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Julia de Burgos: diez acotaciones apologéticas en torno a su poesía (1 de 5)

Julia de Burgos
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Escrito por Debate Plural

León David (D. Libre, 16-7-14)

 

En opinión del autor de estas atropelladas apuntaciones es tal la excelsitud de la obra poética de la escritora borinqueña Julia de Burgos, que cabe asegurar no estará incurso en hipérbole festinada quien sostenga que puede ella hombrearse, sin que la comparación le resulte para nada desfavorable, con las más escogidas cultivadoras de la lírica en lengua española de ayer o de los días que corren.

Si algo tengo, en efecto, por cosa averiguada es que la poesía de la encumbrada autora puertorriqueña sobre la que a punto largo me he propuesto aventurar un puñado de observaciones -infundadas acaso- en los párrafos con los que a continuación tropezará el lector, exhibe primores estéticos, humanos y sociales de tan impactante índole que, cuando se la contrasta con las creaciones de las más reconocidas practicantes del género lírico, lejos de deslucir o de empañarse, muestra de manera fehaciente estar a la altura -y quizás más que eso- de las composiciones trabajadas por las insignes artífices del verso cuyos nombres, para gloria de la literatura en idioma castellano, esplenden a guisa de astros de primera magnitud en el firmamento de nuestros corazones.

Confío, pues, en que la razón me asiste al proclamar que, habida cuenta de los ostensibles méritos de su obra, siempre que no queramos cometer injusticia flagrante, Julia de Burgos debe ser colocada por los amantes y conocedores de la vera poesía en el mismo supremo sitial en el que despliegan sus fervorosas bondades poetisas de la envergadura de las cubanas María Luisa Milanés y Dulce María Loinaz, la salvadoreña Claudia Lars, la uruguaya Delmira Agustini, la chilena Gabriela Mistral, la también oriental Juana de Ibarbourou y la argentina Alfonsina Storni.

No es necesario vindicar con acopio de páginas las virtudes del poetizar de Julia de Burgos para sacarnos verdaderos cuando recalcamos que la escritora boricua no desentona ni por un instante en medio de la ilustre compañía de artistas de la palabra traídas a colación en los renglones que anteceden, sino que se encuentra muy a su sabor al lado de ellas.

¿Por qué entonces historiadores, antólogos y críticos de la literatura hispanoamericana e ibérica no parecen darse por enterados de la excelencia de la poesía de Julia de Burgos, y cuando la mencionan y de paso enhebran algunos comentarios acerca de sus versos, no suelen -salvo breve minoría- situarla en el mismo levantado pabellón en el que ubican a sus más afortunadas hermanas de oficio? Pareja postergación, difícilmente disculpable, si no tiene que ver con cierta litúrgica falta de aliento de la hermenéutica, acaso haya que atribuirla a la desventura de ser oriunda de Burgos de un isleño reducto colonial de vida cultural escasamente conocida fuera de sus fronteras y no de un respetable país latinoamericano, grande y poblado, de esos que tienen en su haber prestigiosa tradición artística y literaria, como es el caso de México, Argentina, Chile, Colombia o Cuba.

No obstante, en lo que atañe a una conceptuación acertada de la obra de Julia, aliento la creencia de que en la actualidad las cosas pintan por modo muy diferente, al menos en Puerto Rico y en el área de las naciones caribeñas, donde los estudios -artículos, ensayos, análisis- sobre su quehacer poético se acumulan, prosperan y difunden. Y aunque semejante convicción puede que tenga más verdad que evidencia, no juzgo controvertible que los tiempos que estamos viviendo son propicios en lo que importa a propalar los sobresalientes valores de la creación lírica de la aeda que, por mor a su entrañable numen, hemos querido traer al palenque de esta cuartilla.

Porque sucede que Julia vino al mundo en el barrio de Santa Cruz de Carolina un 17 de febrero de 1914. Y en este año en que se cumple una centuria de su natalicio no son escasas -por el contrario, y en buena hora, proliferan- las celebraciones programadas dentro y fuera de su infortunada isla por grupos e instituciones académicas y culturales; festividades que dan inequívoco testimonio del aprecio creciente que su poderoso estro lírico va ganando entre los círculos más ilustrados y lúcidos de la población aficionada a la siempre reveladora aventura espiritual de la poesía.

