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Iraq y su revolución tras el asesinato de Soleimani

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Escrito por Debate Plural

Haider Saeed (Al Jazeera, 15-1-20)

 

Las facciones armadas y los agentes de Irán dirigirán su ira contra quienes consideran “aliados de Estados Unidos”, una expresión generalista y prejuiciosa que incluye a cualquier oposición al régimen actual.

En los últimos diez días son muchos los analistas que han descrito como “punto de inflexión” los asesinatos el 3 de enero en Bagdad de Qassem Soleimani, comandante de la Fuerza Quds del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica de Irán y de Abu Mahdi al Muhandis, subjefe de las Fuerzas de Movilización Popular (FMP) pro-iraníes.

Muchos ven en el asesinato un giro evidente en el enfrentamiento de baja intensidad entre Estados Unidos e Irán, que comenzó cuando Donald Trump asumió la presidencia de Estados Unidos dando marcha atrás a muchas de las políticas de su predecesor, retirándose del acuerdo nuclear y volviendo a imponer sanciones a Teherán. Hasta ahora, ese enfrentamiento se limitaba a pequeñas escaramuzas en Iraq y Siria en las que Irán y sus agentes golpeaban intereses estadounidenses, y Estados Unidos junto a su aliado más próximo, Israel, las posiciones iraníes, mientras ambas partes rehuían la responsabilidad de los ataques.

Para muchos observadores el asesinato señala la intención de Estados Unidos de enfrentarse abiertamente a Irán en Iraq, a lo que Irán seguramente reaccionará contraatacando posiciones estadounidenses y por lo tanto iniciando una guerra regional.

Pero un análisis más detenido a los acontecimientos previos y posteriores al asesinato revela que éste no supone un punto de inflexión en las tensiones entre Estados Unidos e Irán y que es poco probable que se desencadene un conflicto mayor. Eso sí, el asesinato seguirá impactando negativamente en un Iraq que se ha convertido en el principal campo de batalla de la confrontación estadounidense-iraní, y el más perjudicado será el movimiento de protesta iraquí.

La estrategia estadounidense para Irán

Lo que sucedió el 3 de enero pareció un cambio drástico de esta confrontación de bajo nivel, no sólo por la naturaleza de la operación sino también el discurso político que la acompañó. Es la primera vez que Estados Unidos tiene como objetivo a un funcionario iraní de tal nivel. Además, Estados Unidos reconoció la responsabilidad de la operación con un lenguaje amenazador exigiendo a Irán que se abstuviera de atacar intereses estadounidenses.

Muchos asociaron este cambio con el intento de algunas FMP de atacar la embajada de Estados Unidos en Bagdad el 31 de diciembre, lo que trajo consigo dolorosos recuerdos del asalto a su embajada en Teherán en 1979 y al consulado estadounidense en Bengasi en 2012. Sin embargo, tengo la impresión de que la decisión estadounidense de llevar a cabo la escalada se tomó previamente.

Se remonta al ataque aéreo estadounidense del 29 de diciembre contra cinco de las bases y cuarteles generales de Kataib Hezbolá, una de las facciones chiíes iraquíes armadas más importantes y leales a Irán. El ataque fue una respuesta a otro con cohetes del 27 de diciembre contra la base militar iraquí K-1, cerca de Kirkuk, que mató a un contratista estadounidense e hirió a varios militares estadounidenses.

El ataque aéreo estadounidense resultó devastador y causó gran número de víctimas. Fue diferente a otros ataques previos contra bases de las FMP en cuanto al nivel de destrucción.

El asesinato de Soleimani planteó una serie de cuestiones urgentes, especialmente por la percepción de que señalaba un punto de inflexión en la estrategia de Estados Unidos para Irán.

¿Va a continuar Estados Unidos atacando a los grupos armados pro-iraníes, que se han convertido en la piedra angular del actual régimen iraquí, y por lo tanto, va a intentar desmantelar sus infraestructuras? De hecho, muchos de los dirigentes de estas facciones estaban preocupados por la posibilidad de que también fueran blanco de ataques. Algunos temían que Estados Unidos no se detuviera con el asesinato de Soleimani y que derribara todo el orden político de Bagdad sustituyéndolo por un régimen militar.

