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La operación de seducción de James Wolfensohn (1995-2005)

Escrito por Debate Plural

Eric Toussaint (Rebelion, 21-8-19)

 

En 2019, el Banco Mundial (BM) y el FMI cumplirán 75 años. Estas instituciones financieras internacionales (IFI), creadas en 1944, están dominadas por Estados Unidos y algunas grandes potencias aliadas, y actúan en contra de los intereses de los pueblos.

El BM y el FMI otorgaron, sistemáticamente, préstamos a los Estados con el fin de influir sobre sus políticas. El endeudamiento externo fue y es todavía utilizado como un instrumento para someter a los deudores. Desde su creación, el FMI y el BM han violado los pactos internacionales sobre derechos humanos y no dudaron, ni dudan, en sostener a dictaduras.

Una nueva forma de descolonización se impone para salir del impasse en el que las IFI y sus principales accionistas acorralaron al mundo. Se deben construir nuevas instituciones internacionales.

Estamos publicando una serie de artículos de Éric Toussaint, quien reseña la evolución del Banco Mundial y del FMI desde su creación. Estos artículos son sacados del libro Banco mundial: El Golpe de Estado Permanente., que podéis consultar gratis en Banco mundial : El Golpe de Estado permanente.

En 1995, William Clinton, presidente de Estados Unidos, designó a James Wolfensohn, banquero de Nueva York, como noveno presidente del Banco Mundial.

James Wolfensohn, ciudadano australiano, había comenzado su carrera de banquero en Sydney en 1959. Entre 1968 y 1977 tuvo un puesto directivo en el controvertido grupo bancario J. Henry Schroder, en Londres y Nueva York. Según Patrick Bond, Wolfensohn fue el tesorero de los Amigos americanos de Bilderberg, grupo de presión atlantista y anticomunista. Abandonó el banco Henry Schroder para unirse a la dirección del banco de negocios Salomon Brothers. Entre 1981 y 1982, habría estado en la lista de Robert McNamara, que estaba buscando un reemplazante, y, con esa perspectiva Wolfensohn adoptó la nacionalidad estadounidense. El presidente Ronald Reagan puso a Alden W. Clausen a la cabeza del Banco Mundial y entonces Wolfensohn fundó su propio banco de negocios, James D. Wolfensohn Inc., que fue muy activo durante la euforia de fusiones/adquisiciones de los años ochenta y la primera mitad de la década de los noventa, hasta que fue comprado por el Banker’s Trust.

Wolfensohn asumió la presidencia del Banco Mundial en un momento en que era urgente y necesario restaurar la imagen de la institución. El ajuste estructural tenía muy mala prensa y una serie de crisis financieras comenzaron a golpear a los países emergentes. Había que desviar la atención usando como cortina de humo la eliminación de la pobreza, la «buena gobernanza» y los préstamos responsables con el medio ambiente. Una intensa actividad de relaciones públicas se desarrolló en ese sentido y Wolfensohn se convirtió en un experto en relaciones con la prensa. Su buen talante y su retórica causaron muy buena impresión.

Multiplicación de engaños  

La iniciativa PPAE. En 1996 se lanzó la iniciativa para los países pobres altamente endeudados (PPAE o HIPC en sus siglas en inglés). La cuestión era desviar la atención de la reivindicación cada vez más fuerte de la anulación de la deuda externa. Con grandes refuerzos mediáticos, el Banco anunció «su» solución. Desde el comienzo, las críticas se centraron sobre el concepto mismo y sobre la descontada eficacia de esta iniciativa. Al fin de su mandato el fracaso era patente. En lugar de los 42 países que en un principio debían beneficiarse de una anulación de sus deudas de hasta el 80 % (anuncio hecho en 1996) y luego hasta un 90 % (anuncio de junio de 1999 con ocasión del G8 en Colonia), cuando en mayo de 2005 Wolfensohn terminó su mandato solamente 18 países estaban seguros de beneficiarse de la anulación de la deuda con los diferentes acreedores. Aunque esta iniciativa debía solucionar definitivamente el problema de la deuda de estos 42 países, se convirtió en un fiasco: su deuda pasó de 218 millones de dólares a 205 millones, o sea, una reducción de apenas un 6 % entre 1996 y 2003.

