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Escalada entre EEUU y Rusia sobre Venezuela: una mirada de fondo (y 2)

Escrito por Debate Plural

William Serafino (Mision Verdad, 28-3-19)

Llegada de militares rusos y el informe Mueller

En el marco de los convenios de cooperación en el ámbito militar con Rusia, 99 efectivos militares y 35 toneladas de equipamiento de la nación euroasiática llegaron al aeropuerto de Maiquetía de Venezuela, en un Antonov An-124 y una aeronave de pasajeros Ilyushin Il-62, ambos de la Fuerza Aérea Rusa, bajo el mando del jefe del Comando Principal de las Fuerzas Terrestres de Rusia, Vasily Tonkoshkurov. 

Esto se dio en medio de quizás del acontecimiento geopolítico más importante de lo que va de año 2019: el fiscal especial Robert Mueller llegó a la conclusiónque Rusia no intervino para alterar a favor de Trump los resultados electorales de las presidenciales de 2016.

Inmediatamente a la llegada de los militares rusos, en medio de la conclusión del informe Mueller que deja sin efecto la rusofobia como arma de política exterior, las alarmas se prendieron en Washington.

Mike Pompeo, John Bolton, Marco Rubio y Mike Pence cuestionaron el hecho y aseguraron que no permanecerían de brazos cruzados. El discurso de la Guerra Fría hizo presencia rápidamente para justificar una mayor presión sobre Venezuela, amparándose en la Doctrina Monroe.

Específicamente el jefe de la diplomacia estadounidense, Mike Pompeo, se comunicó con el canciller ruso, Serguéi Lavrov, a quien le dijo que Rusia debía «cesar su comportamiento destructivo». Horas después de que esto ocurriera, un incendio de grandes proporciones provocado en los transformadores de la hidroeléctrica de Guri, colapsó nuevamente el suministro eléctrico en la mayoría del país.

Mientras tanto, la portavoz del Ministerio de Relaciones Exteriores de Rusia, María Zajárova, dijo que la presencia del personal militar ruso en Venezuela está apegada a la constitución venezolana. A su vez, el jefe de la Comisión de Relaciones Exteriores de la cámara alta del Parlamento ruso, Konstantin Kosachev, criticó que Estados Unidos exigiera la salida de los militares, cuestionando la presencia militar extensiva de Washington en distintas regiones del planeta. 

Más tarde, el presidente Donald Trump junto a Fabiana Rosales, esposa de Juan Guaidó, insistió en el despacho oval que «Rusia tiene que irse» de Venezuela, cerrando el arco de declaraciones de la administración estadounidense que criticaron con agresividad la cooperación militar entre Rusia y Venezuela. También el Grupo de Lima, y los mismos países desde la OEA, se hicieron hizo eco de esta línea argumental, dibujando la situación como una «violación de la soberanía», debido a que la llegada de los militares no fue aprobada por Guaidó, quien también declaró en contra de Rusia. 

Washington vio en esta acción un desafío para la Doctrina Monroe, nuevamente resucitada para justificar el predominio geopolítico de Estados Unidos sobre el continente por encima de China y Rusia, que tras el proceso de globalización de las últimas dos décadas se han insertado como socios con una presencia cada vez más importante.

Y en cierto sentido la palabra desafío cabe en esta ocasión. Estados Unidos insiste en que «todas las opciones están sobre mesa», haciéndole un guiño peligroso a la opción militar, ante lo cual el desembarco de los militares rusos implica una acción de disuasión que no sólo obstaculiza la posibilidad de una intervención militar, sino que va desdibujando a Washington como el único actor geopolítico que puede tener presencia en Latinoamérica. 

Ahora, según Trump, «todas las opciones están sobre la mesa» para que Rusia abandone Venezuela. No olvidar: lo dice el presidente de una poderosa nación con decena de bases militares en el continente que poca seguridad y prosperidad han traído consigo en su larga historia.

