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El «Loop»: Cómo un evento estremecedor siempre viene al rescate del fracaso golpista

Escrito por Debate Plural

Mision Verdad (2-7-19)

 

En menos de cinco días, el ciclo noticioso venezolano ha vuelto a dar un viraje dramático, pero en lo absoluto fortuito. Para el proceso golpista marca Guaidó, que ya alcanza un semestre sin alcanzar objetivos políticos sustanciales, las cosas iban mal, muy mal.

Como si la falta de consistencia ya no hubieran hecho suficiente mella sobre las acciones del gobierno paralelo sobre su propia gente, una dramática secuencia de escándalos de corrupción (Cúcuta, Citgo) apuntaron contra ángulos críticos del andamiaje parainstitucional con el cual la agenda de la Administración Trump contra Venezuela pretendía alcanzar el cambio de régimen.

Las revelaciones de la megatrama golpista, la Operación Vuelvan Caras, ampliaban la razón violenta y criminal que, complementándose con las chapuzas políticas y los distintos puntos de malversación, consolidaban una imagen fallida que sin un shock al sistema nervioso seguiría en picada: el rostro público era ya difícil de reparar, en una serie de maniobras donde la óptica era esencial.

GEOPOLÍTICA DE LA NORMALIZACIÓN

La visita, la semana pasada, de la Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Michelle Bachelet, manejaba un lenguaje político claro: reuniones con todas las expresiones políticas posibles, pero con una clara jerarquización:

  • uno es el gobierno reconocido por la ONU (el de Nicolás Maduro);
  • Juan Guaidó fue abordado desde la única investidura «legítima» que ostentaba: la de presidente de la Asamblea Nacional, independientemente del cuadro de desacato, y;
  • ONG y demás asociaciones de derechos humanos a ambos lados del espectro político nacional.

La retirada de las delegaciones uruguaya, boliviana, mexicana y nicaragüense de la Cumbre de la OEA en Medellín en protesta por la presencia de actores politicos del «interinato» Guaidó acentuaba la fisura de la desventurada maniobra y la normalización ayer, 1º de julio, de las relaciones del gobierno venezolano y Alemania (como remolque político del resto de la Unión Europea) atentó contra el intento de cerco diplomático que se venía levantando desde principios de año contra Venezuela.

El fracaso de la azonada del 30 de abril (que resultó ser el costoso golpe privado de Leopoldo López) ya era una mácula insuperable, que dio pie a las demás señales de colapso que fueron expresándose a lo largo de mayo y junio.

Las filtraciones del secretario de Estado Mike Pompeo criticando severamente a la oposición venezolana ya señalaban un viraje en la agenda que volvía a necesitar del peso internacional en desmedro de los actores «nacionales». Las conversaciones en Oslo (todavía aprobado por los países europeos) eran la expresión dialéctica de ese punto de fuga hacia el desastre general: el peor escenario posible para el cuarteto Pence-Pompeo-Bolton-Rubio.

La ansiedad político-social se extiende desde los seguidores del cambio de régimen, drástico y traumático, a los cuadros decisores; de abajo hacia arriba. «Tenemos que pelear contra la desmovilización y contra la desesperanza”, declara Yon Goicoechea en un análisis de Reuters titulado «‘Estoy decepcionado’: venezolanos comienzan a perder la paciencia con Guaidó».

La severidad del análisis de Reuters (que concluye citando el erosionamiento de la popularidad de Guaidó) pudiera confirmar el recambio de casting que venía destacando a Manuel Christopher Figuera y a Iván Simonóvis, en ambos casos acompañados de su respectivo paquete promocional: el primero como «testigo estrella» para certificar la especie de la Empresa Criminal Conjunta Bolivariana, el segundo como la «súper víctima», y sin lugar a dudas un liderazgo más competente que el infeliz Guaidó haciendo aguas.

Pero lo expuesto por el ministro venezolano de Comunicaciones hace casi una semana también atentó contra la creación/glorificación de ambos personajes: de héroes a una vulgar transacción monetaria. Del 30 de abril al 26 de junio es fácil suponer una «quema» de fuentes e infiltraciones largamente cultivadas dentro del estamento militar, que ejecutarían las acciones a las que luego se le conferiría el contenido político necesario, pero que terminaron en el descalabro general.

Algo había que hacer. Un «control de daños» in extremis. Un giro de 180 grados sobre la atención.

¿QUIÉN «GANA» CON EL CASO ACOSTA ARÉVALO Y LOS EXCESOS POLICIALES EN TÁCHIRA?

El encadenamiento de dos episodios trágicos fueron suficientes para ocupar todo el espacio y llenar el vacío político que venía produciendo esta etapa (torpe, errática e incierta) del proceso golpista.

