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A seis años de la muerte de Franklin Franco (1936-2013)

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Escrito por Debate Plural

Tony Raful (Listin, 18-6-13)

Jorge Luis Borges describe la despedida de Pedro Henríquez Ureña, en una esquina de la calle Santa Fe o de la calle Córdoba de Buenos Aires, días antes de morir, cuando al encontrarse con un selecto grupo de amigos, entre ellos el propio Borges, el humanista dominicano, recitó los versos aquellos de la Epístola Moral: “¿Sin la templanza viste tú perfecta alguna cosa?/ ¡Oh muerte, ven callada como sueles venir en la saeta!” El escritor argentino dijo que al volver a su casa recordó, que morir sin agonía es una de las felicidades que la sombra de Tiresias promete a Ulises, en el undécimo libro de la Odisea, pero que no pudo decírselo a Pedro, porque a los pocos días murió bruscamente en un tren, como si alguien, el “Otro”, hubiera estado aquella noche escuchándolo.

¿Es la muerte el azar? ¿Quién sabe el día que morirá? Ni siquiera los enfermos terminales saben con exactitud el día, la hora y el minuto que expirarán. La aventura existencial concluye definitivamente, y todo es como empezar de nuevo. ¿Quién sabe de qué habla y qué advierte en sus palabras, cuando hablando de la muerte, ésta se avecina con pasos agigantados para prorrumpir en el núcleo vital de uno de los intelectuales dominicanos más lúcidos de nuestra historia? Apenas días antes de morir, sostuve una conversación inusual con el doctor Franklin Franco Pichardo. Ya habíamos sostenido un diálogo sobre la tesis del azar como categoría histórica. Ya él me había presentado en una disertación sobre el tema, asegurando algún punto de vista crítico y convencido de la necesidad de profundizar el debate en la búsqueda de la verdad histórica.

En plena conmemoración de la fecha gloriosa del 14 de junio de 1959, discutimos sobre si la muerte no era también el azar, lo imponderable, el instante impredecible de la parca, el insondable destino de la vida individual, los asideros filosóficos especulativos, las creencias metafísicas, la implacable dialéctica de la transformación de la materia. Franklin era excepcionalmente honrado, investigador, acucioso, militante de sus ideas, consecuente con sus principios. Había en él un referente ideológico que sustentaba niveles de tolerancia en la confrontación teórica, sin sujetarse de manera definitiva a una verdad coagulada o estanca. Sin perjuicios conceptuales, Franklin dejaba fluir a la luz de los nuevos aportes investigativos, de los cambios y modificaciones sociales y estructurales, la diversidad del pensamiento, los reordenamientos epocales, los hallazgos epistemológicos que enriquecían las perspectivas de las luchas sociales.

Era un pensador de luces, preocupado por la educación y formación de los estudiantes dominicanos en materia histórica. Entregó su vida en los últimos años a esa labor y había emprendido tareas que fortalecían esa alta misión histórica. Franklin estuvo en los campamentos guerrilleros del 14 de Junio de 1959, en Cuba, como exilado antitrujillista, y estaba supuesto a desembarcar en las costas dominicanas, cuando, como consecuencia del fracaso militar de Constanza, Maimón y Estero Hondo (victoria pírrica de la dictadura), se hubo de suspender el envío de los combatientes que aguardaban para fortalecer y consolidar la batalla contra el tirano. Su ensayo “Clases, crisis y comandos”, que obtuvo el codiciado primer premio de Casa de las Américas, en Cuba, constituyó el más elocuente, fresco y riguroso a la vez, estudio sociológico de las causas sociales, económicas y políticas que produjeron la Guerra de Abril de 1965.

Uno no supone que un amigo muera así tan sencillamente, como habría dicho el poeta René del Risco. Morir súbitamente, sin consulta ni agonía. Morir sin saber que se va a morir, un minuto antes de morir, sin presentimientos, sin notificación ni desgaste, morir para siempre “como todos los muertos de la tierra”. Y haber hablado con ese amigo horas antes, y haber conversado sobre la muerte y el azar, con un pie en el estribo de lo improbable, de lo impredecible. ¿No es la muerte el azar? ¿No es la vida el azar? ¿Quién juega con nosotros al escondido? ¿Y es que morir calladamente es una concesión o aquiescencia divina a pobres mortales de la luz enamorados? ¿O es que acaso tiene tino y cautela, Jorge Manrique, en Coplas a la muerte de su padre, cuando dijo: “que querer hombre vivir/ cuando Dios quiere que muera/ es locura?

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