Internacionales Salud

Sobre colapso, ecosocialismo y coronavirus (I)

Escrito por Debate Plural

Miguel Muñiz Gutiérrez (Mientrastanto, 6-6-20)

 

Toda la historia de la sociedad humana, hasta la actualidad, es una historia de luchas de clases. Libres y esclavos, patricios y plebeyos, barones y siervos de la gleba, maestros y oficiales; en una palabra, opresores y oprimidos, frente a frente siempre, empeñados en una lucha ininterrumpida, velada unas veces, y otras franca y abierta, en una lucha que conduce en cada etapa a la transformación revolucionaria de todo el régimen social o al exterminio de ambas clases beligerantes.

Karl Marx y Friederich Engels (1848)

De premoniciones y anhelos

El dilema con el que un Marx de 29 años y un Engels de 27 abren en 1848 el Manifiesto comunista: o “transformación revolucionaria” o “exterminio de ambas clases beligerantes”, se irá actualizando más allá de la aportación de los marxismos. En 1915, 67 años más tarde y en el horror de la primera gran matanza bélica industrializada, Rosa Luxemburgo lo reproducirá adecuándolo a su tiempo: “avance al socialismo o regresión a la barbarie”, frase que originó el conocido “socialismo o barbarie”. En 1979, 64 años después, Manuel Sacristán lo recogerá de nuevo, afinándolo: «para que tras esta noche oscura de la crisis de una civilización despuntara una humanidad más justa en una Tierra habitable, en vez de un inmenso rebaño de atontados ruidosos en un estercolero químico, farmacéutico y radiactivo».

Marx, Engels, Rosa Luxemburgo, Manuel Sacristán, cuatro casos [1], entre otros muchos, de premonición [2] de exterminiobarbarie, o estercolero, sustantivos absolutos, contrapuestos al anhelo del socialismo. Afrontamos hoy el colapso presente proyectado hacia un futuro en que no queda tiempo para dilemas. Se hace necesario concretar ese absoluto.



Devastación presente y cargada de futuro

Han pasado 41 años desde que Sacristán replanteó el dilema. Hoy, comprobado el vínculo producción/destrucción, conocida la dinámica de este capitalismo enloquecido y sin control, presentes las implicaciones del principio de entropía, de la Tasa de Retorno Energético o la Paradoja de Jevons; asumidas las limitaciones del conocimiento científico, y las secuelas aleatorias y destructivas de la técnica sobre una realidad inabarcable, sabemos más que en 1848, 1915, o 1979.

Podemos detallar ese conocimiento recurriendo, por ejemplo, al capítulo 2 del libro ¿Qué hacer en caso de incendio? Manifiesto por el Green New Deal, de Héctor Tejero y Emilio Santiago Muiño. El núcleo central corresponde a la energía, la causa de fondo del calentamiento global, el cambio climático y eventos meteorológicos extremos y aleatorios (huracanes, sequías, lluvias torrenciales…); de alteraciones en la circulación oceánica y los ciclos estacionales, de los deshielos polares y la subida del nivel del mar; de la desforestación acelerada (posible origen de la dispersión del coronavirus), desertificación, pérdida de fertilidad y caída de rendimientos agrícolas; secuelas de la energía son también las nuevas plagas y la extensión de las conocidas a otras latitudes; la extinción acelerada de especies animales y vegetales, las alteraciones en la flora, fauna y ecosistemas regionales…

La energía es la causa directa de la contaminación química y radiactiva, de las industrias extractivas y el ciclo acelerado producción/destrucción; de la invasión de plásticos; está en la base de una movilidad enloquecida, de bajo coste, gracias al petróleo y derivados… Se podría seguir, pero basta recordar que son realidades presentes, con implicaciones retroalimentadas y, por tanto, susceptibles de incremento potencial según factores imposibles de prever.



