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Max Henríquez Ureña: Evocación de José Reyes y Emilio Prud’Homme (2)

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Escrito por Debate Plural

(25-3-17)

 

La Carta pública a Emilio Prud’Homme que le envía Max Henríquez Ureña a su “maestro y amigo” es un texto aclaratorio, crítico y memorial que parte de la tradición musical y literaria dominicana de raíz épica-olírica. Dicho escrito crítico toca el punto relativo a la calidad musical del Himno Nacional Dominicano “aceptado por el sentimiento popular y sancionado por resoluciones oficiales”, según anota MHU.

Nuestro intelectual critica un primer himno dominicano escrito por Félix María del Monte y cuya música escribiera Juan Bautista Alfonseca.  La misma, según muestra MHU, no cumple con los requisitos composicionales de un himno que pueda sustituir en letra y música al de los maestros Emilio Prud’Homme y José Reyes.  Como crítico y musicólogo MHU señala al respecto lo siguiente:

“Que Alfonseca fuera un buen patriota no quiere decir, empero, que fuera un buen músico.  De mucho tiempo que conozco ese himno, que aprendí cuando era niño, pues esa melodía vibraba a menudo en el recinto solariego que es patrimonio de la familia de Nicolás Ureña, el cual fue amigo íntimo de DelMonte.  Pero hay más: en mi mocedad, cuando era estudiante de música, compuse una fantasía para piano, en forma de variaciones, sobre ese himno, y la ejecuté en una de las veladas musicales que celebraba el Club Unión en 1900.  Me animaba el deseo de contribuir a  que no se olvidara esa obra que, con ser defectuosa, se halla ligada, de manera tan estrecha, al nacimiento de la República”. (Ibídem. p. 216)

La reflexión crítica presentada desde esta Carta pública, señala algunos aspectos informativos y comparativos que dan cuenta del valor de la música de José Reyes sobre la base de las letras del Himno Nacional de la República Dominicana de Emilio Prud’Homme:

“Pero una cosa es que las nuevas generaciones tengan presente esa composición, como un documento interesante de la epopeya de la libertad, y otra cosa es que se pretenda resucitarla después de olvidada, para darle el puesto que de pleno derecho corresponde a la soberbia inspiración de Reyes.  Si el pueblo dominicano olvidó el himno de Alfonseca, debemos ver en él, con exactitud, sus anhelos y sus sentimientos.  No sucede lo mismo con la obra de Reyes, aprendida y cantada por todos los dominicanos, hasta el punto de que si otro himno fuera impuesto por resolución oficial, el Himno de José Reyes seguirá siendo, por la voluntad y la predicación popular, el Himno Nacional Dominicano.  (Ibídem.)

La crítica de Max va dirigida a la polémica que surgió a comienzos de siglo XX sobre cuál debe ser la música y la letra de nuestro Himno Nacional y que cierto grupo de ciudadanos “pundonorosos” y notables han querido levantar en nuestro contexto (¡Incluso en el actual momento!), sobre aspectos léxico-semánticos del Himno aprobado oficialmente para ser interpretado, cantado y asumido por el pueblo dominicano.

La discusión histórica y epocal puede plantear revisiones y ya desde la primera década del siglo XX hubo dudas en algunos eruditos dominicanos al respecto.  Max destaca, por aquel tiempo que errores elementales que discute como musicólogo y forma argumental en este sentido:

“El primer error elemental: el himno de referencia, cuya primera parte está compuesta en el tono de mi bemol menor (con seis bemoles, por ser tono relativo de sol bemol mayor), se halla escrito, de principio a fin, con dos bemoles solamente, o sea en si bemol mayor, tonalidad que tampoco corresponde a la segunda parte, que requiere la de mi bemol mayor, esto es, con tres bemoles, pero nunca con dos, que es lo que aparece escrito.

Si se toca el himno a piano, tal como aparece escrito por su autor, se verá que la mayor parte de las veces que aparecen las notas sol, la y do, necesitan la indicación de que son bemoles”. (Ibid.)

