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El liderazgo que no fue

Escrito por Debate Plural

José Roberto Duque (Sin Permiso, 3-12-19)

 

En 2007 se veían sobrados, rebosantes de lo que a la generación precedente les faltaba: energía y ganas de derrocharla.

Cierto es que estremecieron e impactaron a los medios con su extraña y atropellada modulación; una oposición acostumbrada a que sus máximas figuras fueran monumentos al aburrimiento como Antonio Ledezma, Marta Colomina, Kico Bautista y Leopodo Castillo, de pronto recibió un baldazo de agua fresca con la aparición de esta generación de muchachos, que de tanto escuchar radios sifrinas quedaron contagiados del síndrome Eli Bravo-Luis Chataing.

Esta dolencia les hizo un daño irreversible, aunque al principio parecía una ventaja: toda esa generación creció convencida de que para cautivar al público bastaba con hablar rápido, rapidísimo, pero que MUY rápido-rápido, probablemente para que el receptor se perdiera la mitad de lo que decían. Así, quedarán para la historia los insólitos «debates» en los que Goicoechea, Freddy Guevara, Ricardo Sánchez y otros ungidos se fajaban a ametrallar los micrófonos sin que al final nadie supiera qué mierda estaban diciendo, más allá de «fuera Chávez».

Tenían, eso sí, cierto sentido lógico de lo que es la política: mientras sus padres y padrastros políticos se aferraban a las señales de Globovisión, Venevisión y RCTV «para mantener presencia» y fingir que hacían proselitismo y agitación, estos muchachos parecían dispuestos a coger calle o a que la calle los cogiera. Salieron, armaron sus alborotos, algunos incluso se arriesgaban de cuerpo presente a insultar a la policía para que ésta los cacheteara; hablaban rápido-rápido-rápido, acuñaron el eslogan «Todos somos RCTV» y un par de consignas estudiantiles. Y de pronto, casi sin que sus padrinos y aspirantes a aprovechar la colita de su súbito prestigio se percataran de ello, aprovecharon una temporada de errores y titubeos nuestros y se adjudicaron la primera y única victoria del fascismo ante el Comandante Chávez, en aquel referendo para la modificación de la Constitución (2007).

Rápidamente saltaron los viejos y nuevos partidos a tratar de captarlos, individualmente o por racimos. Por origen o por perversión, la mayoría quedó enganchada en las sectas neoliberales del momento. Primero Justicia les venía mejor que Acción Democrática y todas sus derivaciones; no olvidar que antes de ser el asco que todo el mundo ya sabe, AD fue un partido genuinamente popular e incluso con un liderazgo que pasaba por marxista-leninista. Sifrino llama a sifrino, así que los puchungos del este se quedaron en el este.

Poco a poco fueron levantando vuelo y «posicionándose» como la generación de relevo de la mafia empresarial; no en balde la bandera que los había catapultado fue la defensa, no del cadáver de RCTV, sino de los intereses de sus dueños. Granier y el Grupo 1BC vieron en estos gritones una posibilidad de renovación, a pesar de su evidente mediocridad intelectual. La ultraderecha puede ufanarse de contar entre sus fichas a un Carlos Fuentes, un Carlos Rangel y un Vargas Llosa; al lado de semejantes figuras, los berridos del Goicoechea herían los tímpanos, aunque cierto público no habituado a distinguir a un charlatán de un orador lloraba de emoción cada vez que un pajizo de estos se soltaba a lengüetear.

La maquinaria de fabricar líderes de cartón asumió que lo de esos carajitos no era retraso mental sino falta de formación, y comenzó a captarlos con la esperanza de convertirlos en conductores de masas. Estados Unidos no ha aprendido todavía que los liderazgos en los países subyugados no pueden ser criaturas artificiales, creaciones de laboratorio, sino gente que crece, lucha, cae y se levanta entre su gente. Los genuinos líderes latinoamericanos, africanos y asiáticos son personas que hicieron de su entorno geográfico y social su propio laboratorio. La vida como escuela: Chávez en las sabanas de Apure, Ho Chi Minh en la miseria de los arrozales de Vietnam, Mandela en un remoto arrabal sudafricano antes de caer en prisión; Sandino, Pancho Villa, Farabundo en sus selvas y desiertos.