Se trata de realidades materiales, no reducibles a valores monetarios, no reversibles. Se puede calcular, por ejemplo, en 100 millones de euros el valor de los materiales obtenidos de una selva arrasada (o las acciones de la compañía beneficiaria), pero no se puede disponer de una selva restaurada poniendo 100 millones de euros sobre la mesa.

Son realidades que deberían ser tenidas en cuenta cuando se discurre sobre alternativas, lo cual no ocurre. Ni la Tasa de Retorno Energético, ni la Paradoja de Jevons, ni las limitaciones del conocimiento científico, ni las secuelas aleatorias e incontroladas de la técnica sobre una base biológica inabarcable, parecen contar a la hora de producir discurso alternativo; el Green New Deal es un ejemplo. El conocimiento no significa comprensión, ni mucho menos reacción.

Consecuencias sociales

• El colapso en curso tiene una consecuencia universal: se concreta en escasez de agua potable, hambre, carencia de servicios energéticos (frío, calor, iluminación, información y movilidad) y de servicios sanitarios; creciente violencia social, intersocial, territorial y de género, desigualdades crecientes… En una palabra, miseria. Realidades presentes hoy, o amenazas de un futuro más o menos cercano, según en qué región del mundo, y en qué clase social, nos situemos. A falta de detalle sobre los cambios introducidos por la pandemia podemos adelantar una consecuencia común: las clases subalternas de todo el mundo son la gran mayoría de víctimas (directas e indirectas) del coronavirus; con diferencias, claro está; no es comparable la situación de Dharavi (Bombay) con la de Llefiá (Badalona).

• Pero el colapso en curso tiene otra consecuencia, esta parcial, que se da sólo en países ricos con mayorías sociales acomodadas, donde las cadenas de suministro se mantienen (con alguna perturbación puntual), las tiendas están abastecidas y las consecuencias (muertes aparte) para las mayorías se limitan a conflictos por el confinamiento, incomodidades, molestias diversas. Una situación que puede variar en un futuro, según se vaya concretando el impacto en la economía y grupos sociales puedan pasar de acomodados a subalternos.

En apuntes de urgencia sobre el coronavirus se diferenciaba conocimiento de percepción, y consecuencias de la pandemia para la mayoría social acomodada, que no se implica en conflictos, y las numerosas minorías (acomodadas o no) que reaccionan frente a ellos. Hoy, tras dos meses y medio de confinamiento oficial y con una normalización en curso, aún predomina el desconocimiento sobre el alcance y la naturaleza del virus, de los avances científicos sobre tratamiento del COVID-19, de cifras reales de víctimas y personas afectadas, o de posibilidades de repetición pasada esta ola y grado de virulencia [3].

También tenemos certezas; en la Guía de lectura práctica de una tesis doctoral se apuntaban cinco. Asimismo, disponemos de análisis globales críticos, exhaustivos, detallados y rigurosos. El más completo hasta ahora es La pandemia y el sistema-mundo, documento de 33 páginas de Ignacio Ramonet, y hay más [4]. Pero el problema surge cuando se pasa de análisis globales a realidades concretas y cotidianas. La pandemia ha evidenciado aún más la brecha existente entre elaboración teórica, actividad política (legislativa y ejecutiva), y decisiones tomadas por los poderes que mandan.

Mientras que las elaboraciones teóricas abundan en consideraciones económicaspolíticas e incluso espirituales, de profundo calado y alto nivel (en clave la Humanidad, por ejemplo) proponiendo cambios globales sin considerar los conflictos de intereses, y sin señalar ni quiénes serán los grupos sociales que presionarán o lucharán para hacer realidad esos cambios, ni cómo proceder para llevarlos a la práctica, la actividad política hace un uso oportunista de la pandemia, buscando obtener ventajas comparativas y provocar reacciones electorales identitarias. El regreso progresivo de la clase política a los medios, tras haber sido temporalmente desplazada de su protagonismo por la dimensión de la tragedia, recupera los discursos habituales integrando el coronavirus en las estrategias de propaganda.

