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A 31 años de la matanza de Tiananmen

Escrito por Debate Plural

Mario Hernandez (Sin Permiso, 6-6-20)

 

La policía de Hong Kong rechazó el lunes una solicitud presentada por los organizadores de una vigilia anual que marca el aniversario de la llamada masacre de la Plaza de Tiananmen de 1989. Sería la primera vez en 30 años que la vigilia, que atrae a multitudes en un espacio abierto, no se lleva a cabo en Hong Kong.

En una carta a los organizadores de la vigilia, la policía informó que ésta violaría las normas de distanciamiento social impuestas para frenar la propagación del coronavirus que prohíben reuniones de más de ocho personas.

La decisión de las autoridades se produce en un momento especialmente delicado. Tras casi un año de protestas, Pekín aprobó el pasado jueves una controvertida Ley de seguridad nacional para Hong Kong con la cual acabar los actos de subversión, secesión o terrorismo. Para la oposición, esta nueva legislación podría socavar los derechos y libertades de las que gozan en el territorio y es una amenaza para organizaciones como la que está detrás de la tradicional vigilia.

Aun así, llamaron a la ciudadanía a recordar a las víctimas de la matanza compartiendo imágenes por las redes sociales o a que se reúnan en la calle en pequeños grupos que no contravengan la ley y prendan velas a las 08.00 pm (hora local). La Alianza también acudirá al parque Victoria, tradicional punto de celebración de la vigilia, donde guardarán un minuto de silencio “para conmemorar a los muertos y exigir responsabilidades”.



A treinta años, el pasado 3/6/2019, el Gobierno chino justificó aquella matanza con el argumento de que trajo la estabilidad social que necesitaba la economía para crecer y disparar el bienestar de todos los chinos.

Aunque entre sus demandas no figuraban explícitamente una democracia al estilo occidental o el fin del PCCh, las autoridades vieron en el movimiento una amenaza que era necesaria aplacar. Tras días de negociaciones, ley marcial y divergencias en la cúpula política y militar, el ala dura del partido se impuso. El resultado: el Ejército tomó la capital, desalojó a base de porrazos, tiros y tanques las calles y quedó claro que las autoridades permitirían el desarrollo económico pero sin libertad política.
Hubo mucha gente que protestó en las calles durante esos días, tanto estudiantes universitarios como gente de otras categorías sociales.

Sin embargo, se sabe mucho menos de las historias de la gente que murió (trescientas personas, de acuerdo con las cifras del Partido Comunista, muchas más, que se cuentan por miles, de acuerdo con activistas, familiares de las víctimas y una serie de organizaciones humanitarias), o acerca de los miles de detenidos (el último en ser liberado, que era en aquel entonces trabajador de una fábrica, salió de prisión en 2016).



El Partido estaba cambiando de un modelo de “gestión política” del país a un modelo de “gestión económica”. Este proceso causó una serie de problemas y una generalización de la corrupción, lo cual fue una de las muchas razones de las protestas durante ese período.

La secuencia básica de los acontecimientos sigue siendo la matanza cometida contra estudiantes, trabajadores y ciudadanos corrientes de Beijing; la dramática decisión del Partido Comunista de proceder a medidas represivas, al final de una lucha interna que marcaría para siempre el rumbo del PCCh; y en el trasfondo de todo ello, la “primavera china”, que había sido resultado de un período de intensa y vivaz actividad cultural y política durante los años 80.

El año 1989 constituye un parte aguas en la reciente historia de China, pues fue ese el año en que el contrato social entre el pueblo chino y el Partido Comunista se vio efectivamente transformado, poniendo al país en la senda de crecimiento económico que le ha llevado a su estatus como poder global de envergadura hoy en día.

George Black y Robin Munro escriben en Black Hands of Beijing: Lives of Defiance in China’s Democracy Movement, “lo que tuvo lugar fue una matanza, no de estudiantes sino de trabajadores y residentes corrientes, precisamente el objetivo pretendido por el gobierno chino”.

