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¡Hiroshima mon amour!, o la masacre nuclear que espejó el fin del mundo

Escrito por Debate Plural

Javier Cortines (Sin Permiso, 6-8-20)

 

La ciencia daba la oportunidad de demostrar a “los japos” que había nacido un imperio, muy superior a todos los anteriores, que en menos de lo que canta un gallo podía reducir a cenizas, a la nada, “al enemigo”. Así se inauguró “Apocalypse Now”: la Era del exterminio masivo de civiles.

Fue una mala decisión lanzar las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki – a pesar de que todavía lo aprueba el 56 por ciento de los estadounidenses- y acabar con la vida de cientos de miles de civiles que fueron vaporizados o abrasados tras las explosiones nucleares que dejaron escrita con “sangre” una de las páginas más macabras de la historia de la Humanidad. Aquellas masacres atómicas espejaron cómo sería el fin del mundo si los monos que gobiernan el planeta deciden apretar “el botón nuclear” para medir sus fuerzas en “el glóbulo cósmico” que nos ha tocado habitar.

Poco antes de ordenarse el genocidio, el presidente estadounidense Harry S. Truman escribía en su diario:

Hemos descubierto la bomba atómica más terrible de la historia de la humanidad. ¿Es la destrucción masiva que se predijo en la Época de Mesopotamia?

    La ciencia daba la oportunidad de demostrar a “los japos” que había nacido un imperio, muy superior a todos los anteriores, que en menos de lo que canta un gallo podía reducir a cenizas, a la nada, “al enemigo”. Así se inauguró “Apocalypse Now”: la Era del exterminio masivo de civiles.

Sobre Hiroshima cayó la bomba atómica “Little Boy” (El muchachito) el 6 de agosto de 1945 y, tres días después, el 9 de agosto, “Fat Man” (El gordinflón) arrasó Nagasaki. Se calcula que en ambas ciudades murieron unas 260.000 personas, de las cuales 120.000 perecieron al instante, muchas de ellas vaporizadas, y otras 60.000 sucumbieron en los minutos y horas posteriores. El resto fallecería en las semanas, meses o años venideros.

    ¡Cuántos japoneses hemos matado en un instante! ¡Dios mío! ¡Qué hemos hecho! – escribió Robert Lewis- copiloto del bombardero “Enola Gay”, en una carta dirigida a sus padres tras contemplar el infierno que surgió de las entrañas de Hiroshima tras la explosión que convertiría la ciudad, de unos 350.000 habitantes, en una espectral urbe crematoria en la que “deambulaban muchedumbres de fantasmas”.

En Hiroshima, los diez mil grados que se alcanzaron en un diámetro de dos kilómetros respecto al “punto cero”, fundieron metales y granito, y desintegraron a miles de personas que se encontraban en ese radio. A pesar de la censura de los ocupantes, se han conservado fotografías de “sombras nucleares”. Se trata de hombres y mujeres que dejaron su estampa, en pilotes o bancos, de pie o sentados. La hora de la explosión ha quedado inmortalizada, ya que todos los relojes se pararon a las 08:15 de la mañana.

Algo similar ocurrió en Nagasaki, cuando el bombardero “Bockscar” -que no pudo arrojar la bomba atómica sobre el centro de la urbe, ya que el cielo estaba nublado y se estaba agotando el combustible- dejó caer al “Gordinflón” sobre un barrio periférico del Valle de Urakami, lugar de emplazamiento de la ciudad.

Ese mismo día, el 9 de agosto, el presidente Harry S. Truman justificaba con estas palabras el lanzamiento de la bomba atómica:

“La usamos para acortar la agonía de la guerra, para salvar la vida de miles y miles de jóvenes estadounidenses”.

Los supervivientes de las explosiones, conocidos como “los Hibakusha” (los bombardeados), narran que por las calles deambulaban “legiones de fantasmas”, hombres, mujeres, niños y niñas, que “sin carne entre los huesos o sosteniendo la piel que se les caía a tiras”, trataban de alcanzar los ríos “para refrescarse” o se derrumbaban con sus extremidades deshechas o derretidas.

A las víctimas habría que añadir los miles de niños que nacerían con deformaciones y malformaciones en las semanas, meses o años después de las explosiones nucleares. Los supervivientes y sus descendientes no quieren hablar de ello. Es como si nadie quisiera recordar una inenarrable pesadilla que, con el Grito de Munch, nos proyecta una escalofriante sombra de la condición humana “que todavía sigue aferrada” al espíritu depredador que anula la razón engendrando monstruos.

El 15 de agosto, cuando los norteamericanos bombardeaban Tokio, el emperador japonés Hiro-Hito pidió la rendición en una inusual alocución por radio que duró cuatro minutos y medio. En la memoria de los nipones han quedado estas palabras:

Ha llegado la hora de deponer las armas. Estoy dispuesto a soportar lo insoportable y sufrir lo insufrible (en aras de la paz)…”

    Poco después Harry S. Truman anunciaba en la Casa Blanca, ante una multitud de periodistas y altas personalidades:

“Japón se ha rendido. Los chicos ya pueden volver a casa”

    Los estadounidenses, los aliados, la prensa, la radio, el cine, los voceros etc., han repetido hasta la saciedad durante décadas -haciendo caso omiso a “la voz de la conciencia colectiva”- que el bombardeo nuclear fue necesario para salvar vidas. El rebaño sigue polemizando sobre el asunto. Entre los pocos intelectuales de la época que condenaron aquella masacre de civiles estaba “mi amigo” Albert Camus, ese eterno extranjero que muchos llevamos dentro cual desterrados en el tiempo y en el espacio, pues la patria es un invento conceptual que, muchas veces, se nos escapa como la arena entre los dedos.

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