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La estrategia de Biden y el contragolpe de Trump: ¿por qué la carrera electoral en EE.UU. no tiene final cantado?

Escrito por Debate Plural

Ociel Alí López (Kaosenlared, 30-7-20)

 

La situación de EE.UU., entre los efectos del coronavirus y las protestas antirracistas, tiene al presidente Trump contra las cuerdas y es lógico que Biden rediseñe su campaña hacia el arrinconamiento del adversario.

Según recoge  RealClear Politics, una página que se encarga de listar la mayoría de encuestas realizadas, todas las recientes dan el triunfo a Biden y varias de ellas ubican la diferencia en dos dígitos.

El manejo de la epidemia puede costarle a Trump las elecciones de noviembre. Lo sabemos no solo porque el país rápidamente se convirtió en el de mayor número de contagios y muertes (ya pasó los 150.000 decesos) sin una política coherente para frenar su avance, sino también porque los recientes discursos del mandatario dan cuenta de que la forma de enfrentar la coyuntura desde su comienzo, desacreditando el peligro y mofándose de las medidas de protección, ha tenido que cambiarse por el mensaje de un estadista preocupado por la salud de su pueblo y responsable ante lo que está ocurriendo.

Finalmente el 13 de julio, y después de renegar de su utilización incluso en actos públicos, tuvo que sacarse una foto con mascarilla, un verdadero golpe al hígado de su arrogancia.

Ese fenómeno comunicacional llamado Trump, que ante los ataques responde arremetiendo sin piedad, huyendo hacia adelante, ha tenido que ceder a uno reflexivo que tiene que aceptar sus errores, y eso no ocurre sin que antes se le hayan prendido las alarmas en su comando de campaña, que el 16 de julio cambió a Brad Parscale por Bill Stefien en la jefatura máxima.

No es solo el coronavirus el causante de sus movimientos defensivos.

Desde que a comienzos de junio surgieran protestas antirracistas en todo el país, el control del orden público ha sido un dolor de cabeza en plena campaña electoral. Innumerables videos mostraron un EE.UU. arrasado por incendios, saqueos, disturbios, manifestaciones. Un hecho inédito por su magnitud, que también ha golpeado el ego de quien tuvo como principal oferta electoral en la campaña de 2016 «hacer grande a América otra vez».

Las jornadas de lucha callejera terminaron siendo un estallido social que, a diferencia de otros anteriores signados por el malestar, han movido la fibra del «ser estadounidense», lo que ha interpelado al colectivo sobre la historia como nación y es posible que esto tenga impacto electoral.

Casi dos meses después, en las calles de Portland, Seattle, Austin, Nebraska y Los Angeles se ha reavivado la protesta, desde que hace pocos días agentes federales irrumpieran en Portland y reprimieron manifestaciones.

Por eso Biden ha hecho concesiones importantes, girando hacia la izquierda, cuidando con mucho detalle su alianza con Sanders y los sectores juveniles movilizados, que suelen ser abstencionistas, y reivindicando la esencia de las protestas: «La historia de EE.UU. no es un cuento de hadas», dijo el día en que se conmemoraba un año más de la Independencia, en referencia al debate sobre las estatuas derribadas durante las manifestaciones: «Ahora tenemos la oportunidad de dar a los marginados, demonizados, aislados y oprimidos su parte completa del sueño americano. Una oportunidad para acabar con las raíces del racismo sistémico de este país, para estar a la altura de las palabras sobre las que se fundó esta nación».

En paralelo, para asegurar el voto afroamericano, le está sacando el mejor de los provechos a su mejor aliado: Barack Obama, al punto de convertirlo en el pivote de su campaña, especialmente a partir de la conferencia que tuvo el 23 de julio, donde trató de mantener la figura de Obama-líder, y se mostró más que próximo al expresidente, como el vice del primer mandatario de raza negra de la historia.

Es aquí donde se ve con mayor ahínco que la estrategia general de Biden en los actuales momentos es la de diseñar una campaña «catch all» (atrápalo todo), donde el centro de la atención no lo tenga él, sino el propio Trump como adversario general.

Lo que intenta hacer su equipo de campaña es convertir las elecciones del 3 de noviembre más en un referendo revocatorio contra Trump que en unas presidenciales comunes, donde la lucha es entre dos liderazgos claramente diferenciados.  En este caso, más que dos candidatos hay un presidente y toda una campaña general para desplazarlo por los votos.

Con esto se busca que la articulación entre minorías se solidifique, gracias al rechazo de la imagen de Trump más que desde la figura gris de Biden, que cada vez luce más discreto y del cual difícilmente podría creerse que cumpla la misión de cambio radical que exigen las expectativas de los movilizados.

Cambio de velocidad

Trump, por su parte, reconoce la difícil situación y ha logrado dar pasos hacia atrás para intentar transformarse en una propuesta mucho más potable que el Trump de los primeros años de su gobierno, especialmente con el tratamiento hacia las minorías.

No solo hizo un cambio de velocidad con relación al coronavirus. También ha tenido que relajar la presión y eliminar los insultos contra los latinos, un sector que Biden podría conquistar efectivamente gracias a las amenazas que representa el candidato republicano.

Al respecto, el actual presidente hizo un giro discursivo a partir de su reunión con su par Andrés Manuel López Obrador, el 8 de julio, a quien mencionó como «el mejor presidente que ha tenido México», y ha pausado la ofensiva antimigrante para hablar bien de los mexicanos: «Son gente trabajadora, son gente increíble, son un gran porcentaje de los propietarios de los negocios. Tienen mucho éxito».

