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Brexit, Unión Europea y democracia

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Escrito por Debate Plural

Thierry Meyssan (Red Voltaire, 10-9-19)

 

En el momento de la disolución de la URSS, Francia y Alemania trataron de preservar sus lugares ‎en el mundo resolviendo el problema de su estatura ante el gigante estadounidense. Decidieron ‎entonces reunificar las dos Alemanias y fundirse juntas [Francia y la nueva gran Alemania] en un ‎Estado supranacional: la Unión Europea. Con la experiencia que ya tenían de cooperación entre los ‎Estados, creyeron que sería posible construir ese gran Estado supranacional a pesar del dictado ‎del entonces secretario de Estado James Barker, que imponía una ampliación forzosa de la UE hacia ‎el este. ‎

Durante los debates sobre el Tratado de Maastricht, los gaullistas franceses opusieron el ‎‎«supranacionalismo europeo» al «soberanismo». Para ellos, el marco nacional era la ‎democracia y la escala europea significaba burocracia. Para vencer la resistencia de los gaullistas, ‎el presidente francés Francois Mitterrand y el canciller alemán Helmut Kohl comenzaron por crear ‎la confusión entre el soberanismo democrático (sólo el pueblo es soberano) y el soberanismo ‎nacionalista (la nación es el único marco conocido para ejercer un poder democrático). Luego ‎asimilaron toda forma de «soberanismo» al «chauvinismo» (el hecho de considerar que sólo ‎lo nacional es bueno y de despreciar todo lo que venga del extranjero). ‎

Se adoptó el Tratado de Maastricht y ese documento transformó un sistema de cooperación ‎entre Estados en un Estado supranacional (la Unión Europea), a pesar de que ni siquiera existía ‎algo que pudiese llamarse «nación europea». ‎

Se reescribió la Historia, tanto para hacer creer que el nacionalismo es la guerra como para borrar ‎las huellas de las políticas chauvinistas antirrusas. Francia y Alemania crearon un canal de ‎televisión binacional llamado Arte, cuyos programas debían presentar el nazismo y el sovietismo ‎como dos regímenes totalitarios resultantes de un mismo nacionalismo. Se creó ‎deliberadamente la confusión entre el nacionalismo alemán y el racialismo nazi –a pesar de que el ‎racialismo nazi es incompatible con la idea nacional germánica, que no se basa en la raza sino en ‎la lengua. Y se borraron también las huellas de los esfuerzos que hizo la URSS por sellar una ‎alianza antinazi. Se modificó asi el significado del Pacto de Munich y del Acuerdo Molotov-‎Ribbentrop.‎

Treinta años más tarde, las instituciones “europeas” concebidas entre 6 países y desarrolladas ‎entre 12 están resultando imposibles de sostener a la escala de 28 países, cosa que ‎Estados Unidos ya había anticipado. La Unión Europea se ha convertido en un gigante ‎económico… pero sigue sin existir la “nación europea” y los Estados miembros de la UE han ‎perdido su soberanía nacional pero siguen sin tener una ambición política común. ‎

Para tener una idea del error cometido pregunte usted a un soldado del embrión de “ejército ‎europeo” si está dispuesto a «morir por Bruselas» y vea su cara de asombro. Los soldados ‎están dispuestos a dar la vida por su país… pero no por la Unión Europea. ‎

El mito que afirma que «la Unión Europea es la paz» aportó a la UE el premio Nobel de la Paz ‎en 2012, pero:
- Gibraltar sigue siendo una colonia británica en suelo español;‎
- Irlanda del Norte es también una colonia británica en suelo irlandés;
- y, sobre todo, el norte de Chipre sigue bajo la ocupación militar del ejército turco.‎

Francia y Alemania creyeron que, con el paso del tiempo, las particularidades británicas ‎determinadas por la historia se disolverían en el Estado supranacional. Olvidaron que el ‎Reino Unido no es una República igualitaria sino una monarquía parlamentaria clasista. ‎

Debido a los restos de su imperio colonial en Europa occidental, el Reino Unido nunca pudo ‎integrar el proyecto franco-alemán de Estado supranacional. Rechazó además varios elementos ‎importantes del Tratado de Maastricht, como su moneda supranacional, el euro. La lógica ‎interna del Reino Unido empujaba irresistiblemente ese país a fortalecer su alianza con ‎Estados Unidos, cuya cultura comparten parte de sus élites. Es por eso que la administracion ‎Bush se planteó, en el año 2000, la inclusión del Reino Unido en el Tratado de Libre Comercio del ‎América del Norte (TLCAN) y la posibilidad de organizar su salida de la Unión Europea.‎

El hecho es que el parlamento británico nunca optó por uno de los dos lados del Atlántico. Hubo ‎que esperar al referéndum de 2016 para que el pueblo británico escogiera, optando por el Brexit. ‎Pero la eventual salida británica de la Unión Europea volvió a abrir una herida que se había ‎olvidado. La creación de una frontera aduanal entre la República de Irlanda e Irlanda del Norte ‎pone en peligro el acuerdo de paz, conocido como ‎«Acuerdo del Viernes Santo»‎, entre la ‎República de Irlanda y el Reino Unido, acuerdo que no fue concebido para resolver un problema ‎sino sólo para congelarlo.‎