La muerte en custodia de la Dirección General de Contrainteligencia Militar (DGCIM) del capitán retirado de la Armada y complotado en la Operación Vuelvan Caras, Rafael Acosta Arévalo, y los perdigonazos en la cara contra Rufo Chacón (16 años) por parte de efectivos de Politáchira en una protesta en Táriba, que lo llevaron a perder la visión de ambos ojos, han sido los dos detonantes que ahora ocupan todo el espectro.

Dos eventos que al día de hoy reorganizan la emisión de los discursos políticos y producen un centro de atención exclusivo sobre el escenario movible. Poco importa que una vez más el sistema de justicia venezolano haya atendido con una celeridad inexistente en el resto del continente ambas trasgresiones contra los derechos humanos.

Menos aún que nos encontrábamos en la antesala de una serie de investigaciones y juicios en torno a lo que, tal vez, se trate de la trama golpista que menos ocultó su carácter sanguinario, o el apoyo abierto de tantos actores políticos.

En este momento vuelve a operar un loop que no le es ajeno al público venezolano o a cualquiera con un mínimo de capacidad de observación: el patrón de enrarecimiento político por la vía violenta, en un momento en el que la propia inoperancia del binomio EEUU/Liderazgo opositor se encuentra en desbandada política, o al borde de que las facciones moderadas del espectro alcancen cualquier acuerdo o principio de normalización política con el Gobierno Bolivariano.

El año 2018 cuenta con dos momentos de alta movilidad política con las que establecer claros paralelos, tanto en el telón de fondo como en el «procedimiento» empleado. Siempre en la misma zona difusa.

Cuando Óscar Pérez fue dado de baja, comenzando el año político con una MUD demoliéndose (y las jornadas de diálogo en República Dominicana); y el caso Fernando Albán, que coincidió con la visita del senador Bob Corker, presidente para ese momento del Comité de Relaciones Exteriores del Senado con el que un canal de diálogo todavía no robustecido del todo se estaba abriendo.

Detrás de ambos episodios, tal como hoy en día, eran varios los eventos políticos en desarrollo que en gran medida fueron paralizados luego de los efectos inmediatos que produjeron las respectivas campañas informativas y sus consecuencias sobre la actuación en la dinámica de los factores.

Hoy en día atestiguamos el mismo acto reflejo: el caso Arévalo habilitó una salida de emergencia para el muy atacado proceso de diálogo en Oslo, que para el 2 de julio iba a contar con una nueva ronda auspiciada por el país escandinavo, en la isla de Barbados.

El Instituto Idea (Iniciativa Democrática de España y las Américas), organización paraguas de los ex presidentes activistas contra Venezuela, emite una «declaración de alerta» en donde destacan que «el pueblo venezolano» y  sus «dirigentes legítimos» secuestrados «en una situación que les imposibilita lograr, por sí mismos, el cese y desmantelamiento de la satrapía que los oprime y menos -como lo creen algunos y en un contrasentido- esperar que bajo el influjo ésta se puede corregir (sic) dicho cuadro de violaciones generalizadas y sistemáticas de derechos humanos o ejercer libremente, por dicho pueblo, la experiencia de la democracia, cuya columna vertebral es, justamente, el respeto y la garantía de tales derechos».

Merece recordar que el «Instituto» es mencionado por Antonio Rivero, alias Peregrino en uno de los videos de la Operación Vuelvan Caras, asegurando que mediante «el doctor Asdrúbal Aguiar» existía la disposición de reconocer al «gobierno» que emergiera de la azonada.

Posición que resume, una y la misma, la de las facciones que velada o abiertamente siguen llamando por el aumento de la intensidad en la intervención directa o la opción militar que el paraestado de Guaidó ni siquiera ha logrado cristalizar en sus pasos formales en los Estados Unidos.

Donald Trump podrá ostentar tener «cinco estrategias» para lidiar con Venezuela, pero esto es falso, puesto que ni siquiera dependen de él o de sus vaivenes, en un gabinete que por todos lados lo supera y aventaja en las formas de actuar y los deseos que se concentran fuera de su silla presidencial.

En otro episodio de post-verdad, al igual que la admisión del magnicidio contra el presidente Maduro en agosto del año pasado o sobre la responsabilidad de quiénes quemaron la «ayuda humanitaria» en la frontera colombo-venezolana, en un futuro no lejano podrá emerger que en la zona gris entre la información cerrada y abierta de un aparato de seguridad (y de una nación en general) bajo acoso y derribo, alguna mano operativa marca CIA, se apostó por la muerte para suspender el rumbo hacia cualquier resquicio de normalización y normalidad.

Damas y caballeros, abróchense los cinturones.

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