También con Venezuela. Después de su discurso de la unión en febrero, se esperaba que la crisis de ese país tendría un lugar privilegiado durante su campaña. Por el contrario, avanzada la campaña, ha dudado públicamente de la fortaleza de Guaidó, y no se ha detenido a polemizar con Maduro, de hecho, hasta ha asomado la posibilidad de una reunión con el mandatario venezolano, lo que también ha sido utilizado por Biden. En una visita a Florida el 9 de julio, que incluyó actos en la sede del Comando Sur y en El Doral, un bastión venezolano en las afueras de Miami, cuando se esperaba que aplicara medidas radicales sobre Venezuela, se concentró en develar la «amenaza socialista» de Biden.

Varios analistas interpretan que en los últimos meses de campaña Trump quiere cambiar esa imagen de perseguidor de latinos y de caudillo violento hacia América latina.

Es cierto que con el malestar por los resultados del manejo de la pandemia y por una alianza fuerte con minorías, Biden puede estar acercándose hacia un triunfo electoral.

Pero condenar a Trump en los actuales momentos y cercarlo simbólicamente antes de tiempo, significa no conocer la fortaleza de su propuesta política a la que sigue apostando, a pesar de los pasos atrás de las últimas semanas.

Si en política no hay muertos, Trump sigue siendo un candidato formidable y puede lograr (otra vez) lo impensable.

El contragolpe de Trump

Las encuestas que ponen por delante al candidato demócrata no generan mucha confianza por dos razones.

La primera es que, en 2016, todas las encuestadoras se equivocaron dando como ganadora a Clinton. Ya el descrédito se había disparado desde que en el referendo de junio de 2016 ganó inesperadamente, y contra todos los estudios de opinión, el Brexit en Gran Bretaña.

Y si los errores ocurrieron en momentos de normalidad, cabría esperar que el distanciamiento físico y la cuarentena haga del oficio de encuestar una práctica casi imposible donde el muestreo, el margen de error y la recolección de datos pueden ser aún más imprecisos. Muchas de las encuestas que recogían datos puerta a puerta  ahora lo hacen telefónicamente, y esto impide corroborar su margen de error.

Pero no es solamente la factibilidad de las encuestas.

El triunfo de Trump en 2016 dio cuenta de una repotencialización del sujeto tradicional norteamericano. El ciudadano promedio. Los Homero Simpson, obreros y granjeros, protestantes blancos que se conformaron en el núcleo duro de apoyo a Trump y que, además, gracias al formato de los colegios electorales, pueden ganar la contienda aunque pierda en número de votos.

Hacia ellos va el vertiginoso discurso del líder carismático, que ha concentrado su esfuerzo en tenerlos adheridos a punta de discursos ideológicos combinados con reformas económicas reales que, antes de la pandemia, lograron bajar de manera consistente el índice de desempleo y aumentar la producción nacional, entre otras variables económicas.

Habría que evaluar también, sobre el impacto de la pandemia, el manejo que ha hecho Trump no solo a nivel sanitario sino también económico.

Trump logra simpatizar con quienes están en desacuerdo con la cuarentena y ese tipo de medidas que terminan ahogando la economía. Quizá en un primer momento este enfoque parece salvaje e insensible, pero a casi cinco meses del inicio de la cuarentena termina siendo comprensible, debido a los estragos de las medidas contra la propagación del covid-19 en materia económica.

Prometiendo una vacuna contra el virus espera hacer tabula rasa de los resultados tan nefastos de su gestión en la pandemia, y lograr así un milagro electoral.

Pero además, Trump ha sabido usar el populismo financiero durante la cuarentena, otorgando importantes beneficios directos a la población, entre los que están incluidos las minorías étnicas.

La estrategia de dividir el voto afroamericano, por medio del lanzamiento de la candidatura de Kenye West, un cantante e influencer negro seguidor de Trump, por un lado reconoce la incapacidad de su figura para conectar con estos a pesar de algunos gestos, pero a la vez puede terminar siendo efectiva si, al menos, astilla el apoyo a Biden en este importante sector, donde hay corrientes que miran al demócrata con desconfianza.

Mas allá de la efectividad en restar voto afroamericano al partido de Biden, el centro de preocupaciones de la campaña de Trump se concentra en sellar la alianza con los sectores populares blancos que le han respaldado y le dieron el triunfo en 2016.

Por eso, la estrategia del comando de Biden, que busca realizar una campaña de interconexión entre minorías (negros-latinos-jóvenes) en un momento donde los nervios están a flor de piel, puede resultar exitosa debido a los errores de Trump, pero también podría resultar contraproducente si el republicano consolida el respaldo de la clase trabajadora y la población blanca de todo el país, que ve al demócrata como un representante de los intereses de la élite de Washington y al auge de las minorías como una amenaza para su propia existencia.

Hacia ellos va el discurso ideológico de Trump, que relaciona las protestas no con una lucha racial sino con la injerencia de quienes recientemente ha llamado «nuevo fascismo de extrema izquierda», que a su juicio estarían usando a Biden a su antojo.

La idea de convertir esta elección en un referendo contra Trump puede servir si los sectores en pugna realmente se movilizan y cambian la correlación de fuerzas en los estados clave.

Pero si la candidatura de West logra restar votos, y la desconfianza hacia Biden logra ser suplida por la respuesta económica de ayuda social frente a la pandemia, sumado a la amenaza que puede significar para el voto blanco y tradicional un hipotético triunfo liberal o «socialista», entonces no solo Trump estaría vivo y en la pelea, sino que incluso podrá repetir la historia de 2016, venir de atrás y dar un batacazo.

Eso lo veremos el 3 de noviembre, por ahora quedan más de tres meses de campaña.

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