Los neoconservadores al mando de la Casa Blanca aprovecharon la situación para incrementar su retórica belicista y para recomponer la narrativa antirusa que fue debilitada por la conclusión del informe Mueller. Sin embargo, intentaron proyectar como una amenaza y un peligro algo que no lo es en ningún sentido: la cooperación militar, financiera y energética de Rusia y Venezuela lleva 10 años en proceso de consolidación, que han dado como resultado que Venezuela cuente con un sistema defensivo, integrado por cañones antiaéreos ZU-23, sistemas de misiles Buk-2M, Pechora-2M y S-300, que dificulta los intentos de agresión militar. 

Evidentemente, detrás del discurso ideológico de la Doctrina Monroe, se encuentra la declaración de propósitos reales de la agenda geopolítica de Washington sobre Venezuela: el cambio de régimen que le permita reconquistar sus inmensos recursos energéticos, logrando frenar su declive a escala global, para lo que es necesario sacar a Rusia como socio petrolero y militar de Venezuela.

Con esto, en su cálculo de política exterior, cerrarían el frente latinoamericano definitivamente, recuperando el equilibrio geopolítico después de la derrota de Siria. Para ellos implicaría concretar una venganza contra los rusos. Revertir su crisis de hegemonía.

En este sentido, la «presencia de Rusia» no sólo fue empleada a nivel narrativo para delimitar el conflicto en su esfera real: la geopolítica. Ahí donde Guaidó poco tiene que ver, hacer u opinar.

La rusofobia, el último motivo: apuntes al cierre

Visto en retrospectiva, tras el fracaso del 23 de febrero el método de la «ayuda humanitaria» como método de intervención quedó debilitado, sobre todo en el gancho narrativo para justificarlo. Un nuevo intento de Estados Unidos por esa vía, cargaría con el peso de la falta de credibilidad tras el reportaje del New York Times, que desveló cómo los mercenarios del antichavismo en Cúcuta quemaron camiones que, además, no llevaban “ayuda humanitaria”.

En esa misma línea, el plan B de atacar por vías indirectas el sistema eléctrico nacional para abrirle paso a una guerra irregular de baja intensidad que lleve al país a un estado de conmoción y anarquía, tampoco resultó efectivo por la capacidad de detección del Estado venezolano.

En este tópico, la diplomacia venezolana ha sido inteligente en denunciar con prontitud ante instancias internacionales los planes de intervención paramilitar que ha tanteado Estados Unidos.

Por su parte, la revelación de CNN (y con anterioridad, del medio financiero Bloomberg) sobre cómo Estados Unidos tenía conocimiento del magnicidio frustrado del pasado 4 de agosto, hace que cualquier maniobra de orientación mercenaria rápidamente sea identificada con Washington. Un costo de opinión pública que desean evitar.

A escala nacional, entendiendo que cada vez es más reducida tratándose de Guaidó y Voluntad Popular, la ausencia de un quiebre de la FANB que genere las condiciones de caos para una intervención, o la salida de Maduro tras un golpe militar exprés, reduce su credibilidad a nivel internacional, provocando un distanciamiento de los medios internacionales pero también de quienes por presión de Washington apoyan su «interinato».

Los costos políticos comienzan a medirse, y muchos aliados circunstanciales no quieren ver comprometido su prestigio, respaldando un «gobierno» que no gobierna. La decisión del centro neurálgico de la Unión Europea, Alemania, de no reconocer al enviado de Guaidó como embajador en su país, es muestra palmaria de esto.

El cierre parcial de las autopistas de la intervención planteadas hasta ahora, ha obligado que el motivo de la guerra contra Venezuela se centre en «sacar a los rusos de Venezuela». En la jerarquía del discurso estadounidense, ahora el problema central no es tanto la “crisis humanitaria”, como lo es que Rusia apoye al «régimen» de Maduro. 

La rusofobia se impone así, a conveniencia del momento, como el recurso de última hora para justificar acciones contra Venezuela, tratando de proyectar que más allá de lo que dijo Mueller, «Rusia sigue siendo una amenaza», ya no en Estados Unidos sino en su esfera de influencia y retaguardia más inmediata, donde la nación bolivariana ocupa un lugar crítico.

Mientras tanto, el país intenta recuperarse de un nuevo apagón masivo para volver a su cotidianidad.

Y ahí, Estados Unidos sigue ampliando su visibilidad como responsable directo, mientras intenta convencer al país de que la «verdadera amenaza» del país, y la razón de su asediada vida diaria, adivinen: es Putin. 

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