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El cuento chino de Bolsonaro

Escrito por Debate Plural

Eric Nepomuceno (Pagina 12, 24-10-20)

 

Todo o casi todo en Brasil parece exagerado. El país tiene la mayor extensión territorial de América Latina, la mayor población, la economía más fuerte. Ningún otro en el continente es habitado por descendientes de tantos orígenes, o sea, de semejante amplitud, y como si todo eso fuera poco, todos sabemos que el Papa es argentino, pero que Dios es brasileño.

No sorprende a nadie, por lo tanto, que sea de Brasil el gobierno más absurdo, más enloquecido no sólo de las Américas, sino del planeta. Y antes que alguien cometa la imprudencia de mencionar a Donald Trump, sugiero que haga un análisis objetivo y equilibrado de la conducta de Jair Bolsonaro y luego la compare con la de su ídolo y guía.

Trump es grosero, grotesco, desequilibrado, mentiroso y abyecto. Bolsonaro es todo eso y más: lo que lo diferencia de su ídolo son la mediocridad más primaria (inteligencia ínfima, ignorancia gigantesca) y el vasallaje.

Otro punto de distancia es que, y con amplitud olímpica, el brasileño logró armar un gobierno con lo que de más aberrante existe en el país. No hay, entre sus ministros, un mísero ejemplo de alguien que merezca siquiera un barniz de respeto. Al contrario: el que no es ridículo es abyecto, y en casi todos los casos las dos características se unen.

A Bolsonaro le encanta hacer alusión a su formación militar. No menciona, por supuesto, que pasó siete años grises en cuarteles y otros 30 como diputado igualmente mediocre. En sus años de político profesional amasó un patrimonio considerable e incompatible con sus ingresos. Pero como pasa con tantísimos de sus colegas, a nadie le pareció necesario investigar los orígenes de tal patrimonio.

Otra hazaña: luego de haber esparcido militares por todo el gobierno, logró humillarlos y dañar, no sé sabe hasta qué punto, la imagen duramente reconstruida en treinta años de democracia, recuperada luego de dos décadas de dictadura.

Ahora mismo el capitán retirado humilló enfáticamente a su ministro de Salud, un general en actividad llamado Eduardo Pazuello.

Es verdad que el Pazuello sabe de salud pública lo que yo de la anatomía de los caracoles. Pero en un momento de suprema distracción tuvo, esta semana, un relámpago fugaz de lucidez: firmó con el Instituto Butatan, una de las entidades científicas más prestigiadas de América Latina, un convenio para fabricar y distribuir, cuando aprobada, la vacuna que está siendo desarrollada en asociación con la fabricante china Sinovac. El Butatan integra el gobierno de San Pablo, encabezado por el derechista João Doria, odiado por Bolsonaro.

Por las redes sociales, los seguidores fanáticos del ultraderechista reaccionaron de inmediato: “no quiero dejarme contaminar por los chinos”, o “no acepto transmisión de comunismo”.

El desequilibrado aprendiz de genocida no tuvo un segundo de duda: desautorizó a su ministro y adelantó que de la vacuna china, ni pensar. “No se puede confiar, a raíz de su origen”, bramó sin aclarar si se refería al comunismo o a que el coronavirus surgió en China.

Semejante gesto provocó un griterío generalizado entre médicos, investigadores y gobernadores provinciales. Hasta la Organización Mundial de Salud (OMS), despreciada por Bolsonaro, saltó al ruedo para recordar que lo que importa es la eficacia de la vacuna, y no su origen.

Se dio por descartado que el ministro renunciaría o sería expelido. Bolsonaro propuso una tercera vía: no lo cesaría si el general aceptara grabar, a su lado, un video a ser transmitido por las redes sociales.

Internado en un alojamiento militar por haber contraído covid-19, Pazuello apareció al lado del jefe. Y soltó una frase espantosa: “Uno manda, el otro obedece”. No hay antecedentes de un general activo afirmando eso al lado de un capitán retirado.

La actitud de Pazuello dejó en claro, además, la distancia que lo separa del respeto a sí mismo y de la decencia.

Otra aberración ambulante, Ricardo Salles, ministro del Medioambiente, también disparó contra un general, pero esta vez reformado, Luiz Eduardo Ramos, de la Secretaría de Gobierno de la Presidencia, una especie de jefe de Gabinete.

Criticado por haber suspendido la actuación de las brigadas de combate a incendios en la Amazonia (luego volvió atrás), Salles disparó: “mejor hacer a un lado esa postura de María Chismosa”. El general se la tragó en seco: al fin y al cabo, el puesto que ocupa representa un nutrido adicional a su sueldo de jubilado. ¿Dignidad? Ni pensar.

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