De los PAE a la estrategia de reducción de la pobreza. Los «marcos estratégicos de lucha contra la pobreza» fueron promovidos por Wolfensohn para reemplazar los programas de ajuste estructural (PAE), muy desacreditados, aunque habían sido el principal objetivo del Banco Mundial y del FMI desde los años ochenta. De hecho, aparte del nombre, nada cambió en estas nuevas políticas con respecto a los países endeudados. Las exigencias de privatizaciones y de liberalización de los intercambios constituían siempre el marco macroeconómico. En realidad, el Banco Mundial y el FMI endurecieron todavía más las condicionalidades que imponían, ya que hacían frente común con la Organización Mundial del Comercio, que había comenzado a funcionar a partir de 1995. 
Por otro lado, se buscaba en vano la «participación» de la sociedad civil, a pesar de que esta participación fuera anunciada a bombo y platillos como una profunda mutación operada por el Banco.

La iniciativa SAPRI. Hay que señalar que el primer ejercicio de «diálogo constructivo», que el Banco realizó bajo la dirección de Wolfensohn, consistió justamente en una evaluación conjunta de los programas de ajuste estructural entre el Banco, la sociedad civil y los gobiernos: fue la Iniciativa para la Revisión Participativa del Ajuste Estructural (SAPRI en sus siglas en inglés), lanzada en 1997. Fue concebida como una operación de terreno tripartita con un equipo del Banco Mundial, nombrado por Wolfensohn, para desarrollar una metodología transparente y participativa, con el objetivo de reunir la documentación sobre la influencia de los PAE en siete países en los niveles local y nacional. Walden Bello y Shalmali Guttal hacen un balance demoledor de esta experiencia: «A pesar del acuerdo sobre las reglas comunes del ejercicio y la metodología de revisión, el equipo del Banco Mundial desempeñó un papel obstruccionista a lo largo de todo el proceso. Por ejemplo, en los foros públicos, en vez de escuchar y tratar de aprender de las pruebas presentadas por los representantes de la sociedad civil sobre los impactos de los PAE, casi siempre argumentó, y finalmente reclamó, que las presentaciones en los foros (que eran parte de los inputscualitativos acordados) no constituían nada más que una «prueba anecdótica». […] A medida que la capacidad del Banco para controlar los procesos nacionales disminuía, también disminuía su capacidad para controlar los resultados de la revisión. Aun antes de llegar a los debates nacionales finales y a las conclusiones, ya las investigaciones de campo mostraban problemas mayores en todos los aspectos de los programas de ajuste. Poco dispuestos a publicar esos resultados, el equipo del Banco descartó un acuerdo anterior (escrito), que establecía que se debía presentar todos los resultados de la SAPRI en un gran foro público en Washington D.C., en presencia de Wolfensohn. En lugar de eso, el Banco optó por hacer un encuentro técnico cerrado y una reducida sesión en Washington D.C., programada para cuando Wolfenshon estuviera ausente. Más importante aún fue que el Banco insistiera en que sus informes y los de la sociedad civil se presentaran por separado. El informe del Banco se basó en sus propias investigaciones para sacar sus conclusiones y apenas se refirió al proceso de la SAPRI, que duró cinco años. En agosto de 2001, el Banco se retiró de la SAPRI y enterró totalmente el tema. Aparte de decir que había aprendido mucho con la iniciativa, el Banco no se comprometió a reformar sus políticas de préstamos según los resultados de la misma. El 15 de abril de 2002, el informe SAPRI completo (bajo el nombre de SAPRIN por incluir los resultados de dos países cuya sociedad civil realizó sus investigaciones sin la participación del Banco) se hizo público y recibió una enorme cobertura mediática. Wolfensohn se disculpó […] y prometió discutir seriamente el informe SAPRIN en un futuro próximo. Sin embargo, hasta hoy, ni el Banco ni Wolfensohn se han comprometido a rever e introducir cambios en sus préstamos estructurales. Por el contrario, las políticas de ajuste estructural continúan siendo el pilar del Banco y del FMI mediante los DERP (Documento de Estrategia para la Reducción de la Pobreza) y las Facilidades para el Crecimiento y Reducción de la Pobreza (PRGF en su sigla en inglés).» 

