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Los israelíes han demostrado que quieren que Netanyahu se vaya, ¿puede causar más daño antes de irse?

Escrito por Debate Plural

Jonathan Cool (Counterpunch, 24-9-19)

 

Para la mayoría de los israelíes las elecciones generales del martes pasado [17 de septiembre de 2019] tenían que ver exclusivamente con un cuestión que no era ni la economía ni la ocupación ni siquiera los escándalos de corrupción. Tenían que ver con Benjamin Netanyahu. ¿Debería encabezar otro gobierno de extrema derecha o bien debería acabar su polémico mandato de diez años?

A no ser que haya sorpresas de última hora en el recuento votos, los israelíes han dejado claro su veredicto: el tiempo de Netanyahu ha terminado.

En las elecciones no concluyentes del pasado mes de abril que llevaron a esta repetición el partido de Netanyahu, Likud, empató con su principal oponente, el partido Azul y Blanco del general retirado Benny Gantz. Parece que esta vez Gantz ha logrado una ligera ventaja ya que ha obtenido 33 escaños frente a los 31 obtenidos por Netanyahu de un parlamento que consta de 120 miembros. Los resultados han sido peores para ambos partidos, que en las anteriores elecciones habían obtenido 35 escaños.

Pero lo que es mucho más importante es que parece que Netanyahu no ha conseguido la mayoría de 61 escaños que necesita para formar otro gobierno de extrema derecha que incluya a los partidos religiosos y de los colonos.

Su fracaso es todavía más flagrante si se tiene en cuenta que llevó a cabo la que con mucho es la campaña más fea y temeraria de la historia de Israel pues era mucho lo que había en juego.

Solo un gobierno de extrema derecha, uno que estuviera totalmente en deuda con Netanyahu, podría contar con que se aprobara una ley que le garantice la impunidad ante un proceso legal que va a empezar el mes que viene. Sin esa impunidad es probable que sea acusado de varios cargos de fraude y abuso de confianza.

Según los artículos publicados en los medios israelíes el día de las elecciones, Netanyahu estaba tan desesperado por evitarlo que estuvo a punto de emprender una guerra contra Gaza la semana pasada para aplazar las elecciones. La más alta autoridad jurídica de Israel, el Fiscal General Avichai Mendelblit, intervino para detener el ataque cuando descubrió que el gabinete de seguridad lo había aprobado solo después de que Netanyahu le ocultara las importantes reservas del comando del ejército.

Netanyahu también trató de sobornar a los votantes de derecha prometiendo la semana pasada que inmediatamente después de las elecciones anexionaría gran parte de Cisjordania, una treta que, según Mendelblit, violaba flagrantemente las normas de la campaña electoral.

Facebook tuvo que cerrar en dos ocasiones la página de Netanyahu por incitar la odio; en uno de los casos después de enviar el siguiente mensaje: “Los árabes quieren aniquilarnos a todos nosotros, mujeres, niños y hombres”. Parece que en ese deseo se incluía al 20 % de la población israelí que conforman los ciudadanos palestinos.

Netanyahu instigó de otras maneras contra esta minoría palestina, en particular sugiriendo constantemente que sus votos eran un fraude y que trataban de “robar las elecciones”. Incluso trató de forzar una ley que permitiera a los militantes del Likud filmar en los colegios electorales árabes (como habían hecho de forma encubierta en las elecciones de abril) en un claro intento de intimidar a quienes votaban. Parece que la medida ha sido contraproducente ya que la participación palestina ha más alta que en abril.

Por su parte, el presidente estadounidense Donald Trump intervino a favor de Netanyahu anunciando la posibilidad de un acuerdo de defensa según el que Estados Unidos se comprometería a acudir en defensa de Israel en caso de una confrontación regional.

Nada de eso sirvió.

