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Palestina: Una crónica necesaria

Escrito por Debate Plural

Pablo Jofre Leal (Hispantv, 17-12-19)

 

El analista de HispanTV Pablo Jofré Leal ofrece en su libro “Palestina: crónica de la ocupación sionista” su apoyo a Palestina, basándose en hechos históricos.

Los procesos de colonización y neo colonización poseen elementos estructurales que se repiten con una regularidad digna de cualquier experimento científico afirma en su nuevo libro “Palestina: crónica de la ocupación sionista” el periodista chileno y analista de HispanTV Pablo Jofré Leal.

Por lo mismo, no debe sorprendernos que los protagonistas de la construcción de Estados Nacionales en tierras distintas a las de su origen, hayan debido recurrir siempre y en todo lugar a la negación de la existencia de las primeras naciones de aquellos territorios, mediante el genocidio y la limpieza étnica, primero, y luego mediante la construcción de un relato cuya única misión es blanquear dicho proceso. Con una astucia y perversidad difíciles de igualar, el sionismo pretende convertir al victimario en víctima y al agredido en agresor.

Para Daniel Jadue, descendiente de palestinos y uno de los alcaldes emblemáticos chilenos en materia de generar una nueva forma de hacer gobierno local, quien prologa este libro afirma “Las crónicas que el lector encontrará en este libro, ofrecen la posibilidad de entender un conflicto del que mayoritariamente se conoce la versión del victimario, omnipresente en los medios de comunicación y en los discursos oficiales de las potencias mundiales… contando con la actitud cómplice de gobiernos de todos los colores políticos y de todas las latitudes (con honrosas excepciones), que han promovido un proceso de normalización de relaciones comerciales, culturales y militares con la potencia ocupante, Israel, sin que jamás hayan expresado una condena clara y tajante a las sistemáticas y permanentes violaciones a los Derechos Humanos en Palestina”.

Señala Jadue que “Prologar un libro que contiene un conjunto importante de escritos que, cada uno por separado y todos juntos a la vez, pretenden dar a conocer el drama del pueblo palestino, no es tarea fácil. Mucho menos para un chileno descendiente de palestinos, que ha vivido permanentemente ocupado en dar a conocer esta misma realidad y que ha compartido con el autor decenas de actividades e iniciativas para intentar romper el cerco informativo que se cierne sobre la causa palestina. La epistemología reconoce habitualmente tres niveles del conocimiento. El primero corresponde al nivel sensible y se refiere al conocimiento captado a través de los sentidos, de las sensaciones y emociones que provocan los objetos, los hechos, las circunstancias. Es por tanto un conocimiento singular, que no tiene pretensión alguna de validez universal, pero que conmueve al que lo vive, permitiéndole un aprendizaje significativo de determinados objetos o hechos.

El segundo nivel corresponde al conocimiento conceptual, que emana de representaciones invisibles, inmateriales y, por lo mismo, universales y esenciales. Es un tipo de conocimiento que pertenece al avance de la conciencia, entendida ésta como esa capacidad de la materia de darse cuenta de su poder transformador del entorno para satisfacer una necesidad determinada…un nivel que se presume por todos y todas como conocido.

El tercer nivel corresponde al conocimiento holístico, también llamado intuitivo, y consiste en captar la esencia de un objeto, de un hecho o de una circunstancia dentro de un amplio contexto, como elemento de una totalidad, sin estructura ni limites definidos con claridad. A diferencia del conocimiento conceptual, que posee estructuras definidas, el conocimiento intuitivo contiene una vivencia, una presencia de difícil expresión. En este contexto, las crónicas que el lector tendrá oportunidad de leer a continuación ofrecen la posibilidad de transitar por los tres niveles de conocimiento, para entender un conflicto en el que la versión del victimario es omnipresente en los medios de comunicación masiva y en los discursos oficiales” concluye Jadue.

En este libro el autor ofrece su apoyo irrestricto a Palestina, con base en hechos concretos en una historia de lucha y resistencia tejida a lo largo de décadas, llevada a cabo por hombres y mujeres que han poblado estas tierras y la han regado con sus sangre y esfuerzo, contra una mitología victimista y falsaria. Se recoge el trabajo de intelectuales como el historiador israelí Shlomo Sand, quien sostiene en su libro When and how was the land of Israel invented que “el sionismo robó el término religioso Eretz Israel (tierra de Israel) y lo convirtió en un término geopolítico. La tierra de Israel no es la tierra de los judíos. Se convierte en patria de origen a fines del siglo XIX y principios del siglo XX, sólo a partir del surgimiento del movimiento sionista”. En un trabajo anterior, “La Invención del pueblo judío” ya Sand había generado enorme polémica al afirmar que no existía un pueblo judío que se hubiese exiliado hacía dos milenios y que hubiese sobrevivido a ese transtierro. Para Shlomo Sand, “la mayoría de los judíos de Europa del Este son descendientes de sociedades o personas que se convirtieron al judaísmo en suelo europeo”1