Casos de corrupción. Las consecuencias de la crisis financiera asiática demuestran las contradicciones entre el discurso del Banco sobre la buena gobernanza y su práctica: en Indonesia, las relaciones del Banco con el régimen dictatorial y corrupto de Suharto continuaron durante el mandato de James Wolfensohn. De acuerdo con Jeffrey Winters, especialista en Indonesia, el Banco aceptó estadísticas falsas y toleró el hecho de que el 30 % de cada dólar de la ayuda que el Banco acordaba al régimen fuera captado por individuos corruptos.

En el África subsahariana, «El Banco encajó otros golpes con las noticias sobre corrupción y negligencia en los proyectos de infraestructuras que financiaba, especialmente los proyectos hidráulicos de las mesetas de Lesotho (LHWP en su sigla en inglés) y la represa en los saltos de Bujagali en Uganda. En 2001, el Tribunal Supremo de Lesotho estudió las acusaciones de corrupción contra varias sociedades internacionales de construcción de represas y autoridades públicas en relación con el LHWP. En lugar de apoyar un proceso legal, nacional y público, el Banco realizó, con toda discreción, su propia investigación sobre tres compañías acusadas de pagar sobornos y llegó a la conclusión de que no había suficientes pruebas para acusarlas de corrupción. En 2002, el Tribunal Supremo de Lesotho encontró culpables de soborno a cuatro compañías, entre ellas Acres International, una firma que el Banco Mundial favorecía en sus contratos y que había absuelto en sus propias investigaciones. El Banco tardó más de un año en anunciar que Acres Internacional estaría desterrada de sus contratos por un período de tres años.» 

La Comisión Mundial de Represas (CMR). Establecida en 1997, la Comisión Mundial de Represas (CMR) debía liderar una investigación global, independiente y exhaustiva sobre la eficacia de las grandes represas y proponer normas internacionales aceptables en este ámbito. Durante un periodo de dos años y medio, realizó una investigación considerable y recibió cerca de 1.000 reclamaciones en todo el mundo sobre aspectos ambientales, sociales, económicos, técnicos, institucionales y productivos de las grandes represas.

La Comisión era independiente del Banco Mundial pero éste tuvo, a pesar de todo, un papel más activo en la elaboración del informe de la CMR que cualquier otra institución y fue consultado en cada etapa del programa de trabajo. James Wolfensohn describió con entusiasmo este proceso como modelo para futuras negociaciones multilaterales. Sin embargo, lo inadmisible se produjo: El Banco Mundial rechazó las conclusiones del informe porque iban demasiado lejos. Nelson Mandela, en Londres, en noviembre de 2000, hizo público este informe titulado Represas y desarrollo: un nuevo marco para la toma de decisiones. James Wolfensohn justificó el rechazo a seguir las conclusiones explicando que el Banco debe remitirse a las opiniones de sus accionistas y a las de las agencias gubernamentales de construcción de represas en los principales países constructores. En una declaración del 27 de marzo de 2001, el Banco afirmó que «consecuente con las aclaraciones dadas por la presidencia de la CMR, el Banco Mundial no adoptará sus 26 directivas pero las utilizará como puntos de referencia en los futuros proyectos de inversiones en represas », y agrega « que se trata de un diálogo muy constructivo, sin precedentes, entre las diferentes partes. El Banco Mundial cree que estos diálogos son muy importantes para la resolución de las numerosas controversias sobre desarrollo y el Banco continuará participando en ellos en el futuro.» 

La táctica del Banco es la siguiente: enfrentado a las críticas y reivindicaciones, el Banco mismo anuncia los diálogos, ordena y se implica activamente en las investigaciones, declara su firme voluntad de tener en cuenta los resultados. Después, cuando los informes están ahí, rechaza sus conclusiones y mantiene discursos evasivos sobre el porvenir, especificando, sin embargo, que continuará con estos «diálogos constructivos».