La única esperanza que tiene Netanayhu de sobrevivir políticamente (y de evitar la cárcel) depende de que potencie la magia política por la que es famoso, lo que puede ser mucho pedir. Para superar el umbral de los 61 escaños debe persuadir a Avigdor Lieberman y a su partido ultranacionalista Yisrael Beiteinu de que lo apoyen. Normalmente Netanyahu y Lieberman, que es un colono, son aliados políticos. Pero estos no son tiempos normales. Netanyahu tuvo que volver a convocar elecciones para esta semana después de que Lieberman, al darse cuenta de la debilidad del primer ministro, se negara en abril a formar parte, junto con partidos religiosos, de un gobierno dirigido por Netanyahu.

Netanyahu podría tratar de atraer al veleidoso Lieberman con una oferta irresistible, como rotar ambos en el cargo de primer ministro. Pero Lieberman se arriesga a un inmenso oprobio público si después de llevar al país a unas impopulares nuevas elecciones hace ahora lo que por principio se negó a hacer hace cinco meses.

Lieberman aumentó a ocho la cantidad de escaños de su partido insistiendo en que es el campeón de público laico israelí. Más importante para Lieberman es que ahora desempeña una vez más un papel clave. Es prácticamente seguro que él imprimirá el carácter del nuevo gobierno y a quien él unja como primer ministro estará en deuda con él.

El punto muerto que en abril bloqueó la formación de un nuevo gobierno continúa existiendo. Con toda probabilidad Israel se enfrenta a semanas de frenéticos tira y afloja, e incluso a la posibilidad de nuevas elecciones.

No obstante, desde la perspectiva de los palestinos, ya sea los que viven bajo la ocupación o los que viven en Israel como ciudadanos de tercera categoría, el próximo gobierno israelí va a ser uno de derecha y de la línea dura. Sobre el papel Gantz es quien está mejor situado para formar un gobierno de lo que absurdamente se denomina “centro izquierda”. Pero dado que el eje principal de este gobierno estará formado por el partido Azul y Blanco, dirigido por un grupo de generales de la línea dura, y el partido Yisrael Beiteinu de Lieberman, en la práctica será tan de derecha como el de Netanyahu.

Gantz incluso acusó a Netanyahu de robarle su idea cuando este último anunció la semana pasada que se iba a anexionar gran parte de Cisjordania.

El problema es que esta coalición dependería del apoyo de los 13 parlamentarios de la Lista [Árabe] Conjunta que representa a casi toda la minoría palestina de Israel, un supuesto que Lieberman rechazó de inmediato y calificó de “absurdo” a primera hora del miércoles cuando se iban conociendo los resultados. Gantz parece solo un poco más complaciente.

La solución podría ser un gobierno de unidad nacional formado por gran parte de la derecha: el partido Azul y Blanco de Gantz junto con el Likud y Lieberman. Tanto Gantz como Lieberman indicaron el miércoles que era su opción favorita.

La pregunta entonces sería si Netanyahu va a lograr colarse en este gobierno o si Gantz va a exigir que se vaya como precio de incluir al Likud. En estas circunstancias la posición de Netanyahu no sería fuerte, especialmente si está inmerso en una larga batalla judicial acusado de corrupción. Ya hay rumores de un levantamiento en el Likud para deponerlo.

Una interesante consecuencia del gobierno de coalición es que podría provocar una crisis institucional al convertir en oposición oficial a la Lista Conjunta, que es el tercer partido más votado. Esta es la misma Lista Conjunta a la que Netanyahu calificó de “peligroso partido antisionista”. [El líder la Lista Conjunta] Ayman Odeh se convertiría en el primer dirigente de la minoría palestina que acudiera regularmente a las reuniones informativas periódicas del Primer Ministro y los jefes de seguridad.

Netanyahu continuará todavía durante varias semanas como primer ministro en funciones, hasta que se forme un nuevo gobierno. Si se comporta de la forma habitual, todavía puede hacer mucho daño mientras tanto.

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