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Operación “Tormenta del desierto”: lo que se quiere seguir ocultando

Escrito por Debate Plural

Felicity Arbuthnot (AKN, 25-2-03) 

A la luz de un informe que enumera los horrores de la Guerra del Golfo, *Felicity Arbunthnot se pregunta durante cuanto tiempo las secuelas de esta guerra van a seguir siendo ocultadas. El texto que publicamos a continuación indica que el Programa de Valoración Médica del Ministerio de Defensa Británico contiene flagrantes omisiones, notorias incompetencias y engaños calculados al milímetro.

El profesor Malcom Hooper es profesor emérito de Medicina Química en la Universidad de Sunderland y forma parte del equipo científico de consulta del gobierno británico como eminente especialista del «panel» independiente de las enfermedades de la Guerra del Golfo y es el asesor científico más importante de la Asociación de Veteranos de la Guerra del Golfo. Con todas estas credenciales, sería razonablemente imaginable y lógico qu el gobierno empezase a prestar más atención sobre sus investigaciones acerca del síndrome del citado conflicto bélico.

Pero naturalmente, esto tan sólo sucede si uno dice lo que los altos cargos de la administración quieren oír. Así, el nuevo informe del profesor Hooper, titulado The Most Toxic War in Modern Military History («La guerra más tóxica de la historia militar moderna»), contiene una fortísima crítica a las nuevas investigaciones iniciadas sobre los efectos de la Guerra del Golfo en los muchos veteranos afectados, gravemente enfermos y moribundos.

MUCHAS MUERTES 

En este informe Hooper escribe: «No existe ningún interés ni ninguna inquietud acerca de la diagnosis o el tratamiento médico a los veteranos de la Guerra del Golfo y las nuevas investigaciones no arrojaran luz alguna sobre el síndrome». No se espera obtener resultados hasta el año 2003. Mientras tanto, los veteranos de la Guerra del Golfo se están muriendo a una velocidad de uno por semana desde el final de la guerra. Recientemente, un jues de Primera Instancia e Instrucción que certifica las causas de defunción, en el norte de Inglaterra, también consignó un promedio de un caso por semana a partir del testimonio de un veterano que había prestado declaración en su tribunal y que posteriormente se suicidó. Un veterano de la Guerra del Golfo, de Edimburgo, muy enfermo y con 13 años de servicio en el primer batallón de la Royal Scots, comunicó a la revista The Ecologist: «Mi unidad sufrió estragos con las enfermedades originadas por el síndrome de la Guerra del Golfo. De una sección entera, 36 hombres, todos están enfermos y cuatro compañeros que sirvieron en el mismo vehículo tienen cáncer. Mi enfermedad es casi tan larga como mis años de servicio». Tam Dalyell, veterano de la Policía Militar, está siguiendo de cerca la actuación del gobierno británico en este tema con un particular interés, ya que él mismo también sirvió en el batallón de los Royal Scots.

LAS CAUSAS DEL SÍNDROME 

De acuerdo con Hooper, existe un amplio abanico de causas potenciales que originan el síndrome. Éstas incluyen las campañas de vacunaciones experimentales que incumplieron la normativa establecida, la exposición a un gran número de sustancias tóxicas tanto para la salud humana como para el medio ambiente, el contacto con uranio reducido, las armas de guerra química y biológica, y una exposición prolongada a los residuos del petróleo, como el humo y otras sustancias químicas procedentes de los incendios de los pozos petrolíferos.

Los estudios realizados, tanto por el Ministerio de Defensa británico como por el Departamento de Defensa estadounidense, minimizan los daños producidos en la salud humana a causa de los incendios: «Son poco científicos, contienen datos inexactos y grandes dosis de maquillake», afirma el profesor Hooper. «La exposición a los residuos del petróleo y a los componentes del humo procedente de los incendios de los pozos petrolíferos ataca a la salud, facilitando un brebaje mortal compuesto por un gran número de sustancias químicas muy dañinas, que incluye sustancias cancerígenas».

La presencia de uranio reducido (UR) en los cuerpos de los veteranos de la Guerra del golfo después de nueve años, «constituye un síntoma de una exposición radioactiva prolongada… Las consecuencias de estas dosis radioactivas acumuladas son muy graves para la salud».

Ya en el año 1.990, la autoridad de la Energía Atómica en el Reino Unido elaboró un informe sobre los impactos potenciales en el medio ambiente de las armas de uranio reducido (UR). Fue tan grande su inquietud por los resultados descubiertos, que enviaron una copia de sus descubrimientos al gobierno. Y advirtieron que, según sus estimas, si unas 50 toneladas de polvo residual de UR perdurasen en una región densamente poblada, podrían provocar la aparición de medio millón de cánceres en el plazo de unos diez años. Las estimaciones del polvo residual de UR existente en toda la zona del Golfo oscilan entre las 325 toneladas, según otros estamentos científicos.