El hecho de que los que resultaran muertos fueran en su mayoría trabajadores nos permite comprender mejor de qué modo filtró el Partido Comunista la información que le llegaba del mundo exterior, no tanto y no sólo de la misma Plaza de Tiananmen. En 1989, el PCCh ya llevaba trabajando dos años para dejar al margen la influencia política de Hu Yaobang. Se trataba de un reformista al que se juzgaba demasiado indulgente con las protestas que se habían convertido en un rasgo recurrente en China desde 1986.

Hu murió el 15 de abril de 1989 de un ataque al corazón sufrido durante una reunión del Partido, y el luto por su muerte se convirtió en el acontecimiento que desencadenó las protestas a gran escala de los estudiantes, que ocuparon ese día la Plaza de Tiananmen.

Deng Xiaoping había decidido que debería purgarse a Hu, aunque este último había sido escogido por Deng mismo como sucesor suyo.

La casa del anciano Deng sería escenario de la reunión más importante durante esos frenéticos días de junio de 1989. Deng, veterano político y consumado estratega, captó de inmediato la naturaleza del problema: si las protestas estudiantiles se extendían a los trabajadores, la situación se volvería desastrosa para el PCCh.

Deng recalcó repetidamente que deberían hacerse reformas, pero que era necesario tener orden para que eso pasara: la población debería estar trabajando, no protestando.

Pensó que había logrado arreglar la situación marginando a Hu Yaobang, pero su substituto, Zhao Ziyang, se sentía predispuesto a las reformas, y esto pronto se convirtió en un problema.

1989 fue el punto culminante de un período enormemente notable a finales de los años 80: “el país se encontraba en medio de una agitación social, política y cultural”, “un mundo ebrio de posibilidades: revistas y periódicos eran más interesantes, con largos artículos de investigación publicados en nuevos medios de noticias, los llamados Baogao Wenxue (“Reportajes literarios”).”

En 1988 “se estaba produciendo una profunda reflexión sobre la historia china”, y se planteaban nuevas preguntas sobre lo que de verdad significaban la identidad y la cultura chinas. Perry Link, el especialista académico de la Universidad de Princeton que trabajó en los Tiananmen Paper  señaló: “en todos los campos todos los intelectuales suscitaban estas grandes cuestiones. Las posibilidades parecían infinitas. En los campus “los tablones de anuncios ofrecían clases de idiomas y de baile, así como foros de debate que permitían hablar con bastante libertad a los estudiantes acerca de una amplia variedad de temas”.

Al mismo tiempo, el mundo del trabajo se encontraba en plena turbulencia.

Desde un punto de vista económico, el período de reformas había creado dos tendencias claras: la proletarización de enormes masas de la población y el surgimiento de una nueva clase de capitalistas.

El proceso de proletarización se produjo, en términos generales, como resultado de tres factores: la emigración forzosa del campo a las ciudades, el derrumbe de las empresas de gestión estatal en las ciudades y la disolución de los negocios locales en las aldeas. El desplazamiento rural a las ciudades constituyó una tarea inmensa, que implicó a cerca de 120 millones de personas desde 1980, en algo que puede sostenerse que haya sido la mayor migración de la historia humana.

Las SPE (empresas de propiedad estatal) habían sido el núcleo de la industrialización maoísta, y contabilizaban cuatro quintas partes de la producción no agrícola del país. La mayoría de estos gigantes se ubicaba en las ciudades, donde empleaban a cerca de 70 millones de personas en 1980. Las primeras etapas del desmantelamiento se iniciaron en 1988, y el proceso prosiguió a un ritmo rápido tras la conmoción de 1989, momento en que se aplicaron drásticas medidas en el contexto de una economía recalentada marcada por una elevada inflación.

Se llevaron a cabo otras reformas durante la década siguiente, confirmando el significado de lo que había ocurrido en 1989. En 1994 se alentó una mayor eficiencia mediante recortes en la mano de obra. Esta nueva dirección de la gestión condujo a despidos masivos a finales de los años 90, cuando el capitalismo chino experimentó su primera crisis de sobreproducción, la cual marcó una brusca transición de la vieja economía de escasez a una nueva economía de plusvalía. El resultado fue espectacular: el empleo en las empresas de propiedad estatal había quedado reducida a la mitad, a medida que 40 millones de personas se encontraron sin el tradicional “tazón de arroz de hierro”, símbolo y garantía de seguridad en el empleo en las viejas empresas del Estado.