El sistema político británico se basa en la bipolaridad. Esto se ve físicamente en el salón donde ‎se reúne la Cámara de los Comunes, donde los diputados no se sientan en un hemiciclo sino ‎frente a frente. El hecho es que el Brexit plantea simultáneamente dos cuestiones ‎existenciales: ser o no ser miembro de la Unión Europea y mantener o no la colonización de Irlanda ‎del Norte. Durante los 3 últimos años, todos hemos podido comprobar que la Cámara ha sido ‎incapaz de llegar a una decisión de la mayoría sobre alguna de las 4 opciones posibles. Esta ‎situación ha afectado gravemente la economía británica. Según un informe confidencial de ‎‎Coalition, las comisiones bancarias se ganan cada vez menos en la City londinense y cada vez ‎más en Wall Street. ‎

El sistema político británico es pragmático. Nunca fue pensado como sistema político y nunca ha ‎llegado a tener reglas escritas. Es resultado de miles de años de enfrentamientos y de correlaciones de fuerza. ‎Según el estado actual de la tradicional constitucional, el monarca sólo hace uso del poder si está ‎en juego la supervivencia de la nación. Es por eso que la reina decidió ‎suspender (eufemísticamente «prorrogar») el parlamento para dar a su primer ministro la ‎posibilidad de desbloquear la situación. Normalmente, la reina sólo puede suspender ‎el parlamento por razones técnicas (como una elección, por ejemplo) pero no para poner la ‎democracia entre paréntesis. ‎

Resulta extremadamente interesante observar la emotiva reacción que la decisión de la reina ‎provocó en el Reino Unido. Todos los que se opusieron al Brexit se dan cuenta ahora de que ‎han pasado 3 años en discusiones estériles y que han alcanzado los límites de la democracia. ‎Algunos, incluso en la Europa continental, descubren con asombro que la democracia implica la ‎igualdad entre todos los ciudadanos y que, por consiguiente, es incompatible con un sistema que ‎sigue siendo una monarquía clasista. ‎

El error de apreciación sobre el cual se asienta todo esto nos remite además a la creación de las ‎instituciones europeas basadas en el modelo concebido precisamente por Winston Churchill. ‎Para Churchill no se trataba de unir democracias ni de crear un Estado supranacional ‎democrático sino de evitar el surgimiento de una potencia hegemónica en el continente europeo. ‎O sea, impedir que Alemania lograra levantarse nuevamente y, al mismo tiempo, poner a Europa ‎en condiciones de enfrentarse a la Unión Soviética. Al contrario de lo que proclaman los eslóganes que tan hábilmente utilizó, ‎el objetivo de Churchill no era oponerse al modelo comunista sino continuar la política que ya ‎había aplicado durante la Segunda Guerra Mundial: debilitar a las dos principales potencias ‎continentales –Alemania y la URSS– a las que dejó luchar solas una contra otra desde junio ‎de 1941 hasta septiembre de 1943, sin implicar en la lucha ni un solo ejército británico. ‎

Así que no es sorprendente que el presidente francés Francois Mitterrand, quien había participado ‎con Winston Churchill en el Congreso Fundador realizado en La Haya en 1948, nunca se ‎preocupara por el déficit de democracia del Estado supranacional que él mismo concibió con el ‎canciller alemán Helmut Kohl a raíz de la disolución de la URSS. ‎

Boris Johnson es un típico producto del Eton College, aunque parte de ‎su educación se desarrolló en Estados Unidos –renunció a la ciudadanía estadounidense ‎en 1996 para tratar de entrar a la Cámara de los Comunes. Es un discípulo de dos grandes ‎personalidades del Imperio británico. Primeramente, de Benjamin Disraeli, el primer ministro de la ‎reina Victoria. Johnson hereda de Disraeli su concepción del llamado Conservatism One Nation, ‎según la cual la riqueza confiere a quien la posee una responsabilidad social –la élite (upper ‎class) tiene la obligación de dar trabajo a las clases pobres para que cada cual se mantenga en ‎su lugar. La otra personalidad es Winston Churchill, sobre quien incluso escribió un libro. ‎

Theresa May se planteó sucesivamente 3 modos diferentes de compensar la salida de la Unión ‎Europea: convertir el Reino Unido en el agente cambiario del yuan chino en Occidente, fortalecer ‎la «relación especial» con Washington y redinamizar ‎el Commonwealth (Global Britain). ‎

Boris Johnson se sitúa en la continuidad de esos modelos aunque focalizándose en la «relación ‎especial» con Estados Unidos y echándose en brazos del presidente Trump en el G7, aunque ‎no comparte los puntos de vistas del estadounidense, ni en economía, ni en política internacional. ‎También es lógico que haya mentido descaradamente contra Rusia en el momento del caso ‎Skripal  y que no sólo quiera sacar al Reino Unido de la Unión ‎Europea, sin importar el precio a pagar por ello, sino también, y sobre todo, sabotear la ‎aventura supranacional continental. ‎

Si Boris Johnson logra mantenerse como primer ministro, la política internacional de la ‎‎«pérfida Albión» consistirá en servir de consejera a Washington y en provocar conflictos entre la ‎Unión Europea y Rusia. ‎

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