comercio; intervencionismo extranjero y ataque a naciones, guerras y política doméstica, por ejemplo, en materia de salud y de ciudades santuario, para mencionar algunos temas de interés. Diferencias que por supuesto se irán a advertir entre Donald Trump y el candidato electo, Joe Biden en el caso en que este último quede elegido como presidente del país, en materias como salud con el coronavirus que azota masivamente a la población, salarios, políticas de empleo e inmigración Lo anterior sencillamente porque corresponde a un sistema imperialista, tal como lo retrató Lenin y otros analistas marxistas Foster, 2015) que, con la llegada de Trump y ahora de Biden — incluso de cualquier otro personaje que sea electo en el futuro— no altera su esencia que lo retroalimenta y reafirma en el sistema capitalista mundial del cual, por cierto, es un protagonista activo aunque cada vez más con problemas y en relativa decadencia en el plano internacional (Ilustra esta caída relativa de Estados Unidos, incluso, en el plano militar, el libro de Jacques Sapir. El nuevo siglo XXI. Del siglo americano al retorno de las naciones, El Viejo Topo, Madrid, 2008).

El presidente de Estados Unidos, debe quedar claro, es un genuino representante del imperialismo global que realiza un trabajo ad hoc para un sistema que se comenzó a construir a partir de la segunda mitad del siglo XIX — el imperialismo en tanto sistema económico, político y de dominación— y cuya raison d’être es la expansión territorial, el despojo de los pueblos y las comunidades; de países y regiones enteras que, cuando lo anterior le resulta insuficiente u obstaculizado, no duda en recurrir al uso de la fuerza y, en última instancia, a la guerra. Por ello es completamente secundario si la Presidencia Imperial la ocupa Bush, Obama, Clinton, Trump o Biden. A lo sumo, lo único que cambia es “el estilo de gobernar” pero dentro de este orden estructural de los intereses geopolíticos y militares que lo sobredeterminan, y cuya síntesis es la expresión de la unidad de la cúpula militar y financiera dentro del bloque de poder imperialista estadunidense.

Lo que queremos enfatizar es que este curso de los acontecimientos no cambia por el hecho de que sea electo tal o cual personero a la presidencia de Estados Unidos, la cual, como dijimos, depende y es sobredeterminada por esas coordenadas y parámetros geopolíticos y estratégicos de su actuación en el espacio mundial. Es por todo ello que resulta una ilusión, por decir lo menos, pensar que el curso de la historia habría de cambiar radicalmente si en vez de haber sido electo presidente Trump en su momento, lo hubiera sido Hilary Clinton, u otra persona, incluyendo a Joe Biden. En todos los casos no varía el comportamiento imperialista de Estados Unidos, por ejemplo, en América Latina en materia de intento de derrocamiento de los gobiernos progresistas (Venezuela, Bolivia y Ecuador) al amparo de lo que ya han hecho en Argentina y, mediante el golpe de Estado parlamentario-institucional en el Brasil de Temer en beneficio de los intereses norteamericanos, del FMI y del BM.

Olvidar esa premisa es atribuir a factores coyunturales, secundarios y subjetivos la dinámica esencial de los cambios tales como la elección de un candidato, las modalidades de su actuación, sus buenas o malas intenciones personales en relación con la toma de decisiones e, incluso, sus amenazas, en su momento, de cancelar un instrumento de dominación como el TLC y confiscar las remesas como lo advirtió amenazante en varias ocasiones el señor Trump en relación con México. Es no entender que los fenómenos sociales y humanos discurren y se constituyen como productos globales históricamente determinados que articulan dialécticamente múltiples relaciones que explican su naturaleza y su dinámica dentro de una totalidad concreta. Estos hechos, insistimos, son propios de un sistema imperialista independientemente de quien lo encabece. Debido a lo anterior, es que las fuerzas antimperialistas y anticapitalistas no deben fincar ilusiones en un régimen y en sus representantes, que responde a las dinámicas de dominación política, de acumulación de capital y de perpetuación del orden capitalista existente en crisis y en declive histórico. Además, hay que aclarar que el imperialismo no se reduce a la acción de un país, cual puede ser Estados Unidos, Alemania, Francia o Inglaterra, y ni siquiera a un bloque, como la OTAN; o a una región, como la Unión Europea; sino que, más bien, corresponde a un sistema global dentro de la propia estructura de funcionamiento del modo de producción capitalista histórico de producción en su actual fase caracterizada como neoimperialista si al concepto original formulado creativamente por Lenin y por otros autores marxistas, agregamos nuevos fenómenos incorporados en las últimas décadas en el mundo, tales como el capital ficticio, el desarrollo inusitado de la tecnología, la informatización de procesos y productos, el despliegue de la llamada globalización y de la revolución industrial 4.0; la simultaneidad de las transacciones comerciales gracias a los sistemas interconectados por medio de la tecnología informática y la inteligencia artificial. Al decir de John Bellamy Foster (El nuevo imperialismo, El Viejo Topo, Barcelona, 2015, p.37): “La cuestión del ‘nuevo imperialismo’ se reduce a la cuestión del neoliberalismo o cualquier encarnación especialmente brutal de expropiación”.

En este contexto, independientemente del personaje que ocupe la Presidencia Imperial, entendida como una expresión concreta del imperialismo contemporáneo y una simbiosis entre las corporaciones y el Estado norteamericano (véase a John Saxe-Fernández, Terror e imperio. La hegemonía política e económica de Estados Unidos, Debate, México, 2006 y Artur Schlesinger, The Imperial Presidency, Nueva York, Houghton Mifflin, 1973) que se expresa en la preeminencia del poder ejecutivo, el presidente en turno debe moverse en las determinaciones que fijan tanto la Constitución Política como los parámetros y las coordenadas de un sistema imperialista que, para reproducirse, necesariamente tiene que hacerlo cumplimentando las acciones de despliegue de las inversiones, de apropiación de territorios, invasión de países, imposición de políticas de cualquier signo (proteccionistas o librecambistas o su combinación), reservándose en cualquier momento recurrir al uso de la fuerza y, en última instancia, a la guerra como ha sucedido recurrentemente en la historia de Estados Unidos, como sucede actualmente con una parte del territorio sirio que ese país ocupa ilegalmente mediante la fuerza al igual que en Irak y Libia.

Si bien ante la xenofobia, el racismo sistémico, la segregación racial y la prepotencia fascista del presidente Trump y de sus halcones practicados durante los cuatro años de su fallida administración, el pueblo norteamericano se vio orillado a votar por los demócratas motivado, en buena mediada, por la crisis económica, el coronavirus, el voluminosos desempleo estructural, la pobreza y por la ausencia de un proyecto alternativo, sin embargo, es preciso entender que Estados Unidos no cesará de implementar sus prácticas imperialistas en un contexto de crisis estructural y sistémica, así como de pérdida de su supremacía que experimenta en un mundo multipolar en ascenso caracterizado por el arribo de indudables potencias como China, Rusia, Irán, India que el capital y las clases dominantes norteamericanas ven como verdaderos enemigos, sin olvidar los intentos de imponer en Nuestra América un redivivo macartismo furiosamente anticomunista y la nefasta Doctrina Monroe que orienta su política y estrategia en los últimos años.

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