Nacionales Politica

Bosch Bajo la Lupa Americana

Juan Bosch
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Escrito por Debate Plural

Jose del Castillo (D. Libre, 28-9-19)

 

Al cumplir 60 días el gobierno de Bosch, el 28 de abril de 1963, el embajador John Bartlow Martin —“procónsul del Imperio” le llamó Jimenes Grullón- dirigió un memo de 34 páginas a sus superiores en Washington, transcrito en Kennedy y Bosch de Bernardo Vega. “¿Cómo le está yendo?”, se pregunta. Para responder: “Tuvo un mal comienzo aún antes de tomar posesión —su airado discurso del 17 de febrero asustó a la gente, así como las disposiciones en el borrador de la Constitución acerca de la propiedad privada, la educación laica, los sindicatos y los latifundios. Trató de hacer enmiendas —pronunció un discurso inaugural moderado, habló ante la Cámara Americana de Comercio, dijo públicamente que el ‘Comunismo significa muerte, guerra, destrucción y la pérdida de todas nuestras posesiones’ y elogió a los Estados Unidos al firmar el acuerdo final sobre los $22 millones de la cuota azucarera”.

Empero, “estas medidas no tuvieron éxito. Hoy, lejos de disminuir, las críticas a su régimen están aumentando…La clase gobernante anterior se le opone” (Consejo de Estado y los cívicos, con arraigo oligárquico y en la clase media). “Las Fuerzas Armadas están cada vez más preocupadas, pero todavía dan muestras de apoyarlo. La Iglesia está cada vez más en contra. Las clases más bajas, que lo eligieron, probablemente continúan con él… ¿Cuánto tiempo esperarán?” Según Martin, aún no arrancaban los programas para crear empleos.

Mientras, las clases alta y media, y los militares, se quejaban sobre la alegada indefinición del presidente respecto al comunismo, su supuesta infiltración en el gobierno, el regreso de exiliados reputados comunistas y el uso por ellos de edificios públicos. Bajo tal “ruido”, serían comunistas el secretario de Interior Domínguez Guerra y el de Industria Diego Bordas.

La retórica conservadora acusaba a Bosch de dar la espalda a EEUU y a la Alianza para el Progreso a favor del apoyo de Europa. Rescindir el contrato de la refinería con la Standard Oil. Aceptar renuente los contratos azucareros del Consejo de Estado. Ceder a los trabajadores en desmedro de los empresarios. Y para colmo, gobernar con “unos don nadie” e “invasores-exiliados”. El lenguaje cívico de la época, calificaba al de Bosch como un gobierno de “la chusma y los extranjeros”, al contar en su equipo con un buen número de exiliados y colaboradores extranjeros. Para Martin, “muchos de sus críticos simplemente rehúsan aceptar el hecho de que perdieron las elecciones”.

Antes de asumir, Bosch ofreció puestos ministeriales a los otros partidos concurrentes a las elecciones, al igual que a sus aliados VRD de Ornes Coiscou y Partido Nacional de Virgilio Vilomar, con miras a un gabinete inclusivo. Ninguno aceptó. Fui testigo de la oferta de la secretaría de Educación a Jimenes Grullón, de Alianza Social Demócrata –fundador del PRD en Cuba-, vía González Tamayo, vicepresidente electo. Quien recibió en respuesta la promesa de una “oposición constructiva”. Ornes, aspirante a tres posiciones y poder de veto, quedó fuera. Vilomar cubrió su cuota con el Lic. Silvestre Alba de Moya en Trabajo.

En el equipo de Bosch, conforme a Martin, había “mucho talento, pero necesitará tiempo para emerger”. Del Consejo de Estado sobrevivían el secretario de las FFAA, Elby Viñas Román, conservado “a petición nuestra”. Amigo de EEUU aunque no incondicional, el embajador lo describía discreto, “nunca me ha mentido o evadido una pregunta directa”. En un almuerzo le confió que no esperaba cambios en los mandos. Que había investigado denuncias infundadas de infiltración comunista en los rangos bajos. Y que las cosas con el nuevo gobierno iban “bien —hasta ahora”. Viñas era concuñado de Antonio Guzmán, vegano como Bosch y secretario de Agricultura. “Un gran terrateniente” que quizás “esté fuera de tono con los objetivos declarados por el gobierno”, en alusión a la prioritaria reforma agraria.

Otro sobreviviente era Andrés Freites Barrera, secretario de Relaciones Exteriores y anterior embajador en Washington del Consejo de Estado. Ex gerente de la ESSO en el país y hombre de negocios –como Gianni Vicini y Manuel Tavares Espaillat- participante del grupo de contacto de la embajada en el complot magnicida del 30 de mayo. “Su nombramiento fue una sorpresa. Se rumora que fue una jugada para calmar a Imbert, su primo. Más probable lo fue para complacer a los E.U. y aplacar a la comunidad empresarial”.

En unas cautivantes memorias, su cónyuge Antonia Vásquez narra cómo Bosch le ofreció el cargo a Freites en la recepción que se le brindara en nuestra sede en Washington, el 10 enero del 63, cuando el presidente electo se entrevistó con Kennedy. Según Martin, el canciller creía inevitable la confrontación con la izquierda. Aspiraba a “calmar a los oligarcas”. Si Freites fuera más influyente, pensaba el embajador, “podría ser un aliado útil, un puente entre Bosch y la oposición”. Pero en temas claves de política exterior, como el de Haití, Bosch era su propio canciller. García Godoy reemplazaría a Freites.