Para este grupo de individuos, la mayoría de edad mediana, se avizoraba la perspectiva de convertirse en una suerte de “infra clase urbana”.

En China, en lugar de la creciente opulencia, el aumento del nivel educativo y el aburguesamiento de una gran parte de la clase trabajadora, que se ha producido en muchas sociedades junto al desarrollo económico -y de manera muy señalada entre los vecinos de China en el Este de Asia, como Corea del Sur, Japón y Taiwán- esta informalización de la economía urbana representa una regresión, no un ascenso para una parte bastante numerosa de la población urbana.

Estos procesos, que llegaron a su punto álgido en los años 90, fueron el resultado directo de lo que había sucedido en China a finales de los 80. En octubre de 1983, el Diario del Puebloescribía que los trabajadores no tenían de qué quejarse: la recesión que se había adueñado del mundo capitalista a principios de los años 80 ofreció la oportunidad a las autoridades chinas de recordar a los trabajadores del país que estaban mejor de lo que habían estado alguna vez, señalando el elevado desempleo de Occidente como prueba de “la superioridad del socialismo”.

La dirección china consideró éste el momento de pregonar sus éxitos: tal como escribe Jackie Sheehan en Chinese Workers: A New History (Londres, Nueva York, 1998), se trataba de una situación en la que “algunos trabajadores ya estaban advirtiendo los beneficios del aumento salarial y de de las bonificaciones, de acuerdo con las reformas, y todos esperaban beneficiarse en un próximo futuro”.

Pero estas expectativas acabaron desmentidas por la realidad, porque estaban empezando a aparecer signos de patente injusticia: “Había muy escasa aceptación entre los trabajadores de la idea de Deng Xiaoping de que todo iría bien si ‘unos cuantos se hacen ricos primero’; esto lo consideraban sencillamente como una injusticia distributiva”. Por añadidura, “muchos trabajadores se sentían hondamente agraviados hasta por diferencias salariales que no se considerarían muy grandes de acuerdo con criterios occidentales ahí donde se advertían, sin embargo, como injustas […]. Un resentimiento especialmente agudo fue el que provocó la brecha cada vez mayor entre las bonificaciones pagadas a los trabajadores y las que recibían los gestores superiores de las empresas, que en algunos casos podían ser de veinte a treinta veces mayores que el pago equivalente a los trabajadores”.

Sin embargo, el efecto negativo de las reformas sobre las relaciones entre los trabajadores y la gerencia pronto se extendería “más allá de las disputas sobre el aumento de la desigualdad de renta, por seria que ésta fuera”.

En una época en la que se exigía más y más eficiencia a los trabajadores, durante las frenéticas horas de mayo y junio de 1989, “las deficiencias de gestión se convirtieron en significativa manzana de la discordia de un modo como nunca antes había sucedido”.

En este contexto, la presencia de los estudiantes en la Plaza de Tiananmen comenzó a ser causa de gran preocupación para el Partido Comunista, temeroso de volver al período de dominio de las multitudes durante los días de la Revolución Cultural.

Deng mismo expresó la creciente sensación de irritación, afirmando en una reunión del Partido a finales de abril que “no se trata de un movimiento estudiantil corriente. Se trata de agitación”.

Al mismo término se recurriría en el artículo de opinión del Diario del Pueblo publicado el 26 de abril, que condenaba las protestas estudiantiles con toda nitidez. Fue éste el momento en que se deterioró sin remedio la relación entre el Partido Comunista y quienes protestaban.

Desde ese momento, Deng trabajaría junto al Comité Permanente hasta la dramática votación sobre la declaración del estado de sitio (que se revocaría sólo en 1990). En su crónica desde China, con fecha del 20 de Julio de 1989, publicada en The New York Review of Books, Roderick MacFarquhar escribió: “Dividido en la cúspide, el Partido Comunista Chino ya no podía habérselas con las múltiples presiones que sufría y se agrietó. Mientras que el primer ministro, Li Peng, actuó como líder severo a modo de testaferro, está claro que las decisiones no las tomó en última instancia su Consejo de Estado, o el Politburó, ni siquiera los cinco hombres del Comité Permanente sino el duunvirato a cargo de la Comisión de Asuntos Militares, Deng Xiaoping y el presidente Yang Shangkun, jaleados por un grupo de añosos revolucionarios virulentos”.