¿O se pondrá fin al asesinato con un mensaje contundente de Estados Unidos y un doloroso golpe a los iraníes que podría llevarlos de vuelta a la mesa de negociaciones?

Analizando los acontecimientos de la semana pasada podemos afirmar con certeza que la crisis no se convertirá en un conflicto abierto; Estados Unidos no quiere ir más allá y enfrentarse a Irán en Iraq, y Teherán, por su parte, no es capaz de tomar represalias reales o iniciar una guerra en la región. Su limitado ataque a la base militar de Ain al Assad, que alberga a las tropas estadounidenses, demostró su debilidad, su confusión y la limitación de sus opciones.

En otras palabras, lo que muchos observadores pensaron que era un punto de inflexión en las relaciones entre Estados Unidos e Irán puede que no lo sea.

En mi opinión, el asesinato fue un ataque de precisión limitada destinado a disuadir futuros ataques iraníes. Es la continuación de la estrategia de “máxima presión” de Trump, no una desviación de la misma. Se produjo como respuesta a la propia decisión de Irán de escalar [el enfrentamiento] atacando la base K-1, uno de los cuarteles generales de los asesores militares estadounidenses en Iraq; anteriormente los ataques iraníes habían evitado apuntar directamente a los estadounidenses.

Trump quiere que Irán vuelva a la mesa de negociaciones; el 3 de enero tweeteó: “Irán no ha ganado nunca ninguna guerra pero no ha perdido ninguna negociación”. En conferencia de prensa del mismo día, también declaró que el objetivo de ese ataque era detener la guerra y no empezarla.

Dicho esto, el asesinato seguirá teniendo un impacto negativo en Iraq, que deberá hacer frente a nuevas consecuencias de este enfrentamiento. Aunque no puede responder de la misma manera, Irán sí quiere servirse del incidente como si representara un cambio de juego en Iraq con el objetivo de re-dibujar las esferas de su influencia, las funciones de los actores políticos y el equilibrio de poder. Estados Unidos, por otro lado, seguirá resistiendo una escalada mientras mantiene su estrategia de “máxima presión”.

Dos escenarios: retirada o compromiso de Estados Unidos

Dado que es poco probable que se produzca una guerra total el sistema político actual en Iraq permanecerá intacto. En cuyo caso, dos, al menos, son los escenarios posibles para lo que suceda a continuación en el país.

En el primer escenario, Estados Unidos retiraría sus fuerzas de Iraq en respuesta a la resolución aprobada por el Parlamento iraquí a tal efecto el 5 de enero. Esto probablemente permitiría a las fuerzas islamistas chiíes cercanas a Irán apuntalar su control de Iraq. A pesar de las amenazas de Trump de imponer sanciones contra Iraq si decide poner fin a la presencia militar estadounidense en su territorio y a pesar de la oposición política estadounidense a la decisión del Parlamento iraquí, parece haber cierto respaldo a la retirada de Iraq en el stablishment estadounidense. Tal retirada no sólo sería militar sino también política –un precio a pagar por el asesinato de Soleimani.

Ello eliminaría la tensión existente y permitiría a los iraníes salvar las apariencias dada su incapacidad para responder al asesinato. Los estadounidenses probablemente trasladarían sus fuerzas a lugares alternativos, como la región kurda del norte de Iraq, desde donde seguirían presionando a los iraníes y a sus aliados. En este escenario, Iraq se enfrentaría al momento más crítico de su historia reciente al quedar fuera del patrocinio estadounidense por primera vez desde 2003.

No es que el pueblo iraquí se haya beneficiado mucho del compromiso de Estados Unidos en Iraq durante los últimos 17 años. En este tiempo, fracasó el proyecto de democratización estadounidense, aumentó la corrupción, se extendió el sectarismo, los grupos armados radicales proliferaron y el país estuvo al borde de la guerra civil. Con un gobierno débil en Bagdad, Iraq se convirtió en un vasallo de Irán.

Sin embargo, la retirada ahora de Estados Unidos podría empeorar mucho las cosas. El temor es que las fuerzas islamistas chiíes leales a Irán cierren el país y eliminen su relativa apertura al mundo –o lo que queda de ella– no sólo política sino también culturalmente, convirtiendo a Iraq en un clon de Irán.

