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Julia de Burgos: diez acotaciones apologéticas en torno a su poesía (3 de 5)

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Escrito por Debate Plural

León David (D. Libre, 13-8-14)

 

Aunque en los dominios áridos y controversiales del análisis literario mi infausta estrella me ha hecho tropezar más de lo que yo hubiera querido con cierta especie de teóricos de inteligencia clara y visión estrecha que, lejos de dar su conformidad al plausible supuesto (la tradición exegética lo ha avalado con populoso consentimiento) de que en los floridos pensiles de la poesía, o de cualesquiera de las plurales manifestaciones a las que hemos conferido el calificativo de “artísticas”, las metáforas, imágenes, símbolos e ideas que el creador explaya se hallan saturadas de sentimiento, por ser producto semejante lenguaje tropológico de un singular estado psíquico de acrisolado cariz afectivo, orientado a gestar un universo alternativo en el que el esplendor de la forma siente sus reales, de modo tal que quienes perciben y acogen con amorosa expectación las prendas del aludido discurso no pueden sino reaccionar emotivamente a su cordial reclamo; a pesar, reitero y recalco, de que la casta de teóricos a la que hiciera referencia al comienzo de este sinuoso razonamiento tienen por irrecusable certitud que las efusiones anímicas que la tradición filosófica ha dado en llamar estéticas no pasan de ser una ficción carente de credibilidad en la que se apoltronan, de espaldas a los más novedosos y científicos métodos de la crítica especializada, la ralea irredimible de los intelectuales chapados a la antigua, la pluma que pergeña estos indigestos renglones, a la que nadie podría tildar de incurrir en detracciones irrespetuosas y que no obstante ciertos pujos heterodoxos no cura ni poco ni mucho de las modas académicas si lo que está en juego es el aquilatamiento de un escrito de artístico linaje, la pluma, decía, que estos conceptos exentos de originalidad sobre el papel estampa, se obstina contra viento y marea en sostener que hacer caso omiso de la emotividad cuando se busca entender y explicar la eficacia expresiva de todo objeto que se propone a nuestra mirada con la primordial finalidad de ser admirado, es la manera más expedita de errar el blanco, de no ver lo que se tiene ante los ojos y de perorar sobre copiosos temas ajenos a lo que en verdad interesa, pasando por alto lo esencial: esclarecer en qué se funda la nobleza y humana plenitud de una creación literaria…

De la precedente digresión se desprende –tengámoslo por cosa acreditada- que cualquier objeto elaborado con el propósito de suscitar el deslumbramiento del contemplador merced a sus airosos atributos formales (a buen seguro la poesía cabe ser incluida en dicha categoría), responde necesariamente a la finalidad de emocionar, y para ello infundirá el artífice a su obra sui géneris cuerpo, apariencia y figura por modo tal que sus atractivos sean captados no sólo por la mente que reflexiona sino también por los sentidos que se solazan y el corazón que siente.

Sin embargo, no se me oculta que el lector perspicaz, que ha dado prueba de desacostumbrada obsecuencia al acompañarme por las escarpadas laderas de esta fragosa argumentación, puede que en este preciso momento y lugar esté murmurando para su propio coleto que, aceptado en principio el planteamiento de que si toda obra artística que raya en la excelencia y, por lo que más de cerca nos concierne, si todo poema logrado cifra su eficacia para asombrar, embelesar y conmover en su capacidad no sólo de estimular nuestra mente razonadora sino, sobre todo y primero que nada, en su competencia para provocar reacciones afectivas de calológica virtud en el percipiente, entonces ¿en qué se distinguiría la voz poética de Julia de Burgos de la de la privilegiada cofradía a la que pertenecen los más destacados cultivadores del verso? Si el sentimiento que acusan las metáforas, el metro y otras abundantes figuras y elegancias elocutivas es y ha sido siempre el común denominador de la mejor poesía, la que las generaciones futuras no se resignarán a preterir, ¿qué nos induce a sostener que en punto a conmoción y efervescencia emotiva los poemas de la incomparable aeda puertorriqueña mostrarían un perfil distintivo que los caracterizarían como algo diferente, específico y aparte entre sus congéneres de oficio?