MHU enfatiza el hecho de que:

“Al llegar a la medida ocho, donde termina la introducción, si se intenta formar el acorde tonal completo, para cerrar, se apreciará sin dificultad que el indicado es el de mi bemol menor.  En consecuencia, el pentagrama debía tener al comienzo seis bemoles, en vez de dos, que es lo (que) aparece escrito.  El autor no sabía en qué tono estaba escribiendo”. (Ibídem. pp. 216-217)

A seguidas, destaca MHU el segundo error en cuanto a nota, tono, alteración y rasgos suprasegmentales:

“Segundo error elemental: como consecuencia de estar equivocado el tono, hay muchas notas que están mal escritas, pues no tienen indicada la alteración que necesitan: en la medida 10 hay un sol que debe ser bemol, de igual suerte que en la 13. En la medida 16, donde el tono debe cambiar a mi bemol mayor, hay también un la natural que debe ser bemol; lo mismo ocurre en las medidas 21, 22, 23, 24, 27 y de la 33 a la 37, que es la penúltima de la copia aludida.  Las medidas 32 y 34 se encuentran en dicha copia, rigurosamente autógrafa, torpemente subdivididas, como si cada una fuera dos medidas en vez de una”. (Ibídem.)

En efecto, MHU señala que los errores destacados en el himno de Juan Bautista Alfonseca se deben a la “falta de preparación técnica del compositor”.  Nuestro crítico, musicólogo, historiador y poeta puntualiza que “a estos errores de técnica elemental se unen otros más graves, si nos elevamos a la estructura general, al desarrollo, a la composición ideal, que es muy pobre, por notorio desconocimiento de los resortes armónicos.  El himno comienza en tono menor, rompe el canto en un Coro con sello de marcha fúnebre, y en la segunda parte, o sea la que corresponde a las estrofas, se comprende que el autor quiere seguir, en lo que toca al ritmo, el Himno de Riego, sin lograr elevarse por encima de la vulgaridad. ¡Y qué infantilismo en el arte de modular! ¡Qué combinaciones de armonía tan pobres las del acompañamiento!”(Ibídem.)

Al discutir, analizar y arrojar datos sobre la música del Himno de Juan Bautista Alfonseca, Max le responde a los intereses de quienes pretendían sutituir el himno de José Reyes con letra del poeta Emilio Prud’Homme por el de Juan Bautista Alfonseca con letra de Félix María Del Monte.

Nuestro crítico y versátil musicólogo se pregunta:

“¿Es con ese himno con el que se pretende sustituir al de Reyes, después que de todos los ámbitos del mundo han llovido cele-bra-ciones (sic) para la obra de este último, reputándolo un bello arranque lírico lleno de majestad y de fuego?  Usted, noble maestro y amigo, ha hecho resaltar en su discurso todo lo que representa el Himno de Reyes para el alma dominicana. Si alguna vez, en instantes de desaliento, he podido dudar de que el pueblo dominicano sepa conservar incólume el sentimiento de la integridad nacional y consienta o tolere ajenas intromisiones, lo único que ha podido confortar mi espíritu es el Himno del Maestro Reyes”.  (Ver pp. 217-218)

El comentario sobre la música entendida y aprehendida como arte, resulta para MHU pertinente a propósito de la afirmación de la música como elevadora del espíritu y la escucha, entendiendo y puntualizando que:

“No andan errados los que afirman que la música, entre todas las Bellas Artes, es la que de manera más evidente puede elevar el nivel moral de los hombres. Mientras el pueblo dominicano sepa estremecerse de emoción al escuchar el Himno de José Reyes podrá afirmarse que en ese pueblo palpita el sentimiento de la nacionalidad y del honor. Aún más: podrá decirse que en ese pueblo se mantiene incólume la aspiración generosa de un ideal de bien”.  (Ibídem. Loc. cit.)

La iniciativa de algunos creadores, intelectuales, entusiastas y supuestos renovadores se deja sentir en cuanto al cambio de letra y música del himno cantado en el país desde su aprobación mediante resolución oficiosa hasta nuestros días. La letra de Emilio Prud’Homme y la música del Himno de José Reyes están siendo amenazadas por iniciativas que desde comienzos de siglo XX y antes, a finales del siglo XIX aparecen como signos y rasgos de mezquindad frente a la creación artística y literaria.

Max culmina su Carta Pública con la siguiente reflexión exegética, intrahistórica y patriótica, acentuando su argumento estético-musical, definicional y visional:

“El ilustre repúblico Francisco Gregorio Billini exclamó un día: “¡Veintisiete de febrero de 1844! ¡Si yo fuera el patriotismo nacional, guardaría tus fiestas para cuando llegaran los tiempos de virtud!”  El Himno de Reyes será el mejor símbolo de la grandeza nacional.  Cuando esos tiempos lleguen.  Ese Himno es lo único que alienta nuestros espíritus para mirar en el porvenir una esperanza de bienestar y  de gloria; es lo único que sobrevive a las grandes catástrofes y a las tremendas equivocaciones del pueblo dominicano; es lo único que flotará, alado y puro, por encima de las ruinas humeantes de la patria, si mañana toca desaparecer a la nacionalidad dominicana”. (Ibídem. op. cit.)

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