Internacionales Politica

Breve crónica de una larga vejación

Escrito por Debate Plural

José Roberto Duque (Misión Verdad, 24-8-19)

 

En Brasilia, hace unos días, tuvo lugar uno de los desayunos más repugnantes de los que tengamos noticias. Fue una reunión para tratar un tema sobre el que seguramente ya se habrá profundizado mucho más, públicamente (como dos semanas atrás en Lima) y también de manera clandestina: el diseño de la Venezuela posterior al derrocamiento del chavismo.

La reunión o evento fue llamado «Reconstrucción venezolana; la perspectiva de la infraestructura». El tipo que llevó la voz cantante fue el secretario de comercio de Estados Unidos, Wilbur Ross, y le siguieron en el parloteo un grupo de empresarios que explicaron cómo es que piensan hacerse millonarios entregándole el país a empresas nortamericanas.

Parece que asistió también algún estúpido del entorno cercano del Guaidó, a quien se le concedió el inmenso privilegio de desayunar en silencio mientras los demás hablaban sobre cómo van a «estabilizar» la economía venezolana, con ayuda del Banco Interamericano de Desarrollo, el Fondo Monetario Internacional y corporaciones de otros países.

Este encuentro ya ha sido desmenuzado en otros artículos. A nosotros acá nos sirve de excusa para volver sobre un asunto que a veces se nos olvida y algunos se empeñan en que olvidemos: ese diseño del funcionamiento de Venezuela no es nada nuevo. Estados Unidos diseñó y decidió desde inicios del siglo XX cómo iba a funcionar Venezuela, que según la visión imperial no es un país sino una de sus fuentes de recursos energéticos.

Lo novedoso y liberador ha sido el experimento de dos décadas, llamado Revolución Bolivariana, experimento que ha sido atacado, dinamitado y saboteado desde sus inicios, y ahora aislado y bloqueado, porque el amo ha decidido volver sobre lo que considera suyo.

Diseñaron la República que recibió Chávez; ahora se empeñan en diseñar una monstruosidad, que es seguramente inviable pero no deja de ser una monstruosidad, porque el intento de perpetrarla pasa por la ejecución de un crimen monstruoso: una Venezuela sin chavismo, entregada otra vez de piernas y brazos abiertos a Estados Unidos.

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La hegemonía del norte ha perfeccionado su tecnología e incrementado su poderío, pero los procedimientos son exactamente los mismos del tiempo en que Juan Vicente Gómez se autoproclamó presidente con el apoyo de Estados Unidos; ya comienza a sonar familiar el libreto.

Ustedes recuerdan a Cipriano y aquel episodio del bloqueo naval. En aquel humillante y borrascoso 1902, un barco logró colearse en medio del cerco de bichos armados europeos y entró al Lago de Maracaibo; unas naves alemanas se percataron del movimiento y fueron tras la embarcación. Desde la isla de San Carlos (que ahora es una península), en la entrada del Lago, se les ocurrió a unos defensores abrir fuego contra uno de los barcos alemanes agresores, y lo impactaron varias veces: triunfo parcial de la precaria armada venezolana contra las potencias más grandes de la Tierra; no olvidar que eran Alemania, Italia y Gran Bretaña, y que más tarde se sumaron a la cayapa antivenezolana España, Bélgica y Holanda.

Tres días más tarde nos la cobraron con un bombardeo masivo que dejó 40 muertos, solo en esa pequeña localidad. Cipriano Castro, odiado por muchos caudillos y adversarios nacionales, se lanzó la conocida proclama contra «la planta insolente del extranjero» y algo de la adormecida llama nacionalista despertó en forma de repudio unánime a la humillación imperial.

A falta de cañones suficientes, Cipriano mandó a colocar unos tubos de 24 pulgadas a lo largo de la costa, apuntando hacia el mar, para que los invasores creyeran que estábamos forrados de corotos defensivos. A causa del fervor con que aquel andino de rurales ademanes y exótica altivez defendía la dignidad de este terruño, al que le sobraban guerreros pero le faltaban armas, el presidente fue ridiculizado y caricaturizado en las grandes capitales del mundo: miren ese enano que osa desafiar a la civilización occidental en pleno.