Las armas de UR usadas en la Guerra del Golfo incluían proyectiles de 120, 105, 30, 25 y 20 mm de calibre, que eran utilizados por los tanques, aviones, cañones navales y ametralladoras. Los misiles Cruise usados para atacar los principales objetivos militares de Bagdad y alrededores y de las más importantes ciudades iraquíes llevaban UR como contrapeso para estabilizar su vuelo, ardiendo y volatilizándose en el impacto. Se ha estimado que un 74% de los mayores proyectiles de UR, dotados de penetradores erraron sus objetivos. «Este hecho provocó graves riesgos radioactivos y tóxicos al medio ambiente local. Las personas y los animales quedaron afectados, así como los suministros de agua. Los niños que jugaron con fragmentos de los penetradores serían particularmente vulnerables», afirma Hooper.

SOLDADOS HERIDOS 

Las bajas procedentes del campo de batalla, particularmente los soldados iraquíes heridos, llevarían también consigo polvo de UR en sus vestidos, aumentando el riesgo de contaminación del personal sanitario en los hospitales. Una característica notable del síndrome de la Guerra del Golfo entre los veteranos ha sido la alta incidencia de las parálisis y de los síntomas de debilidad entre el persona lmédico que no estaba en la zona de guerra, pero que trabajó en las unidades médicas de Aabia Saudita, a donde eran trasnportados los heridos.

Cuando estuve en el mes de febrero de 1.998, en el Hospital general de Basra, un médico me llamó y me condujo hasta un campesino que padecía un virulento cáncer de huesos, que se le había extendido con una velocidad nunca vista. Sin ningún tipo de antecedentes de cáncer en su familia y habiendo disfrutado siempre de una buena salud, los médicos intentaron encontrar conjuntamente cuál había sido la causa. Durante la Guerra del Golfo, este campesino había encontrado numerosos cadá veres de soldados y civiles, realizando la misión de recogerlos y cargarlos en su camioneta para transportarlos hasta las autoridades con el fin de identificarlos y darles conveniente sepultura. Se le amputaron sus dos piernas en un esfuerzo por etener el avance del cáncer, pero su médula espinal y el resto de su cuerpo había quedado infectado y, poco después, acabó muriendo.

«Cualquier persona que se encontrase en el teatro de operaciones o en sus cercanías, como personal militar, población civil, hombres, mujeres, niños o los todavía no nacidos, están en situación de riesgo, así como la totalidad del medio ambiente, afirma Malcolm Hooper.

La incidencia creciente de cánceres y las escalofriantes malformaciones de nacimiento en la región de Basra en Irak, que fue el objertivo principal de la operación «Tormenta del Desierto», están bien documentados. Ninguna persona que haya visitado esta zona puede evitar llegar a la conclusión de que algo terribleha sucedido desde 1.991. El doctor Jenan Hussein, del Hospital de Maternidad y de Pediatría de Basra, posee un archivo fotográfico que documenta todas las malfomaciones de nacimiento ocurridas desde 1.991: niños nacidos sin ojos, órganos internos adheridos al estómago o a la espalda, sin extremidades o con las extremidades mal desarrolladas, sin órganos genitales, sin cerebro, sin nariz, sin tráquea… incluso sin cabeza.

La investigación estadounidense sobre el síndrome de la Guerra del Golfo también acabó siendo fuertemente cuestionada por los expertos en un informa realizado por el Congreso que evidenció que: «…los resultados en los temas de la Guerra del Golfo realizados por el Departamento de Defensa, la Administración de los Veteranos, la Agencia Central de Información (CIA) y la Agencia para la Alimentación y los fármacos (FDA), padecen de defectos irreparables… Los resultados obtenidos cojean por la inercia institucional que obstaculiza cualquier movimiento que quiera progresar… Todos los resultados quedan corrompidos por una arrogante falta de curiosidad y una generalizada miopía que considera la falta de evidencia como una prueba. Tenemos propuestas para la investigación, diagnosis y tratamiento nada adecuadas para poder dar una respuesta a las futuras cuestiones de vida o muerte para los veteranos».

Una agresión tóxica de increíbles dimensiones a los veteranos, a las personas y al medio ambiente de toda la zona ha sido causada por una gran variedad dde insecticidas, incluyendo los productos organofosfatatos asociados con daños crónicos al sistema nervioso en los campesinos que los utilizan para desinfectar y también los productos organoclorados, como el lindanom, una conocida sustancia neurotóxica que produce convulsiones, atacando el riñón y el hígado y que daña también el corazón y los pulmones. El profesor Hooper nos aclara: «Estas sustancias, en la actualidad, están dispersas por todo el medio ambiente del Golfo. Los productos organoclorados tienen una persistencia de más de 50 años y los organofosfatados también tienen una vida muy larga y resisten el lavado, lo que provoca su permanencia; además otros agentes usados pueden, al juntarse, causar daños en los músculos y en el sistema nervioso, por lo que la reurotoxicidad de todos estos sompuestos es extraordinaria».

