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Chalecos amarillos, análisis del fenómeno y sus consecuencias (1)

Escrito por Debate Plural

Jesús Sánchez Rodríguez (Sinpermiso, 20-12-18)

La revuelta de los chalecos amarillos y sus consecuencias

La revuelta de los chalecos amarillos en Francia en este otoño de 2018 ha sorprendido a todo el mundo por su espontaneidad, su virulencia, y porque ha conseguido una victoria clara sobre el gobierno francés. Pero tampoco es un acontecimiento tan novedoso, lo cual plantea la realización de un análisis comparativo para entender el fenómeno global en el que se encuadra y que viene caracterizado por la explosión espontánea de una malestar existente, la ausencia de organizaciones previas que lo impulsen y encaucen, y el papel fundamental jugado por las redes sociales.

Por otro lado es necesario prestar atención a los actores organizados que, de alguna manera, terminan por encauzar o capitalizar la capacidad de protesta y movilización que generan estos fenómenos. Por lo tanto, en el siguiente análisis vamos a prestar atención a estos dos aspectos diferenciados, el de la eclosión de estos movimientos espontáneos, las razones que pueda haber comunes en todos ellos y las condiciones que les hacen posibles y, por otro lado, el de los actores organizados que buscan canalizar esa energía en favor de sus causas que, como veremos, pueden ser muy diferentes, incluso diametralmente opuestas. El artículo tiene dos partes, en la primera se hace un análisis del fenómeno de los chalecos amarillos en Francia y sus consecuencias, y en la segunda se procede a un examen de varios ejemplos escogidos de movimientos más o menos espontáneos de protesta anteriores para hacer una comparación. De manera que el lector interesado solamente en el fenómeno de los chalecos amarillos puede prescindir de la segunda parte, complementaria y más amplia.

Otoño 2010, los sindicatos lanzan la mayor oleada de huelgas desde la segunda guerra mundial contra la reforma de pensiones que Sarkozy tramita en el parlamento. Durante el mes de octubre se suceden siete huelgas generales y movilizaciones en las calles en las que participan más de tres millones de personas. Se está en la plenitud de la crisis desatada en 2008. Las movilizaciones las convocan y encabezan los sindicatos – en una rara confluencia de unidad – que son los interlocutores con el gobierno.

Derrota sindical. Cuando la reforma de las pensiones fue aprobada en el parlamento a finales de octubre los sindicatos desconvocaron todas las movilizaciones y huelgas súbitamente. Los sindicatos fueron derrotados en la batalla sindical más importante acaecida en Europa durante el período de la gran recesión europea.

Derrota política de Sarkozy. No obstante su victoria sobre el desafío sindical, Sarkozy salió muy desgastado políticamente de esa batalla, y el resultado fue que dos años más tarde fuese derrotado en las elecciones presidenciales. El malestar de la derrota sindical que termina expulsando a Sarkozy se encauza hacia Hollande que, desde su presidencia, termina defraudando profundamente a sus electores y da paso a la victoria presidencial de Macron en 2017. Los dos candidatos en los extremos del eje político que quedan en tercer y cuarto lugar, Marine Le Pen y Jean-Luc Mélenchon, hoy siguen siendo quienes siguen disputando por reemplazar a Macron.

Otoño 2018, los chalecos amarillos lanzan la mayor insurrección callejera desde mayo de 1968, no están acompañados de huelgas y las principales movilizaciones tienen lugar en los fines de semana. Sus movilizaciones no llegan ni a la decima parte de participantes que las que convocaron los sindicatos en 2010 – 3,5 millones hace ocho años frente a unas doscientos mil ahora – pero son muy violentas. Sus reivindicaciones cuentan con una amplia simpatía en Francia, como las de los sindicatos en 2010, y mezclan diferentes aspectos entre los que sobresalen la supresión de impuestos y la subida de salarios, y expresan sobretodo el gran malestar contra Macron, sus políticas económicas favorables a los ricos y su estilo soberbio de gobierno. Los efectos más graves de la crisis de 2008 ya han pasado, pero estamos en la plenitud de una de las crisis más graves que atraviesa la UE, y del ascenso generalizado de la extrema derecha en Europa. Ninguna organización encabeza unas movilizaciones en la que las redes sociales juegan un papel fundamental, pero tanto el Reagrupamiento Nacional (antiguo FN) de Marine Le Pen, como la Francia Insumisa de Mélenchon simpatizan, apoyan y alientan las movilizaciones.

Se trata de un movimiento de clases medias sobretodo que ha prendido especialmente en las provincias más que en las grandes ciudades. Aunque bastante espontáneo, sin embargo no se puede olvidar que fueron las asociaciones de camioneros quienes iniciaron las primeras medidas llamando a un bloqueo nacional para el 17 de noviembre, a partir de esta medida se desencadenó la espiral que conocemos. Por otro lado, algunos de los líderes que han empezado a despuntar en su seno están claramente vinculados a la extrema derecha, y la presencia de organizaciones de la extrema derecha ha sido evidente en París y también en otras partes.

Su desencadenante fue la subida prevista de los carburantes, el objetivo de esta subida era desincentivar el consumo de carburantes fósiles, dentro de los compromisos de Macron con la defensa del medio ambiente. Por tanto, la izquierda al apoyar estas reivindicación se encontraba en una situación contradictoria, defender el medio ambiente pero oponerse a una de las medidas para defenderle. Para centrar este tema hay que recordar varios datos: primero, que en 2015, la Asamblea Nacional aprobó una ley para la transición a vehículos con bajas emisiones; segundo, que Francia Insumisa se opone a la energía nuclear, en tanto que Le Pen la apoya y; tercero, que Macron es el mayor defensor de los acuerdos contra el cambio climático de París frente a Trump, y que además de las medidas para reducir el consumo de energías fósiles ha apoyado el compromiso del anterior gobierno de cerrar 17 de los 58 reactores nucleares actuales.

