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El avance de Netanyahu

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Escrito por Debate Plural

Yonatan Mendel (La Jornada, 19-4-19)

 

Las elecciones israelíes giraron en torno a la cuestión ‘ideologica’ de si Binyamin Netanyahu debería o no ser primer ministro. Otros asuntos menos cruciales – entre ellos la ocupación de Cisjordania, que ha cumplido ya cincuenta años, el asedio de Gaza, que ya dura trece años, el conflicto activo israelí-palestino, el estatus de Jerusalén y los Altos del Golán, la total ausencia de negociaciones con la OLP, la creciente desigualdad de la sociedad israelí, el sistema de salud que se va deteriorando, la crisis de vivienda, y más cosas – todos ellos quedaron en buena medida sin debatir. Por el contrario, el debate se centró en los casos de corrupción contra Netanyahu, incluidas las acusaciones de un acuerdo secreto para adquirir submarinos – que no habían pedido ni necesitaban las fuerzas armadas – de una empresa alemana, en el deseo de sus rivales ‘centristas’ de deshacerse de él y substituirle, y sus contraacusaciones contra sus rivales, a los que atacó por no ser capaces de protegerse para que no les pirateen sus teléfonos móviles, o por ir a ver al psicólogo.

Ni siquiera la nueva alianza Azul y Blanco de antiguos jefes de Estado Mayor fue capaz de derribar a Netanyahu. Benny Gantz, líder del Partido de la Resiliencia de Israel, fue jefe del Estado Mayor entre 2011 y 2015. Dirigió el ataque a Gaza en 2014, que ocasionó la muerte de 2251 palestinos y 74 israelíes. Moshe Ya’alon, líder del Telem, fue jefe del Estado Mayor entre 2002 y 2005, y ministro de Defensa durante el ataque de 2014 a Gaza. Gabi Ashkenazi fue jefe del Estado Mayor entre 2007 y 2011, y dirigió el ataque contra Gaza de diciembre de 2008, que tuvo como consecuencia la muerte de 1417 palestinos y 13 israelíes. Su aliado civil, Yair Lapid, líder del partido de extremo centro Yesh Atid, es un antiguo periodista y presentador de televisión cuyo mantra es FDI-Holocausto-BDS [FDI, Fuerzas de Defensa Israelíes; BDS, boicot, desinversión y sanciones]. Pero todo esto no bastó: en el recuento final, el Likud de Netanyahu consiguió 36 escaños, los jefes de Estado Mayor, 35.

Entre los partidos más pequeños, el bloque orientado hacia Netanyahu (que incluye, de modo nada natural, a los partidos ultraortodoxos, así, como de modo muy natural, a los partidos de la Derecha Unida, la Derecha Sensata, la Derecha Poderosa y la Derecha Nacional-Religiosa) consiguió bastantes escaños entre todos como para darle una mayoría a Netanyahu en la Knesset.

Los partidos ‘centristas’ anti-Netanyahu (no se mencione a la ‘izquierda’) incluyen al laborismo, que se estrelló pasando de 24 escaños a seis, y el Meretz liberal-sionista, que bajó de cinco a cuatro escaños, y apenas rebasó el umbral del 3,25 %.

Entre los partidos árabe-palestinos, la coalición entre el antiguo Partido Comunista Judío-Árabe y el Movimiento Árabe por el Cambio consiguió seis escaños, mientras la coalición entre la Alianza Nacional Democrática y la Lista Árabe Unida, de orientación islámica, se quedaron rozando, con el 3,34 % de los votos, para conseguir cuatro escaños. En conjunto, el número de diputados que representan a los ciudadanos árabe-palestinos de Israel (y a aquellos israelíes judíos que no se ven intimidados por un marco conjunto judío-árabe) cayó de 13 a 10.

Viendo los resultados, se pueden encontrar unas cuantas razones para desesperarse. En primer lugar, la continuada victoria del emperador Netanyahu, que el año que viene romperá la marca histórica de David Ben-Gurion de tiempo en el poder, gracias a la ausencia de genuinas alternativas: no hay ‘centrista’ alguno preparado para retarle en todos los frentes, no sólo los personales, o que crea, si a eso vamos, que existe la necesidad de ello.

En segundo lugar, Netanyahu ha tenido éxito a la hora de deslegitimar a los ciudadanos palestinos de Israel. Mientras esto siga así, no habrá verdadero cambio en la política o la composición de coaliciones israelíes. Expresiones como ‘Derecho internacional’, ‘derechos humanos’, ‘ocupación’, ‘Nakba’, ‘democracia’, ‘igualdad’ y ‘justicia’ están ausentes no solo de la vergonzosa Ley de Nacionalidad Judía, sino del vocabulario político cotidiano.

En tercer lugar, y no sin relación, el siguiente mandato de Netanyahu, se dedicará a sus intentos de eludir el juicio y la cárcel. La primera víctima será el imperio (ya erosionado) de la Ley. La primera tarea del gobierno de coalición consistirá en aprobar leyes que hagan imposible condenarle, aunque eso signifique otorgar inmunidad a cualquiera cuyo nombre de pila empiece por B y cuyo apellido comience por N.

Para añadir mofa a la befa, la victoria de Netanyahu significa lanzar montones de confeti a la Casa Blanca, lo cual – y no es la primera vez – son malas noticias para los intereses profundos y a largo plazo de Israel. El mejor amigo de Netanyahu, Donald Trump, sabe que es ahora el momento de publicitar el ‘Acuerdo del siglo’ entre Israel y Palestina. Parece destinado a tomar en consideración todos los intereses de seguridad de Israel, incluir los deseos anexionistas, pero sin planes para un auténtico Estado palestino, para la paz, la justicia o la esperanza, y no digamos ya la reconciliación o el enfrentarse a las causas subyacentes del conflicto. Dicho de otro modo, exactamente lo que quiere Netanyahu, y exactamente lo contrario de lo que necesita la gente que vive en Israel y en Palestina.

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