El despabilado lector habrá sin duda reparado en que me incluyo en el número de cuantos aplauden y se regocijan de que la figura de la eminente trovista borinqueña que nos ocupa despierte hoy por hoy un interés preñado de promesas entre sectores cada vez más amplios de la comunidad intelectual. De hecho, cualquier persona con un conocimiento algo más que superficial de lo que acaece en el ámbito de las letras de Puerto Rico no podrá dejar de convenir en que el nombre de Julia de Burgos se ha ido convirtiendo en una suerte de emblema de la mujer emancipada y que los ideales que su obra proyecta tienden a ser trasvasados a la esfera de lo biográfico, adentrándose por ese modo la imagen de la autora del Río Grande de Loíza en el territorio reverencial del mito.

Dispongo de toda clase de razones para pensar que si a la conflictiva historia puertorriqueña del siglo XX nos atenemos (historia caracterizada por la búsqueda y definición ansiosas de una identidad nacional autóctona), el proceso de mitificación a que vengo de aludir era poco menos que inevitable; de donde se infiere que por más que no se equivoquen quienes insisten en que todo mito se afianza y medra en detrimento de la realidad fáctica -dictamen al que presto mi conformidad-, reprochárselo a cuantos acuden a dicho expediente para enaltecer no sólo a la poetisa incomparable sino también a la persona de Julia resulta -de ello estoy cumplidamente inteligenciado- sobre ocioso absurdo.

Empero no es el mito de la insigne boricua el que en la presente ocasión me mueve a estampar sobre esta complaciente hoja de papel un manojo de ideas que los académicos de inclinación doctrinal reputarán en menos tiempo de lo que canta el gallo o pone huevos la gallina de nula originalidad y, para colmo de males, ayunas también de fundamento. No. Dejemos a un lado el tema de la mitificación de la poetisa. Porque a lo que se contraerá este enjuto pero entusiasta emprendimiento ensayístico es a poner de resalto diez aspectos de la singular expresión lírica de Julia de Burgos…

Apenas, muchos lustros atrás, topé con su obra, sentí por ella amor a primera página. La mujer que escribió «Poema en veinte surcos», «Canción de la verdad sencilla» y «El mar y tú» se derrumbó un día de junio de 1953 en una calle neoyorkina de dolorosa recordación. Le hizo injuria una muerte apresurada. Mas la poesía que de su alma brotó no sería enterrada con ella… Los grandes poemas gozan de una vida que su autor no puede ni medir ni prever. Y como Julia tocó con su verso admirable y altivo a las puertas de la inmortalidad, es de ella, de la sin par cantora, que procede decir unas efusivas palabras… Pongámonos a ello.

II

Sin orden ni concierto, como vayan aflorando a mi espíritu (aun cuando corra el albur de ser a causa de semejante falta de compostura intelectual vilipendiado), acometeré en las reflexiones subsiguientes la empresa asaz comprometida de ponderar, no desde la trinchera en donde lanza su metralla la crítica erudita de toga, birrete y púlpito sino, antes bien, acomodado en el más risueño mirador de lector lúdico al que sólo seduce la belleza de la expresión y la hondura del pensamiento, acometeré, decía, avecindado a ese nada presuntuoso pabellón, la tarea de destacar algunas de las populosas bondades que exornan el discurrir poético de Julia de Burgos.

Me envanezco de haber leído y releído (esto último según Borges es lo más importante) la totalidad o poco menos de los poemas que la alta lírica puertorriqueña alumbrara; me siento por dicho motivo autorizado a estampar sobre esta resignada hoja de papel unas cuantas apostillas de índole evaluativa cuyo peso veritativo, si es que lo tienen, emana del sentimiento de maravilla, de la fascinación con que me gratificara su verso portentoso. Empero, como desconozco por completo lo que los acuciosos hermeneutas han escrito acerca de los cantos arrobadores que de Burgos nos obsequiara (negligencia de la que estoy lejos de enorgullecerme), me asalta la perturbadora sospecha de que las apuntaciones apologéticas que a humo de pajas me he impuesto pergeñar, nada novedoso aporten por lo que toca a la interpretación y encarecimiento de la poesía de Julia, y esté yo como aquel que dice «descubriendo el agua tibia», repitiendo, sin caer en la cuenta de mi escasa originalidad, los dictámenes que la rigurosa raza de los exegetas adictos a las más diversas corrientes heurísticas mucho tiempo atrás han dado al arduo honor de la tipografía…