Por tanto, los chalecos amarillos son una mezcla explosiva y contradictoria que unen el malestar contra el presidente de los ricos, genuinas reivindicaciones sociales, y lo que se ha denominado como una «indignación consumista reaccionaria», en la que predomina la reivindicación individualista de seguir poder utilizando el coche individual con un precio barato del combustible.

Victoria de los chalecos amarillos. Después de varias movilizaciones violentas, aunque no masivas, en fines de semana especialmente y, sobretodo, después de constatar la simpatía de que gozan las reivindicaciones en Francia, Macron retrocede y accede a algunas de las reivindicaciones, especialmente suprimiendo el impuesto a los carburantes y aumentando el salario mínimo, sin llegar a negociar realmente con nadie.

Es evidente que Macron ha retrocedido ante su fuerte desgaste ante la opinión pública y el temor al aprovechamiento por la extrema derecha, más que ante la masividad de las movilizaciones. En el momento de acabar este artículo no está claro si los chalecos amarillos continuarán, como quiere un sector, con las movilizaciones o se cerrará este ciclo. Sin masividad en la calle y ante las concesiones realizadas solo quedaría la violencia, que dejaría de tener las simpatías de que ha gozado y caerían en el desprestigio y la derrota.

Una protesta originada en problemas y reivindicaciones internas sin embargo puede tener consecuencias mucho más amplias de esos problemas y de Francia. Estas consecuencias pueden plantearse en tres niveles. En el nivel interno francés el fuerte desgaste de Macron y la disputa entre Le Pen y Mélenchon por presentarse como los apoyos de los chalecos amarillos no se va a medir en unas presidenciales para las que faltan aún cuatro años y, por tanto, pueden ocurrir muchas cosas entretanto, se van a medir en las elecciones europeas de mayo de 2019. Elecciones para las que la extrema derecha europea está preparándose a fondo buscando unas candidaturas y programa unidos en toda Europa, y que se celebran bajo la tendencia del avance casi imparable de la extrema derecha. Si se hace una comparación con dos resultados anteriores las perspectivas son favorables a Le Pen. En las elecciones europeas 2014, el Frente Nacional (hoy RN) obtuvo 4,7 millones de votos, el Frente de Izquierda (hoy Francia Insumisa) obtuvo 1,25 millones de votos. Es cierto que en la primera vuelta de las presidenciales francesas de 2017 las distancias se acortaron, Le Pen obtuvo 7,68 millones de votos y Mélenchon 7,06, aunque en la segunda vuelta Le Pen ascendió a 10,6 millones.

En el nivel europeo también se plantean consecuencias que tienen que ver igualmente con el ascenso de la extrema derecha. Macron y Merkel representan dos gobiernos del centro político en los dos principales países de la UE que forman un dique de contención al avance de la extrema derecha, que ya tienen controlados países como Italia, Hungría, Polonia, Austria, Chequía, Eslovaquia o Bulgaria. Pero Merkel ya ha dado paso a un nuevo liderazgo tras anunciar su retiro de la política y Macron está seriamente debilitado en este momento. Es evidente, pues, que en su política de avance sostenido, la extrema derecha concentrará sus esfuerzos en asaltar el poder en Francia, porque capturar Francia representaría un salto cualitativo esencial, y porque Francia se presenta ahora mismo como el eslabón más débil. Por otro lado, las cesiones de Macron se concretan financieramente en que aumentará el déficit presupuestario, salvo que subiera los impuestos a los más ricos para compensar, y ello le ofrece un balón de oxigeno a Italia, cuyo gobierno de La Liga-M5E está enfrentado con las instituciones de la UE por el tema presupuestario.

El tercer nivel de consecuencias del retroceso de Macron se plantea en el terreno del medio ambiente, de las políticas de transición energética. Estas políticas conllevan durante el proceso de transición ciertos costes inevitables que generan resistencias a nivel de países y de sectores sociales. Trump retiró a EE.UU. del Tratado de París alegando que los compromisos del mismo penalizaban a las industrias estadounidenses, lo mismo acaban de decir Polonia y otros países con respecto a la renuncia al empleo del carbón. Y a nivel social son las zonas mineras abocadas al cierre las que exigen mantener empleos, y ahora se ha añadido en Francia la resistencia de los usuarios de vehículos con carburantes fósiles por las subidas de los mismos.

Por tanto, el movimiento de los chalecos amarillos inciden sobre tres disputas diferentes, pero relacionadas, que rebasan ampliamente el entorno francés. La primera es el ascenso de la extrema derecha en Europa, y en el mundo, y las fuerzas que pueden oponerse a este avance. La segunda es la crisis profunda que vive la UE con la salida de Gran Bretaña, los desafíos de los gobiernos de extrema derecha en Europa a las normas comunitarias, y la posibilidad de que con una importante victoria en las próximas elecciones europeas la extrema derecha pueda avanzar en su proyecto de cambiar a la UE desde dentro según su filosofía. La tercera es sobre las políticas de transición energética, que va a suponer cambios y costes a nivel internacional y de sectores sociales y va a aumentar las tensiones ya hoy existentes.

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