Por su parte, los poderes ajenos a todo control imponen la sumisión a las directrices de los que mandan (el espectáculo de la CE es de manual) y, paralelamente, aprovechan la situaciónblindan sus intereses frente a un colapso cuya dimensión conocen mejor que nadie. Hoy, el eco del COVID-19 sólo resuena en la disyuntiva ‘economía o personas’ del discurso económico dominante y, aunque se escriben apuntes sobre la urgencia de priorizar estrategias o definir líneas geoestratégicas, no existen decisiones políticas que los concreten. Podemos referirnos a España pero, a tenor de la (des)información imperante, en la mayoría de países la situación es parecida o peor.

La consecuencia es que la percepción social de las mayorías acomodadas bebe de la narrativa de la recuperación de la normalidad tras el confinamiento, del baile de cifras, de una ración cotidiana de anécdotas actividades de balcón, de apuntes breves de solidaridad vecinal, conflictos violencia digerible, de datos contradictorios sobre consecuencias económicas y tipos de ayudas; y de bulos, medias verdades, mentiras y manipulaciones.

De otra parte, las numerosas minorías sociales (acomodadas o no) que reaccionan ante los conflictos también están en proceso de incorporar el coronavirus a sus rutinas discursivas. Dejando al margen el sector netamente social como, por ejemplo, el que denuncia las pobrezas, o los diversos feminismos y colectivos basados en identidades, y centrándonos en el ecologismo social, encontramos tres limitaciones que impiden romper esas rutinas.

• La primera, el catálogo de devastaciones es tan amplio que sólo permite el detalle en la denuncia, mientras que las propuestas de intervención global no pueden ir más allá de medidas genéricas sin entrar en causas profundas ni apuntar a responsables concretos, ni a beneficiarios genéricos, ni plantear medios para enfrentarlos. Podemos encontrar pruebas en el discurso global sobre emisión de gases de efecto invernaderocalentamiento, protección de zonas polaresdesertificaciónagriculturadesforestaciónbiodiversidad, etc.

• La segunda, la falta de rigor en la escala de las alternativas propuestas; el mecanismo más habitual consiste en informar de los éxitos o el potencial de una actividad (la agroecología y las energías renovables suelen ser las más habituales) y pasar a proponer su expansión global, sin asumir que el cambio de escala supone limitaciones y conflictos que no se dan en el marco de referencia original, y sin abordar las complejidades que todo ello implica.

• Y finalmente está la cuestión del confort, la resistencia de las numerosas minorías que reaccionan ante los conflictos a salir fuera de los círculos de convicciones compartidas, estilo de activismo y ámbito de actuación. Resistencia a interpelar a las mayorías sociales que no reaccionan, o a abordar la traducción social de las medidas ambientales.

Sobre mayorías y minorías planea el factor tiempo.

Consecuencias con el coronavirus de fondo

Para personas de regiones de África, Asia profunda, o áreas con ecosistemas frágiles, la dura lucha por la supervivencia cotidiana deja la pandemia en un segundo plano. Es en las zonas en que, hasta la pandemia, imperaba la normalidad dónde todo seguirá casi igual a medida que se avance en las diferentes etapas de desconfinamiento.

Hasta aquí hemos tratado sólo de grupos, mayoritarios o minoritarios, que recuperan su actividad habitual integrando el coronavirus como pueden; pero también están los otros, los que se centran en el colapso global. Posiciones decrecentistas, ecosocialistas, o colapsistas (de raíz marxista, o no), que abordan las consecuencias finales del dilema formulado en el primer apartado de este artículo.

Aunque éstos no han integrado aún la pandemia en sus análisis volvemos al factor tiempo, las cuestiones de fondo son determinantes: sobre ecosocialismo, decrecentismo, colapsismo global y colapsismo marxista, trataremos en una segunda parte.

Acerca del autor

Debate Plural

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