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China y Estados Unidos: Planificación racional y lumpen capitalismo (I)

El presidente de China, Xi Jinping, y el presidente de EE.UU., Donald Trump
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Escrito por Debate Plural

James Petras (Rebelion, 10-1-17)

 

Periodistas y analistas, políticos y sinólogos estadounidenses dedican una cantidad considerable de tiempo y espacio a especular sobre la personalidad del presidente chino Xi Jinping y las personas por él nombradas para dirigir los principales organismos del gobierno chino, como si esos fueran los aspectos más importantes del 19º Congreso Nacional del Partido Comunista de China (celebrado del 18 al 24 de octubre de 2017)2.

Enredados en los chismes, la especulación ociosa y el menosprecio mezquino por sus dirigentes, la prensa occidental ha sido incapaz, una vez más, de tomar en consideración los cambios históricos que están teniendo lugar en estos momentos en China y en todo el mundo.

Estos cambios históricos a escala mundial, expresados con claridad por el presidente Xi Jinping, están presentes en la visión, la estrategia y el programa del último congreso. Están basados en una evaluación rigurosa del pasado y el presente de China, así como en sus futuros logros.

Las propuestas meditadas, las proyecciones futuras y la presencia del presidente chino ofrecen un agudo contraste con el caos, la demagogia y las calumnias que caracterizaron la campaña presidencial multimillonaria de Trump y sus vergonzosos resultados.

La claridad y la coherencia de un profundo pensador estratégico como el presidente Xi Jinping contrasta con las declaraciones improvisadas, contradictorias e incoherentes del presidente y del Congreso estadounidenses. No es solo una cuestión de estilo, sino de sustancia del contenido.

En este artículo procederemos a comparar el contexto, el contenido y la dirección de ambos sistemas políticos.

China: pensamiento estratégico y resultados positivos

China, antes que nada, ha establecido unas directrices estratégicas bien definidas que subrayan las prioridades macroeconómicas, macrosociales y militares para los próximos cinco, diez y veinte años. Se ha comprometido a reducir la contaminación en todas sus manifestaciones mediante la transformación de una economía basada en la industria pesada en otra basada en los servicios de alta tecnología, pasando de los indicadores cuantitativos a los cualitativos.

En segundo lugar, China quiere aumentar la importancia relativa del mercado interno y reducir su dependencia de las exportaciones. Ampliará la inversión en sanidad, educación, servicios públicos, pensiones y subsidios familiares.

En tercer lugar, China tiene previstas fuertes inversiones en diez sectores económicos prioritarios. Entre ellos se encuentran la maquinaria informatizada, la robótica, vehículos de bajo consumo, aparatos médicos, tecnología aeroespacial y transporte marítimo y ferroviario. Se propone invertir 3 billones de dólares para mejorar la tecnología de los sectores esenciales, incluyendo vehículos eléctricos, ahorro de energía, control numérico (digitalización) y otras diversas áreas. Asimismo, planea incrementar la inversión en investigación y desarrollo del 0,95% al 2% del PIB.

Además de todo eso, China ha comenzado los pasos necesarios para lanzar el “petro-yuan” y poner fin a la dominación financiera global de Estados Unidos.

China se ha convertido en el máximo propulsor de las redes de infraestructura global con su proyecto de la Nueva Ruta de la Seda3, que atravesará Eurasia. Los puertos, aeropuertos y ferrocarriles de construcción china conectan ya veinte ciudades chinas con Asia Central, Asia Oriental, Sudeste Asiático, África y Europa. China ha propuesto la creación de un banco multilateral, el Banco Asiático de Inversión en Infraestructura (que cuenta con más de 60 naciones miembro), contribuyendo con 100.000 millones de dólares para su financiación inicial.

China ha combinado su revolución en la recogida y análisis de datos con la planificación central para derrotar la corrupción y mejorar la eficiencia de la asignación de créditos. La economía digital de Pekín se encuentra en la actualidad en el centro de la economía digital global. Según un experto, “China es el líder mundial en pagos realizados a través de dispositivos móviles” (11 veces más que EE.UU.). Una de cada tres empresas emergentes en el mundo, valoradas en más de 100.000 millones de dólares, nacen en China4. Se ha adaptado la tecnología digital a los bancos estatales con el fin de evaluar los riesgos en los créditos y reducir en gran medida los créditos malos. Esto permitirá crear a la financiación un nuevo modelo dinámico y flexible que combine la planificación racional con el vigor emprendedor5.

Como resultado, el Banco Mundial, controlado por Estados Unidos y la Unión Europea, ha perdido su posición crucial en las finanzas globales. China ya es el principal socio comercial de Alemania y está a punto de convertirse en el principal socio comercial y aliado contra las sanciones de Rusia.

China ha ensanchado y extendido sus misiones comerciales por todo el planeta, reemplazando el papel que desempeñaba Estados Unidos en Irán, Venezuela y Rusia y en todos aquellos lugares en los que Washington ha impuesto sanciones beligerantes.

Aunque China ha modernizado sus programas de defensa militar e incrementado el gasto en dicho campo, casi todo el énfasis está puesto en la “defensa interna” y la protección de las rutas comerciales marítimas. China no ha participado en una sola guerra en las últimas décadas.