El mensaje estaba claro, y todavía hoy los imperios lo usan para amedrentar a los países pequeños: rendirse es más fácil y más inteligente, béibi, no te me resistas.

‘El Mocho’ Hernández, uno de los guerrilleros presos por Castro, tuvo un conmovedor gesto que lo enaltece. ‘El Mocho’ levantó la voz desde la cárcel para pedirle a su enemigo, el presidente, que lo sacara de allí, le entregara un fusil y una tropa y lo pusiera a combatir contra el invasor: de ese material estaban hechos los dirigentes políticos de entonces. Sírvanse comparar esa actitud con la de los vergajos que ahora andan rogándole a «la planta insolente» que venga a cañonear y a apoderarse de todo esto.

No era un imperio el que nos atacaba; eran varios países con vocación y prácticas imperialistas. Por ahí cerca, observando la cosa con más hambre que curiosidad, Estados Unidos hacía como que no le importaba mucho el ajetreo, pero en realidad esperaba el momento adecuado para entrar en acción.

Alemania le gritó en la cara a Roosevelt que se metiera su Doctrina Monroe en las fétidas profundidades de su infecto yeyuno íleon, y Estados Unidos aceptó: nada le costaba hacer una excepción a esa ley que tan duro grita que América es de los norteamericanos, y dejar que las Europas vinieran a mearse en su patio trasero (además eran muchos países, la pinga) y, así de paso, las observaba desde cerca para luego sacudíselas por otros métodos.

Estados Unidos asumió el rol de mediador y en tal carácter logró que Venezuela se comprometiera a pagarles la deuda a los países europeos. Forcejeo hubo; la suma que las potencias europeas le reclamaban a Venezuela superaba los 352 millones de bolívares (sí, antes los asuntos venezolanos se negociaban en bolívares) más intereses e «indemnizaciones de guerra» (a Castro le exigían que les pagara a los invasores los barquitos que Venezuela les había destruido a plomo), y al final el compromiso se redujo a 150 millones.

Así funciona el capitalismo: destruye países y después les exige que paguen por defenderse.

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En 2017 se cumplieron 100 años del inicio formal de la explotación petrolera en Venezuela. En un episodio que es preciso ser muy mojigato o distraído para no asociarlo con un acto de violación o posesión violenta, alguien cogió un tubo y un artefacto de perforación, penetró la tierra en un pozo llamado Zumaque I y, a partir de entonces, las transnacionales del petróleo comenzaron a invadirnos con todas la de la ley; el petróleo venezolano empezó a manar a chorros de nuestra tierra y luego de nuestro territorio, rumbo (al principio) a las bóvedas de una transnacional anglo-holandesa, la Royal Dutch-Shell.

La gran rival de ésta en el novísimo negocio petrolero era un monstruo norteamericano que había caído y triunfado alternativamente desde el siglo XIX para imponer su monopolio en Estados Unidos: la Standard Oil, patrimonio de la familia Rockefeller, emblema del capitalismo salvaje en la era industrial.

Claro que antes de aquel año 17 habían ocurrido «cosas», detalles, movimientos de ajedrez del naciente imperialismo apuntalado por corporaciones y empresas, y otros movimientos bastante menos delicados. Luego del bloqueo, Estados Unidos tomó la iniciativa y jugó unilateralmente y un poco más sucio que violento: sedujo a un lugarteniente y queridísimo compadre de Castro, uno llamado Juan Vicente Gómez, y cuando el presidente se fue a Europa a tratarse de un problema de salud, Gómez fue convencido de que se pusiera a la cabeza del gobierno de Venezuela.

Estados Unidos no solo le reconoce la investidura: se convierte en su protector para que a ninguna nación se le ocurra desconocerlo, y para que al presidente derrocado, Cipriano Castro, no se le ocurra regresar a Venezuela a reclamar ni la presidencia ni ninguna otra cosa.