El voto para declarar la Ley marcial supuso un ejemplo claro del funcionamiento del mecanismo que se había establecido: en esencia, Zhao Ziyang era el único a favor de escuchar a los estudiantes, incluso de apoyar algo así como una “retractación” del artículo del 26 de abril (una idea que fue rechazada de forma clamorosa por parte de Bo Yibo, uno de los “ocho inmortales” y padre de Bo Xilai, de más reciente fama).

Entre el 26 y el 27 de abril, el Comité Permanente del Politburó se reunió para votar la propuesta de declarar el estado de sitio.

Los cuatro miembros votaron del modo siguiente: Li Peng y Yao Yilin votaron a favor, Zhao Ziyang votó en contra y Qiao Shi se abstuvo. En ese momento, la iniciativa pasó a los ocho inmortales: ya no había vuelta atrás.

Tal como se afirma en The Tiananmen Papers: “En la mañana del 18 de mayo, los ocho ancianos -Deng Xiaoping, Chen Yun, Li Xiannian, Peng Zhen, Deng Yingchao, Yang Shangkun, Bo Yibo y Wang Zhen- se reunieron con los miembros del Comité Permanente del Politburó Li Peng, Qiao Shi, Hu Qili y Yao Yilin, y con los miembros de la Comisión de Asuntos Militares, el general Hong Xuezhi, Liu Huaqing y el general Qin Jiwei, y acordaron formalmente declarar el estado de sitio en Beijing”.

El Secretario General Zhao no asistió a este encuentro y poco después se le expulsó de su puesto. Antes de que se le pusiera bajo arresto domiciliario, situación en la que permanecería hasta su muerte en 2005. El 19 de mayo, a las cuatro de la mañana, Zhao acudió a la plaza y se mezcló entre los estudiantes. Acompañado por el Director de la Oficina General del Partido, Wen Jiabao (que se desempeñaría más tarde como primer ministro de la República Popular China entre 2002 y 2012), Zhao les dijo a los estudiantes: “Hemos llegado demasiado tarde”.

Antes, el 18 de mayo “Li Peng y otros funcionarios del gobierno se encontraron en el Gran Salón del Pueblo con Wang Dan, Wuerkaixi, y otros representantes estudiantiles. Li afirmó que nadie había declarado nunca que la mayoría de los estudiantes se hubiera visto envuelta en agitaciones, pero que, con excesiva frecuencia, gente sin intención de crear agitación lo que de hecho había conseguido era provocarla. Se mantuvo firme respecto a la redacción del editorial del 26 de abril y afirmó que el momento actual no era apropiado para debatir las dos demandas de los estudiantes. Wang Dan había declarado que la única manera de sacar a los estudiantes de Tiananmen consistía en reclasificar el movimiento estudiantil como patriótico y retransmitir en directo el diálogo entre los estudiantes y la dirección en la televisión”.

No había más espacio para el compromiso: la decisión de “desalojar la plaza” vino directamente de Deng Xiaoping y la “matanza de Beijing” tuvo lugar durante la noche del 3 al 4 de junio.

Fue un momento en el que se cazaba literalmente a la gente por las calles de China. Mientras tanto, en la trastienda del Partido Comunista tomaba forma una idea clara: no se debía permitir que lo que acababa de pasar volviera a suceder de nuevo.

El 31º aniversario de Tiananmen llega en un momento complicado

La desaceleración económica, la guerra comercial con Estados Unidos, el descontento de algunas élites intelectuales con las pretensiones del presidente Xi de perpetuarse en el poder, ha crecido la insatisfacción, aunque todavía es pronto para saber si es lo suficientemente fuerte como para dividir el liderazgo y debilitar a Xi.