El sistema de planificación central chino permite al gobierno asignar recursos a la economía productiva y a sus sectores prioritarios. Bajo la presidencia de Xi Jinping, China se ha dotado de un sistema de investigación y jurídico que ha propiciado la persecución y detención de más de un millón de funcionarios corruptos en el sector público y de empresarios privados. El estatus elevado no es garantía de protección en la campaña anticorrupción del gobierno: más de 150 miembros del Comité Central y plutócratas multimillonarios han sido purgados por la misma. También es significativo que el control central sobre los flujos de capital (hacia el exterior y hacia el interior) permite la asignación de recursos financieros a los sectores productivos high tech al tiempo que limita la fuga de capitales o su desvío hacia la economía especulativa.

Como resultado de todo ello, el PIB de China ha venido creciendo del 6,5% al 6,9%, cuatro veces superior al ritmo de crecimiento de la UE y tres veces el de EE.UU.

En cuanto al ámbito de la demanda, China es el mayor mercado mundial (y sigue creciendo). La renta aumenta, especialmente para los trabajadores asalariados. El presidente Xi Jinping ha afirmado que el capítulo de las desigualdades sociales es el principal objetivo a mejorar en los próximos cinco años.

Estados Unidos: caos, retroceso y reacción

Por el contrario, el presidente y el Congreso de Estados Unidos no han elaborado una visión estratégica para el país, y mucho menos una vinculada a propuestas concretas y prioridades socioeconómicas, que podría beneficiar a la ciudadanía.

Estados Unidos posee 240.000 militares activos y en la reserva, destinados en 172 países. China tiene menos de 5.000 en un solo país, Yibuti. Estados Unidos tiene estacionados 40.000 efectivos en Japón, 23.000 en Corea del Sur, 36.000 en Alemania, 8.000 en Reino Unido y más de 1.000 en Turquía. China, mientras tanto, posee un número equivalente de personal civil muy especializado encargado de actividades productivas por todo el mundo. Las misiones chinas en el extranjero y los expertos que las forman trabajan a favor del crecimiento económico tanto de China como del mundo.

Los múltiples conflictos militares que Estados Unidos tiene abiertos en Afganistán, Irak, Siria, Libia, Yemen, Níger, Somalia, Jordania y otros lugares han absorbido y desviado cientos de miles de millones de dólares de las inversiones productivas en la economía interior. En muy pocos casos, el gasto militar ha sido empleado para construir carreteras e infraestructuras útiles que podrían considerarse de “doble uso”, pero la gran mayoría de las actividades de EE.UU. en el extranjero han sido tremendamente destructivas, como lo demuestra el deliberado desmembramiento de Yugoslavia, Irak y Libia.

Estados Unidos carece de las políticas coherentes y el liderazgo estratégico de China. Aunque el caos es inherente a las políticas de “libre mercado” del sistema financiero de Estados Unidos, durante el régimen de Trump dicho caos se ha generalizado y resulta especialmente peligroso.

Los congresistas demócratas y los republicanos, unidos y divididos, se enfrentan activamente al presidente Trump en cualquier asunto, por insignificante que sea. Trump improvisa y cambia sus políticas a cada momento o, como mucho, cada día. Estados Unidos cuenta con un sistema partidista en el que el partido que gobierna oficialmente tiene dos alas militaristas que representan a las grandes corporaciones.

Estados Unidos ha gastado más de 700.000 millones de dólares al año en siete guerras distintas y en promover “cambios de régimen” o golpes de Estado en cuatro continentes y ocho regiones en las últimas dos décadas. Esto ha provocado una disminución de la inversión en la economía doméstica y el deterioro de infraestructuras fundamentales, pérdida de mercados, declive socioeconómico generalizado y una reducción del gasto en investigación y desarrollo de bienes y servicios.

Las 500 corporaciones más importantes de EE.UU. invierten en el extranjero, principalmente para aprovechar las ventajas fiscales y la mano de obra barata, olvidándose de los trabajadores estadounidenses y evadiendo los impuestos nacionales. Son las mismas corporaciones que comparten la tecnología y el mercado estadounidenses con los chinos.

En la actualidad, el capitalismo estadounidense está dirigido por las instituciones financieras en beneficio propio, que absorben el capital que anteriormente iba dirigido a las inversiones productivas; esto crea una economía desequilibrada y propensa a la crisis. Por el contrario, China determina la planificación temporal y espacial de sus inversiones así como las tasas de interés bancario, marcando las inversiones prioritarias, sobre todo en los sectores avanzados de la tecnología punta.

Washington ha destinado cientos de miles de millones a construir infraestructura para uso militar cara e improductiva (bases militares, puertos, bases aéreas, etc.) con el fin de reforzar regímenes aliados estancados y corruptos. Como consecuencia, Estados Unidos no posee nada comparable al proyecto de infraestructura de la Nueva Ruta de la Seda, que cuenta con un presupuesto de 10 billones de dólares, que unirá los continentes y los principales mercados regionales y creará millones de empleos productivos.

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