En gracia a la brevedad y para que no se me acuse de estar pesando el humo, en los renglones que siguen no dejaré piedra por mover en ánimo de deshacer las reservas –harto justificadas por demás- de que dan cuenta las interrogantes que en el párrafo anterior consignara mi cálamo. Y lo que al respecto tengo que decir es muy simple: no es la sentimentalidad en tanto que condición genérica y universal de la poesía lo que hace del verso de Julia algo único y peculiar, sino que lo representativo de su poetizar es el ardor, la vehemencia, la intensidad con que el sentimiento cobra entusiasta vida en su palabra. Es la fuerza expansiva de su verso, el arrebato pasional los que, si no me equivoco, brindan la tónica personalísima que tanto nos sorprende y nos atrae en el canto magistral de De Burgos.

Ensayemos verificar la exactitud de lo afirmado copiando a continuación fragmentos de dos de sus más notables poemas; (RÍO GRANDE DE LOÍZA): “¡Río Grande de Loíza!… Alárgate en mi espíritu/y deja que mi alma se pierda en tus riachuelos,/para buscar la fuente que te robó de niño/y en un ímpetu loco te devolvió al sendero.//Enróscate en mis labios y deja que te beba,/para sentirte mío por un breve momento,/y esconderte del mundo y en ti mismo esconderte/y oír voces de asombro en la boca del viento.”

(YO MISMA FUI MI RUTA): “Yo quise ser como los hombres quisieron que yo fuese:/un intento de vida;/un juego al escondite con mi ser./Pero yo estaba hecha de presentes,/y mis pies planos sobre la tierra promisora/no resistían caminar hacia atrás,/y seguían adelante, adelante,/burlando las cenizas para alcanzar el beso/de los senderos nuevos.”

Al invisible aunque preciso lector confesaré que sólo de raro en raro asoma al horizonte de la literatura un lirismo de tan fulgurante y caldeada naturaleza… Y como no hace falta copioso y menudo aparato documental para dar fe de la desatada emotividad de las estrofas que vengo de reproducir, en este punto dejaré reposar mi péndola antes de pasar a una nueva acotación apologética.

VI

Entre las nutridas cualidades que encarecen el lirismo de la magna escritora de Borinquen a la que mi veneración estos escolios tributa, una advierto –no la menos merecedora de encomio- que no obstante mi legítima renuencia a imponerle los nombres de “autenticidad” y “sinceridad”, dado que no encontré otros más apropiados, me vi forzado a recurrir a ellos admitiéndolos muy a disgusto, muy de mala gana.

Obvio es el motivo de la aludida renitencia: autenticidad y sinceridad son términos cuyos significados nos colocan por modo manifiesto en el terreno de la conducta moral o, si así lo preferimos, en los dominios del bien y del mal sobre los que la teoría ética detalladamente nos ilustra; y temo me inculpe la erudita estirpe de los académicos de estar incursa mi descuidada péñola en intolerable abuso semántico al trasladar de manera caprichosa y profesionalmente irresponsable a la esfera de la estimativa de orden estético los dos vocablos y conceptos a que vengo de hacer alusión.

Empero, como en razón de mi alicorto ingenio la afanosa pesquisa de expresiones menos vulnerables a la censura fue empresa desesperada que se saldó con estruendoso fracaso, en aras de señalar con el debido énfasis que la vena poética de Julia mora en la acera opuesta a la artificiosidad y la impostura, hube de consentir en el empleo de las voces “sinceridad” y “autenticidad”, cuya primaria denotación que, como dijéramos, apunta al ámbito de la moral, en el caso excepcional de nuestra aeda logra transfigurarse –así me consta- en lírica virtud.

