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La agonía de la política exterior ‎de Francia

Nicolas Sarkozy
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Escrito por Debate Plural

Thierry Meyssan (Red Voltaire, 30-11-19)

Las «Primaveras árabes»,
vistas desde París

La política exterior de Francia, que antes se basaba‎ en la visión estratégica de Charles de Gaulle, cede ‎poco a poco su lugar a la búsqueda de dinero fácil en la que se embarcan de ciertos políticos. ‎Después de haber resistido al imperialismo estadounidense, Jacques Chirac se retira de esa lucha y ‎mezcla las cuestiones de Estado con sus negocios personales.
Nicolas Sarkozy sirve a los intereses ‎de Estados Unidos y de paso negocia para sí mismo todo lo que se puede explotar en beneficio ‎personal.
Francois Hollande va más lejos aun poniendo la República Francesa al servicio de un grupo ‎de intereses privados que conforman el nuevo partido de la colonización.
En una búsqueda ‎constante de más dinero, Francia se pone sucesivamente al servicio de Turquía, de Qatar, de ‎Arabia Saudita y, finalmente, al servicio de los dirigentes de las grandes transnacionales

16- Jacques Chirac, «el Árabe»

Jacques Chirac tiene a Hafez al-Assad en gran estima. Ve en él un hombre excepcional, portador ‎de una verdadera visión de futuro para su país y su región. ‎

Francia había combatido a Hafez al-Assad en varios momentos de la guerra civil libanesa. ‎Le atribuía públicamente el asesinato del embajador de Francia en Beirut, Louis Delamare, ‎en 1981. La respuesta inmediata de Francia fue un atentado, perpetrado por orden del ‎presidente Francois Mitterrand, contra el buró nacional de la conscripción militar, en Damasco, ‎con un saldo de 175 muertos. ‎

Hafez al-Assad había tomado el poder en 1967, después de la derrota siria ante Israel, apoyándose ‎a la vez en seguidores del partido Baas y en varios aventureros. Entre estos últimos se hallaba ‎su hermano, Rifaat al-Assad, quien se convertirá después en compañero regular de partidos de ‎golf de Francois Mitterrand y en amigo de Abdallah, el futuro rey de Arabia Saudita. En 1982, ‎viviendo ya entre Francia y Siria, Rifaat organizó el atentado perpetrado en París –en la calle ‎Marbeuf– contra la revista Al-Watan Al-Arabi, que se había atrevido a criticarlo. Su amistad con ‎el presidente Mitterrand desvió de él la investigación policial. El atentado fue atribuido a su país y ‎Francia expulsó a dos diplomáticos sirios, entre los que se hallaba un responsable de la ‎inteligencia siria, Michel Kassoua. Finalmente, el asunto no afectó realmente las relaciones entre ‎los dos países. ‎

En el año 2000, Jacques Chirac es el único jefe de Estado extranjero que asiste a los funerales del ‎presidente sirio Hafez al-Assad. A raíz del fallecimiento de este último, surge en Siria ‎un movimiento de oposición, pero Francia –que había apostado por el vicepresidente Abdel Halim ‎Khaddam– reconoce la decisión del partido Baas, que designa a Bachar al-Assad como sucesor de ‎su padre. ‎

Asumiendo una posición de mentor, Jacques Chirac –quien goza entre los jefes de Estado de ‎la región de una autoridad que le vale ser llamado “El Árabe”– trata de introducir a Bachar al-‎Assad en la escena internacional. Pero el joven presidente sirio no piensa dejarse manejar. Chirac ‎negocia con él para que la petrolera francesa Total obtenga los derechos de explotación de ‎varios campos petroleros en Siria. Pero, durante el proceso de licitación, la proposición de Total ‎resulta escandalosamente desventajosa para Siria. A pesar de ello, la oferta obtiene el respaldo ‎de altos funcionarios sirios, entre los que se halla el consejero presidencial para temas ‎económicos, Nibras al-Fadel, de quien se descubre rápidamente que se dedica a un doble juego ‎por cuenta de Total y del patrón siro-británico de la firma Petrofac, Ayman Asfari. Al ser ‎informado sobre este caso de corrupción, el presidente sirio Bachar al-Assad excluye a Total del ‎proceso de licitación, lo cual provoca la cólera de Jacques Chirac. ‎