El autor de “Palestina: crónica de la ocupación sionista” brinda una visión del conflicto que se nutre, además, con la experiencia directa en terreno, experimentando de primera mano el dolor frente a la ocupación, la demolición de los hogares de familias palestinas, la destrucción de sus cultivos, la limitación de sus desplazamientos. Una barbarie que destruye a las familias palestinas demuele sus hogares hasta los cimientos, con una perversidad difícil de igualar, que ha erigido un muro de vergüenza y oprobio que separa familias, aldeas, pueblos, que fragmenta el territorio de Cisjordania, que hace inviable pensar en una Palestina con autodeterminación.

Se afirma en este libro, que la lucha es contra el sionismo y su política colonizadora. La violencia que se vive en Palestina es producto de la invasión y de la expansión de los asentamientos ilegales de colonos. Cualquier acusación provocadora que trate de equiparar la denuncia contra el sionismo con la incitación al odio racial, religioso o étnico, es falsa. Ser antisionista no es ser antijudío ni antisemita. Plantear que cualquier crítica contra la política sionista es una demostración de antisemitismo es influir para que se promulguen legislaciones que criminalicen a quienes critican a Israel y su política de colonialismo, ocupación y Apartheid contra el pueblo palestino. Tal como acontece en Chile, donde el lobby sionista ha presionado a los gobiernos de la ex presidenta Michelle Bachelet y actualmente al presidente Sebastián Piñera, para que la denominada “Ley Contra la Incitación a la Violencia” haga mención y sancione las críticas al sionismo y a los crímenes cometidos por Israel, asociándolos a una supuesta incitación al odio contra los judíos. Cuestión absurda, pues las críticas a la ideología sionista es una censura política, y acusar de antisemitismo a quien emite estas opiniones es una falacia, pues en este conflicto palestino-israelí, los únicos semitas son precisamente los palestinos.

Para lograr su objetivo, el lobby sionista en Chile acude sin demoras a las instancias gubernamentales, comunicacionales, e incluso a su propio método denominado Hasbara (2) tratando de hacer del antisionismo un sinónimo de antisemitismo. La iniciativa de ley mencionada, presentada en diciembre del 2017 por la ex presidenta Bachelet al Congreso, modifica el Código Penal (3) y aunque aún permanece en la Comisión de Constitución de la cámara baja, indica que “la persona que públicamente o a través de cualquier medio apto para su difusión, incite a la violencia en contra de un grupo de personas o de un miembro de un grupo basado en la raza, origen nacional o étnico, sexo, orientación sexual, identidad de género, religión o creencias será sancionado con la pena de presidio menor en su grado mínimo y multa de treinta a cincuenta Unidades Tributarias mensuales”. Con esta acción legislativa, los sionistas pretender amordazar la condena a sus crímenes y aspiran a que “el mundo reconozca y admita que son una entidad particular, ya que afirman ser un pueblo especial. Desean que el mundo admita que las leyes y las normas que se aplican para el resto del mundo no son aplicables a Israel.

Los sionistas anhelan que la humanidad admita que, aunque los crímenes de guerra y los crímenes contra la humanidad pueden ser condenados, el mismo crimen se debe tolerar e incluso aceptar cuando es perpetrados por sionistas. Y cuando el mundo habla en contra de esos crímenes, si estos los cometen judíos sionistas, se soltará la acusación prefabricada de antisemitismo, y si se da la casualidad que las personas críticas son judías, se invocará el indigno mantra de los judíos que se odian a sí mismos, para así silenciarlos e intimidarlos” (4) En las últimas siete décadas, desde el nacimiento de la entidad sionista el 14 mayo de 1948, Palestina ha sufrido un proceso de ocupación y colonización de su territorio a manos de todos los gobiernos israelíes, sin excepción. Un régimen surgido tras la puesta en práctica de la recomendación establecida en la Resolución No 181 de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) del 29 noviembre del año 1947, que dio la basa para definir la partición de una tierra ancestral (5)

Este organismo, surgido tras la debacle de la Segunda Guerra Mundial, exhortó que fuese asignado a colonos judíos de origen europeo un 56,47% del territorio palestino, en desmedro de una población que, sin derecho a apelación, vio fragmentado su hogar. Al-Quds, Jerusalén, con 100.000 judíos y 105.000 árabes, fue declarada corpus separatum. La partición sirvió de argumento jurídico para el sionismo, que, con fingidos reparos, maquilló la satisfacción frente a un enorme regalo internacional, toda vez que aquellos europeos de creencia religiosa judía e imbuidos de la ideología sionista que habían comenzado a llegar a Palestina en procesos de colonización desde fines del siglo XIX, eran propietarios de sólo el 6% del territorio.

