Internacionales Politica

Del fin del comienzo al comienzo del fin (1)

Escrito por Debate Plural

Jorge Beinstein (Rebelion, 25-6-14)

De Libia a Venezuela pasando por Siria y México, Ucrania, Afganistan o Irak… en lo que va de la década actual hemos presenciado el despliegue planetario permanente de la violencia directa o indirecta (tercerizada) de los Estados Unidos y sus socios-vasallos de la OTAN, toda la periferia se ha convertido en su mega objetivo militar. La ola agresiva no se aquieta, en algunos casos se combina con presiones y negociaciones pero la experiencia nos indica que el Imperio no agrede para posicionarse mejor en futuras negociaciones sino que negocia, presiona con el fin de lograr mejores condiciones para la agresión.

Estas intervenciones cuando son “exitosas” como en Libia o Irak no concluyen con la instauración de regímenes coloniales “pacificados”, controlados por estructuras estables, como ocurría en las viejas conquistas periféricas de Occidente, sino con espacios caóticos atravesados por guerras internas. Se trata de la emergencia inducida de sociedades-en-disolución, de la configuración de desastres sociales como forma concreta de sometimiento lo que plantea la duda acerca de si nos encontramos ante una diabólica planificación racional que pretende “gobernar el caos”, sumergir a las poblaciones en una suerte de indefensión absoluta convirtiéndolas en no-sociedades para así saquear sus recursos naturales y/o anular enemigos o competidores… o bien se trata de un resultado no necesariamente buscado por los agresores, expresión de su fracaso como amos coloniales, de su alta capacidad destructiva asociada a su incapacidad para instaurar un orden colonial (“incapacidad” derivada de su decadencia económica, cultural, institucional, militar). Probablemente nos encontremos ante la combinación de ambas situaciones.

También es posible suponer que el Imperio en su decadencia se encuentra prisionero de una maraña de intereses políticos, financieros, mafiosos… conformando una dinámica audestructiva imparable que lo obliga a desplegar operaciones irracionales si observamos al fenómeno desde una cierta distancia histórica, pero completamente racionales si reducimos la observación al espacio de la razón instrumental directa de los conspiradores, a su micromundo psicológico (la razón de la locura como razón de estado o astucia mafiosa imponiéndose a la racionalidad en su sentido más amplio, superior).

Aunque esos desastres no representan necesariamente acciones de verdugos despiadados destruyendo paraísos periféricos, el capitalismo es una totalidad global y lo que aparece como la decadencia del centro imperial es la manifestación decisiva pero parcial de un fenómeno planetario que incluye a la periferia atrapada por la sobredeterminación burguesa universal (decadente) de sus sociedades. La operación de destrucción de Libia lanzando sobre su territorio oleadas de mercenarios y bombardeos pudo triunfar aprovechando la degradación del régimen kadafista, el golpe neonazi de Febrero de 2014 en Ucrania capturó al gobierno de una “república” resultado del desastre soviético que la había sumergido en una gigantesca podredumbre sucedido por la instauración de un capitalismo mafioso, la desestabilización de Venezuela orquestada por los Estados Unidos se apoya en sectores de las clases medias conducidos por la vieja burguesía local que no fue eliminada después de quince años de “revolución” (“bolivariana”, autoproclamada “socialista”) eternamente a medio camino… esas élites no fueron barridas del escenario aunque si irritadas, enfurecidas por el ascenso social de las clases bajas.

Todo esto nos conduce a la necesidad de establecer el momento de la historia del capitalismo en que nos encontramos. ¿Se trata del burdel sangriento global preludio de una nueva acumulación primitiva cuna de un futuro suopercapitalismo o de los manotazos finales, desesperados de una civilización que ha entrado en el ocaso?.

Propongo responder a ese interrogante utilizando aquella vieja y tan repetida frase de Churchill en plena Segunda Guerra Mundial cuando al terminar la batalla de El Alamein señaló que ese hecho no era “el comienzo del fin (de la guerra) sino el fin del comienzo de un proceso mucho más importante, decisivo. Nos encontramos actualmente en presencia del fin del comienzo, va concluyendo la etapa preparatoria de la declinación occidental que se prolongó durante varias décadas y comienza a emerger el comienzo del fin, el desmoronamiento del capitalismo como civilización que como otras civilizaciones en declive probablemente recorra una trayectoria temporal compleja de duración indeterminable de antemano.