El presidente Chirac encuentra un problema similar en Líbano, donde había negociado para ‎Francia, siendo el primer ministro libanés su amigo personal Rafic Hariri, la realización de ‎trabajos de prospección en busca de petróleo en aguas territoriales libanesas. Dos responsables ‎de la Fuerza Siria de Paz cubren la operación: el jefe de los servicios de inteligencia, Ghazi Kanaan, ‎y el vicepresidente sirio Abdel Halim Khaddam. Chirac envía un navío de la marina de guerra ‎francesa a realizar la prospección. Pero, al ser informado, el presidente libanés Emile Lahoud ‎convoca al embajador de Francia, le comunica que los “arreglos” personales de Hariri ‎no constituyen compromisos para el Estado libanés y que el barco francés tiene que salir de las ‎aguas territoriales libanesas.‎

Ante ambos llamados al orden, Chirac evita en lo adelante dirigir la palabra al presidente de Siria, ‎Bachar al-Assad, y al presidente del Líbano, Emile Lahoud. ‎

Luego de haber expresado su apoyo a Estados Unidos ante los atentados del 11 de septiembre ‎de 2001, el presidente Jacques Chirac se pregunta, al leer mi libro La Gran Impostura ‎‎ [1], si ha sido engañado. Ordena entonces a la Dirección General de ‎Seguridad Exterior (DGSE, el servicio de inteligencia de Francia para el extranjero. Nota del ‎Traductor.) que verifique la tesis de mi libro. Después de movilizar cientos de funcionarios y ‎numerosas embajadas, la DGSE le responde que no está en condiciones de aprobar el libro, ‎pero que todos los elementos que ha podido verificar –con excepción de una citación– ‎son exactos. Chirac, que conoce muy bien a Saddam Hussein, ve en ello una confirmación de que ‎Francia no debe apoyar el ataque anglosajón en el Medio Oriente. ‎

El ministro francés de Relaciones Exteriores, Dominique de Villepin, enfrenta entonces ‎al secretario de Estado Colin Powell. De Villepin viaja urgentemente a Nueva York, olvidando en ‎su oficina de París el expediente que la DGSE le había preparado. A pesar de ello, el discurso ‎que el ministro francés improvisa, el 14 de febrero de 2003, desata una salva de aplausos ‎sin precedente en la sala del Consejo de Seguridad de la ONU… y provoca la cólera ‎de Washington. Dominique de Villepin se abstiene de criticar las mentiras monumentales de Colin Powell –desde el supuesto apoyo de Saddam Hussein a al-Qaeda hasta la existencia de un ‎supuesto programa iraquí de fabricación de armas de destrucción masiva– pero subraya que ‎nada justifica la guerra que Estados Unidos pretende iniciar.‎

El presidente estadounidense George W. Bush apenas se digna a hacer acto de presencia, sólo por ‎pocas horas, en la cumbre del G8, organizada en la ciudad francesa de Evian. Mientras que una ‎intensa campaña mediática contra Francia tiene lugar en Estados Unidos, el consejero del ‎Pentágono Edward Luttwak –inspirador del golpe de Estado del 11 de septiembre– declara ‎sin rodeos:‎

“¡Chirac tiene una cuenta pendiente con Washington! Tiene una larga cuenta pendiente ‎con Washington. Y en Washington hay una decisión, evidentemente, de hacerlo pagar. ‎Chirac quiso comer y hartarse [sic] a costa de Estados Unidos en la escena diplomática y, ‎por supuesto, lo pagará.”‎

Presa del pánico, Jacques Chirac cambia de casaca y en lo adelante sigue todas las iniciativas de ‎Estados Unidos, llegando incluso a poner a la embajadora de Francia en Tiflis, Salomé ‎Zourabichvili, a disposición de Washington, que la convierte en ministra de Exteriores ‎de Georgia durante la «revolución de las rosas», en diciembre de 2003, y haciendo participar ‎a Francia en el secuestro del presidente de Haití, Jean-Bertrand Aristide, enviado a la fuerza a la ‎República Centroafricana en marzo de 2004 [2]. ‎