La división de Palestina se concretó en el marco del nacimiento de Israel, el mismo día que el mandato británico sobre Palestina llegaba a su fin. Pero ese porcentaje adjudicado a contrapelo de los derechos palestinos era insuficiente para el sionismo, que con apetito voraz ansiaba conquistar todo el territorio. Objetivo que mediante la violencia y la agresión crónica han ido en apoyo de esta tarea de conquista dejando reducida a Palestina, en la actualidad, a menos del 10% de su superficie original. En este texto se reseña parte importante de un contencioso que marca al Levante Mediterráneo y, por extensión, a Medio Oriente, a través de diversas crónicas y análisis históricos acerca de lo que es el sionismo, su perversidad y los objetivos perseguidos por esta ideología que actúa como punta de lanza del imperialismo británico a inicios del siglo XX y del imperialismo estadounidense desde fines de la Segunda Guerra Mundial hasta la actualidad. Una ideología, que goza hoy de impunidad para seguir cometiendo tres delitos mayores en el plano del Derecho Internacional y que no prescriben: crímenes de lesa humanidad, crímenes de guerra y genocidio contra el pueblo palestino.

En Palestina, cualquier tribunal internacional que tuviera la voluntad, decisión y valentía de investigar la conducta de Israel en estas siete décadas, encontraría abundantes pruebas de los dos primeros delitos y argumentos más que suficientes para sostener el tercero de ellos y llevar a juicio a políticos, militares, además de cómplices activos y pasivos de esa sociedad dominada por el sionismo, sean estos laboristas, del Likud o de partidos ultranacionalistas y religiosos. Los procesos de paz han significado, simplemente, dilatar el cumplimiento de las resoluciones internacionales respecto a: abandono del sionismo de los territorios ocupados, permitir el retorno de los refugiados, desmantelar el muro que divide Cisjordania, y dejar de construir asentamientos. Con su conducta violatoria del Derecho Internacional, los regímenes israelíes convierten en letra muerta cada uno de los puntos de los Acuerdos de Oslo, prueba que la autodenominada “mayor democracia de Medio Oriente” es simplemente una entidad falsaria, que basa ese mito en el trabajo multimillonario de su estrategia de Hasbara, destinada a higienizar una sociedad sionista fundamentalmente inmoral, violenta y desquiciada.

En un interesante trabajo de investigación literaria, Sandra Rosa (6) señala que la versión oficial de la memoria es una cuestión política, dado que exige, por parte del poder de cada país o sociedad, una construcción intencional de este mismo concepto, que consiste en presentar y glorificar algunos aspectos de la memoria y, por otro lado, ocultar y manipular otros acontecimientos que lógicamente no le son propicios, adecuados, ni útiles en su doxa y praxis de dominación. De esta manera, la memoria corre el riesgo de convertirse en una herramienta para el poder. No existe una sola memoria; las memorias son múltiples y por eso resulta imposible buscar una versión oficial de ella o generar una fabulación o construcción de un mito fundacional para construir una memoria falsaria. Recordar es un hecho que se sitúa en el presente y como un acto de continuidad, de resistencia frente al olvido, a la complacencia, a la complicidad, al olvido criminal e interesado y gatopardista que busca que todo cambie para que nada cambie y con ello hacer de la memoria un concepto vacío, vano, glorificador de la injusticia, de la podredumbre intelectual, de la insensibilidad social, sostén de la injusticia. Una memoria oficial, desprovista de humanidad. Para no olvidar, hay que traer al presente aquello que otros desean invisibilizar, judaizar, sionizar, destruir, asesinar.

En estas páginas el autor ha querido traer a colación la memoria de un pueblo, pero también su presente. Palestina está ocupada desde el año 1948 y sometida a un proceso de colonización. Vive bajo una ideología racista. La memoria es siempre una elección y yo elijo recordar. El pueblo palestino, día a día, con sus acciones de resistencia, con su lucha contra el ocupante, con su resiliencia constante, con sus palabras, su comida, su vestuario, con el sólo hecho de vivir, revitaliza el concepto de la memoria y la presenta como lo que es: una manera de existencia humana, histórica. Pero también de dignidad. Y este libro refuerza tal convicción.

El pueblo palestino demuestra, que para esta sociedad heroica el horizonte utópico permanece intacto, y cómo no creerle a un pueblo que, tras 71 años de ocupación, de crímenes, de segregación, afirma a los cuatro vientos, como el necio de Silvio Rodríguez: “yo me muero como viví”. Como un relámpago, la historia del pueblo palestino ilumina lo que sostiene la escritora Lois Lowry: “La peor parte de mantener recuerdos no es el dolor. Es su soledad. Los recuerdos necesitan ser compartidos”. Como dice el poeta Mahmud Darwish, “los palestinos son seres humanos que ríen, viven, e incluso tienen una muerte normal. No sólo los matan”.

Acerca del autor

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