Iniciativa de Evaluación de las Industrias Extractivas. La experiencia de la Comisión Mundial de Represas se reprodujo con la Evaluación de las Industrias Extractivas (EIE). Cuando fue criticado en una reunión pública de Amigos de la Tierra, James Wolfensohn respondió —con gran sorpresa de su equipo— que el Banco emprendería una evaluación global con el fin de determinar si su implicación en las industrias ligadas a la extracción es coherente con su objetivo de reducir la pobreza

Habiendo sacado algunas enseñanzas de la experiencia de la Comisión mundial de represas, el Banco Mundial lanzó la EIE sobre una pista menos independiente y menos participativa. Sin embargo, el informe de la EIE publicado en Lisboa el 11 de diciembre de 2003 se reveló, a pesar de la ingerencia del Banco, como un documente asombrosamente potente. Este informe recomienda con firmeza al Banco, así como a su brazo derecho en el sector privado, la Sociedad Financiera Internacional (SFI) que pongan fin progresivamente a sus préstamos en el sector petrolero, así como en el de las minas y el gas natural. El informe pide al Banco que concentre sus aportes financieros en el sector de las energías renovables. Este informe originó un clamor de indignación entre los inversores privados (como el Citibank, ABN AMRO, WestLB y Barclays) para quienes la implicación del Banco en estos ámbitos particulares es esencial ya que no son capaces de autofinanciarse estos proyectos. En un artículo de opinión publicado por el Financial Times el 17 de junio de 2004, Emil Salim, que presidió la comisión EIE, escribió: «Siendo encargado del control del estudio de evaluación de las industrias extractivas, llegué a la conclusión de que el Banco Mundial debe modificar radicalmente su enfoque del apoyo a estas industrias —e incluso, en algunos casos, suspenderlo del todo—. La razón de esta conclusión es clara. El Banco es una institución pública cuyo mandato es la reducción de la pobreza. No sólo las industrias petroleras, del gas o mineras no han ayudado a los más pobres en los países en desarrollo sino que, a menudo, agravaron sus condiciones de vida».

Del mismo modo que con el informe de la Comisión mundial de represas, el Banco Mundial, una vez más, decide en agosto 2004 ignorar la mayor parte de las recomendaciones importantes del informe del EIE. Por ejemplo, el Banco continua subrayando el aspecto eminentemente positivo de la construcción del oleoducto Chad-Camerún. El Banco justifica su implicación directa en las industrias mineras argumentando que eso le permite influenciarlas para que se adecuen a las normas sociales y ambientales.

James Wolfensohn expuesto a los movimientos sociales

Cuando comenzó el mandato de James Wolfensohn en 1995, la campaña «50 years is enough» (50 años bastan) estaba en pleno activismo en Estados Unidos y de allí se expandió al resto del mundo. Más tarde, se desarrolló la campaña mundial Jubileo 2000, particularmente fuerte en los países de tradición cristiana tanto en el Norte como en el Sur del planeta. Esta campaña, comenzada en 1997 y finalizada en 2000, permitió reunir más de 20 millones de firmas para una petición que reclamaba ir más allá de la iniciativa PPAE, pidiendo la anulación de la deuda externa de los países pobres. Estuvo jalonada de reuniones masivas: una cadena humana de 80.000 participantes con la ocasión del G8 en Birmingham en mayo de 1998, 35.000 manifestantes durante el G8 de Colonia en junio de 1999.

Las relaciones cada vez más conflictivas entre la sociedad civil y James Wolfensohn alcanzaron su punto crítico en Praga, en septiembre de 2000, durante la tumultuosa reunión anual del Banco y el FMI, que debió acortarse un día a causa de las manifestaciones masivas. Enfrentado a una retahíla de reproches totalmente justificados, James Wolfensohn perdió su sangre fría en un debate público en el castillo de Praga y exclamó: «Yo y mis colegas, nos sentimos bien yendo a trabajar todos los días.» Esta declaración se puede comparar con la del director general del FMI, Horst Koehler, durante el mismo debate: «Como vosotros, tengo un corazón, pero utilizo mi cabeza para tomar decisiones.»

El Banco Mundial está particularmente a la ofensiva respecto a las ONG y a algunas autoridades locales. Puso a punto una estrategia de integración/recuperación a través de lo que llama los soft loans (los préstamos blandos) destinados a favorecer los micro-créditos (apoyo particular a algunas ONG de mujeres), a sostener las estructuras de enseñanza y de salud organizadas a nivel local, a gestionar como mejor se pueda las remesas de los emigrantes. El Banco creó una oficina de préstamos y donativos para sostener a las ONG. Esta estrategia ofensiva del Banco para cortejar a la sociedad civil y recuperar un espacio de legitimidad produce resultados nada despreciables.

En una tentativa para desactivar las críticas externas y de recuperar una parte de los movimientos contestatarios, James Wolfensohn jugó al «juego de la consulta».