En esa misma línea de conducta sumisa, el presidente Jacques Chirac y su amigo multimillonario ‎libanés Rafic Hariri redactan la Resolución 1559, que exige la retirada de la fuerza de paz siria ‎desplegada en Líbano y el desarme de todas las milicias libanesas, incluyendo el Hezbollah y los ‎grupos palestinos. La diferencia entre las demás milicias libanesas –al servicio de jefes feudales o ‎subvencionadas por Estados extranjeros– y el Hezbollah reside en que este último es una red de ‎resistencia contra el colonialismo israelí inspirada en la Revolución iraní y armada –en aquel ‎momento– por Siria. La Resolución 1559 es por lo tanto inaplicable, a no ser que se pretenda ‎ofrecer el Líbano en bandeja de plata al ejército de Israel. Por cierto, el presidente Chirac ‎decide imponer un boicot contra el presidente libanés, Emile Lahoud, quien ni siquiera es invitado ‎a la Cumbre de la Francofonía. ‎

El 14 de febrero de 2005, Rafic Hariri –quien ya para entonces no es primer ministro del Líbano– ‎es asesinado, supuestamente mediante el uso de una carga explosiva instalada en un vehículo al ‎paso de su caravana [3]. ‎

Jacques Chirac viaja precipitadamente a Beirut, pero no para asistir a los funerales de Rafic Hariri, ‎ni siquiera para reunirse con responsables del gobierno libanés, sino para pasar un día entero con ‎los juristas del difunto, firmando documentos comerciales de carácter privado. Y luego regresa ‎a París, mientras que la «revolución del Cedro» alcanza su apogeo en Líbano, bajo la discreta ‎supervisión de los hombres de Gene Sharp, los agitadores serbios que trabajan para Washington. ‎

Dejándose influenciar, Jacques Chirac comparte la convicción de que los presidentes de Siria, ‎Bachar al-Assad, y del Líbano, Emile Lahoud, habían planificado juntos el asesinato de su amigo ‎personal y socio de negocios Rafic Hariri. Por consiguiente, Chirac apoya la Comisión de la ONU ‎encargada de investigar el crimen en lugar de la justicia libanesa. Vendrán después, durante ‎varios años, el ostracismo mundial del presidente Bachar al-Assad y el arresto de los 4 generales ‎más cercanos al presidente libanés Emile Lahoud. Incluso se crea un «Tribunal» internacional ‎bajo los auspicios del secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, pero sin la aprobación del ‎Parlamento libanés, para juzgar a los dos presidentes «asesinos».‎

Pero las obsesiones de Jacques Chirac no afectan la cooperación franco-siria. A partir de 2003, y ‎hasta la suspensión de las relaciones diplomáticas en 2012, los servicios secretos de Siria ‎informan a los de Francia sobre los jóvenes franceses que pretenden viajar a Irak, o que luchan ‎allí contra el ocupante estadounidense. Y cuando esos jóvenes tratan de pasar por Siria, son ‎detenidos y discretamente repatriados a Francia en vuelos militares. Esta cooperación siria ‎también permite a Francia mantener el orden público y evitar numerosos atentados en suelo ‎francés. Entre los yihadistas que Siria extradita se cuentan Boubaker al-Hakim, futuro asesino del ‎líder tunecino Chokri Belaid, y Sabri Essid, el medio hermano de Mohamed Merah, otro futuro ‎asesino a las órdenes del Emirato Islámico (Daesh). Sin embargo, Francia no sólo interrumpirá ‎esa relación durante la «primavera árabe» sino que además pondrá en libertad a todos ‎esos individuos debido a la alianza concertada entre París y la Hermandad Musulmana. ‎

Jacques Chirac deja de gobernar Francia a partir del 2 de septiembre de 2005. Un grave ‎accidente cerebro-vascular lo deja imposibilitado para ejercer sus funciones como presidente, ‎aunque aparentemente las conserva. Durante los 2 años, las luchas internas entre los gaullistas ‎‎–reunidos alrededor del primer ministro Dominique de Villepin– y los atlantistas –agrupados tras ‎el ministro del Interior Nicolas Sarkozy– dividen el gobierno francés. ‎

En el verano de 2006, durante la agresión israelí contra el Líbano, Dominique de Villepin respalda ‎al Hezbollah, cuyo desarme había solicitado Chirac. Al término de su mandato presidencial, ‎Chirac exhibe públicamente su corrupción instalándose en un lujoso apartamento que la familia ‎Hariri pone a su disposición para su retiro. Con el respaldo de la esposa de Chirac, Nicolas ‎Sarkozy se convierte en su sucesor. ‎