Aunque no puedo dejar de señalar diferencias decisivas con las civilizaciones anteriores como su carácter planetario (no limitada a una región), la masa de población incluida en el proceso (actualmente unas siete mil millones de personas y no unas pocas decenas o centenas de millones), el descomunal desarrollo de sus fuerzas productivas por ejemplo con capacidad industrial y militar como para destruir completamente la vida en el planeta. Lo que plantea de manera radicalmente distinta la opción a la que se han enfrentado todas las decadencias de civilizaciones: superación o hundimiento en un largo desastre del que emergía más adelante una nueva civilización desde el espacio anterior o impuesta por una fuerza externa. Esto no es la decadencia de Babilonia devastada por los pantanos difusores de malaria generados por su propio desarrollo ni la de la Roma imperial abrumada por el parasitismo y la hipertrofia militar resultado de su dinámica imperialista marchando hacia el abismo mientras buena parte del resto de la humanidad ignoraba esos hechos1.

Violencia y decadencia sistémica

El fenómeno sobrederminante es la decadencia, demostrada por numerosos indicadores como la declinación en el largo plazo (desde los años 1970) de la tasa de crecimiento económico global motorizada por el enfriamiento tendencial del crecimiento de los países centrales y luego el acompañamiento de esta tendencia por un proceso de hipertrofia financiera que se articula con un despliegue parasitario sin precedentes: consumista, militar, burocrático.

Nos encontramos ante sociedades imperiales tan decadentes que ya no pueden movilizar militarmente a su juventud como en el siglo XX, aunque su capacidad financiera y sus avances tecnológicos le permiten contratar mercenarios en remplazo de las fuerzas operativas tradicionales (la oferta de lumpenes proveniente de todos los continentes es directamente proporcional al progreso de la decadencia), utilizar armas como los drones y otros artefactos mortíferos súper sofisticados que establecen una brecha técnica descomunal entre agresores y agredidos y abrumar con manipulaciones mediáticas a sus víctimas directas y al resto del mundo.

Estas “ventajas” son al mismo tiempo expresiones de poder y de debilidad, de capacidad destructiva pero también de descontrol ideológico de sus propias sociedades, de ilegitimidad interna de sus operaciones lo que sumado a su deterioro económico les impide pasar de la destrucción a la reconstrucción colonial de los territorios conquistados.

Las transformaciones burguesas de las sociedades europeas habían generado desde fines del siglo XVIII la posibilidad de integrar al conjunto de la población a sus distintas aventuras militares, de ese modo el ciudadano-soldado y la guerra de masas reemplazó al mercenario y a los ejércitos de las aristocracias. Los asesinos a sueldo dieron paso a los asesinos voluntarios o forzados que daban su vida no por dinero sino en defensa de la “patria”, de la “libertad”, etc.

Pero la decadencia del capitalismo y su transformación después del aggiornamento burgués de China y del derrumbe de la URSS en sistema único (es decir en dominación planetaria, visiblemente amoral de las élites parasitarias) derrumbó los mitos, las legitimaciones que permitían a los estados fabricar causas nobles para enviar a la muerte al ciudadano común.

La pérdida de legitimidad del aparato militar occidental aparece como un rasgo decisivo de la decadencia pero la reproducción imperialista continúa y el ejercicio de la violencia contra la periferia retoma la vieja tradición de los ejércitos mercenarios.

Ahora la propaganda del poder hacia sus poblaciones no tiene como objetivo arrastralas al campo de batalla (operación inviable) sino más bien obtener su aprobación pasiva o diluir su rechazo ante aventuras físicamente distantes presentadas como fenómeno virtual, como un elemento más del entretenimiento brindado por la televisión y otros medios de comunicación.

El despliegue bélico fue teorizado por la llamada “Guerra de Cuarta Generación” resultado de las reflexiones en el alto nivel militar de los Estados Unidos posteriores a la derrota de Vietnam visualizada como “guerra asimétrica” donde la fuerza enemiga con bajo nivel tecnológico y reducida potencia de fuego pero bien integrada a la población pudo derrotar al ejercito imperial poseedor de un elevado nivel tecnológico y un gigantesco poder de fuego.

La nueva doctrina militar apunta no a la simple destrucción de la fuerza militar enemiga sino principalmente al conjunto de la sociedad que la sostiene. La desintegración social (económica, moral, cultural, institucional) pasa a ser el objetivo buscado y ese proceso puede darse o no con intervenciones directas sino más bien con combinaciones variables de intervenciones externas (militares, mediáticas, económicas,etc.) y acciones de desestabilización interna.