Por otra parte, una enorme contaminación se extendió a partir de las grietas que se originaron en los depósitos y en los almacenes locales de insecticidas, que quedaron enterrados bajo el efecto de los ataques bélicos colaterales.

Ulteriores contaminaciones fueron originadas por las armas químicas iraquíes. El profesor Hooper afirma que «a pesar de las reiteradas negativas por parte del Pentágono, de la CIA y del Ministerio de Defensa estadounidense, existe una evidencia aplastante de la detección de sustancias químicas emitidas… entre las que cabe citar las 14.000 alarmas que se dispararon de dos a tres veces diarias como media. «Se llegaron a improvisar un gran número de explicaciones; una de ellas, facilitada por el Ministerio de Defensa, explicaba que uno de los aviones que sobrevoló la zona ¡tenía el tanque de combustible agrietado!». Otro argumento, que también fue repetido el año pasado en la Guerra de los Balcanes, era que las alarmas eran defectuosas «porque estaban hechas en Checoslovaquia».

De todos modos, en una encuesta realizada por el Cuerpo de Marina de los EE.UU., a partir de 1.600 especialistas que estuvieron destacados en la Guerra del Golfo, quedó evidenciado que 221 sujetos (cerca de un 13%) tuvieron algún contacto o detectaron armas químicas iraquíes durante la guerra terrestre. El comandante Michael Johnson relató que su unidad había detectado suelos contaminados con gas mostaza sulfurado en el distrito de Sabaniyah, al tiempo que un soldado británico recibió quemaduras químicas del mismo tipo que las usadas en los misiles Scud, en Sabaniyah, al sur de Irak. Según el profesor Hooper, las exposiciones se debieron a productos químicos como el gas mostaza, la lewisita (un compuesto orgánico con arsénico que fue empleado como gas vesicante en la Primera Guerra Mundial por sus efectos químicos y biológicos), el gas cianhídrico y el fosgeno y sus derivados. La desgraciada interacción de los productos organofosfatados con los gases neurot´xicos multiplicaba por 100 los efectos tóxicos sobre el sistema nervioso.

La contaminación química tiene su origen en tres distintas fuentes: en primer lugar, por el bombardeo aéreo de los depósitos de munición iraquíes y de los lugares en donde se producían y almacenaban estas armas químicas. En segundo lugar, por la demolición explosiva de los búnkers de armamento por las fuerzas terrestres, tal como ocurrió en Khamisiyah. Y, finalmente, por un uso esporádico y falto de coordinación de los misiles Scud y Frog por parte de las fuerzas iraquíes. Entre el 13 de enero y el 26 de marzo de 1.991, hubo más de 55 lanzamientos o accidentes de exposición a armas químicas específicas… El Pentágono ha reconocido finalmente que las detecciones de los checos eran válidas y fidedignas. No ocurre lo mismo con el Ministerio de Defensa estadounidense, que continúa insistiendo en que no existió exposición química alguna: «Los misiles Scud fueron justificados como estampidos supersónicos, pero aún así las alarmas se dispararon».

ESPIONAJE 

Los informes de las redes de espionaje habían propiciado que los líderes de la Coalición creyesen que Irak había desarrollado armas biológicas de ántrax, de pestes y de toxinas botulínicas y tularémicas (estas últimas a partir de la bacteria Pasteurella tularensis, responsable de la «fiebre de los conejos»), producidas y almacenadas en los Estados Unidos entre 1.971 y 1.973 y vendidas luego a Irak. Todas estas armas «tenían una elevada capacidad letal, al destruir una gran parte de los tejidos de nuestro cuerpo; como no existían dispositivos para detectar de una forma rápida las armas biológicas, resultó imposible conocer qué tipo de exposición realmente ocurrió… si es que hubo alguna… Y además, cualquier exposición tardaría en salir a la luz».

Los 656 incendios en los pozos de petróleo, de los que 94 fueron originados por los bombardeos de la Coalición, provocaron que todas las personas de la región quedasen expuestas a un gran número de productos tóxicos y de agentes cancerígenos que formaron una gigantesca capa que permaneció suspendida sobre Kuwait durante unos dos años. Se encontraron depósitos de hollín de los incendios en América del Sur y en el Himalaya. Estos prolongados incendios representaron un peligro muy grande para la salud.

INVESTIGACIÓN 

El profesor Hooper está exigiendo que se realice una investigación pública que acabe de una vez con «las investigaciones perversas, con las falsas conclusiones, los oídos sordos, la falta de sensibilidad, la estrechez de miras y, sobre todo, con el olvido incomprensible y lamentable por parte de las autoridades de la situaación de los veteranos de la Guerra del Golfo. Esta investigación tanbién arojaría luz sobre el origen de las epidemias de deformidades de nacimiento y de enfermedades que asolan toda la zona desde que tuvo lugar la operación Tormenta del Desierto.

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