17- Nicolas Sarkozy, «el Americano»

Nicolas Sarkozy es electo presidente de Francia en mayo de 2007. Pero su victoria no se debe a ‎su programa político sino a la imagen de hombre voluntarioso que transmite a los electores. ‎Los franceses lo ven como el hombre capaz de reactivar un país adormecido y estancado. ‎Lo que no saben es que, durante su adolescencia, Sarkozy fue educado en Nueva York por ‎la que había sido la tercera esposa de su padre, Christine de Ganay, quien ya para entonces ‎se había casado nuevamente con el embajador estadounidense Frank Wisner Jr., hijo del ‎fundador de los ejércitos secretos de la CIA y la OTAN, la red stay-behind conocida como ‎Gladio. Así que Sarkozy cuenta con el respaldo de Washington para convertirse en presidente de ‎la República Francesa [4]. ‎

En 2003, Jacques Chirac se había mostrado como un valiente gaullista, antes de convertirse en un ‎‎“realista” interesado sobre todo en su propio beneficio personal. Nicolas Sarkozy, en cambio, ‎es visto en Washington como un agente y se le asocia de inmediato a los proyectos de ‎Estados Unidos. ‎

Siendo aún ministro del Interior, Nicolas Sarkozy había iniciado contactos con Abdullah Senussi, el ‎jefe de los servicios secretos internos libios y cuñado de Muammar el-Kadhafi. La justicia francesa ‎había condenado a Senussi en ausencia por su papel en el atentado contra el vuelo 772 de ‎la UTA, que costó la vida a 170 personas en 1989, durante la guerra en Chad. Con vista a la ‎elección presidencial francesa, Libia propone financiar la campaña electoral de Sarkozy a cambio ‎de una promesa de amnistía o de un sobreseimiento del caso. Un ministro-delegado y hombre de ‎confianza de Sarkozy, Brice Hortefeux, negocia el pago con el coronel Kadhafi. Finalmente, ‎según el alto funcionario libio que supervisó la transacción, un hombre de negocios franco-‎libanés, Ziad Takieddine, viaja a París con 57 millones de euros.‎

Durante la campaña electoral, Libia observa que la candidata socialista Segolene Royal también ‎tiene posibilidades de conquistar la presidencia. Senussi se pone en contacto con un ex ministro ‎socialista de Relaciones Exteriores, Roland Dumas, quien –según el mismo alto funcionario libio ‎ya mencionado– viaja a Trípoli y regresa a París con 25 millones de euros, casi la mitad de ‎la suma entregada a Sarkozy. ‎

La legislación francesa prohíbe el financiamiento de campañas electorales con fondos de un ‎Estado extranjero. De hecho, los candidatos ni siquiera tienen derecho a utilizar tanto dinero en ‎sus campañas. Nicolas Sarkozy y Segolene Royal tampoco pueden garantizar un sobreseimiento ‎del caso sin pisotear la independencia de la justicia francesa. Sí pueden, en cambio, decretar una ‎amnistía –ya desde la presidencia– pero no pueden negociarla en beneficio personal. Roland ‎Dumas lo sabe perfectamente por haber sido, desde 1995 y hasta el año 2000, presidente del ‎Consejo Constitucional, órgano encargado precisamente de garantizar el buen desarrollo de las ‎elecciones. Posteriormente, la justicia francesa investigará los delitos de Sarkozy, ignorando ‎los de Segolene Royal [5].‎

Los negocios entre las familias de Kadhafi y de Sarkozy continúan después de la llegada ‎de Sarkozy a la presidencia. La “Primera Dama” (sic), Cecilia Sarkozy, se encarga de hallar una ‎solución al caso de las 5 enfermeras búlgaras y del médico palestino detenidos en Libia desde ‎hace 8 años. En 1999, más de 400 niños se habían contaminado con el retrovirus del sida en el ‎hospital de Bengazi. Los islamistas acusan a Muammar el-Kadhafi de descuidar esa ciudad y ‎de haber conspirado para asesinar a sus niños. Para disculpar al Guía, el fiscal local opta por ‎acusar al personal médico extranjero, y ordena torturar a los miembros de ese personal para que ‎‎“confiesen”. ‎