Que semejante metamorfosis, a resultas de la cual el sentir ético se torna verso diamantino, enunciado de diáfana armonía, halle su explicación acaso en el hecho de que la poetisa formidable, cuyos acentos hemos contraído el compromiso de escudriñar, con más ahínco que la mayoría de sus pares trabaja su estrofa amasando la arcilla de lo vivido y experimentado por ella en el desgarramiento de la carne, al punto de que la mujer real y no la escritora se presenta a menudo de manera directa y sin tapujos ocupando el lugar de protagonista de la aventura que el poema nos cuenta que, para la ocasión, se confunde “tout court” con la aventura de su propio existir; o que la impresión de discurso auténtico y sincero que refiere a una histórica y biográfica verdad, tenga su origen en otra fuente que la endeblez de mi entendimiento no ha sido capaz de discernir, es asunto que requiere ser examinado por despacio y en mucho tiempo; y como en la actual circunstancia no ando en tratos con las holguras del ocio y el tiempo de que dispongo muestra avaricia antes que largueza, interesado en que el lector por sí mismo decida qué pensar acerca de las cualidades de la escritura de Julia traídas a colación, ni corto ni perezoso en las líneas subsiguientes me aplicaré a la tarea de transcribir nueva vez fragmentos de dos de sus poemas, alentando la esperanza de que su arrebatadora elocuencia y abrasiva pulsión sean suficientemente probatorias de lo que hemos planteado en los renglones que anteceden: (A JULIA DE BURGOS): “Ya las gentes murmuran que yo soy tu enemiga/porque dicen que en verso doy al mundo tu yo.//Mienten, Julia de Burgos, Mienten, Julia de Burgos./La que se alza en mis versos no es tu voz; es mi voz;/porque tú eres ropaje y la esencia soy yo;/y el más profundo abismo se tiende entre las dos.”

(SE ME HA PERDIDO UN VERSO): “Sorbiendo las verdades ocultas a mi lado,/en la noche callada dejé perder un verso.//Cada verdad clamaba la estatua de palabras/que esculpía velozmente mi altivo pensamiento;/y por no ser de todos, con ímpetu de ave, por la puerta que vino se me fugó mi verso.//En él no hubo el deseo de izar las emociones cansadas y pequeñas tiradas al momento,/y halándose la vida, deshizo su edad breve/y se quitó del mundo verbal de mi cerebro.”

…Es resorte de una sensibilidad no estropeada por la espuria literatura que arrecia en la época que nos ha tocado sufrir, reparar en que la trova de Julia de Burgos, cual lo proclaman de forma irrecusable los versos ut supra transcritos, da testimonio de la historia de una vida, de un sentir y de una aspiración que, sublimados en el canto, no dejarán de tocar a las puertas gloriosas de la inmortalidad.

Y pues el comentario laudatorio que acaba de escapar a los puntos de mi pluma es –si no me falla la aritmética- el cuarto, de inmediato rodará mi discurso sobre otro aspecto que considero no menos relevante que los ya tratados en mi veloz recorrido por los parajes de la obra de la excelsa poetisa oriunda de la Antilla a la que se ha dado en ponderar como la “isla del encanto”…

Empero, habida cuenta de que la que ahora pretendo abordar es cuestión que con seguridad no me granjeará la simpatía de estudiosos y literatos de más recientes hornadas, contraviniendo mi inveterada costumbre de negarme por sistema a acarrear a la cuartilla las ideas de reconocidos autores en respaldo de las opiniones de mi propia cosecha –comportamiento que la seria exégesis universitaria nunca me ha perdonado-, en el presente trance voy por excepción a citar a un escritor que sobre ser uno de los bardos fundamentales de la pasada centuria, es también ensayista, narrador y crítico de talla universal; me refiero al inmenso argentino Jorge Luis Borges.

¿Por qué convocar a este cálamo insigne a la tribuna desde donde insisto en la arriesgada ocupación de asestar juicios atropellados acerca de la creación lírica de Julia de Burgos? Pues por una razón de grueso calibre que, en cuanto puede conjeturarse, cumple en este lugar función didáctica difícilmente substituible.

En efecto, en las líneas con las que a continuación topará el lector pretendo arrimar algunas observaciones a favor de la conjetura de que la vis poética de de Burgos responde a la influencia primordial del Modernismo con el que Rubén Darío – y otros inspirados vates luego de él- revolucionó el quehacer lírico de lengua castellana tanto en América como en la misma España. Y dado que el Modernismo es hoy tenido a menos, no me parece inoportuno ni extemporáneo recordar ciertas valoraciones de Borges que guardan relación con dicho asunto. Resígnese, pues, el martirizado lector a otra de mis asiduas digresiones, y veamos si los conceptos que aspiro a borronear sin demora sobre esta hoja de papel salen por la puerta de cuerno o por la de marfil.

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