Se establece de ese modo una amplia variedad de escenarios de agresión. En un extremo podemos ubicar a las guerras de Afganistan e Irak, en una zona intermedia a Libia, Siria o Yugoslavia y en el otro extremo a las llamadas intervenciones blandas o revoluciones coloridas como en Paraguay, Honduras o Ucrania. Todas ellas implican el despliegue intenso de acciones violentas al comienzo de la operación, en algún momento de la misma o como resultado de la victoria imperialista. Pero estas guerras de configuración variable no resuelven el problema de la dominación colonial de la periferia, el caos instalado entorpece, encarece o a veces hace imposible los saqueos sistemáticos.

El atajo de la Guerra de Cuarta Generación aparece como lo que realmente es: el máximo posible de agresión en un contexto de debilidad estratégica del agresor cuyo resultado no es solo la caotización periférica sino también la degradación interna. Las operaciones mafiosas hacia afuera terminan por consolidar practicas mafiosas dentro del aparato dominante del Imperio donde se extienden las camarillas parasitarias, las tendencias irracionales, las locuras elitistas, las rupturas de las reglas de juego institucionales.

Comienzo del fin: el mundo después de 2008-2013 .

El sexenio 2008-2013 marca la transición entre la declinación relativamente suave, controlada del sistema iniciada hacia comienzos de los años 1970 y su degradación general de la que estamos presenciando los primeros pasos.

La crisis desatada entre fines de los 1960 y comienzos de los 1970 no fue superada como las anteriores a través de una gran ola depresiva destructora de empleos y empresas que reduciendo salarios y concentrando la producción y la demanda solvente disparaba un nuevo ciclo ascendente de la economía, la era de las “crisis cíclicas” descriptas por Marx había concluido. Aunque Marx explicaba que esas crisis recurrentes irían acumulando desorden en el sistema hasta que las fuerzas entrópicas adquirieran una dimensión tal que ya ninguna reconstrucción capitalista sería posible. Quedaba así pronosticada la crisis general del capitalismo, el esquema teórico derivado de la lógica de su dinámica de acumulación. Lo que de ningún modo podía ser pronosticado era su desarrollo histórico concreto, sus tiempos, sus protagonistas de carne y hueso, los atajos e innovaciones sociales que permitieran postergar o precipitar el desenlace.

Y ello comenzó a ser innegable alrededor de 2008-2013 aunque mucho antes de ese período fueron apareciendo alertas al respecto casi siempre ignoradas por los grandes medios de comunicación y por las ciencias sociales, cuando se referían a posibles desastres ambientales, sanitarios o políticos los atribuían a manejos irracionales corregibles al interior del sistema. A lo que se plegaron “desde la izquierda” algunos adoradores masoquistas del capitalismo proponiendo una suerte de eternización de sus ciclos, tratando de destacar en la crisis en curso las señales de la próxima recuperación del sistema, pero esas señales eran puras fantasías o bien letanías conservadoras basadas en que “siempre” el capitalismo había conseguido superar sus crisis por supuesto a costa de los trabajadores lo que normalmente entristecía al auditorio (y no mucho al disertante).

La evaluación prospectiva de Marx era un escenario muy general que daba cabida a una amplia gama de futuros posibles, no se trataba de una profecía apocalíptica en la que se establece una fecha o como calcularla, descripciones precisas de actores y coreografía, etc. Pero ese esquema teórico permitía a Marx y Engels explicar por ejemplo que “dado un cierto nivel de desarrollo de las fuerzas productivas, aparecen fuerzas de producción y de medios de producción tales que en las condiciones existentes provocan catástrofes, ya no son más fuerzas de producción sino de destrucción” 2 lo que abría la reflexión acerca del carácter autodestructivo de la civilización burguesa en su etapa decadente más avanzada.

Entre los variados factores de la decadencia se destacan dos que resultan decisivos: la degradación (e hipertrofia) financiera y la degradación (e hipertrofia) militar.

Acerca del autor

Debate Plural

Un medio independiente, libre, plural, sin ataduras con empresas o gobiernos; buscando el desarrollo de una conciencia critica, y la verdad que subyace en el correr de la vida nacional e internacional para el empoderamiento del pueblo dominicano en relación con las luchas y reivindicaciones económicas y sociales fundamentales

Dejar un comentario

/* ]]> */