No solo Estados Unidos se convierte en su protector, sino que con el tiempo «ayuda» al gobierno de Gómez a redactar las leyes de hidrocarburos de Venezuela. A la hora de cobrarle a Gómez todos los favores, comenzó el territorio venezolano a llenarse de concesionarios y empresas norteamericanas explotadoras del subsuelo.

Los años en que Castro cae en desgracia y es derrocado (1908-1909) conforman el momento en que las oligarquías venezolanas tocaron fondo éticamente; la palabra y el concepto «vendepatria» revelan aquí su clarísimo sentido.

Sucede que el origen de muchas fortunas venezolanas consistió o tuvo su base en el simple y monstruoso trámite de «prestar» el nombre para entregarle millones de hectáreas de suelo venezolano a empresas europeas (primero) y norteamericanas: usted firmaba un papel en el que el Estado venezolano le cedía en concesión para explotar petróleo varios centenares o miles de hectáreas en el estado Monagas, durante 40 años.

Pocos días después de recibir esa concesión, usted se la «traspasa» a la Royal Dutch-Shell; el consorcio europeo se queda con el negocio y usted se lleva a su casa una gigantesca regalía, con el solo acto de «demostrar» con su firma que el Estado venezolano no estaba entregando su territorio a una potencia extranjera sino cediéndole la concesión a un venezolano (que éste se la cediera luego a Holanda e Inglaterra, pues es su derecho).

Una década debió esperar el clan norteamericano Rockefeller para superar y apartar a la Royal y a todo competidor, mediante este mismo y otros procedimientos de depredación imperial, y apropiarse de la riqueza petrolera venezolana.

En 1917 (estertores de la Primera Guerra Mundial) se produce el momento simbólico del Zumaque I y, de pronto, en 1920, el ministro venezolano de Fomento, Gumersindo Torres, refrenda la primera Ley de Hidrocarburos del país. El embajador norteamericano, un sujeto de apellido McGoodwin, consiguió mediante un lobby directo con Juan Vicente Gómez convencerlo de que esa ley era desventajosa para Estados Unidos y por ello debía ser modificada.

El buen Gumersindo fue despedido de su cargo y la ley sufrió modificaciones en 1921 y en varios años posteriores, redactadas directamente por «asesores» norteamericanos, y por lo tanto siempre adecuadas a las necesidades y exigencias de los protectores del autoproclamado, Juan Vicente Gómez.

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Es también un buen (o mal) momento para traer al recuerdo cierto episodio postgomecista.

Antes del fin de su mandato como presidente, previsto para 1946, Medina Angarita realizó algunas jugadas destinadas a preservar algo parecido a la paz en Venezuela, y también algo de su poder y su influencia en los manejos del país.

El año 1945 era de honda intranquilidad; llámase «intranquilidad» a esa cosa que se respira en el ambiente cuando dos o más grupos aspiran al poder, y no sólo lo aspiran sino que se creen dueños de él, y entonces son capaces de atraparlo o defenderlo con sangre si es necesario (con la sangre de los demás, se entiende).

Los más sedientos en esa carrera por el poder eran los adecos y los militares gomecistas. Medina, quien a pesar de ser militar sabía que el tiempo histórico estaba en una frontera detrás de la cual había que darle chance a los civiles, se oponía a que López Contreras lanzara su candidatura a la presidencia. Vino entonces López Contreras y lanzó su candidatura, por sus cojones, y Venezuela se llenó de un ruido de sables.

Cuando todo indicaba que iba a haber problemas para terminar de meter a Venezuela dentro de una cosa desconocida hasta entonces, llamada «democracia», Medina Angarita asomó el nombre de un candidato fuera de lo común.

Había sido ministro de López Contreras y embajador plenipotenciario ante Inglaterra, había fundado y dirigido un periódico (El Nuevo Diario) y era, en general, un diplomático influyente en el ambiente enrarecido de la guerra. Cuando lo postuló, en agosto de 1945, se desempeñaba como embajador de Venezuela en Estados Unidos, y era amigo muy cercano del presidente Harry Truman.