Pero Bulgaria, que acaba de convertirse en miembro de la Unión Europea, solicita a la Comisión ‎de Bruselas que negocie con Trípoli la liberación de las enfermeras búlgaras. Libia se ve así ante ‎los mismos funcionarios que le habían atribuido el atentado del vuelo 103 de la PanAm, que ‎estalló sobre la localidad escocesa de Lockerbie en 1988, con un saldo de 270 muertos. Aunque ‎Muammar el-Kadhafi siempre negó toda implicación en ese atentado, Libia acepta indemnizar a ‎las familias de las víctimas con 2 700 millones de dólares, con tal de liquidar su último litigio con ‎los occidentales. Consciente de que tiene que lidiar también con la imaginación de los islamistas, ‎el Guía decide utilizar la infección registrada en el hospital de Bengazi para recuperar lo que ‎tuvo que pagar injustamente por el asunto de Lockerbie. Solicita entonces que se le devuelva ‎ese dinero a cambio de su retirada de ciertos países africanos y de la liberación de las ‎enfermeras búlgaras y del médico palestino. Finalmente, Estados Unidos entrega la suma a ‎Qatar, que hace a Libia un pago supervisado por la Unión Europea. El ministro de Justicia libio, ‎Mustafá Abdel-Jalil –miembro de la Hermandad Musulmana–, personaje que había cubierto las ‎torturas cuando era presidente del Tribunal de Apelaciones de Trípoli, entra así en relación con ‎emisarios del presidente francés Nicolas Sarkozy. El mismo alto funcionario libio que supervisó ‎las entregas de fondos para las campañas electorales de Nicolas Sarkozy y Segolene Royal señala ‎que Cecilia Sarkozy recibe entonces de Libia una gratificación de 2,7 millones de dólares, ‎proporcional al monto del trato. Nicolas Sarkozy, que para entonces está divorciándose de ella, ‎le regala esa suma. Con ese dinero, Cecilia y su nuevo esposo abrirán una firma de relaciones ‎públicas en Qatar. Aunque perpleja ante esta forma de actuar, Bulgaria celebra la liberación de ‎las enfermeras.

Ya como personaje nuevamente presentable, Muammar el-Kadhafi emprende una gira por Europa ‎que lo lleva a pasar 5 días en Francia. Allí escandaliza a todos al instalar su jaima (tienda de ‎campaña tradicional) en los jardines de la residencia para invitados oficiales de la República ‎Francesa. Peor aún, Kadhafi se da el lujo de declarar a la televisión internacional francesa ‎France24 que Libia es más democrática que Francia, lo cual no es tan absurdo como creen ‎los televidentes. De hecho, los lectores podrán comprobarlo a lo largo de toda esta historia. ‎

Lo cierto es que Francia ha dejado de ser una democracia en la medida en que el pueblo y ‎sus representantes no son realmente consultados sobre la adopción de numerosas decisiones, ‎principalmente cuando se trata de política exterior y de defensa. Francia fue una República ‎hasta el final del último mandato presidencial de Jacques Chirac, ya que el Poder sólo tomaba ‎decisiones según su percepción del interés general. Pero vamos a ver que después deja de ser así. ‎Libia, por su parte, es en aquel momento una democracia directa inspirada en las ideas de ‎los utópicos franceses del siglo XIX. Pero ese sistema también es ilusorio ya que la sociedad ‎libia en realidad se basa en la pertenencia tribal, de manera que las opiniones personales tienen ‎poco valor. Es, por cierto, esa realidad social lo que permite a Kadhafi ejercer la función de jefe ‎de Estado, cuando ese cargo ni siquiera existe oficialmente en el país. En aquel momento, ‎la gran diferencia entre Francia y Libia reside en otra cosa: luego de negociar con ‎Estados Unidos, Libia realmente pone fin a toda injerencia en los países vecinos, mientras que ‎Francia no tiene ningún reparo en violar la Carta de las Naciones Unidas, principalmente ‎en África y, dentro de poco, también en el Levante. Pero lo más importante es que Kadhafi ‎proclamó en Libia la emancipación de cada persona y puso fin a la esclavitud, mientras que ‎Francia –que no practica la esclavitud en su suelo desde 1848– no vacila en aliarse con Estados ‎esclavistas, como Arabia Saudita y Qatar. ‎