Sin embargo, para poner las cosas en punto de verdad y siempre que no sea el lector de distinta opinión, me permitiré hacer énfasis en el hecho -idea que tengo por axiomática- de que en materia de estimativa literaria de estética solera, cuando la glosa del escoliasta es fruto de desbastada sensibilidad potenciada por una cultura humanista rica y vasta a la que brinda soporte despierta inteligencia que no desdeña las iluminadoras corazonadas de la intuición; cuando el aquilatamiento de un escrito de linaje artístico (poema, cuento, novela, teatro, etc.) halla sostén en pareja visión idiosincrásica, por más que conceptualmente lo que el avezado catador registra en las páginas sobre las que se ha volcado a resultas del entusiasmo que su belleza suscitara no se diferencie gran cosa de lo que multitud de estudiosos antes que él dijeran, toparemos necesariamente con un acento, con una entonación, con un talante únicos e inimitables porque proceden de lo más genuino y singular del espíritu del enjuiciador; y semejante circunstancia, al forzarnos a contemplar la obra escudriñada a través del cristal de ajena sensibilidad de refinado viso -cuyo empeño está en las antípodas de cierto oficio crítico de estériles precisiones- no puede sino derramar luz -tal es mi más firme convicción- sobre el texto que el exegeta ha hecho objeto de reflexión y encomio.

Y puesto reputo harto razonable la tesis vertida en el párrafo que antecede, aunque ni por semejas posea yo los elevados atributos que distinguen al investigador competente en el género de análisis a que acabo de referirme, hasta donde la medianía de mi ingenio lo consienta, me dispongo en los renglones que siguen a llevar a cabo, como lo hube de prometer, un bosquejo de valoración de la creación poética de Julia de Burgos; emprendimiento al que a partir de este instante me consagraré tratando de no mezclar barzas con capachos y encomendándome, como mandan la sensatez y la cortesía, a la irreprochable tradición de la claridad.

Si de algo estoy muy cierto -argüiría indigente sensibilidad no advertirlo- es que el verso de la encumbrada aeda antillana, en no pocas de sus más afamadas composiciones sorprende por su vigor, por acudir a un ademán rotundo, categórico, incisivo, en el que la pasión y una emotividad a flor de piel caldean la palabra por modo que los vocablos más usuales y encontradizos en los que acostumbra engastar su pensamiento de lírica progenie, se nos presentan de manera intempestiva adoptando un cariz terminante, definitivo, perentorio. Parejo decir enfático -pero jamás hinchado ni aparatoso- lo reputo por una de las notas distintivas de mayor relevancia estilística de la poesía, con frecuencia propensa al dramatismo y al relampaguear de lo patético, de la modesta y admirable hija del barrio de Santa Cruz de Carolina.

Así pues -primera acotación apologética-, abónense las observaciones que preceden a la cuenta de un temperamento literario fogoso, cuya impetuosidad ocurre de ordinario a la frase sentenciosa que tiende a generar clima afectivo de gravedad solemne. No se me oculta que semejante embestida verbal de volcánica teatralidad, con probable verosimilitud no será bien quista de aquellos individuos que por mor de cierta sedicente modernidad transitan la vía de un discurrir poético de jaez intelectual, que hace jactancioso alarde de metafísicas vaharadas o que, -es la otra cara de la moneda- nos atosigan con un lenguaje cuya metafórica exorbitancia de vanguardista filiación me lleva siempre a recordar aquel conocido proverbio humorístico de que «la montaña parió un ratón»… Al fin y a la postre, quienes reaccionan con mohín de disgusto ante los contundentes aldabonazos rítmicos y sonoros de la portalira borinqueña, sobre arrinconarse en una concepción de la poesía que por superficial y estrecha no merece los honores de la refutación, dan prueba de adolecer de esa manía eterna e incorregible de sindicar de gusto rancio lo que no es del gusto suyo.

Aun cuando las aseveraciones que acabamos de traer a colación ameritarían un debate más por lo menudo, con la mira puesta en no incurrir en sospecha de afectada prolijidad, las dejaremos para sosiego del lector en el punto en que han quedado; y cerraré este acápite con el señalamiento -viene como anillo al dedo en este preciso lugar de mi cavilación- de que en pronunciado antagonismo con la poesía de más reciente data, que ni por su laxa estructura gramatical ni por su carencia de armonía sonora se presta a ser leída en alta voz, la de Julia es auténtico canto, no porque acuse la forma de una canción melódica apoyada en notas musicales sino porque posee una innegable vocación de oralidad; porque exhibe un desplante oratorio que de manera natural incita al lector a levantar la voz, cosa de saborear los perfiles impolutos del verso y, de paso, rehabilitando por un parejo el arte injustamente venido a menos y al día casi extinto de la declamación.

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