Con buenas notas en el memo de Martin figura Abraham Jaar, secretario de la Presidencia. De unos 45 años, delgado, inteligente, “creyente apasionado de la causa de Bosch, con aspecto de hombre sufrido”. Abuelo palestino, padre comerciante en Santo Domingo, al igual que un hermano. Cirujano con 14 años exiliado en Caracas, aficionado a la hípica, recaudador de fondos para la campaña y enlace con Betancourt. “Es el amortiguador de Bosch y ahora controla todas las citas…Bosch confía en él. Busca el anonimato. Es amistoso conmigo y con los Estados Unidos y me ha dicho en más de una ocasión ‘los necesitamos’.”

A Diego Bordas, de Industria y Comercio, Martin lo pasa por su criba inclemente. “Dice que tiene 40 años, buenmozo, lleva bigote, suave, cuidadoso, inteligente, astuto y quizás despiadado. Es el más controversial, fuerte y capaz de los hombres del gabinete”. De Puerto Plata –al igual que su rival Horacio Ornes quien le acusó de corrupción, llevándolo a dimitir para entablar demanda por difamación que incluyó al diario El Caribe dirigido por su hermano Germán-, Bordas venía de una familia ligada al negocio naviero y al comercio exterior con operaciones en el país, Puerto Rico y EEUU. A mediados de los 40, siendo estudiante de derecho, destacó en la universidad como miembro de Juventud Democrática. Con 14 años en el exilio, participó junto a su hermano Manolo en la frustrada expedición de Cayo Confites en 1947, de la cual Bosch era uno de sus líderes.

Bordas regresó a final del 61 y fue deportado en el 62 por el Consejo, enlistado como “izquierdista peligroso”, con prisión en Opa-Locka. Según Martin, le confesó sonriente “que estaba supuesto a ser comunista”. Se le daba seguimiento puntual. Así, el 25 de abril del 63, Richard Helms, subdirector de planes de la CIA –la que dirigió entre 1966-73-, remitió una ficha biográfica de Bordas a McGeorge Bundy, asesor de seguridad de JFK. Aunque se señalaba su dimisión del gabinete el 8 de abril, a juicio de Martin, “estaba en vías de convertirse en el zar económico de la República”, calificativo usado por la oposición: “Secretario de Estado de Industria y Comercio, jefe del complejo azucarero de Haina, jefe de la autónoma Fomento que maneja todas las propiedades que pertenecieron a Trujillo y consultor principal de Bosch en todos los asuntos económicos”.

Bordas había acompañado a Bosch como presidente electo en su periplo por EEUU y Europa, durante el cual se concertaron importantes acuerdos, como la línea de crédito por US$150 millones con el consorcio suizo Overseas, motivo de una feroz campaña encabezada por Jimenes Grullón. Según Martin, su renuncia era “una ficción: Bordas continúa dirigiendo su Secretaría y otros asuntos del gobierno, y Bosch me ha dicho que no piensa reemplazarlo”. Ornes aparte, Martin indicaba que Bordas –“blanco principal de la oposición”- rivalizaba con Antonio Imbert, su compueblano, porque éste lo consideraba comunista, y con Miolán, por aspiraciones políticas. “Para nosotros Bordas es un hombre peligroso”.

Otro dolor de cabeza para la diplomacia americana era el secretario de Interior y Policía, Domínguez Guerra. “Joven, robusto y arrogante”. Farmacéutico en San José de Ocoa, donde encabezó el comité del PRD en julio del 61, enrolado por Miolán. Colaborador de Severo Cabral –su compueblano conjurado del 30 de Mayo- y de López Molina, del MPD, al distribuir su periódico Libertad al final de la Era. “Revolucionario nacionalista”, Martin dice que “conoce muy poco acerca de la Policía”. Se le acusó de darle albergue a José Espaillat y a Juan Ducoudray, “el Número Uno en el PSP”, al regreso del exilio. Concluía la evaluación: “un comunista capaz” puede convertirlo “en un enemigo peligroso de los EEUU”. Para Sacha Volman era un infiltrado, al igual que el Ing. Orlando Haza del Castillo de la Junta Nacional de Planificación. A quien el rumano americano montó un equipo paralelo dirigido por Alvin Mayne, de la Junta de Planificación de Puerto Rico, para elaborar los proyectos de desarrollo.

Buenas calificaciones obtuvo en Salud Pública el médico vegano Samuel Mendoza de Moya, prestado por el Depto. de Salud de Puerto Rico, quien acordó planes de vacunación con AID. Igual Silvestre Alba de Moya, en Trabajo, “abogado, capaz, hábil, con experiencia de gobierno, probablemente un buen administrador”. Buenaventura Sánchez Félix en Educación, viejo exilado del ala conservadora del PRD, “un político de rutina”. Martin calificaba a Luis del Rosario Ceballos, Obras Públicas, como un “joven inexperto bien intencionado”. En Justicia a Lembert Peguero, “todo un desastre”. No mencionaba al promisorio Majluta, en Finanzas. Ponderaba a Miolán, Virgilio Gell y a Sacha. Este último “el más cercano a Bosch y más influyente” en el círculo presidencial. La más cercana y omnipresente lupa americana. Un polifacético protagonista de la Era post Trujillo.

Antes de asumir, Bosch ofreció puestos ministeriales a los otros partidos concurrentes a las elecciones, al igual que a sus aliados VRD de Ornes Coiscou y Partido Nacional de Virgilio Vilomar, con miras a un gabinete inclusivo. Ninguno aceptó.

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