A pesar de estar centrados en diferentes ámbitos de las operaciones del Banco, las tres iniciativas (SAPRI, Comisión mundial de represas y Evaluación de las industrias extractivas) tenían por objetivo conducir a los detractores del Banco Mundial a la mesa de negociaciones haciéndoles creer que el Banco estaba listo para cambiar y a responder mejor a las críticas sobre su funcionamiento y sobre sus prácticas. Pero la realidad comprobó justo lo contrario. En los tres casos, el Banco no ha respetado las reglas del juego: rechazó los resultados de esas iniciativas. Es instructivo para aquellos que todavía tienen ilusiones de que el diálogo con el Banco pueda conducir a cambios substanciales en su funcionamiento y sus políticas.

Crisis interna y crisis de legitimidad

Durante el mandato de James Wolfensohn, la dirección del Banco atravesó una crisis interna entre 1999 y 2000, que se concretó con la partida de dos personajes clave del staff de la institución: Joseph Stiglitz, economista jefe y vicepresidente del Banco Mundial renuncia a fines de 1999 bajo la presión del secretario del Tesoro, Lawrence Summers, y Ravi Kanbur, director del Informe anual del Banco Mundial sobre el desarrollo en el mundo, se fue en junio de 2000. Joseph Stiglitz y Ravi Kanbur eran elementos reformadores en el seno del Banco. Su partida indicó claramente que no hay lugar para la autoreforma en el Banco.

El Banco Mundial también está fuertemente cuestionado por el Congreso de Estados Unidos. El informe de la Comisión Meltzer, hecho público en febrero de 2000, lo atestigua.

El fin del segundo mandato de James Wolfensohn

La llegada de la administración conservadora a la Casa Blanca en 2001 complica el mandato de James Wolfensohn, que pasó sus últimos cuatro años de la presidencia del Banco a alinearse francamente con la orientación cada vez más agresiva de la administración G. B. Bush. Algunas veces, renegaba al realizar inmediatamente lo que George W. Bush y su equipo deseaban pero terminaba por hacer lo que se le pedía. Reconoció en una entrevista, poco antes de su partida: «Tuve la impresión de que la administración americana estaba muy satisfecha de todo lo que aquí había pasado durante los últimos años.» 

En Afganistán, además de acordar 570 millones de dólares y de acompañar el esfuerzo de Estados Unidos para juntar miles de millones de dólares para la reconstrucción, James Wolfensohn expresó su interés de que el Banco consiguiera participar en el financiamiento del gasoducto para transportar las reservas masivas de gas natural a través de Afganistán, proveniente del muy cerrado Turkmenistán, hacia India y Pakistán, un proyecto que las compañías energéticas estadounidenses sostenidas por el vicepresidente estadounidense Dick Cheney codician.

En Irak, James Wolfensohn, empujado por Washington, desbloqueó entre 3.000 y 5.000 millones de dólares para la reconstrucción y aceptó dirigir el Irak Trust Fund para encaminar el dinero necesario a los proyectos de desarrollo emprendido por el régimen de ocupación, en particular, aquellos que concernían a los «edificios de gran capacidad» en el sector privado, un objetivo principal de la administración Bush.

A pesar de esta manifiesta buena voluntad, James Wolfensohn no pudo evitar la erosión de su autoridad y de su prestigio. Denigrado por la Casa Blanca, por su proximidad a William Clinton y John Kerry, el candidato demócrata a la presidencia en 2004, perdió también credibilidad en aquellos que habían creído en su voluntad reformadora. Muy pronto se tiene la certidumbre de que en caso de reelección de George W. Bush para un segundo mandato, James Wolfensohn no tendría ninguna posibilidad de ser reelegido para su puesto en 2005. Efectivamente, en marzo de 2005, George W. Bush designó a la cabeza del Banco Mundial a uno de sus colaboradores directos en la persona de Paul Wolfowitz, subsecretario de Estado de Defensa.

En cuanto a James Wolfensohn, durante 2005-2006 cumplió una misión en relación con el Banco, gestionando un fondo fiduciario para la Franja de Gaza, en los territorios Palestinos. Pero, sobre todo, se unió a la dirección del principal grupo bancario mundial, el Citigroup, en el seno del cual trabaja a tiempo completo.

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