No; Estados Unidos cree que reclutar y formar líderes es lo mismo que reclutar peloteros para las Grandes Ligas. Que si tú sacas de su hábitat a un muchacho «con talento» y lo zampas de cabeza en una universidad norteamericana entonces de ahí saldrá el muchacho graduado de líder summa cum laude, como si el liderazgo se aprendiera en los libros. Mediante esa «lógica» captaron a Guaidó y a otros.

Hubo uno que tuvo más suerte que todos: al Goicoechea como que le vieron más aptitudes que a los demás y le dieron el premio de las momias neoliberales a sus muchachos consentidos: el premio Milton Friedman, dotado con 500 mil dólares en metálico. La gente aquí decía: «Mierda, ese muchacho va a invertir esas lucas en su formación y se va a convertir en el Pedro Tinoco del siglo XXI». Gente que no se ha percatado del doble filo de los premios: cuando caen en manos de muchachos idiotas, irresponsables y tempranamente megalómanos, los premios millonarios no estimulan ni comprometen sino que cumplen la función de las bombas de tiempo: indigestan al muchacho, lo carcomen, lo envenenan, lo destruyen con el veneno de la vanidad. Ahí está Goicoechea: más segundón, imposible.

Los demás segundones tampoco lograron ni lograrán levantar más vuelo que la eventual palmadita en el hombro de algún funcionario de Estados Unidos y media docena de tuiteros: a Freddy Guevara también lo reventaron con dinero mal habido, que no logró invertir adecuadamente en sus guarimberos y «libertadores» a sueldo; Stalin González fue el que peor se anotó, medrando y esforzándose por trabajar para una clase social que lo detesta por negro, por pobre y porque su nombre nunca le caerá simpático; Pizarro y Guaidó ya cayeron o están por caer a causa de lo mismo que el Yongo: si quieres destruir a un grupo de bichos sin preparación, sin escudos éticos y sin conocer la historia de su país, ponles la maleta de dólares enfrente y espera a que estalle.

Esa generación 2007, que dio tanto de qué hablar porque muchos pensaron que con músculo y financiamiento era posible derrotar al liderazgo chavista, está muriendo de muerte oprobiosa, de esa muerte moral que duele tanto a los santurrones. Toda una década, y dos años más de gracia, tuvieron para al menos tratar de levantar algunas figuras emergentes. Todo se les pudrió a punta de bombas de dólares: cuando parecía que podían, les caía la mamá de las pelotas de plata y todo su potencial se les iba hacia las letrinas. Se llenaron los bolsillos y no les cumplieron a sus jefes el mandado más básico: loco, si no puedes derrocar a ese gobierno no lo hagas, pero al menos desestabilízalo de tal forma que parezca necesaria e inevitable una invasión externa. Ni eso pudieron lograrlo, en un país que ha tenido momentos de mengua y fragilidad como para que algún líder se aprovechara malamente y movilizara las rabias acumuladas.

Guaidó tiene firma autorizada para disponer de los milmillonarios recursos de Citgo (lo de Monómeros es otra historia), pero eso será hasta que Trump abandone la Casa Blanca o hasta que decida bajarlo de esa nube. Tal vez lo de la putrefacción personal y grupal se lo perdonen, pero no su insólita mediocridad, su increíble negligencia: nunca un personaje había recibido tanto dinero y tanto apoyo por parte de tantos países y corporaciones, sin haber logrado ni tan siquiera la proeza de llenar dos cuadras de manifestantes a favor o en contra de lo que sea.

Habrá que esperar a ver de dónde sacará el nazi-fascismo el nuevo liderazgo rumbo a la década que viene. Porque de la misma cantera que produjo a los Yongo, Guevara y Guaidó no va a poder ser.

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