Su prestigio en el país era sobrecogedor. Aplastante, porque en aquella Venezuela la gente común y también los personajes públicos se quitaban el sombrero ante un sujeto que hablara otros idiomas y que fuera conocido y respetado en el mundo. Bastó que Diógenes Escalante fuera anunciado como candidato del Partido Democrático Venezolano para que todo el país se volcara en aplausos detrás de él, y esto incluía a los partidos de oposición.

Esto solo volvió a ocurrir en Venezuela medio siglo después con un caballero que fue secretario privado suyo por unos días, el periodista Ramón J. Velásquez.

Diógenes Escalante era un personaje de conciliación nacional, el elegido, el presidente que todos querían; alguien tan increíblemente potable que era querido por los adecos, los comunistas, los militares y los intelectuales del patio, y de paso era el consentido de Harry Truman, el presidente de Estados Unidos. Truman estaba más feliz que Medina Angarita: que el tipo con quien te tomas los tragos esté a punto de administrarte el pozo de petróleo durante unos años, sin forzar la situación, no tiene precio.

Ramón J. Velásquez le hizo una breve entrevista a Escalante cuando éste llegó al país a encargarse de este negocio, y la prensa nacional reprodujo esa entrevista en miles y miles de ejemplares que la gente leía y comentaba en todas partes como si se tratara de la radionovela del momento. Fue tal el impacto de ese documento que Escalante mandó a buscar al joven periodista Ramón Jota y le pidió que fuera su secretario personal. Velásquez aceptó, y al día siguiente comenzó a trabajar con Escalante. Ambos eran paisanos, nativos del estado Táchira, y allí se estableció una relación muy cordial de hermandad.

Un día de septiembre estaba prevista una reunión de Escalante con el presidente Medina Angarita en Miraflores, el palacio de gobierno. Un poco extrañados porque el candidato no llegaba, el ministro del Interior, Arturo Uslar Pietri, llamó para el despacho de Escalante. Uslar le dijo que lo estaban esperando en el palacio presidencial y Escalante le dio una primicia: «Han desaparecido mis pañuelos. No puedo salir de aquí sin mis pañuelos. Son miles de pañuelos». Cortada la llamada, hubo una nueva llamada de Uslar; atendió el secretario, Ramón Jota. Uslar le preguntó:

-Velásquez, ¿qué es lo que ocurre con el embajador Escalante?

-Dice que no puede asistir a la reunión porque se le han perdido sus pañuelos.

-¿Y usted qué dice de eso?

Hubo una pausa. Ramón Jota estaba en la obligación de decir la verdad, pero también sentía la obligación de serle leal a su paisano, que seguía siendo su jefe. Respondió:

-Yo digo que eso es lo que dice el doctor Escalante.

Una junta médica se reunió de emergencia para hacerle una evaluación al excelentísimo señor embajador. Mientras el examen tenía lugar, afuera del recinto esperaban militares, políticos de todas las tendencias, personalidades varias.

Fue el doctor Enrique Tejera quien salió y les informó a los señores presentes: «El doctor Escalante padece de una dolencia cerebral degenerativa, irreversible».

Las expresiones de admiración que horas antes toda Venezuela le prodigaba cedieron paso a un dictamen brutal que corrió también de boca en boca: «Se volvió loco el doctor Escalante».

El presidente de Estados Unidos (el amo) mandó un avión de la Fuerza Aérea norteamericana a buscar a su amigo caído en desgracia. Unos días atrás, al llegar a Venezuela, había en el aeropuerto una multitud, miles de personas esperándolo, altas personalidades pendientes de aparecer en las fotografías con el virtual presidente.

En la despedida apenas había una docena de personas, sólo familiares y amigos muy cercanos. Uno de ellos era Ramón J. Velásquez, quien reveló que Escalante le dirigió estas palabras antes de subir al avión, en un chispazo de lucidez: «Lo siento mucho. Todo llegó demasiado tarde».

Venezuela se quedó sin candidato de unidad (y también Estados Unidos); los adecos y una facción de militares derrocaron a los pocos días a Isaías Medina Angarita. Pero militares facciosos y adecos entrarían también en el carril norteamericano, y la entrega de Venezuela continuó, desaforada, durante del resto del siglo XX.

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