La primera acción del presidente Sarkozy contra Siria es –en marzo de 2008– organizar la huida ‎del principal falso testigo del caso Hariri, Mohammed Zuhair as-Siddik, a quien hace llegar un ‎pasaporte falso checo. La acusación de asesinato lanzada contra los presidentes Emile Lahoud ‎y Bachar al-Assad está derrumbándose, pero aún se mantiene el misterio sobre el organizador de ‎toda la farsa montada alrededor del crimen. Como si nada sucediese, Sarkozy realiza un viaje ‎oficial a Damasco, para reactivar las relaciones entre Francia y Siria y asegurarse de que ‎esta última no vuelva a intervenir en la vida política libanesa. ‎

En mayo, el primer ministro libanés –y agente de los servicios secretos jordanos–, Fouad Siniora, ‎inicia un conflicto con el Hezbollah. Siniora trata de eliminar el puente aéreo entre Irán y la ‎Resistencia libanesa así como el sistema de comunicación interno de esta última para que ‎Estados Unidos y Arabia Saudita puedan controlar el Líbano y atacar Siria. Pero el Hezbollah ‎pasa rápidamente a la ofensiva. El sistema de seguridad de Siniora se desmorona en pocas horas ‎y el primer ministro se ve obligado a retroceder. ‎

Se abren negociaciones de paz en Doha. Qatar y Francia imponen un nuevo presidente ‎en Líbano, que llevaba 6 meses sin jefe de Estado desde el fin del mandato de Emile Lahoud. ‎París escoge para el cargo al general Michel Sleimane, jefe del estado mayor, por tratarse de un ‎individuo fácil de manipular. Deseoso de obtener la nacionalidad francesa para su familia y para ‎sí mismo, el general Sleimane había presentado a las autoridades francesas una serie de ‎documentos falsificados. La justicia francesa está procesando su caso. Con su designación como ‎presidente del Líbano, su caso de falsificación de documentos queda en suspenso, como ‎una espada de Damocles colgando sobre su cabeza. Inquieto ante una posible reacción de Siria, ‎Qatar ofrece al presidente Assad, quien no ha pedido absolutamente nada, un avión y vehículos ‎oficiales. ‎

El emir de Qatar, Hamad ben Khalifa Al-Thani, llega a Beirut para entronizar al “presidente” ‎Sleimane, cuando quien en realidad debía investir a este último, su predecesor Emile Lahoud, ‎ni siquiera es invitado a la ceremonia. Durante la investidura, en la sede de la Asamblea Nacional ‎libanesa, el ministro francés de Exteriores Bernard Kouchner no se sienta en los bancos ‎destinados al público sino que se instala en la sección reservada a los miembros del gobierno ‎libanés. El ministro francés incluso manifiesta irritación cuando el ex presidente de la Asamblea ‎Nacional observa que el artículo 49 de la Constitución libanesa estipula que un jefe de estado ‎mayor no puede convertirse en presidente de la República menos de 2 años después de haber ‎dejado el ejército. A pesar de eso, los diputados eligen a Michel Sleimane, en franca violación ‎de la Constitución libanesa. ‎

En julio de 2008, Nicolas Sarkozy propone la creación de la Unión para el Mediterráneo, una gran ‎operación con la que pretende, al mismo tiempo, competir con sus socios europeos e insertar ‎a Israel en el concierto de naciones de la región. Sarkozy invita simultáneamente al presidente ‎Bachar al-Assad y a su homólogo israelí Shimon Peres a presenciar el desfile militar del 14 de julio ‎en los Campos Elíseos. Durante la celebración, Assad evita cuidadosamente todo contacto ‎con Peres. Por otra parte, el Líbano y Siria establecen por fin las relaciones diplomáticas que ‎nunca habían tenido desde que los franceses separaron ambos países, en 1943. ‎

Pero la creación de la Unión para el Mediterráneo (UPM) finalmente fracasa por las mismas ‎razones que el Proceso de Barcelona, iniciado por la Unión Europea en 1995: es imposible reunir ‎a todos los actores de la región sin haber solucionado antes el conflicto israelí. ‎

Sarkozy hace un segundo viaje oficial a Siria, en enero de 2009. La administración Obama ‎lo contacta y Sarkozy se abstiene de toda decisión. Sólo es un viaje de reconocimiento. ‎

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