«China ha estado transformando su modelo de crecimiento a uno que depende más del consumo, lo que ha contribuido con más del 75% del crecimiento del producto interno bruto (PIB) de China», expuso Xinhua. La agencia china resaltó que «el cambio de la estructura económica en China no sólo protege al país de los desafíos externos, sino que también ofrece oportunidades para las economías que están dispuestas a cooperar de manera justa con China». Xinhua agregó que «en drástico contraste con las acciones proteccionistas de Estados Unidos, China se ha adherido a la apertura a los inversionistas extranjeros», y que «más de 13.000 empresas de inversión extranjera se establecieron en China durante los primeros cuatro meses de este año».

En estas circunstancias, tan pronto se emite el decreto por parte de Trump, el representante de la empresa asiática Huawei anunció la creación de un nuevo sistema operativo en base a tecnología 5G que reemplace al proporcionado por la Corporación Google. “La necesidad es la madre del invento”.

En medio de este entramado de situaciones, acontecimientos y decisiones, dos días después de emitido el decreto, el presidente norteamericano decidió dar un plazo de tres meses para aplicar el mencionado instrumento jurídico, y anunció que en el acuerdo comercial que se negocia entre EE UU y China se podría privilegiar la solución de Huawei.

Dicha situación, aunada a las recientes represalias, ha provocado una caída en el valor de las acciones de Huawei en la Bolsa de Shenshen, que bajaron de 14.37 yuanes (1 de agosto de 2016), y se ubicaron en 3.63 yuanes (22 de mayo 2019).

Si bien estos ataques han afectado a Huawei en términos financieros, las medidas de mayo han afectado a las empresas estadounidenses tecnológicas líderes como Qualcomm y Google. Este hecho hizo que Trump emitiera una licencia de 90 días, con término al 19 de agosto del 2019, para encontrar una solución con la empresa Huawei a largo plazo.

La siguiente jugada de Xi Jinping, presidente de China, es utilizar el monopolio de tierras raras como arma de la Guerra comercial. China tiene el 80% de las tierras raras del mundo, utilizadas en electrónica de consumo de alta tecnología y equipo militar. Esas son, importadas por los EE UU para poder fabricar aviones, automóviles, pinturas resistentes al alto calor y pantallas digitales, por nombrar algunos productos. Si China no le exporta tierras raras a Estados Unidos le generará un daño muy grande a la industria aeronáutica, automotriz y de equipos de medición.

Todo esto mientras se hace evidente que esta no es una guerra comercial sino una “guerra tecnológica” con la mirada puesta en quién será la potencia fuerte en inteligencia artificial, robótica y comunicación digital avanzada hacia mitad del siglo.

Por ahora, primó el armisticio. Pero la guerra continuará. Por lo menos así lo entiende el ex asesor estratégico de Donald Trump, Steve Bannon: «En mi opinión, la guerra económica con China lo es todo. Y debemos concentrarnos en ella de forma obsesiva. Y si seguimos perdiéndola, estamos a cinco años, a diez años máximo, de un punto de no retorno».

La UE calificó a China de “rival sistémico” y las políticas de presión de EE UU se orientan a destruir el corazón de su sistema, es decir, la hegemonía interna del Partido Comunista, por cuanto es ahí donde reside hoy día la clave de su fortaleza. Bien claro lo dejó el secretario de Estado, Mike Pompeo, en su discurso en el Centro de estudios de la Koerber Stiftung, ubicado cerca de la histórica Puerta de Brandeburgo de Berlín, el pasado 8 de noviembre: “Tras la caída del Muro de Berlín, el régimen chino es la mayor amenaza comunista”.

Para Michael Roberts, la cumbre del G20 en Osaka no llegó a ningún acuerdo sustancial en la guerra comercial y tecnológica que el régimen de EE UU está librando con China.

A lo sumo, se alcanzó una tregua en la escalada de aranceles y otras medidas contra las empresas de tecnología chinas. Pero no se consiguió un acuerdo duradero. Porque se trata de una ‘guerra fría’ entre el poder económico en relativo declive de los EE UU y el nuevo y peligroso rival por la supremacía económica, China. Al igual que la última ‘guerra fría’ entre los EE UU y la URSS, podría durar una generación o más antes de que surja un ganador. Y las probabilidades de que sea EE UU disminuyen cuanto más tiempo dure.

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