En el segundo escenario, Estados Unidos podría negarse a retirarse de Iraq por razones estratégicas y seguir enfrentándose a Irán y a sus aliados. Trump sugirió que podría elegir este curso de acción durante una conferencia de prensa el 7 de enero, cuando dijo que la retirada estadounidense sería “lo peor que podría pasarle a Iraq” ya que fortalecería la posición de Irán en el país.

Si Estados Unidos se queda, el régimen existente en Iraq estará bajo presión, no necesariamente para cortar sus vínculos con Irán sino al menos para restringir las actividades de las facciones armadas, especialmente las que apuntan contra la presencia e intereses estadounidenses. De ser así, Estados Unidos enfrentaría a las elites políticas chiíes entre sí, es decir, a quienes apoyan la incorporación de Iraq a la esfera de influencia regional iraní contra quienes se oponen a ella y desean forjar un papel regional para Iraq independiente de Irán.

Esto tampoco es necesariamente un buen augurio para la democracia iraquí. Después de todo, la administración Trump ha demostrado repetidamente que le preocupan bien poco las violaciones de los derechos humanos y las iniciativas democratizadoras. Lo que le preocupa es la influencia de Irán en el gobierno iraquí y la influencia de los representantes de Irán en Iraq. Cabe recordar que Estados Unidos respaldó el mantenimiento de Adel Abdul Mahdi en su puesto de primer Ministro a pesar de los llamamientos de los y las manifestantes para que dimitiera tras una violenta represión que causó cientos de muertos.

El mayor desafío para la revolución de Iraq

El mantenimiento de las protestas en Iraq no tiene como objetivo reformar el sistema político existente sino reformular la identidad nacional y la relación entre la sociedad y el orden político.

Independientemente del escenario que siga al asesinato de Soleimani, parece que el movimiento revolucionario de Iraq enfrentará sus mayores retos y dificultades en los próximos meses.

Antes del asesinato, Irán interpretó las protestas como parte de un complot regional para derrocar el sistema político existente en Iraq, al que considera uno de sus aliados más cercanos y la piedra angular del eje regional que lidera. De igual manera interpretó Irán la situación en Siria cuando decidió lanzar una batalla para defender al régimen de Bashar al Assad a expensas de millones de sirios que acabaron asesinados o desplazados.

Creo que Irán está dispuesto a defender el régimen de Iraq tanto como defendió al régimen de al Assad o quizás más.

Al no poder vengar el asesinato de Soleimani, las facciones armadas y los agentes de Irán dirigirán ahora su ira contra aquellos que consideran “aliados de Estados Unidos”, una expresión generalista y prejuiciosa que incluye a cualquier oposición al régimen actual. Este discurso, empleado por los regímenes autoritarios de la región, que describen cualquier movimiento de protesta como una conspiración extranjera, se volverá más agresivo en Iraq y se utilizará como justificación para atacar a los y las manifestantes.

Al mismo tiempo, la élite gobernante iraquí, que considera con razón el movimiento revolucionario como el mayor desafío interno al que se enfrenta, se volverá también más cruel. Como carece de visión y de voluntad para promover una auténtica reforma, es probable que redoble sus esfuerzos para aplastar toda oposición. Estas dinámicas internas la llevarán a reconstruir un régimen autoritario cerrado que elimine las escasas libertades que le han quedado al país desde 2003.

Por lo tanto, el movimiento revolucionario, en quien descansa la clave para la salvación del país, se encontrará con un antagonista más fuerte aún tras el asesinato de Soleimani.

Ante esta hostilidad, los y las revolucionarias iraquíes deben seguir rechazando los intentos de convertir Iraq en el campo de batalla donde las potencias regionales salden sus cuentas. Debemos insistir en que crearemos nuestro propio sistema político con nuestras propias manos, independientemente de la voluntad de las potencias extranjeras. Nuestra revolución seguirá atenta al sacrificio de cientos de iraquíes y continuará la lucha por un nuevo Iraq construido y moldeado por su propio pueblo.

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