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Albin Lesky teologiza a Eurípides

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Escrito por Debate Plural

Diogenes Cespedes (Hoy, 4-5-13)

 

El pensador y crítico teatral Albin Lesky (1896-1981) realiza, como creyente en Dios, un esfuerzo extraordinario para teologizar la vida y, peor aún, las obras de Eurípides a través de un proceso que llamo ideologización en vez de creación de conocimiento nuevo consistente en analizar las obras del trágico griego hasta el máximo de sus límites semánticos.

¿Lo logra? En parte, en cuanto a la vida, pues la ideología del autor no es quizá la de las obras, dice Meschonnic. En este punto he disentido de Meschonnic. He afirmado que la ideología del autor no es la de la obra. ¿Por qué? Porque si son igual, la obra no es valor, sino ideología, correspondencia exacta entre la falta de transformación de la escritura y la biografía del sujeto que la produce. O sea, que no hay homogeneidad entre el decir-hacer-escribir. Entonces el “quizá” de Meschonnic, aunque abierto a la duda, clausura la aspiración a la existencia de esa homogeneidad, que es la calidad, valor o excelencia de un sujeto biográfico.

Reconozco que esa aspiración, casi un ideal, se da en pocos seres humanos, pero es factible lograrla. En cuanto a la obra, ella puede ser valor-ritmo que orienta la política del sentido en contra del Poder, sus instancias y las ideologías de época, sin que su autor haya logrado semejante excelencia. ¿Por qué es difícil alcanzar esta homogeneidad entre autor y obra? Porque en la reproducción de la vida material, el autor se encuentra con fuerzas incontrastables que muchas veces no puede controlar, como son los poderes del sistema social, lo económico, la familia, las ideologías que le han inculcado los padres, el entorno, las creencias religiosas, etc. Todo eso es un peso muerto muy grande al que muchas veces, el autor, lúcido, combate en sus obras, pero se pliega o se vuelve indiferente, agnóstico o ateo ante la realidad que ahoga o trata de coartar su libertad. O si no, el autor se pliega al consenso, sinónimo de la dominación social, y convive con los fastos del poder. Eso deja grandes beneficios, pero mediatiza el valor de las obras.

En el caso de Eurípides, aunque él creyera en los mismos dioses que sus coetáneos, los protagonistas de sus dramas mayores simbolizan a seres humanos que son los únicos responsables de sus acciones, y no los dioses, como, al contrario, se constata en los dramaturgos anteriores: Esquilo y Sófocles.

Este proceso dramático en Eurípides no es ideología, sino apertura a un conocimiento nuevo que transforma lo anteriormente realizado y permite que los lectores y quienes asistían a la escenificación de esas obras fueran sujetos gracias a otros sujetos que encarnaban su propio “destino” en las obras.

Al teoligazar a Eurípides, Lesky realiza un esfuerzo por imprimir su propia ideología teísta a obras que no la tienen, lo cual es una impostura cuyo efecto político es reproducir las creencias religiosas que recibió en la infancia y en su entorno y de las cuales no ha podido desembarazarse en su oficio de escritor y crítico. Esta conducta suya envía un mensaje a los poderes políticos y culturales de la sociedad donde vive: “Yo soy uno de ustedes, ténganme en cuenta”, suplica implícitamente su discurso.

¿Por qué las religiones son falsas? Porque son creencias. Toda creencia es falsa porque es una afirmación sin prueba. Ante la creencia, la fe. Pero con la fe no se demuestra nada, ni en ciencia ni en humanidades ni en la vida práctica. Ese era el alcance de las frases de Protágoras y Critias, más radical, pues define la religión como un invento de los políticos para agenciarse la obediencia de los seres humanos a las leyes dictadas por ellos.

La fe es una tautología. Creo porque tengo fe y tengo fe porque creo. El problema político de la fe radica en que, al ser creencia, cree poseer la verdad y viceversa. La política de la fe es el poder, al ser verdad-unidad-totalidad. Cuando esa fe es sagrada, como en el caso de las religiones, entonces su poder es incontrastable y violento y produce el Santo Oficio o Inquisición.

Diría que la decepción de los griegos fue la subida al monte Olimpo en busca de los dioses. No los encontraron. Toda decepción religiosa consiste en llegar a la lucidez de que las creencias son afirmaciones imposibles de probar y que la fe es el último reducto de los ingenuos o de los cínicos, pues estos últimos saben que ni los católicos pueden demostrar la existencia de Dios ni los ateos su inexistencia. Pero los ateos tienen la ventaja de que los creyentes son los que tienen que demostrar la existencia de Dios. Y los ateos esperan sentados.

Por eso el enfrentamiento entre Cortés y Moctezuma narrado por Bernal Díaz del Castillo no era entre dos religiones, sino una lucha política y económica a muerte entre dos imperios. Esto se demuestra fácilmente porque el enfrentamiento religioso se produce entre ídolos de piedra e imágenes de la Virgen. Los españoles, en contra de los dioses aztecas de la guerra y el infierno, Huiztilopochpotli y Tezcatlipoca, blanden la imagen de la Virgen. Los enfrentados dicen que sus representaciones son los verdaderos dioses. Curioso paganismo el del cristianismo que acosado por los incrédulos del vasto Imperio Romano se vio obligado a usar los mismos ídolos de piedra, pintados o esculpidos en madera y en postalitas después de la invención de la imprenta. Nada más pagano que esa invención griega del Padre, del Hijo, de la Virgen y del Espíritu Santo. Para un azteca como Moctezuma o Cuauhtémoc, sus dioses eran tan verdaderos como los de Cortés y el padre Olmedo, porque eran creencias sustentadas por el poder político y económico de dos grandes imperios.

La misma impostura de Moisés a quien Dios supuestamente le habló en el Sinaí, es el mismo embaucamiento del sumo sacerdote del tempo mayor, posiblemente Cuitláhuac antes de ocupar el puesto de “tlatoani” luego de la muerte de Moctezuma. A este Cuitláhuac era a quien el Huichilobos, fonéticamente mal escuchado por Bernal, le hablaba también al Moisés azteca prometiéndole victoria y muerte de los españoles, al igual que la Virgen y  Jesucristo le prometían lo mismo a Cortés y su pequeño ejército.

Traigo a colación este episodio de los dos imperios enfrentados porque es un acontecimiento reciente  para que se vea el funcionamiento de las creencias, camufladas de luchas religiosas, en la destrucción y muerte de los imperios por fuerzas superiores a estos cuando los enemigos tienen armas, gérmenes y acero, bombas atómicas, armas químicas, sistemas ideológicos, técnicas de propaganda y guerra sicológica superiores a las del adversario. 500 años es un soplo en comparación con los 25.000 de historia documentada del ser humano en la tierra.

Esta superioridad tecnológica lo decide todo. No hay necesidad de hablar con los dioses, como lo hicieron Moisés, los faraones y todos los sacerdotes de la Antigüedad más remota. En la época moderna del Internet, redes sociales,  cibermundo y ciberespacio basta con que el cascarón de las creencias sin prueba siga funcionando a pleno pulmón para que los imperios actuales continúen dominando, como lo hizo el de Cortés durante más de 400 años.

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